El 30 de abril se realizó en la Facultad de Filosofía y Letras, UBA, la presentación del dossier “40 años de la cátedra de Teoría y Análisis C”, publicado en el último número de la revista Exlibris http://revistas.filo.uba.ar/index.php/exlibris/issue/current/showToc. El dossier, coordinado por Carolina Ramallo y Annick Louis, hace un exhaustivo recorrido coral de la cátedra que introdujo en la Facultad la disciplina. Escritores del Mundo publica el texto que Miguel Vitagliano compartió en la presentación.
I
Mientras leía el dossier sobre los 40 años de Teoría y Análisis y lo que fueron esos tiempos en que la teoría literaria encontró lugar en la Universidad, una y otra vez se me imponía el relato tan distinto de Néstor Perlongher sobre su experiencia en la universidad francesa. Era 1989 y había cometido el error, decía, “fascinado cual niña proletaria por las luces benjaminianas de Lutecia” de aceptar una beca en París. Y se quejaba de todo, de la burocracia universitaria que le hacía “sentir nostalgia de los carcamanes de Filo”, y de intelectuales dictando sus clases:
“Son hiperindividualistas. Cada intelectual tiene su feudo y de ahí no sale ni a palos. Un feudo raramente se comunica con otro. Si en tal lugar alguien reina, que nadie venga a hacerle sombra. Y buen parte de las cosas (que dicen) son efectos retóricos que a nosotros, desde acá, se nos escapan. (…) ¡Lanzan cualquiera! ¡Lanzan las que se les canta! Lo primero que les viene al bocho. (Papeles insumisos (2004), 172)
Y de los estudiantes, decía que estaban “en perpetuo pánico”, que ni se animaban a hablarles a sus profesores.
Es cierto que la fascinación engendra desilusiones descarnadas. Las apreciaciones de Perlongher acaso fueran parte del Síndrome de París: tanto se ha escuchado sobre la ciudad luz que el encuentro con la realidad es frustrante, solo se ven tinieblas. Lo más sugerente del relato de Perlongher, creo yo, está en la relación que establece entre ese mundo universitario y lo que estaba sucediendo extramuros. Es decir, en la conexión entre lo pensado, discutido y vivido en ambos lados:
“Ellos se juegan a la desterritorialización a la violeta. Todo lo que sea vagabundo les parece encantador: nómade de acá, drogado de allá, cuerpo sin órganos de más allá. Pero es que a partir de esta década siniestra y tenebrosa de los 90, toda esa onda de la alternativa, del psicodelismo, de la locura, en fin, se ha terminado, feminismos, movimiento gay, se ha terminado de destruir y ha lanzado vástagos horrorosos que se revientan por las calles, con la heroína sustituyendo el LSD. Algo soez, vil: se quieren matar. Una saga letal.” (174)
Completamente distinta era la realidad a mediados de los 80 en Argentina y en la Universidad. Y más aún en la carrera de Letras de la Facultad de Filosofía y Letras que, como destacan Carolina Ramallo y Annick Louis en el prólogo, fue la primera en iniciar la democratización luego de la dictadura. Confiar en una nueva convivencia, construir un Plan de Estudios, convocar a concursos docentes para llevar adelante lo que se proyectaba. La transformación fue decisiva, ambiciosa y rápida, impulsada por la efervescencia social que ansiaba un “nunca más” en todas partes, un corte inmediato y definitivo con el pasado reciente; lo que quizás terminó por ser, involuntariamente, una manera de quedarse fijos en ese instante pedaleando en el aire. En cuanto a la carrera de Letras, Enrique Pezzoni y Jorge Panesi coordinaron lo necesario para hacer posible la transformación, desde sus dos funciones, como Director del Departamento de Letras y Secretario Académico, y como profesor a cargo y profesor adjunto de la materia Introducción a la Literatura, que a partir de 1986 cambió su nombre por Teoría y Análisis.
Si el Plan de Estudios resultó ambicioso fue porque imaginaba un provenir para el país que no resultó ser el que fue. Se confiaba por entonces que en veinte años el país lograría el desarrollo de España; los ánimos iban a cambiar en los 90 y la aguja de la brújula viró hacia el sudeste asiático. Por problemas de presupuesto el Plan de Estudios del 85 no pudo ver concretadas todas sus propuestas en sus cuarenta años de vigencia, aunque hizo cambios estructurales en las Literaturas Nacionales, en Lingüística y en Letras Clásicas. Además de incorporarle a la carrera un marcado perfil teórico y crítico, creando otras dos cátedras de teoría literaria entre el 86 y el 89, Teoría Literaria II, con Josefina Ludmer, y Teoría Literaria III, con Nicolás Rosa.
