El martes 28 de enero despertamos con la noticia de la muerte de Javier Trímboli (1966-2025). Desde entonces, en redes sociales y revistas circulan escritos que lo recuerdan, conmovidos por su partida a los 58 años. Como Mariátegui, se fue en plena vida intelectual; y deja una marca en el pensamiento argentino y por qué no –para quien lo lea con atención– de América Latina. Interpretó al peronismo como no se había hecho antes. Se presentaba como profesor de historia. Entre Mil novecientos cuatro y Sublunar, fue uno de los más destacados ensayistas argentinos contemporáneos. Como historiador produce un corte inédito, ninguno habría asimilado como él la lectura de Walter Benjamin. En Escritores del Mundo publicó dos ensayos breves: uno sobre Frank Brown, el payaso de origen inglés radicado en Argentina, célebre durante los años del Centenario, en mayo de 2010; el otro, sobre Ambrosio Sandes, en marzo de 2014. Fue el principal o uno de los principales intérpretes del kirchnerismo, como analista crítico o lector, y como intérprete que pone en escena una melodía, una canción, el intelectual hunde sus pies en el barro de la historia, y piensa. En Ey, patria mía, el podcast del año 2020, entrevista a más de treinta personas a las que interpela con una pregunta sencilla sobre la patria. El materialismo de Trímboli, un poco sucio, que como él habría dicho proviene de su temprana formación marxista, se abre a una forma heterodoxa de la tradición, que podría conectarlo, al mismo tiempo, con el materialismo de Deleuze y Nietzsche, de Giacomo Leopardi, de Friedric Jameson, Hannah Arendt, Arturo Jauretche, o David Viñas, hasta el poeta bonaerense, Sergio Raimondi de su misma generación como sus compañeros de la revista La Escena Contemporánea.
Profesor de historia
Desde el martes, el algoritmo reúne fotografías y posteos de alumnos, exalumnos, colegas y lectores conmovidos. El miércoles una multitud lo despidió en Chacarita. Saber que somos tantos quienes lo lloramos responde al tamaño del vacío. Trímboli no usaba redes sociales ni whatsapp, en gran medida y desde temprano, sabía que por ahí nos harían daño y, como en tantísimas otras intuiciones suyas, tenía razón. Anteanoche, antes de dormir, leímos las primeras ochenta páginas de Sublunar. Entre el kirchnerismo y la revolución. Cuando le preguntaban, se presentaba como profesor de historia. Todos los que asistimos a cualquiera de sus clases o charlas compartimos una misma impresión que se repite en posteos y comentarios luminosos sobre Trímboli como docente, de María Laura Guembe, Iván Schuliaquer y Cecilia Flachsland. Lo hemos visto con micrófono y de pie ante cientos de profesores en cantidad de provincias, captando con el tono de su voz, con sus pausas, su dramatismo –vitalidad dice Julia Rosemberg–, la atención de docentes y futuros docentes, como si tuviese algo de prestidigitador. En otros posteos que leímos hay referencias a una cierta “magia” en el arte de enseñar en el aula. En la Facultad de Filosofía y Letras (Puán) lo recuerdan (Scigliano) como la opción obligada para anotarse al práctico de la cátedra de Terán. Antes de irse de Puán denunciando el “ethos burocrático” no era una voz marginal, era el joven profesor con quien los estudiantes querían introducirse al pensamiento argentino, a fines de la década de 1990. Leímos en estos días comentarios de ex alumnos de la escuela secundaria, y de la Universidad Nacional de La Plata donde dirigía la revista Guay. El profesor de historia dirige revistas, asesora a los guionistas de la película sobre Manuel Belgrano; el profesor de historia interviene en televisión, coordina el rescate del archivo fílmico de la televisión pública. Al profesor de historia se lo puede escuchar en podcast, Ey, patria mía, entrevistas; Un poco sucio, el programa de historia junto a Julia Rosemberg. El profesor de historia organiza su pensamiento con películas que ha visto; prepara sus clases a partir de poemas de Juan Gelman o Sergio Raimondi; escribió una novela. Aunque buscaba ser presentado en público como profesor de historia, y esa “magia” que ponía a funcionar en las clases permite seguirlo hacia esa composición de sí mismo como intelectual; sin embargo, lo más destacado del legado no está en los que nos formamos con él, sino en sus actuales y potenciales lectores. En las lecturas que hagamos de Trímboli.
