Escuchar al vocero presidencial todas las mañanas, distrae. Seguir el ascenso y caída de Milei con sus trending topic´s semanales, distrae. Es posible mirar ahí con el rabillo del ojo, para ir midiendo si dura hasta mañana, hasta diciembre, hasta las legislativas del año próximo, hasta 2027 o si se queda por ocho largos años. De cualquier manera, en el mejor de sus propios escenarios nos orientamos a la distopía libertaria de la desigualdad con unos cuantos ricos, y muchos, muchísimos pobres. Los niveles altísimos de trabajo en negro alarman. No obstante, en Perú son mucho más altos, y en Bolivia –transformada– llegan al ochenta por ciento. El PBI puede crecer sin que crezca el trabajo registrado. Esta semana, en el programa de radio de Sztulwark, Horowicz y Tognietti invitaron a Pablo Fernández Rojas, un joven intelectual anfibio que lee a Spinoza y nació en la 1-11-14. El muchacho decía que los jóvenes pobres apoyan a Milei porque puso blanco sobre negro su situación precaria. La informalidad dejó de ser un tabú ignorado por el progresismo. A los que antes no les llegaba la protección de los derechos y el Estado, dice Fernández Rojas, les parece bien que no le llegue a nadie. A los que venden mercancías en la informalidad, les parece genial que ahora todos deban venderse en la informalidad. Milei les habló a ellos, a un mercado que en la distopía de la desigualdad irá en ascenso. Los que dejan de comprar en el Shopping van a La Salada. Incluso, Fernández Rojas coincide con Jorge Asís: aunque parezca contradictorio, muchos de esos jóvenes también podrían seguir a Guillermo Moreno. Les creen a los que les hablan a ellos. Asís refiere al «lenguaje de las redes», Milei lo habría entendido mejor que nadie. Ocupar el centro de la agenda con provocaciones que sean fáciles de viralizar. En el caso de Milei no importaría, desde el punto de vista de la comunicación, que su discurso sobre la economía –a pesar del esfuerzo pedagógico con las manos– sea incomprensible. Lo que importa es el Show, lo dijo el propio Milei en una de las primeras entrevistas como presidente en ejercicio. Incluso el cringe, que provoque ese monto de vergüenza ajena, lo hace creíble. La locura lo vuelve creíble. Hasta Juan Grabois dice que Milei no miente.
La «jugada» de los tres tercios con la que el peronismo se pone entre las opciones competitivas en 2023, habría derrumbado toda perspectiva de Macri como opción; el pacto de Acassuso podría hacer que Macrí sea a Milei lo que Duhalde a Kirchner, o aún peor. No obstante, la «jugada» sale mal, y es probable que entre otras razones exista el hecho –comentado en su momento– de que el candidato del peronismo haya sido demasiado profesional, razón por la cual se vuelve sospechoso. El único modo de que Pichetto sea un día presidente es que las mayorías lo acepten tal como es, con todo su cinismo. Si mañana el hombre del palacio quiere mostrarse como un político al que le importa la sensibilidad de su pueblo, nadie va a creer lo que diga. Y Massa, el que todos conocen, se quiso mostrar como no lo conocíamos. Numerosos votantes optaron por Massa a la defensiva.
De la hipótesis de Fernández Rojas, el intelectual anfibio, se podría derivar una necesidad. Quien defiende consignas y derechos no debe negar la realidad en función de crear con el discurso una realidad con el más mínimo de fantasía. Para decirlo de otra forma, no interesan ni el Show ni el «juego» electoral.
Lo único que interesa es transformar la realidad, el estado de cosas. Sin barniz de ningún tipo. Sin brillo. Sin Show ni «relato» que no sea creíble. El único camino para enfrentar el destino distópico de la desigualdad es la transformación. La oposición que no sea transformadora, de ser viable el proyecto de Milei, se va a volver oficialista. La que proponga cambiar el estado de cosas, si gana las elecciones del año próximo, seguirá siendo oposición con chances de gobernar. Si no las gana, sigue siendo el camino para enfrentar la distopía.
Ahora bien, ¿qué hacer para adoptar una orientación transformadora?
En primer lugar, aceptar que estamos en condiciones de extrema dependencia. Cada año la influencia de la política en el destino del pueblo es más impotente. Y la tendencia general se acrecienta después de la pandemia. La dependencia económica de la deuda es un factor clave. La explicación de los «mil millonarios» que da Álvarez Agis a Novaresio y se viraliza –acerca del modo en que quitan financiamiento a los Estados mediante estrategias para pagar cada vez menos impuestos–, explica la impotencia de la política. Y el cuadro puede ser más pesimista. El largo período de gobiernos populares en América Latina es un paréntesis, apenas un freno, en la más larga marcha del capitalismo en su fase tardía, líquida, posindustrial, de la sociedad de control y el posmodernismo. Una excepción en la transformación global del neoliberalismo con epicentro en el declive de la principal potencia mundial frente a China. El período de los gobiernos populares en la región desde fines de la década de 1990 a mediados de la década de 2010 coincide con el orden mundial que conecta la caída de las Torres en 2001 con la crisis de 2008. La «década ganada» fue una década no perdida en un contexto de adversidad que es necesario leer con todo el pesimismo que merece. Una posición transformadora puede partir del diagnóstico sobre tres orientaciones que derivan de ese contexto y es necesario discutir. Tres orientaciones que son determinantes: sobre el trabajo, la técnica y el destino de la vida en el planeta.