Siete años de dictadura ofrecen por su propio peso fundamentos de por qué resultaban imprescindibles las teorías literarias. La verdad ordenada por decreto oblitera la posibilidad de existencia de toda operación crítica que, como define Fernando Bogado en su artículo, comienza con la lectura atenta de un caso puntual para extraer consecuencias más allá de ese caso. Es una acción que necesariamente alienta discusiones con otras lecturas, cuestionamientos de las creencias en una sociedad, sobre sus formaciones y coagulaciones de sentido. La verdad por decreto no admite teorías. “Porque cualquier tipo de teoría -como dice Panesi en diálogo con Marcelo Topuzian en El entusiasmo teórico (2023)-, sea teoría literaria, teoría antropológica, pone la reflexión en un plano de generalización tal que ataca o se mete en problemas de orden general para una comunidad y con la política misma.” (78)
En su Seminario del 85, un año antes de Teoría Literaria II, Ludmer decía: “Les aclaramos que (los) modos de leer son cambiantes, históricos, se enfrentan entre sí y nosotros apostamos a los cambios en los modos de leer, a descongelarlos, a que cambien en una sociedad, que lea de otro modo, y por lo tanto, se produzca también un cambio en la literatura, porque los modos de leer producen también literatura.”
Y Nicolás Rosa en Teoría Literaria III, en 1989: “Somos lectores de lo universal y escritores de lo particular. Por eso vamos a leer textos teóricos de distintas tradiciones culturales, porque es posible importar saberes técnicos para apoyar la reflexión teórica, pero vamos a hacer crítica de textos de la literatura argentina porque solo es posible generar un discurso crítico dentro del tramado social donde se ejerce. La función de la crítica es leer lo negado por la literatura: los escritores silenciados, las obras excluidas, las voces acalladas, o aquello de cada texto que ha sido ensombrecido por la excesiva iluminación de las lecturas oficiales.”
El plural de esas explicaciones comenzaba en lo propio que se hacía extensivo al equipo docente. Pero incluía también a cada estudiante, interpelándolos a tomar la palabra. Lo que no siempre resultaba sencillo, más si se trataban de ingresantes a la carrera, como era el caso de Teoría y Análisis; absolutamente todo cuanto escuchaban a mediados de los 80 los desconcertaba. Durante los años de dictadura, la crítica y la teoría sólo había circulado en secreto, en los reducidos grupos de estudio a los que pronto se llamó, acaso con un dejo de película péplum por televisión, “universidad de las catacumbas”.
Lo más próximo al discurso de la crítica y la teoría que la mayoría de los ingresantes podía tener en el 86 o en el 87 era lo aprendido en la cátedra de Semiología y Análisis del Discurso, a cargo de Elvira Arnoux, a partir de 1985 en el CBC. La cátedra contaba en su primer año con más de 40 docentes, entre ellos cerca del 50% de quienes conformaron los primeros equipos de las distintas cátedras de teoría literaria.
II
Durante los 80 y hasta mediados de los 90 las aulas de las teorías literarias se colmaban de escuchas cómplices. Digo cómplices y no interesadas porque el interés contiene algo de cálculo y lo que quiero destacar es que ahí, además de estudiantes interesadas e interesados, había quienes estaban convencidos de que en esas clases participaban de la alteración del orden impuesto y que eso era vital para escribir su propia experiencia en el mundo. El interés mantuvo su plazo fijo masivo después de entonces; la complicidad persistió, aunque disminuyó en intensidad en el banco de las cuentas.
