Trance. Un glosario de Alan Pauls (Ampersand, 2018) es una oportunidad de pensar qué hacemos con la lectura y qué hacemos con la realidad en la que vivimos cuando salimos de ella.
Tal vez una de las caracterizaciones más atinadas de la literatura sea que es “el triunfo de una especie de liberación transitoria, más allá de la órbita de la concepción dominante, la abolición provisional de las relaciones jerárquicas, privilegios, reglas y tabúes”, como sucede por ejemplo con Trance de Alan Pauls. Esas palabras que Mijaíl Bajtín dedicó al carnaval en la Edad Media explican el tipo de experiencia que este libro propone, entrar a la lectura como a otro espacio en el que dejamos de lado los rasgos que nos definen para ser sólo lectores y que nuestro mundo sea, por ese breve instante que dura el trance de lectura, el texto.
Como ejemplar de la colección Lector&s de la editorial Ampersand, el libro que salió publicado a fines de 2018, se propone como un ensayo sobre la experiencia lectora y, si bien, sus treinta y nueve entradas abordan diversos aspectos de esa práctica también componen una breve novela y, más que un glosario, un bestiario. El protagonista de este relato es un lector y cada uno de los breves textos que componen el volumen, lo presentan en un aspecto diverso, construyendo una caterva de criaturas-lector o un lector de mil caras. El rasgo que caracteriza a todas estas criaturas, que está presente en cada una de las caras de este personaje múltiple, es el deseo de la lectura. En un comienzo, el niño desea el misterio de esa intimidad silenciosa con el libro que observa en otros, más tarde será seducido por un tipo de lectura que pide una clave secreta y a la que sucumbirá transformándose, él mismo, en creador de esos espacios multiformes que transforman a los hombres, esos que abren dentro de un tiempo separado del cotidiano fluir de muestras vidas, un ínterin donde sólo existe la satisfacción de ese deseo, el acto de leer. Porque a cada paso, el texto dice al lector y se dice a sí mismo, mientras hace lo que dice con quien lo está leyendo.
La primera imagen del lector con la que nos enfrenta es la del abducido, la de quien absorto en el libro se aleja del mundo que lo rodea al punto de generar alarma en su entorno: quien lee de este modo no participa de la vida y se le exige “que haga algo”. Ese tiempo fuera del tiempo se carga del placer de la lectura y es ahí donde se nos presenta el primer punto de contacto con el carnaval, en ese tiempo distinto al de la cotidianeidad del trabajo y la familia que huye de la obligación de producir, de ser “útil”, para gozar. Ese goce, producto de un trabajo con el texto que no debe ser fácil si quiere ser placentero, no tiene el mismo efecto en todos los lectores, de entre todas las criaturas que leen, hay quienes se muestran como amantes recelosos de la belleza que los doblega en la intimidad de la lectura y con la que no pueden sino crear más belleza, más textos, ofrecer a cambio de ese placer, más lectura. La breve novela sigue el derrotero del camino de un héroe que, enfrentado al misterio de un objeto indescifrable, es sometido por su encanto y, tras vencer obstáculos y aprender a utilizar artilugios propios, logrará unirse al selecto grupo de quienes escriben literatura. Todo habrá comenzado en la tierna infancia, en una escena germinal compartida por los miembros del grupo –con escasas variantes- en la que el niño doblegado por el aura de misterio que rodea a quien lee en silencio, estudia la pose y asume el papel de lector, se suma a una mascarada que, a lo largo de su vida, le dará más de mil caras.
Pero no se trata solamente de una historia heroica y pasional. En el espacio del libro, que lleva como subtítulo Un glosario, se desarrollan de manera simultánea dos órdenes: el conceptual que se organiza de manera alfabética a partir de los títulos de las entradas, y el cronológico de la historia del protagonista lector (aunque no por eso, privado de anticipaciones y retrospectivas). De los dos, el segundo es el que dota de coherencia al primero y pone de relieve que las secciones en las que se divide “la maravilla de la vida” no son sino un efecto de lectura producto de una mente que si bien utiliza la figura del “hiato” para segmentar el continuo de la realidad y poder identificar unidades de sentido que permitan proponer continuidades distintas.

En esa fiesta de máscaras en la que el carnaval subvertía las jerarquías sociales es donde se presenta el siguiente punto de contacto con la literatura, no sólo porque todo lector comienza como un impostor enmascarado, sino porque todo texto literario toma “los materiales ideológicos y políticos, los disfraza, los transforma, los pone siempre en otro lugar.” Y si bien Piglia hablaba así de la ficción, es difícil pensar que el ensayo literario o la lírica no hagan lo mismo, ¿o acaso podríamos negarlo? En la Edad Media, la posibilidad de asumir un lugar social diferente durante la época del carnaval implicaba conocer muy bien los vínculos que unían a cada persona con los demás durante el tiempo oficial. En la literatura, reconocer esos materiales ideológicos de los que habla Piglia en tensiones diferentes, nos permite explorar tanto lo que es como lo que podría ser y es en esa posibilidad donde radica su potencial transformador, porque a diferencia de lo que sucedía con el carnaval medieval -que por ser un ritual tenía tanta potencia catárquica como represiva (en tanto que contenía todo cambio y transformación dentro del espacio temporal de las festividades)- las páginas de un libro no agotan el potencial transformador sino que irradian hacia la vida cotidiana. No, no se trata de una ingenua continuidad entre el texto y el mundo, sino de la interacción entre ambos a través de esos sucesivos actos de lectura que transforman a uno y a otros.
El texto de Pauls es un objeto enmascarado, a cada paso parece desafiar las expectativas del lector que no puede negar que se trate de un ensayo pero también reconoce en los pliegues, la novela y el bestiario de lectores. Para cuando el lector llega a la última página, se percata de que ha estado jugando con la propuesta clasificatoria, adivinando hasta qué punto se corresponde su perfil con el de las criaturas retratadas, en qué medida comparte rasgos y hábitos, con cada una de las caras de ese héroe apasionado. El lector alzará la mirada no ya por interrupción del mundo, sino permitiéndose jugar con las máscaras que ha reconocido en su lectura –todo lector es héroe de esta aventura- y reconocerá las caras debajo de cada una, podrá instalarse en los hatos o crearlos, recortar y reubicar los materiales del continuo abarrotado del mundo, para crear un orden nuevo. Era ése el poder del carnaval, y es ésa también el potencial renovador de la literatura.
María José Schamun
Buenos Aires, EdM, mayo 2024
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