Manuscrito encontrado en la calle Sócrates (Lumen/narrativa, 2021) es el primer libro del escritor suizo Rupert Ranke (1973). Fue traducido por el escritor por Rodrigo Rey Rosa (Guatemala, 1958), quien además incorpora al volumen un “aparte” en el que dialoga con el texto firmado por Ranke y complejiza los límites de toda autoría. O como propone Annick Louis en este artículo, hace foco en “la dificultad de la crítica actual” para leer en ciertos textos las desestabilizaciones de “la figura pública del autor”.
Un manuscrito firmado por un autor desconocido, encontrado y traducido por un escritor reconocido. Otro manuscrito, de un amigo muerto, que intenta reconstruir la historia de un niño perdido. Una mujer dispuesta a creer que una antigua estatua griega es su hijo desaparecido en el siglo XX. Un niño que baja al mundo subterráneo de la mitología maya y se transforma en estatua en la Grecia antigua. Un narrador apresado en una pasión amorosa que lo lleva a la fidelidad y a la traición simultáneamente. Una pandemia que detiene el mundo, y el tiempo, y parece causar perturbaciones de las leyes de la naturaleza. Un autor que no aparece como tal.
Que un relato logre reunir todos estos elementos, entre los cuales algunos retoman temas clásicos de la literatura y otros renuevan la narrativa contemporánea, y no solamente que se sostenga, sino que resulte apasionante, parece a priori imposible. Manuscrito encontrado en la calle Sócrates lo logra, y asume simultáneamente otro desafío: demostrar la dificultad de la crítica actual para leer los experimentos literarios que cuestionan la figura pública del autor.
El libro se divide en dos partes y tres notas. La primera parte lleva el título del libro, “Manuscrito hallado en la calle Sócrates”, y está firmada por Rupert Ranke, cuyo nombre figura también en la tapa del libro, un suizo que ha vivido de modo errante en Madrid, Granada, New York, Buenos Aires, Costa Rica y ejercido varias profesiones (que van de taxista a profesor), y es ahora guía de turismo de lujo en Atenas, aunque no abandona su deseo de convertirse en escritor. Esta primera parte se subdivide a su vez en tres. “Coronaciones”, la primera, narra el encuentro entre Rupert Ranke, y una pareja de guatemaltecos, Teodora y Armando Quirós, en Grecia, en los días que preceden el primer confinamiento debido a la pandemia; durante la visita al Museo arqueológico de Atenas, Teodora afirma que una antigua estatua griega que representa a un niño con un perro, en tamaño natural, es el retrato de su hijo Francisco, desaparecido en Guatemala a los tres años y medio junto con su perro Zorba, y se obsesiona con ella. Rupert Ranke cuenta esto a su amigo Homero Caballeros, de madre griega y padre argentino, también guía de turistas y aspirante a escritor, mientras se pronuncia el primer confinamiento y todos permanecen varados en Atenas; Homero Caballeros muere víctima del virus, así como el esposo de Teodora. Se intercala en este punto “El pequeño refugiado”, presentado como “Un cuento de Ómiros Kavaláris”, “Traducido del griego por Rupert Ranke”, que Ranke afirma haber encontrado entre los papeles que le confiara Homero Caballeros antes de su muerte, donde su amigo imagina el destino del hijo de Teodora y del perrito; presentado en una tipografía diferente, separado en 46 segmentos, el relato oscila entre la mística maya y literatura fantástica de tradición occidental. Rupert Ranke retoma la narración en “La confusión de la carne”, donde cuenta su relación amorosa con Teodora, que sigue obsesionada con la estatua y concibe un plan para apropiársela y llevársela a Guatemala con la ayuda del narrador, quien duda si participar o no en semejante operativo.
El “Aparte”, firmado por Rodrigo Rey Rosa que está datado y fechado en “Moní Petraki, Atenas, diciembre de 2020”, es la segunda parte de Manuscrito encontrado en la calle Sócrates. Después de haber estado confinado en Küsnacht cantón de Zurich durante el comienzo de la pandemia, Rey Rosa decide ir a Atenas en septiembre y tomar clases de griego moderno, y encuentra allí a Rupert Ranke y a Teodora, quien identifica en él a un conocido escritor de su país. En noviembre, lo reconoce, a pesar de la mascarilla KN95, en un noticiero que muestra a tres hombres desfilando por un sendero en un bosque, acusados de haber intentado causar un incendio; unos días después Ranke contacta a Rey Rosa para confiarle un diario en el que ha contado los acontecimientos, es decir su encuentro con los Quirós, sus viajes, la muerte del marido de Teodora y su relación amorosa con ella, así como la producción de una copia de la estatua del niño y del perro, su supuesta sustitución en el Museo arqueológico de Atenas, así como su posterior envío a Guatemala.