Ensayista
Porque la “magia” del profesor proviene del ensayista. Las primeras ochenta páginas de Sublunar no bajan nunca de una altísima intensidad donde la voz que piensa a partir de lecturas de objetos históricos y culturales concretos (el número de la revista Contorno posterior al golpe de Estado de 1955, el che y la revolución, el peronismo, las organizaciones político-militares, de Cooke a Urondo), párrafo a párrafo introduce una “esquirla” del pasado. Teje una urdimbre en la que conecta 1955 con 2017, del “signo de la revolución” hasta la última dictadura, y de la derrota a la democracia y de ahí al 2001. Si el cielo está en la revolución de la que Trímboli participó cuando era estudiante en la década de 1980, después de esa derrota histórica extendida en todo el planeta a partir de 1989, el kirchnerismo buscó una vida sublunar que valiera la pena ser vivida, ¿para qué?. Apenas terminado el ciclo, y a contramano de lo que los historiadores suelen hacer que es evitar pensar el presente, Sublunar es un ensayo sobre el kirchnerismo del que Trímboli participó. Al filo, en los primeros años del gobierno de Macri, puso sobre la mesa (después de la derrota electoral) una historia del “signo” de revolución, posterior a la derrota de la revolución; como horizonte de expectativas. No interesa si el kirchnerismo es revolucionario, reformista o peronista de izquierda o de derecha, porque no fue una formación homogénea e igual a sí misma sin fisuras ni contradicciones. No hay dudas de que el peronismo de derecha que hoy se ve reflejado en la figura de Trump no es el primer ejemplo de kirchnerismo que vendrá a la mente de los historiadores del futuro, pero ahí estaba Guillermo Moreno –también figura en Sublunar– al que le gusta Victoria Villarruel. Alrededor del kirchnerismo se reunió gran parte del pueblo que fue derrotado por el terrorismo de Estado y que durante la democracia no había vuelto a cargar en sus prácticas políticas el impulso del anhelo de justicia social y cambio revolucionario. No obstante, Trímboli no dice esto exactamente así, sino que lo que propone es una reconstrucción histórica, cultural y política del despliegue de esa historia. “Bueno, el kirchnerismo atrajo a una parte importante de estas limaduras desperdigadas sobre las que venimos hablando, muchas de ellas con poco filo y contradictorias entre sí. Las reunió con otras, por ejemplo con el peronismo más clásico y de gubernamentalidad microfísica –ése que en algún momento se supuso había desaparecido–, al punto de que algunos bordes incluso se fundieron.”; el kirchnerismo como un imán reunió limaduras después de la explosión. La figura, la metáfora del imán, es clave para pensar nuestra escena contemporánea, en 2025.
Intelectual crítico, heresiarca
Sublunar convoca a pensar de manera colectiva. El ensayo interviene en la discusión pública adoptando una perspectiva histórica y política. Se aparta del modelo liberal, supuestamente objetivo y justo de la historiografía, el ensayo no redunda en generalizaciones ni esquemas fijos, conecta lo singular con lo singular. En ese sentido la ensayística de Trímboli es benjaminiana: entre la historia y la crítica literaria o del arte. La “magia” en las clases proviene del escritor ensayista. Mil novecientos cuatro. Por el camino de Bialet Massé, la crónica de viaje inaugura una voz en línea con los viajes de Sarmiento o los ensayos de Viñas. La salida de Puán y la redacción del Manifiesto de Octubre, dialogan con Mil novecientos cuatro. Frente a la historia academicista, el ensayo de intervención. Entre