A fines de febrero el escritor Martín Kohan recibió en la Legislatura porteña el reconocimiento como personalidad destacada de la cultura. EdM celebra la distinción que no hace más que confirmar el destacado lugar que tiene Kohan como narrador, crítico, ensayista y docente, sino también como una voz decisiva en el debate público a través de los medios masivos. Y desde luego, siempre se sale de lugar para dar justo en el centro del problema. Sus palabras en el acto de la Legislatura son una muestra perfecta.
Me toca circunstancialmente a mí tomar la palabra ahora, le toca circunstancialmente a mi nombre figurar en este lugar. Pero no soy yo el que en verdad se destaca, ni mucho menos mi personalidad, tan dada por lo demás a la vacilación y al tropiezo, sino las condiciones que en general hicieron posible que yo, es decir el docente que soy, es decir el escritor que soy, desarrollara mi trabajo en la Argentina a lo largo de los años. Es eso lo que quisiera destacar, es eso lo que me resulta necesario destacar, más en este contexto actual que en otros, para expresar mi gratitud por el reconocimiento que la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires, en la que siempre viví, generosamente me brinda.
Me formé en el ámbito de la educación pública argentina. Nos habíamos acostumbrado, para bien, a sentirnos orgullosos de ella. Me formé en una universidad pública y gratuita (gratuita, sí, porque no hay que pagar un arancel para poder cursar en ella; se solventa con fondos públicos, no con la plata de éste o de aquél, que es la manera tramposa de traducir al lenguaje de lo privado lo que pertenece en verdad al lenguaje de lo público). Un espacio abierto y plural, con maestros de reconocido brillo intelectual, ajeno a la discriminación expulsiva y a sus hábitos de rencor, apuntando en lo posible a una cierta igualdad de condiciones.
Hoy enseño Teoría Literaria en la Universidad de Buenos Aires (enseño ahí desde hace treinta y cuatro años) y Narrativa Argentina en la Universidad Nacional de las Artes (desde hace ocho). Enseñé en la Universidad Nacional de la Patagonia, en Chubut, durante más de diez años. Lo destaco, lo destaco por sobre mí y por sobre mi personalidad, porque de un tiempo a esta parte, y de manera sostenida, prospera en el país un criterio llamativamente tosco, obtuso pero eficaz, según el cual debería resultarnos desdoroso formar parte del sistema de educación pública argentina, pues se trata de empleo estatal. Es preocupante, es aflictivo, es doloroso que se pretenda hacer de eso una afrenta; que así lo tomen, por negligencia, no pocos de nuestros compatriotas; que actúen desde semejante premisa quienes, a base de resentimiento y necedad, hoy ocupan el poder del Estado (y el ejecutivo, nada menos). Sabemos bien cómo se responde a esa clase de hostigamiento, a su virulencia y a su enardecido encono: se convierte la invectiva en insignia, y se la lleva con orgullo. Lo digo por eso ahora, por eso ahora lo destaco: estoy orgulloso de la educación pública argentina, estoy orgulloso de mis maestros, de mis compañeros y de los estudiantes que cursan con nosotros. Deploro, por ende, y de paso, que la Universidad Nacional de las Artes no haya podido pagar en la fecha habitual los salarios de sus trabajadores en el mes de febrero, porque el gobierno nacional bloqueó sin dar aviso el canal utilizado para el suministro de los respectivos fondos. Y sigo con algo más que preocupación, diría que con alarma, diría que con consternación, la declaración de la Universidad de Buenos Aires ante la decisión del gobierno nacional de congelar las partidas presupuestarias en los valores de hace exactamente un año, pues de ese modo, como a cualquier otra entidad le ocurriría, no podrá funcionar en condiciones mínimamente normales.
El trabajo en la docencia, el de leer y formar lectores, tiene su articulación natural con la escritura. Escribir con lo leído (porque el que escribe es antes que nada un lector), escribir sobre lo leído (en la crítica literaria), escribir siempre en procura de lectores (con deseo de ser leído, por deseo de lectura). Me toca entonces destacar, en este sentido, por la manera en que ayudan a destacar a su vez, no a autores, sino literaturas, al Fondo Nacional de las Artes, a la Comisión Nacional de Bibliotecas Populares, al Programa Sur de apoyo a las traducciones, a las decenas de Festivales Literarios y Ferias del Libro que, más allá de la parte que pueda tocarme o haberme tocado, promueven libros y los hacen posibles, o los hacen llegar a lectores a los que difícilmente llegarían de otro modo, o respaldan su difusión en otras partes del mundo, o nos devuelven en pueblos y ciudades de todo el país (Mendoza, Rafaela, Trelew, Comodoro Rivadavia, Bahía Blanca, Junín, Santiago del Estero, Concepción del Uruguay, Lincoln, Río Cuarto, Córdoba Capital, Santa Fe, Santa Rosa, Neuquén, Resistencia, La Rioja, Tucumán, etcétera, etcétera, etcétera) la dicha del encuentro y del contacto de escritores y lectores.
Es penoso asistir al ataque embravecido que desde el aparato del Estado se emprendió contra estas instituciones (éstas y otras), planteando una disyuntiva tan engañosa como rudimentaria entre políticas sociales y políticas culturales, oponiéndolas una a la otra en vez de potenciarlas mutuamente; pretendiendo que los pobres, a los que toman retóricamente como rehenes con la cínica impunidad de los que no sienten nada por ellos, y extorsionándonos a la vez a todos, afronten un planteo de singular crueldad: ¿Qué prefieren: comer o ilustrarse? ¿Qué prefieren: comer o divertirse? ¿Qué prefieren: comer o educarse? ¿Qué prefieren: comer o disfrutar? Ésa es la perversa libertad que les reservan. Las fuerzas del Estado se emplean para atacar sus propias políticas culturales con el propósito de, como gustan decir, exterminarlas; con lo que no habría en un futuro próximo otra literatura que la literatura comercial, otro teatro que el teatro comercial, otro cine que el cine comercial (y sin la Ley del Libro, otras librerías que las de las grandes cadenas, ni otras editoriales que las de los grandes grupos). ¿Y los pobres? Ah, cierto, los pobres. Ya sirvieron como excusa, los echan de nuevo al olvido. De hecho, tampoco se ocupan de que coman. Los comedores populares del país no reciben suministros o los artín reciben tan irregularmente que cunde la desesperación.
La red de Bibliotecas Populares fue creada por Domingo Faustino Sarmiento, no por Georg Pléjanov. El Fondo Nacional de las Artes fue creado por Victoria Ocampo, no por Anatoli Lunacharsky. Tal vez estemos ya echando de menos aquel viejo liberalismo argentino letrado, con el que valía la pena hasta discutir. Porque en definitiva siempre ha de ser más estimulante discutir cuáles pueden ser las mejores políticas culturales para el país o cómo conviene implementarlas, que tener que discutir directamente, por inaudito que resulte haber llegado hasta este punto, si tiene que haberlas o no.
En ese sentido considero especialmente significativas distinciones como las que me conceden en este momento a mí, porque más allá de mí, indica que hay un vínculo que pese a todo persiste, que es concreto y es tangible, entre nuestros representantes políticos y los que, con constancia, nos dedicamos a enseñar, a formar, a leer, a escribir. Gracias entonces a la Legislatura de la ciudad de Buenos Aires, y en lo particular, por su iniciativa, a Juan Manuel Valdés.
Martín Kohan
Buenos Aires, EdM, mayo 2024
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