Se agregan a estas dos partes tres notas. Una breve “Nota del editor”, sin precisión de nombre de autor, aunque la continuación muestra que se trata de Rodrigo Rey Rosa, donde el editor afirma aquí que varios nombres han sido modificados por voluntad del autor del manuscrito, es decir Rupert Ranke, aunque las últimas líneas del libro cuestionan la necesidad de hacerlo porque Rey Rosa afirma: “Y eso en realidad, ¿a quién podría importarle? (170) En una segunda nota, “Sobre las traducciones”, Rey Rosa explica que ha traducido y editado el texto de Rupert Ranke, reflexiona sobre las creencias y leyendas acerca de las transformaciones de seres vivientes en estatuas. Afirma, además, que, al igual que Teodora, cree que el autor de “El pequeño refugiado”, escrito en griego demótico, es en verdad Rupert Ranke; su maestra de griego le había dado la tarea de escribir un relato en esa lengua, como, por otra parte, a Homero Caballeros quien la tenía la misma maestra de griego, según lo sostiene Ranke. Sin embargo, Rodrigo Rey Rosa que no termina como Rupert Ranke lo pretende. Por ello la última parte del libro la constituyen los capítulos finales de “El pequeño refugiado”.
Si bien este resumen sugiere una complejidad narrativa equivalente a un laberinto en el cual el lector se podría perder, en la lectura resulta un incentivo que provoca a una fuerte inmersión en la ficción, y arrastra al lector en una aventura fascinante.
Versiones diferentes de los acontecimientos narrados cohabitan gracias a la superposición de narradores y autores, en el mejor estilo borgeano. Además de los diferentes autores a los que se atribuye el manuscrito “El pequeño refugiado”, existen varias versiones acerca del robo: aunque Teodora intenta convencer a Ranke de que la ayude a robar la estatua del Museo de arqueología de Atenas, éste afirma que, en vez de reemplazar la estatua por una copia en el Museo, le envió a ella una copia (en el ataúd que debía contener el cuerpo de su esposo), rompiendo su promesa, para protegerla en caso de que hubiera una encuesta criminal. Rodrigo Rey Rosa contradice esta versión, sosteniendo que es poco probable que Rupert Ranke haya corrido el riesgo de decepcionar a Teodora, vista la pasión que sentía por ella, y que por eso él mismo (Rey Rosa) no cumplió su promesa de conservar su “secreto” (que Ranke dice no haber sustituido la estatua en el Museo). También “El pequeño refugiado” tiene, como mencionado, dos finales diferentes; según la versión de Ranke, la aventura lleva al hijo de Teodora y su perro al inframundo de la mitología maya, a través de una cueva, a varios encuentros, y finalmente al museo donde reconoce a sus padres cuando van la primera vez; en el final repuesto por Rodrigo Rey Rosa, la pareja regresa al museo con un hombre alto y vestido de negro (Ranke), el niño está seguro de que son sus padres, y ve a Teodora irse llorando, lo cual le recuerda una parte de su pasado que había olvidado por completo: en una plaza con un árbol milenario, en la Grecia antigua, un hombre ve al perro y al niño que parecen dormir y los lleva a su casa; se trata de un gran artista, que los esculpe, de pie, con capa y capucha, con el perrito en brazos; sus amigos griegos admiran la obra, y reconocen al refugiado que murió en la plaza. Siglos después, en el Museo, el niño-estatua escucha al matrimonio Quirós, entiende sus palabras en español, y luego de este recuerdo se pregunta si la mujer vendrá a buscarlo y afirma que puede esperarla.
¿Qué ocurre, por lo tanto, en Manuscrito encontrado en la calle Sócrates? Los acontecimientos se desdoblan progresivamente, creando una impresión de irrealidad en medio de un marco realista, caracterizado por minuciosas descripciones de Grecia y de la ciudad de Atenas: hay dos perros (el del niño y Schengen, la perrita que Rupert Ranke encuentra en la calle y gracias a la cual pasea durante el primer confinamiento); dos niños (el hijo y la estatua); dos estatuas (la del Museo y la copia); y, como dijimos, dos finales a “El pequeño refugiado” y dos manuscritos, uno de Homero Caballeros y uno de Rupert Ranke. Sin embargo, los autores-escritores son tres: Rupert Ranke, Homero Caballeros, Rodrigo Rey Rosa. Según este último, Homero Caballeros sería un alter ego de Rupert Ranke, pero Rupert Ranke podría también ser un alter ego de Rodrigo Rey Rosa, puesto que los paralelismos entre las vidas de los tres narradores se van haciendo evidentes a lo largo del relato. Semejante afirmación, sin embargo, no alcanza a describir el movimiento del relato: Manuscrito encontrado en la calle Sócrates pone en evidencia el hecho de que, en tanto figura literaria que designa una relación especular entre un narrador y el autor que firma un libro (como en los casos del Arturo Belano de Roberto Bolaño y el Emilio Renzi de Ricardo Piglia), la figura del alter ego no hace sino esquematizar construcciones narrativas complejas que la crítica no ha logrado aún conceptualizar.
