El pasado 9 de marzo, en la librería Otras orillas, se realizó la presentación del poemario de Lucía de Leone, Vayamos a conocer la nieve (Caleta Olivia) con ilustraciones de Débora Dejtiar. En esta ocasión, Alejandra Laera comparte con los lectores de EDM las palabras que leyó en aquella ocasión.
Cuando por primera vez me puse a leer el libro de poemas de Lucía De Leone pensé, apenas vi el título, ¿por qué “vayamos a conocer la nieve” y no “vamos a conocer la nieve”? Quizás a ustedes les parezca evidente, pero para mí no lo fue. Me parecía que sonaba mejor “vamos” que “vayamos”, me pareció que el “vamos” resultaba una invitación amable frente al apremiante “vayamos”. Claro que en cuanto avancé en la lectura de los poemas, me di cuenta de todo: obviamente se trataba de que Lucía escribiera “Vayamos” y no “vamos”. En esa diferencia, en ese matiz tan sonoro como semántico, había, casi como adelanto de la conformación de una poética futura, una intención que conjugaba a la mujer con la poeta, a su vida con su poesía. ¿Cómo había podido yo confundirme en ese vistazo inicial? ¡Si no solo conocía bien a Lucía, a Luli, sino también a la poetapoetisa de los versos que en 2023 dio a conocer la editorial ineditados: Donde los pájaros derriban ventanas!
Quizás lo adivinaron: me traicionó mi condición de crítica literaria y el hecho de que Lucía también lo sea. Es decir: me traicionó la polisemia (esa capa tan preciada de sentidos) que posee el “vamos”, verbo en cuya primera persona del plural hay invitación y afirmación a la vez: porque, si vamos a conocer la nieve, vamos en efecto a conocer la nieve. En cambio, el “vayamos” nos abre a una secuencia diferente que no es la que conduce a la afirmación sino la que se instala en el deseo: vayamos, vayamos…: dale, vayamos… ¿dale que vamos? Si el deseo aparece expresado con cierto tono de capricho infantil es porque, en el fondo, quien lo expresa sabe que cumplirlo es imposible (en la vida y en la poesía): podría ser la nena que le tira con insistencia de la pollera a la mamá, podría ser la nena que desafía a las amiguitas a atreverse. En el libro de Lucía ella es las dos cosas a su manera: es la que no puede tirar más de la pollera cuando le pide a la madre ya muy enferma que a los 15 vayan a conocer la nieve y la madre le dice que no, que no llega (y sobre la enfermedad y la muerte de la madre así anunciada en el primer poema vuelve en casi todos los otros de la primera parte del libro); es la que desafía a las amiguitas y a quien quiera oírla, en la escuela o en la calle, a escuchar sus revelaciones sobre el mundo, el país, el pueblo, la maternidad, la infancia, la naturaleza, la política (sobre todo lo que forma la vida: sean las jirafas feministas del zoológico, sean los milicos que vendieron la nación, sean las nenas que no se bañan en un mes, sean las nenas mentirosas frente a tanta e insoportable verdad). En el punto de encuentro posible entre esas nenas que emergen de los poemas se compone esa invitación perentoria que lo es también hacia afuera del libro: a nosotras y nosotros, que leemos, o mejor dicho, que podemos leer y cumplirle a la nena, a la nena que todavía vive en la mujer adulta, el deseo. Vayamos a conocer la nieve: a partir de esa secuencia diferente, entonces, que abre el “vayamos” frente al “vamos” es que quiero compartir ciertas notas.
1. En el vayamos no hay seguridad, solo caben la incerteza y/o el asombro que nos depara el futuro. Porque no se trata acá de la convicción propia de la declamación o la arenga (de mucha de la mejor poesía política argentina) pero tampoco de esa incerteza o asombro propios de la descripción (el poema que al describir un objeto, un elemento, un estado, nos lo muestra como por primera vez), sino de aquellos que son propios del relato futuro. Doble relato, en Vayamos a conocer la nieve. Uno es el que trama en los poemas Lucía: el mismo que nos hace querer saber cómo fue esa infancia, qué pasó, qué le pasó, cuándo pasó. Porque salvo muy pocas pero necesarias referencias que nos permiten calendarizar los versos (Malvinas, el retorno de la democracia, el Mundial maradoniano, la tardía tele a color… o sea: un modo de vivir la década del 80), el relato de vida es un hilo que se hilvana y se corta o se hace madeja y finalmente ovillo (como podría decir Lucía, que así describe la forma del cuerpo en un poema, o incluso “bollito”, según describe el suyo propio), en el que siempre se apuesta al futuro a modo de salida imposible de la incerteza. El otro relato es el del futuro propiamente dicho de esa nena, al que se abre la segunda parte del libro: qué le pasó después, cómo le fue a esa nena casi sabelotodo porque no entendía casi nada de lo que le había tocado vivir (la muerte de la madre, la dictadura militar). Ahí es donde a modo de relato, con sus tiempos, los poemas nos pueden asombrar, ahí justo donde se encuentra eso mismo que dice el escritor Cristian Molina en la contratapa, atendiendo a la voz poética: “los poemas de Lucía De Leone van y vienen entre la voz de una niña y la de una madre que son y no son la misma mujer”.
2. Leo en el “vayamos” que inaugura el poemario, entonces, el relato futuro, incierto y abierto al asombro ante la nieve configurada como signo. Me gusta hacerlo así porque, si aceptamos la invitación o el desafío, ¡el juego! (“vayamos a conocer la nieve”), no sabemos si llegamos o no, o hasta dónde, a conocerla. A conocer la nieve. Un cúmulo de incertezas. Cómo conocer la nieve, esa que cambia siempre de estado: la de los copos, la sin forma, la que se transforma, la más fría, la que se derrite, la más blanca… La nieve que cae, que se acumula, y que, como señala también Cristian Molina, “luego se derrite y corre el agua, revitalizando la tierra yerma”. Solo que la nieve, antes de derretirse para reiniciar su ciclo natural, se ensucia, se oscurece y se hace hielo impenetrable. La nieve infantil del libro de Lucía es todo eso: es el deseo pero también es su revés: su decepción, su frustración, su insatisfacción, su anhelo futuro.
