Una lectura de Donde termina la lluvia de Norberto Gugliotella, por Gloria Peirano

Nadie, ni siquiera la lluvia, tiene manos tan pequeñas, dice un verso de un poema de Cummings. Mientras leía esta novela, el verso resonaba en mí, cercano a Violeta, una de las voces narrativas en las que está articulada. La lluvia, entonces, como un fenómeno trivial, conocido, pero también, como se plantea en una escena de este texto, un extraño perímetro, que sucede pocas veces, en el que podemos ver un cono de lluvia, un espacio en el llueve y otro en el que no, y dentro de esa realidad física surge la idea de que las gotas que caen tienen un inicio, no vertical, sino horizontal, en el que podemos entrar, del que podemos salir. Leí la novela de Norberto sentada en un banco imaginario de una plaza, al lado llovía, el círculo de agua, en mí, lentamente, empezaron a formarse conglomerados de emoción que hicieron de la plaza imaginaria, del banco, del cielo, un paréntesis dulce y doloroso. Uso estos adjetivos con cierta certeza, el adjetivo es un ser fácilmente manipulable, pero que después se las cobra si abusamos. Es decir, dulce y dolorosa es esta primera novela de Norberto Gugliotella, conformada por voces, cuya singularidad en la composición narrativa me gustaría destacar. A Violeta la conocemos a través de la escritura de su diario, tres cuadernos. Violeta es una adolescente que narra fundamentalmente, podríamos decir, una ausencia que es presencia, la de su padre violento. Esa ausencia más extrañada que cualquier otra ajusta los modos con los que Violeta lidia con ella: el padre no tiene rostro. Miro, desde el banco imaginario, si bajo el libro, lo que me rodea. Debajo de la lluvia, los contornos de las cosas, los rasgos de las personas, los árboles, se hallan borroneados. El borrón sobre el rostro de ese padre se llena de escritura. Tarea difícil escribir físicamente trazos sobre una superficie desfigurada por el agua. Por eso, tal vez, además de relatar las circunstancias de su vida, Violeta mantiene a lo largo de los diarios, una reflexión sobre el lenguaje mismo. 

Le dije que yo tengo mucho espacio en el corazón, que Malena lo tiene dividido entre su mamá y su papá, yo tengo el hueco sin llenar, no lo odio, simplemente tengo el espacio vacío y no lo lleno con nada. Antes pensaba que ese lugar se podía llenar con otras personas, pero desde que vi lo que escribió Malena me di cuenta de que no. Además, a Guadalupe seguro le pasa lo mismo, ella puede dividir el corazón tranquilamente. Yo seguro dejé esa parte vacía, como si se me hubiera transformado en piedra, Debe ser por eso que a la noche me duele un poco el pecho, tiene que ser la piedra que se formó del lado de mi papá en el corazón. 

¿Qué tipo de lleno conforma la escritura? ¿Siempre se escribe desde una zona vacía, transformada en piedra, que duele por las noches? La escritura es la lengua en una materialidad que a diferencia de la voz insiste en su inscripción, no se borra con facilidad y, además, funda un cuerpo, cuerpos hablados. Así, a través de la escritura de un diario, Violeta va removiendo lo pétreo de la violencia para transformarlo en viviente, no solo en vivo, que adjetiva, sino en participio presente, que indica  la condición de estar realizando una acción (no como el participio pasado, vivido, que indica resultado, y bordea lo rígido). Si el cuerpo de Diana, su madre, víctima principal de la violencia de su padre, es un cuerpo silenciado, Violeta construye un decir y, fundamentalmente, construye un decir propio dentro del linaje. O sea, quiebra la herencia. Enseña que la herencia puede ser apartada y reconfigurada a partir de la palabra. En el planteo narrativo de esta voz se respeta el formato diario íntimo, se incorporan cronolectos y el uso del lenguaje no sexista, el punto de vista se mantiene de forma notable en el eje de un adentro, específicamente, de un adentro de una adolescente pero, dicho todo esto, en términos formales, a mí Violeta me enamora. Hace un momento, más arriba en este texto, iba a citar a Piglia. Específicamente una cita que aparece en El último lector y que dice: Kafka escribe un diario para ver las conexiones que no ha visto al vivir.  Inmediatamente vino a mí la voz de Violeta, preguntando: ¿Y quién es ese Piglia? O mejor, haciendo una lista de diferentes modos de nombrar autores conocidos en presentaciones de libros. Si se opone a golpes, a empujones, la escritura debe alcanzar una condición inmanente de trazado de mano, es decir, ahí donde la mano de Violeta, que escribe:

La hamaca siempre me hace sentir libre, no importa que tenga cadenas, debe ser el único lugar con cadenas que nos da libertad.