El recorrido de esa cómplice persistencia en Teoría y Análisis resulta evidente en los testimonios del dossier, con las voces de estudiantes que más tarde fueron docentes de la cátedra. Alejandra Brocatto, docente desde 2008, cursó la materia en 1994 y dos años después comenzó a trabajar desgrabando las clases teóricas a lo largo de ocho años. Consciente de la teatralidad que conlleva la puesta en acto de la enseñanza, y de las obligadas repeticiones de ciertas escenas, se empeñó en hacerse invisible en la redacción de sus desgrabados, interferir lo indispensable, mantener los chistes y las ironías de Panesi sin entrometerse en esa escena secreta entre estudiantes y profesor. Mantener lo más posible las huellas del acto que ya no iba a repetirse. Así llegaba la voz de Panesi en la desgrabación:
“La función de ustedes es horadar, agujerear el discurso de los maestros, el discurso de los profesores que es, hasta cierto punto, equivalente al discurso del amo. (…) Si ustedes asimilan da manera admirable y respetuosamente todo, este discurso no avanza para ningún lado, y ustedes tampoco. Por lo tanto, los insto… y por supuesto que me va a dar mucha rabia si me contradicen y encima tienen razón.” (1999)
Esa escena pedagógica era también un condensado de crítica. Ambos registros no dejan de yuxtaponerse en las clases de Panesi. Pienso que no solo se debía a que estuviera frente a alumnos ingresantes, sino que se trataba de una afirmación teórica. Fermín Rodríguez, docente durante años de la cátedra y profesor a cargo desde 2022, cuenta en la entrevista del dossier que Panesi rompía “los hábitos de lectura más rutinarios” y “ponía en escena un deseo de lectura”, en el que ningún estudiante quedaba afuera por no saber algo de lo que se discutía:
“Jorge nos enseñaba, por su modo de acompañar a les estudiantes, a bordear ese ´no saber´ en relación con el texto literario, y nos mostraba que en ese “no saber” estaba el porvenir de una lectura crítica. Porque la crítica no era un misterio (…), ponía en marcha un proceso de producción de sentido inseparable del acto de escribir.” (335)
Un modo, tal vez, de concebir la crítica como un faro portátil, menos una herramienta de uso que un dispositivo abierto a nuevos viajes. Leonora Djament es docente de la cátedra desde 1996, el mismo año en que comenzó a trabajar en el ámbito editorial. Desde hace más de quince años es la directora editorial de Eterna Cadencia que incluye en su catálogo textos fundamentales de la teoría y la crítica. Leonora concibe la edición como “un espacio de exploración y formación permanente”, en una íntima y constante conexión con la docencia en teoría, como partes de una misma travesía.
Todos muestran por igual señales de una cómplice persistencia, fechadas en un momento del pasado y pronunciadas en presente. ¿Cómo saber del día anterior a esa fecha en que el interés se convirtió en complicidad? ¿Cuál fue el día puntual que definió la persistencia? Imposible. Deseado pero imposible, igual que la historia de las lágrimas soñada por Barthes: imposible saber en qué escena de una tragedia de Racine lloraba más el público en el teatro. Imposible saber en qué momento de las clases de Teoría y Análisis irrumpía “eso” que definía la complicidad o su persistencia. Presumo que el artículo de Annick podría ser leído en ese camino, aunque en dirección inversa: leer las clases inaugurales de Pezzoni y Panesi en cada cursada. Porque si lo “inaugural” lleva inscripto el anuncio de lo que será, ¿no podrían hallarse en cada nueva vez que se presenta la primera vez indicios de una fatiga en la escucha de los estudiantes o el porvenir de alguna complicidad?
Afortunadamente, lo que insiste son las sutilezas de Panesi en las variaciones de las bromas, el entusiasmo y el rigor pedagógico y crítico desde su primera clase inaugural en el 87 -esa vez ante la ausencia de Pezzoni a causa de un viaje-, y desde el 91 ya a cargo de la materia. En 2003, muy lejos de los años de “auge” de las teorías, entabla un diálogo con los estudiantes y, ante una mención de Foucault, propone una definición de la crítica como posición de la cátedra:
“La crítica sería, entonces, no el arte sino la técnica, la manera de, el discurso que, se atreve a desafiar el poder y a lo que en materia discursiva es el representante del poder, a saber: las ideas recibidas, las ideas establecidas, las ideas hegemónicas, aquellos que recibimos, heredamos y repetimos. Esto es, a juicio de la cátedra, la crítica literaria. A veces no sabemos a quién estamos desobedeciendo, a veces no está claro esta desobediencia. Pero que la crítica se trata de un desafío a algún tipo de poder, de eso estamos convencidos.”