3. En estos poemas asistimos también al cambio climático. Así como, dejándose resonar por los giros epistemológicos y literarios más reciéntes, la vida animal entra en el primer poema de la segunda parte con las jirafas que unen los tiempos en femenino o la vida futura entra por puntadas en esa misma segunda parte con las imágenes del amor por un hombre o por el hijo aunque siempre haciéndose esperar, el clima también ingresa al poemario. Y lo hace como si fuera un cambio climático personal y único que va de la infancia a la adultez, que ingresa con la nieve como deseo desde el comienzo para contrastar cada vez más con el calor de la vida cotidiana. Porque… ¿cómo conocer la nieve si hace tanto tanto calor, si es verano, es navidad en la Argentina, es enero en Buenos Aires, es febrero en el departamento de la ciudad, y todo parece a punto de estallar, hasta el vientre de la maternidad que la tiene a la mujer que va a ser madre (esa yo en el futuro) echada de costado? “¿Cuándo se termina el calor en esta ciudad?”, se pregunta finalmente la protagonista (sí, la protagonista) en el penúltimo poema.
4. La espera es el leit motif de estos poemas. Cómo conocer la nieve si la mujer, ya no siendo una nena sino esperando a su “nene” (así lo llama en un verso), está más cerca del campo caliente donde la Nefer de Enero, la novela de Sara Gallardo, espera a su hijo sin haberlo querido esperar y sin haber podido abortarlo. Tanto es así que incluso hay un poema entero sobre la espera dedicado “a Sara, siempre” y al clima, opresor en todos los sentidos, de su primera novela. Es que la espera recorre el libro empezando por la inminencia de la pérdida de la madre a la inminencia del nacimiento del hijo (“el tiempo de la nueva espera”). En el medio: el padre le avisa a la nena enferma “que en unas horas / toca la próxima toma. / Que duerma, que pronto va a pasar.”, el árbol de navidad “casi marzo y sigue intacto / pide invernar hasta que toque la fecha”, “Eso es mi infancia / apurada por terminar”, “quizás el fin del verano es eso que pasa mañana”. Y si se espera interminablemente conocer la nieve, mientras, como de nieve se trata, la nieve puede ser cualquier cosa (y por eso también “vayamos a conocer la nieve” es un juego): dura o blanda, un cubito o lo que fuere. Puede ser un paisaje (la plaza, el campo, las islas), un objeto (un juguete, un vaso, un libro), un acontecimiento (la guerra en “las islas”, “la mano de dios”, una marcha peronista hacia “la plaza”) o un personaje (de la biblioteca, de la literatura). Como si fuera la nieve la que transforma la espera o la pesadilla en un deseo o un sueño:
Yo que me debatía
Victoria Sara
Salvadora Alfonsina
que descentré las pampas
y lloré a la Néfer
quise ser la China
a veces Beya
las que se hacen fuego si quieren
supe en un momento
que nunca es puro desperdicio
ser la mora
y además la boca hambrienta
que mordía la mora.
La primera persona muerde la prosa de Gabriela Cabezón Cámara en los versos finales para transformarlos y transformarse en todos los personajes al mismo tiempo.
5. ¿Y adónde, entonces, vamos a conocer la nieve? A la vida de la protagonista, una vida que es y no es la de Lucía (Luli, Lu) De Leone. A la vida de una protagonista a la manera en que lo son, de sus poemas, Anne Carson o Sharon Olds, por nombrar a dos de las más leídas reciente e influyentemente en la Argentina. Pero también a las de sus escritoras faro, sobre las que investigó y escribió ensayos. Y a las de algunas personajes especialmente elegidas, que buscaron, y últimamente lograron, reconvertir su vulnerabilidad en agencia. Vayamos a conocer, por fin, la nieve. Probemos siguiendo todos los tonos que imaginamos para el juego: el que va de la caprichosa insistencia infantil del “vayamos a conocer la nieve” al pedido casi implorante “vayamos a conocer la nieve”, al imperativo furioso del presente “Vayamos a conocer la nieve” lanzado a puro futuro, antes de que sea un “Vayamos a conocer la nieve” lleno de nostalgia (“¿Qué hago ahora / si no encuentro / ni palabras de apuro / para volver atrás los años?”). Porque en todos esos tonos está Lucía: la que escribe sobre el campo, nos entrega completa a Sara Gallardo en sus compilaciones y estudios, la que escribe reseñas para la prensa, artículos académicos y periodísticos, la que se pone seria cuando algún medio le pide opinión sobre feminismo o literatura feminista, la que creó perfiles de “mujeres faro” latinoamericanas para que de una vez se las sepan todas.
6. Lo que quise fue resaltar, en tiempos de tanta inmediatez, de tanto usufructo del lenguaje, una construcción poética tan genuina como calculada, tan espontánea como elaborada; una construcción, precisamente, porque la escritura no se regodea en la cómoda inmediatez del yo, ni tampoco se instala en el mero gesto poético de versear. Explora en cambio dimensiones en la gramática, la puntuación, la métrica y los cortes de verso, busca experimentar con correlatividades y concordancias, consigue rascar las metáforas. La escritura de Lucía De Leone, propongo, espera hacer de sí misma, como poesía, como poema, como poeta, una vayamos a.
Alejandra Laera
Buenos Aires, marzo 2024
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