el libro sobre Bialet Massé, sus colaboraciones en la revista El Rodaballo, y el libro sobre el kirchnerismo, Trímboli configura una forma de ser de las y los intelectuales contemporáneos, entre las revistas, las intervenciones políticas, la docencia, la divulgación y el ejercicio de la crítica. Bifo Berardi, Bruno Latour o Donna Haraway de distintas formas, dicen que hoy el concepto de crítica está en decadencia. A Trímboli le interesaban esas miradas, porque intentan entender el presente de un modo que es pesimista de la inteligencia; y, sin embargo, tampoco lo convencían del todo. Friedric Jameson o Mark Fisher estaban más cerca de tu “ethos revolucionario”. El ejercicio de la crítica es una posición de la izquierda intelectual adoptada desde la configuración misma del pensamiento argentino. El ensayo crítico se apoya sobre una tradición del pensamiento, para la cual en determinado momento se configura una serie de Echeverría o Sarmiento a Juan José Sebreli, Horacio Gonzáles o Beatriz Sarlo. En las décadas de 1950 a 1970 , el concepto de crítica que en las universidades se estudia sobre las derivas poskantianas, se imbrica a la tradición del marxismo, dentro y fuera de los partidos comunistas. El concepto de crítica es repensado, desde una perspectiva marxiana a partir de la revolución posible, posterior a 1955. La crítica al estado de cosas redunda en una política para transformarlo; la crítica tiene un “punto de arquímedes” para orientarse en la búsqueda de la verdad: la revolución. En un pasaje mínimo de Sublunar, Trímboli viene hablando de Fogwill y refiere al problema de la verdad y la revolución. Si la revolución tiene lugar no hay forma de que sea mentira. Lo que podría ser mentira es afirmar que una vida puede finalmente transformarse en otra cosa. Ofrecer justicia social a partir de un programa donde hay pasos y etapas, puede ser mentira. El acontecimiento de la revolución, en cambio, no hay forma de que sea mentira porque modifica las condiciones de existencia de forma drástica. Todo lo que se aleje del cambio, todo lo que sirva para disfrazar, consolar, lo que naturalice las formas de existir debe ser puesto en discusión. El pensamiento está imbricado a la necesidad de cambio, está insatisfecho de manera constante. Está lógica del ensayo crítico que en las décadas de 1950 a 1970 dialoga con Sartre, en Contorno o con Althusser, en Los Libros; se podría rastrear tanto en Martínez Estrada como en Agosti; el concepto de crítica del ensayo de “interpretación de la realidad” tiene en el siglo XX despliegues a los que habría que volver. Con todo, a esa práctica intelectual que puebla tantas revistas y publicaciones periódicas, Trímboli le saca punta. La crítica sin miramientos ni recato alguno de todo lo que no convence por la razón que sea, cierta dureza en las devoluciones, lo que en la universidad nombramos rigor pero es otra cosa; las devoluciones que hacía Javier de escritos o clases están ligadas, a su manera, con el tipo de intercambios que podían llegar a tener Nicolás Rosa, Oscar Masotta o Héctor Schmucler, a fines de la década de 1960 y principios de la década de 1970. En Los Libros, Rosa destruye la compilación Nueva novela latinomaericana de Jorge Lafforgue y este lo invita a escribir en el número 2. Trímboli ponía en práctica ese concepto de crítica, que tiene un capítulo clave en la llamada “nueva crítica”: ante todo es un lector y se oponen lecturas que enfrentan dilemas, problemas e interrogantes. El historiador leía al mismo tiempo al manco Paz, a Thomas Mann y a Giorgio Agamben.