Porque Rupert Ranke, Homero Caballeros, Rodrigo Rey Rosa construyen una serie de redes de relatos, gracias a las cuales los tres aparecen como autores, traductores y editores del relato. Los hábitos editoriales occidentales determinan que consideremos que el autor de un libro es la persona cuyo nombre figura en la tapa – en este caso Rupert Ranke. Pero, como es él quien vive en la calle Sócrates (número 43), el título no alude al manuscrito de Homero Caballeros que él recupera después de su muerte, sino al suyo encontrado y editado por Rodrigo Rey Rosa, a quien dio las llaves de su departamento en el momento de su encuentro para que fuera a buscar sus papeles, y los publique. Para evitar perdernos en los meandros de la superposición de narradores-editores-traductores y de manuscritos, aclaremos que Rodrigo Rey Rosa es, como lo propone en el “Aparte”, una figura de autor-compilador-traductor, que ha retomado, traducido y retocado el texto escrito por Rupert Ranke, quién hizo lo mismo con el manuscrito de Homero Caballeros. Rodrigo Rey Rosa explicita la serie de decisiones tomadas que se oponen a los pedidos explícitos de Rupert Ranke precisando que ha redactado “libremente” sus diarios personales para convertirlos en “una narración más o menos fluida”, purgándolos de “una manía explicativa que actuaba en detrimento de la prosa del guía autor.” (169) Agreguemos que la traducción no aparece aquí como una actividad culta y elitista, puesto que, según Rodrigo Rey Rosa, para traducir del griego y del alemán el manuscrito de Rupert Ranke se ha apoyado en Duolingo, DeepL y un diccionario Duden; constituye, por lo tanto, una práctica que permite apropiarse un texto y convertirse en su autor. Lo cual pone en evidencia la distancia entre Homero Caballeros y Ranke, por un lado, que son aspirantes a escritores, y Rey Rosa, por otro, el escritor reconocido que sabe cómo poner en volumen (en todo caso es lo que afirma, el lector solamente conoce sus versiones de los relatos), pero cuyo nombre se escamotea, sin embargo, como autor del libro. Lejos de mantener relaciones de complicidad armoniosas, los tres narradores establecen, de este modo, un vínculo agónico; se impone quien tiene el poder último de publicar.
Detrás, o en el origen, de este gesto está la apuesta arriesgada de un escritor magistral: publicar una novela sin que su nombre aparezca en la tapa, pero cuya lectura permita comprender el movimiento que propone, así como el modo en que el relato testea los límites de la crítica y la recepción. Porque sin leer atentamente el libro, es difícil percibir el juego autorial propuesto por Manuscrito encontrado en la calle Sócrates. Tal vez por eso, obra es presentada como el debut de un enigmático autor suizo y hace de Rodrigo Rey Rosa el descubridor de este escritor novato, a pesar de que la mera alusión a un manuscrito encontrado en el título sugiere un juego de autorialidades ficcionales.
La estatua del niño y del perrito, como lo dice Rupert Ranke a Homero Caballeros, es un “trasto sin interés”, de la que no se sabe siquiera si se trata de una copia o de una estatua original del siglo I a.C.; formó parte de una muestra de arte clásico centrada en el tema de la inmigración, en el Egeo un año atrás, dice Homero Caballeros. Pero cuando el lector llega a las últimas líneas de los capítulos finales de “El pequeño refugiado” se convierte en un ser animado en el que se reúnen diferentes tiempos y espacios evocados y recorridos; el relato – que en este punto es a la vez un texto de Homero Caballeros, de Rupert Ranke y de Rodrigo Rey Rosa – se cierra del siguiente modo: “Pero ¿quién iba a saber lo que este niño del mármol podía sentir? Y lo que sintió el día que vio a la mujer que sin lugar a dudas era su madre ¿volvería a sentirlo? ¿Volvería en el futuro la mujer para llevárselos con ella? El niño podía esperar, tal vez para siempre – una eternidad.” (179). Desplazamientos entre mundos reales y mágicos, pero también entre países y lenguas (griego, suizo-alemán, español guatemalteco y argentino), entre géneros (mística, literatura realista y fantástica) y entre narradores, que se producen en el contexto de la intensificación de la ola migratoria en el Mediterráneo. Como si cada narrador buscara su patria y la encontrara únicamente en la escritura, una escritura que es apropiación, traducción, transcripción.
Porque otro de los desafíos asumidos por Manuscrito encontrado en la calle Sócrates es el de postular, mediante lo presentado como una improbable conexión entre Guatemala y Grecia, la identidad de una literatura arraigada en Guatemala pero que no trata de un modo temático del país. Sin color local, pero respondiendo a una perspectiva marcada por la errancia, la irrupción de la cultura maya en Grecia, el transborde de lenguas que crea un territorio sin la angustia de perder el propio idioma.
Metempsicosis (Alfaguara, 2024) promete ser simultáneamente la continuación, la corrección y otra vuelta de tuerca a Manuscrito encontrado en la calle Sócrates, en la que el lector conocerá el destino final de Rupert Ranke.
Annick Louis
Universidad de Besançon/CRIT
Instituto Universitario de Francia
CRAL (EHESS-CNRS)
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