La estetización de lo viviente es la etapa superior de la estetización de la política, luego de su extinción. Dicho así solo como provocación, no porque demos por extinguida la política, sino por decirlo de esta manera ante el embate más grande contra la vida en común irrumpido del modo que aterra. No son las limitaciones o defectos de la política, no obstante pródiga en ellos, aquello que la ha llevado a la agonía sino la emergencia de poderes formidables que crecieron a su sombra y fueron propiciados por ella. Ahora, alcanzado cierto volumen decisivo, apuestan a sofocarla y a sustituirla.
El drama no tiene lugar en el orden de la conciencia, ni tampoco por detrás o por debajo de ella, como tanto nos complacimos en creer durante tanto tiempo. Tampoco nos ofrecen respuestas conclusivas los inmanentismos ni otros materialismos apasionados. Los poderes emergentes se adueñaron de la existencia tal como realmente acaece. Podríamos usar aquella expresión irónica dirigida hacia el socialismo, como el «realmente existente». Los poderes corporativos, que de ellos se trata, constituyen el capitalismo realmente existente. Como todo poder contemporáneamente instaurado, su gravitación no reside en «ideas», ni en doctrinas, ni en meros saberes funcionales, técnicos o ideológicos, sino en una sedimentación performática que nos cautiva en el doble sentido de la palabra.
Nada nuevo tiene en particular mentar el doble sentido de la cautividad. Uno es el resultado, en cuanto a subyugación, el otro es por lo voluntario de la sujeción. Sin embargo ¿qué sabemos de la voluntad? ¿No fue la voluntad la cautivada en la intimidad de lo que le es inherente? Tal como circula la frase situada entre conspiración, fantasía, ciencia ficción y lo realmente existente: “nos implantaron un chip”.
Superada una tradición crítica que alguna vez tuvo gravitación y a la que nos debemos sin vacilar contra viento y marea, la ciencia ficción pasó de inquietud profética despertadora de conciencias a campo de pruebas de lo realmente existente.
Campos de pruebas: de todo lo que concierne a la civilización técnica es el orden experiencial aun intacto, tal vez el único. No ya el del laboratorio experimental y su testigo modesto como instituyente de saberes, sino el de la intervención en escala directamente en el orden de lo viviente. Recordemos por ejemplo la remota posibilidad vislumbrada en el Proyecto Manhattan de que se incinerara la atmósfera por el primer experimento atómico. No importa tanto aquí y ahora lo históricamente documentable con rigor sino su versión cinematográfica reciente, Christopher Nolan, con sus inquietantes y entretenidas retóricas inteligentes, y la referencia, casi como al pasar. Dicho aquí solo como un ejemplo narrativo, estetizado, de cómo se nos propone asimilar la ampliación imaginal de lo que suponemos el mundo: múltiples dimensiones, múltiples órdenes de magnitud. Algo infinitamente pequeño o de magnitudes desproporcionadas puede catalizar una conflagración terminal de toda nuestra existencia. Podría haber sido aquella explosión o puede considerarse así el entero antropoceno.
Dicho sea de paso, el antropoceno parece haber pasado de considerarse una categoría cognitiva científica a haberse dejado en suspenso para entonces proseguir en nuestras conciencias como una categoría moral. ¿No constituye una categoría moral que la mariposa que provoca tempestades a distancia sea cualquier acto volitivo nuestro no sabedor de lo que hace? ¿Hay instancia que nos diga “perdónalos, no saben lo que hacen”? ¿Sabemos lo que hacemos? Y si no sabemos lo que hacemos ¿qué sabemos? Umbral de las supersticiones crecientemente circulantes.
La estetización…, el transcurso del tiempo aplicado a intercambios de signos susceptibles de acumulación de capital en la carrera enloquecida hacia ninguna parte a las que se nos arrastra en cautiverio masivo hacia un salvataje marciano… La estetización… como construcción vicaria de lo viviente, como parasitación del legado evolutivo capturado por malas artes.
Pero no tenemos adonde volver. Tal vez el episodio Unabomber pudo ser el último intento a lo Thoreau, infructuoso violento pero filosóficamente “sustentable”, dado que su manifiesto es bien legible y fue introducido como documento de cultura en la biblioteca, adonde no desentona. De aquel evento, lo estetizado fueron los estallidos prodigados a quienes Kaczynski designó blancos de su propósito destructivo transformador, pero su propia deriva a un bosque sin electricidad, refrendada por sus actos que podemos considerar reprochables o al menos no emulables, es el que tal vez haya sido un acto postrero y final, lo de vivir en una cabaña sin electricidad alejada de toda aplicación entrópica civilizada.
No tener adonde volver, haber incendiado las naves (esa es una gran imagen icónica), vernos en la obligación inapelable de consumar la conquista de la Terra Ignota es adonde nos ha llevado la electricidad.
Así, entonces, la electricidad es el nervio de la estetización, como los nervios del cuerpo son la electricidad que va de la mente hasta los pies. La electricidad selló el pacto fáustico sin retorno de nuestro desenlace apocalíptico.
Quizás lo podamos desear así: cuanto podamos sabernos en la encrucijada trágica, la trampa colonizadora del universo y de las mentes a la que no podemos renunciar ni desertar, puede y debe ser el vórtice por el que pasar de una dimensión, la de la vida estetizada, a una nueva vida política. Amén.
Alejandro Kaufman
Buenos Aires, EdM, mayo 2024
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