Symphilósofo, o el (verdadero) arte de la conversación
Con todo, además de ejercer la crítica en esa vertiente revolucionaria que lo conecta a las décadas de 1960 y 1970, Trímboli hacía, además, otra cosa distinta. Traficaba su saber como ensayista para dar clases (la “magia” del montaje) y, al mismo tiempo, traficaba un modo de pensar, en sentido inverso, desde las clases hacia los ensayos. Sublunar está al mismo tiempo marcado por el criticismo y por un modo de articular el pensamiento que necesariamente es dialógico-político. Piensa en el aula o en el ensayo sobre la cuerda de un funambulista, en equilibrio permanente sobre el riesgo sin guardar nada, de ahí el dramatismo –lo vital del nietzscheanismo de izquierda mariateguiano. Dijo hace tiempo que había que luchar para vivir, no para sobrevivir. Pensar con otros, hacer hablar a las personas que están en una clase o una charla e incorporar esos puntos de vista en el propio pensamiento, conducir la urdimbre no sólo entre las esquirlas del pasado sino entre los interlocutores del presente en el aula –esto en pantallas fue algo que Trímboli intentó en Pandemia–, el pensamiento común que sucede cuando tiene lugar una instancia colectiva de transferencia y transmisión, una forma de pensar la enseñanza que se lleva a las patadas con la programación, la diacronía y el distanciamiento. En el seminario al que nos convocó poco antes de la Pandemia, Trímboli logró producir encuentros por videollamada en los que por momentos tuvo lugar esa misma “magia” que lograba en vivo, en directo y ahí parado con su micrófono, en cualquier auditorio de cualquier lugar del país. No obstante, aunque en sus clases por videollamada por momentos logró algo próximo a sus clases en vivo, jamás aceptó que ese sea un camino deseable. El seminario de “Análisis y enseñanza del mundo contemporáneo” para docentes de la provincia de Buenos Aires fue un laboratorio experimental contra los males de la educación a distancia, un intento constante, y en cierto modo siempre frustrado, por romper lo que ella impide. Trímboli ponía en riesgo el pensamiento, siempre a disposición de lo que puede volver del otro. Este es un rasgo del criticismo de Trímboli que comparte con otros intelectuales contemporáneos y, sobre todo, con Horacio González y con su propia generación de la Escena Contemporánea. En este sentido, Sublunar propone una escena de enunciación donde el lector ingresa, como quien busca escuchar una buena charla, una conferencia que motive al pensamiento y la reflexión. No está ahí la verdad revelada, ni mucho menos. Al contrario, igual que sucede con Radiografía de la pampa es probable que el lector salga con muchas más preguntas abiertas, motivado a seguir pensando, que con respuestas cerradas y terminantes.
28 de enero de 2025
Por eso, Sublunar es una lectura clave en esta especial coyuntura política, mientras despedimos a uno de los ensayistas más destacados de la literatura argentina. Puede servir al militante desorientado que no entiende de qué se trata la discusión que hoy –cuando más necesitamos a Trímboli que nunca para formular pensamientos (granos de polen), sobre la utopía que está al reverso de la crítica– separa a la presidenta del Partido Justicialista respecto del gobernador de la provincia de Buenos Aires. Sobre todo, puede servirle al militante para que siga sin entender; para que entienda mejor porqué es que no entiende. Si el kirchnerismo estuvo impulsado por la reunión de las esquirlas de la derrota de la revolución (después de 2001), ¿hoy el peronismo y la oposición a este gobierno podrían estar impulsados por el soplo de qué experiencia histórica? El peronismo no puede desembarazarse del kirchnerismo. El kirchnerismo no puede simplemente volver a su fuente sobre la melancolía de la “década ganada”. No tengo claro qué es lo que pensaba Trímboli de la coyuntura actual a la que asistimos –más de una vez, en este último tiempo soñé que lo visitaba en Parque Chas, repasé mil veces qué es lo que le diría-; lo que sí sabemos es que la vio venir. Tenemos claro que uno de los núcleos que impulsó la reunión de las esquirlas de la revolución, entre 2005 y 2015, fueron las políticas de Memoria, Verdad y Justicia; y que Javier pensaba que ese no debía ser ahora el punto de partida para las “nuevas canciones”. El núcleo de esta cuestión ya está en el ensayo breve sobre Ambrosio Sandes, en marzo de 2014. Las nuevas canciones, en todo caso, tienen que sonar a propósito de otros temas, y esos otros temas no son los de la derrota de la revolución y el terrorismo de Estado, sino los del mundo contemporáneo. En cierta medida, despedir a Trímboli supone pensar qué es lo que hoy debería volver a reunirnos. Si a la generación de los nacidos en la década de 1940, mi padre, mi madre, pero también Casullo y González, Calveiro, Sarlo, Fogwill, Saer o Piglia, el kirchnerismo –aunque varios de ellos no lo fueran, ni mi padre ni mi madre– los interpeló en relación a su pasado al modificar el legado del “signo de la revolución”, ¿qué es lo que hoy podía interpelar a Trímboli?. ¿Qué podría interpelar a la generación de los nacidos en las décadas de 1960 y 1970? La infancia de la “primavera democrática” conmovió a mucha gente con la película sobre el Juicio a las Juntas, que Trímboli tanto discutió. Está claro que con la democracia no curamos, ni damos de comer, ni educamos. Mientras tanto, el gobierno neofascista hace rodar la noticia de una encuesta en la que pregunta hasta dónde se aceptaría un gobierno autoritario sin democracia, pero con crecimiento económico. Igual que la muerte de Sarlo o González para tantos lectores, la muerte de Trímboli para otros muchos, provoca un efecto de orfandad. Si bien los intelectuales no tienen el lugar que tenían hasta la década de 1980, cada vez que nos dejan –algunos ligados a la tradición crítica, y no todos–, se siente el sonido, retumba la caída de los gigantes. Me quedé con el libro de Stephen Crane que pensaba llevarle a su casa, Los jinetes negros; alguna vez lo comentamos pero creo que no lo había leído. Lo leo ahora mismo y te lloro otro poco. Es probable que en un sueño próximo te escuche comentar sobre el corazón amargo de Stephen Crane.