III
¿Cómo habrá resonado en el contexto de esos años la contundencia de esa afirmación? ¿Con la misma indubitable complicidad que en los 80 o con la distancia surgida desde mediados de los 90, cuando Panesi reconoce “un desinfle” en las teorías? En el dossier aflora la puesta en juego de esos dos momentos, y de distinta manera en los artículos de Bogado y Topuzian. En un caso el “desinfle” sería parte de una incisión ideológica operando desde fuera de la disciplina, en el otro de una consecuencia interna que atañe a su conformación y extensión. Carolina y Annick proponen una hipótesis sobre el problema: el momento de institucionalización de la teoría literaria implicaba la “apuesta a que un individuo se vuelva institución”. Y eso fue lo que ocurrió con Panesi, pero esa disposición, según advierten, no fue seguida y continuada por Ludmer ni por Rosa, y eso habría debilitado la potencia de esa institucionalización.
Difícilmente haya una causa única también para este problema.
Aunque desde luego podríamos plantearnos ciertas preguntas. Digamos, preguntas de un cómplice. ¿Hasta qué punto una disciplina como la teoría literaria, disconforme por definición y en “los márgenes de la literatura” (Panesi), podría conformarse con una pretendida centralidad? ¿El lugar central que se le adjudicó en la carrera de Letras no fue acaso una medida estratégica: expandir la reflexión crítica y teórica hacia otros campos? Y eso indudablemente lo consiguió dentro de la carrera, y también en otras. Es más, acaso lo cumplió aun fuera de la universidad, si consideramos la expansión de su terminología, nociones y conceptos.
¿Podríamos pensar el problema sin preguntarnos por los efectos del contexto político-económico de cada momento y observar cómo se introyectaron en la vida universitaria y en las prácticas de Letras? ¿Ese “desinflarse” no excede a la teoría literaria? ¿No está vinculado a la pasión? En 1997, un grupo de docentes e investigadores de la carrera de Historia entregaba por los pasillos de la Facultad un extenso y detallado folleto, Manifiesto de Octubre. Una crítica a la Razón Académica que comenzaba diciendo: “Hay más de una cosa que ya está apestando en la Facultad de Filosofía y Letras. A la escasez endémica del presupuesto se suman desde hace algunos años las distintas estrategias del ajuste económico. Régimen de becas estrechísimo, intentos de arancelamiento (…). Pero no solo son esos vahos que amenazan con intoxicar la antigua fábrica de la calle Puán. Se trata también de que cada vez son más los estudiantes que empujados por el orden de cosas institucional (creen) que el objeto más deseado debe ser la profesionalización académica y que, a su vez, (eso) no tarda en revelarles que las posibilidades de alcanzar ese supuesto final feliz son ínfimas, (así que) se resignan a hacer de su paso por las aulas (…) un pasatiempo juvenil.” Y lo firmaba un colectivo integrado por Javier Trímboli, Fabio Wasserman, Ezequiel Adamosvky, Ana Álvarez, Karina Bermúdez y Horacio Tarcus, entre otros. ¿Hasta qué punto las y los estudiantes de Letras quedaron indemnes de ese “proceso hacia la profesionalización”, que Horacio González llamó “El Ethos burocrático”?
No quisiera terminar sin referirme al testimonio de Juan Pablo Parchuc, docente de la catedra y coordinador de actividades de extensión universitaria en las cárceles desde hace más diecisiete años. Curso la materia en 2001 y volvió a encontrarse con su docente, Silvia Delfino, en el seminario de Análisis de los Medios Masivos. Como Silvia co-coordinaba el Area Queer, participó en un nuevo seminario, y en 2004 comenzó a trabajar en la cárcel. Primero asistiendo a un grupo de personas detenidas en unos incidentes en la Legislatura porteña, y pronto dando clase, al mismo tiempo que comenzaba a enseñar teoría literaria en la Facultad. Ámbitos muy distintos, aunque ambos, explica Parcuch, en los márgenes, en los bordes de la ley de la Literatura y en los bordes de la ley del Estado. Pero como él mismo destaca: “El sitio donde la ley impera con más fuerza es, sin embargo, donde todo puede salirse de sí.”
Mientras Parchuc escribía su testimonio estaban por cumplirse cuarenta años de finalizada la dictadura, y no deja de preguntarse por la furia del presente argentino y si acaso habrá alguna respuesta en la teoría y en la literatura.
En ese momento, otra vez levanto la cabeza y pienso en la experiencia de Perlongher en París.
Miguel Vitagliano
Buenos Aires, abril 2024
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