La hipótesis de Fernández Rojas se puede inscribir en el problema del trabajo. Las transformaciones laborales suponen cambios respecto del capitalismo en su fase sólida del matrimonio entre el Capital y el Trabajo. Esa es una consigna melancólica, la sostiene Cristina en numerosos discursos. No obstante, hay una amplia bibliografía al respecto que viene anunciando que eso hoy no funciona así. El kirchnerismo se orientó en ese sentido, a contramano del mundo. Pero el mundo fue hacia la informalidad de las plataformas. Quienes impulsan la «economía popular» vienen sosteniendo hace muchos años la necesidad de hablarle a los que no tienen empleo en blanco. Sin embargo, el intelectual anfibio, Fernández Rojas no menciona a la UTEP. Existen trabajadores de la economía popular que votaron a Milei, y antes a Grabois. Se trata de hablarle al que lava las copas en el casamiento entre el Capital y el Trabajo. Y la razón no es sólo moral, sino que hacia ahí se orienta el capitalismo. El trabajo no es lo que organiza las identidades. El consumo las define desde hace décadas. El consumo de música o el consumo de Show neofascista. El Estado, por un lado, y la cultura y la sociedad autónomas –de mercado y del Estado–, por otro lado, tendrán que producir otras tendencias que reemplacen los dispositivos de la sociedad disciplinaria. Ya no es la fábrica y la escuela está en crisis. El peronismo de Perón tuvo lugar en los años de oro de la modernidad «sólida» y el Estado de bienestar; el peronismo kirchnerista en los años líquidos de internet y el empleo informal. El kirchnerismo y los gobiernos progresistas del período fueron a contramano de la época, reivindicaron la figura del trabajo como organizador de la vida.
«La explosión» es un cuento de Martínez Estrada, incluido en La tos y otros entretenimientos. Se trata de un relato kafkiano en el sentido que Borges da al término. Martínez Estrada compone una pesadilla. Una mañana Gregor Samsa se despertó convertido en un monstruoso insecto. «No bien terminaron de colocar la nueva caldera en la fábrica, explotó. Destrozó a tres obreros y causó daños inmensos en el edificio. Avisaron al ingeniero, Blas Brass, que llegó inmediatamente, bajando a saltos la escalera. Encontró los tres cadáveres desfigurados y a todo el personal de la fábrica aglomerado, forcejeando para contemplar a los compañeros muertos.». El relato prosigue, esa tarde el ingeniero que es el dueño de la fábrica regresa a su casa apesadumbrado. Al día siguiente tiene que ir a Tribunales, debe radicar la denuncia para avanzar con los trámites. Cena con la madre. Temprano, se acuesta. La madre se acerca a darle las buenas noches y sin solución de continuidad nos encontramos en medio de la pesadilla, de la que no salimos sino hasta que despierta en la última página de apenas seis. En el sueño, la madre a pesar de la edad levanta los cadáveres, los pone sobre su espalda, y los retira. La presencia de los demás obreros lo acosa. La culpa, es probable que él haya hecho mal algún cálculo en la disposición de la caldera. La pesadilla avanza, hasta que despierta pensando que quizás todo fue una larga pesadilla de la que está saliendo; hasta que le anuncian que debe ir a Tribunales.
El matrimonio entre el Capital y el Trabajo pudo producir pesadillas del tipo que Martínez Estrada imagina en «Explosión». Hoy, en cambio, el sueño de los «mil millonarios» y de los gerentes de las compañías multinacionales peligra más por Netflix y las pantallas de sus celulares que por la vida y muerte de los obreros.
Una segunda orientación urgente que necesitamos discutir es la dimensión digital de la cultura posmoderna en su estado actual. En «Las ruinas circulares», Borges elabora una pesadilla distinta. ¿Y si somos el sueño de otro? La inteligencia artificial es una nueva etapa en una orientación que ya tiene veinte años con la globalización –consumada en la Pandemia– de internet. La promesa emancipatoria del supuesto progreso que anida en consignas como las del parque temático «tecnópolis» habría que matizarla. «Cienciápolis» podría ser una elección más «crítica», menos presa del mito sobre la técnica. La sociedad, la cultura, la política y todavía más la educación tienen que enfrentar al mito de que la técnica es bondadosa de por sí. La bomba atómica y la posibilidad real de producir nuestro propio apocalipsis nuclear es una invención técnica que depende de las mismas teorías que podrían posibilitar la producción limpia de energía y una salida ante la crisis climática. La defensa y propaganda de la ciencia requiere incluir en todo lo que hagamos el aspecto crítico de la técnica. Ser soñados por el algoritmo de las plataformas es una de las peores formas de sujeción.
Por último, la obra de Horacio Quiroga en la selva –el animismo quiroguiano que comparte con Walt Whitman, tan americano en el sentido romántico del término– permite aproximarse a un tercer problema en la agenda transformadora. La relación con el planeta en el que vivimos va a necesitar decisiones políticas urgentes. El congreso de las serpientes se va a levantar contra los humanos.
Hay que enfrentar negacionismos: el trabajo no organiza la vida como en la sociedad disciplinaria; la cultura de las pantallas no es necesariamente buena; y a la crisis del sistema planetario no le va a importar la opinión de los negacionistas climáticos. Aunque por lo bajo los tres problemas circulan en el ágora –por eso hay negacionistas–, sin embargo, no figuran con claridad y precisión en la agenda de nadie. Más allá del Show mediático y las «jugadas» electorales, indiferentes, las tres orientaciones actuales avanzan en sintonía con la distopía libertaria: precariedad laboral, sociedad de control algorítmico y crisis climática
Pablo Luzuriaga
Buenos Aires, EdM, mayo de 2024
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