En el desierto
vi una criatura, desnuda, bestial,
que de cuclillas en la tierra,
tenía en las manos su corazón,
y se lo estaba comiendo.
Yo le dije: “¿Está bueno, amigo?”
“Está amargo –respondió–
Pero me gusta
porque es amargo
y porque es mi corazón”.
Última página de Sublunar
Dice, Trímboli en Sublunar: “Por eso es cierto pero también injusto e incompleto decir: “Yo no creo que haya habido una modificación sustancial de la economía argentina. Seguimos con el modelo sojero. Socialmente no creo que haya habido una modificación sustancial.” (Dardo Scavino en la Agencia Paco Urondo a comienzos de 2016). Se podría pensar que el kirchnerismo amortiguó y le puso malla a lo más salvaje del mercado y del capitalismo financiero a través del Estado, pero parece más atinado decir que lo suyo fue un desvío inevitablemente momentáneo. Escribíamos más arriba “profanación”, cuestión que viene dando vueltas y se discute. Cuando lo que estaba asignado sirviera para algo o que no sirviera para nada – para ninguna vida, ya que sólo vale a lo que intima su mera presencia-, es utilizado para otra cosa. Si hicimos las “paces dialécticas” fue por este descarrilamiento, este derrape que nos precedió y que se intentó llevar lo más lejos posible. Transformado, con otras vestiduras. Fue porque se logró “malversar” recursos y sentidos, excedernos. A decir verdad, el mismo hecho de revitalizar al achacoso Leviatán para comprometerlo con sus viejas y olvidadas tareas sonó a demasiado, a innecesario. Un poco más todavía si se lo hacía en alianza con movimientos sociales reinscriptos en la trama política, con perseguidos de otras épocas, con parias. Más o menos discretos, pero ya un contrabando. Más interesada por la libertad que por la revolución, aunque ambas palabras se implican, Hannah Arendt encuentra que una de las maneras más precisas para definirla está en el Nuevo Testamento, la libertad como milagro. “La historia, a diferencia de la naturaleza, está llena de acontecimientos, en ella el milagro del accidente y de la improbabilidad infinita se produce con tanta frecuencia que parece extraño mencionar siquiera los “milagros”. Es la facultad de actuar y de iniciar algo nuevo, que es también la de interrumpir “el desastre” que es “lo que siempre ocurre automáticamente y por consiguiente tiene que parecer algo irresistible”. El problema, sigue, es que el progreso, la complejidad de la economía, el crecimiento de la población precisan de burocracias y administraciones ajustadas que vuelven cada vez más difícil mover un ápice la mole, hasta así frustrar la facultad de acción. Escribe esto a comienzos de los setenta, con Black Panthers y extremismos alrededor, y explica la opción por la violencia como originada de esa frustración. No le interesa a Arendt que Lenin en 1917 también comparara a la revolución con los milagros, es cierto que el acento no lo pone igual que ella. Digamos tan sólo que así como es “flaca” la “fuerza mesiánica” que asiste a cada generación para acudir a la “cita secreta” que tiene con los muertos, también tiene límites la fuerza social y política que sostiene a los milagros, que impide que se apaguen. No obstante: “En la Historia, las cosas buenas suelen ser breves, pero por lo general tienen una influencia decisiva sobre lo que sucede durante largos períodos de tiempo”. Veremos”
Lo que aprendimos de este hombre es infinito, porque es un pensamiento abierto, siembre volcado sobre el riesgo de lo que importa ahora y no en otro lugar y momento.
Pablo Luzuriaga
Buenos Aires, 30 de enero de 2025
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