[…]

Ya sé que no puede pasar, sé muy bien las dos cosas que no van a pasar, que la luna entre a mi pieza y que mi papá me quiera.

[…]

Las ideas vienen porque leemos, escuchamos música con atención o miramos muy fuerte la realidad. 

es ahí, digo, donde el discurrir necesita tiempo, ahí donde una palabra (cadenas), una expresión (mirar muy fuerte la realidad) solo son posibles en la huella de una lengua pasada y en su dirección hacia un porvenir incierto. Entre el pasado y el futuro de esa adolescente, la escritura parece ser la cifra necesaria para sobrevivir. Una voz no es un timbre específico, ni un ritmo, ni un estilo, es el sitio de la particularidad indescifrable de una escritura. Secreto, primero, para Violeta, luego, refugio. Contra la violencia, el secreto parece conservar la idea de cofre, mencionado en la novela. El secreto es un conocimiento mantenido oculto intencionalmente por su propietario. Su importancia va en proporción inversa al número de conocedores que lo poseen: a menos conocedores, mayor secreto. Un diario íntimo lleva de modo cercano el adjetivo secreto. Y aquí, aparece un lazo histórico entre mujeres. Lo íntimo, lo privado, las relaciones madre/hija, las relaciones entre hermanas, entre amigas. A través de una segunda persona, conocemos a Diana, la madre de Violeta, y su historia de violencia de género. En este linaje está inscripto el diario: es Violeta, con su escritura, la que transforma la condición de secreto (no olvidemos que un secreto puede comportar vergüenza, aislamiento, trauma) en refugio y, más tarde, en cuerpos hablados. 

Aprendiste a callarte en tu propia casa, pero también aprendiste que en silencio o en voz alta te fajaba igual. Sabés tener secretos, Diana (…) 

[…]

Seguí leyendo, Diana, no podés parar a cada instante. Sí, quisieras subrayar partes del diario de Violeta, pero no podés. Como para no querer subrayar, Mamá y refugio.

[…]

Dentro de un orden artificialmente lógico, creado por el discurso patriarcal, irrumpe un elemento perturbador: es el trazado de la hija la que revierte la Sintaxis de la madre, entremezclándose fragmentos del diario con una segunda persona que acompaña al personaje de Diana y así, con una ingenuidad cargada de intención, culmina lo que otras habían iniciado: la escritura como secreto que se va desovillando, no revelando, en el sentido en que señala Fabienne Bradu:

El hombre, los animales, las plantas, todo lo que existe vive de secreto en secreto y nadie lo roba a nadie, porque cuando roba uno, otro secreto nace para ocupar el lugar exacto del anterior, con mayor deslumbramiento y silencio.

Diana no solo recibe refugio de parte de Violeta:

Y la repetís dentro de tu cabeza. Refugio, refugio, refugio, refugio, refugio. Que no se escape, Diana. Que el refugio contenga los diques para que no vuelvan a abrirse. 

(…) nunca tuviste tiempo para leer. Estabas demasiado ocupada en mantenerte viva. 

No sabrías por dónde empezar a escribir un diario. Para Violeta es más fácil, pensás. Ella siempre supo encontrar sus huecos, vos no.

La complejidad de aquello que es transformado por la escritura de la hija no se resuelve en un solo concepto redondo y cerrado. Esto es un gran logro de la novela. Diana, y con ella la lectora, reciben también algo que podríamos llamar aceleración de la vida. Violeta conoce el mar y entonces la mirada se acelera, se esparce, se expande, el oleaje de las mujeres que llevan carteles en las marchas de Ni una menos parece fundirse con la ausencia que es presencia de su padre y, entonces, la doble sensación que habita ese presente de descubrimiento alude a una proliferación infinita de escrituras y, al mismo tiempo, a una falta de palabras, a una ausencia de escrituras infinitas. La aceleración de la vida inscribe el rostro del padre, desplaza el dolor, es hermoso leer la mirada tensa y ávida de Violeta que enumera deslumbramientos y pensar: claro, la vida adora lo nuevo. Leí la novela de Norberto sentada en un banco imaginario de una plaza, al lado llovía, el círculo de agua. No llovía sobre mí, pero empezaron a formarse conglomerados de gotas, la aceleración de la vida frente al límite irreal de la lluvia. Violeta sabe también que escribir es como buscar palabras que no se esfumen, o que al menos, como precisamente esfumar, y también mariposa y libélula, tres palabras con las que se conformaría si no la dejaran usar tantas. Y además sabe tempranamente algo que le agradezco: el hallazgo debe repetirse una y otra vez para que la literatura no muera.

Gloria Peirano

Buenos Aires, EdM, diciembre 2023


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