Jorge Panesi. El entusiasmo teórico. Conversaciones con Marcelo Topuzian, por Pablo Luzuriaga

Buenos Aires: EUFyL, 98.p

2019.

Poco antes de la Pandemia, la editorial de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA (EUFyL) editó este libro breve, casi cien páginas; una extensa entrevista realizada por Marcelo Topuzian a Jorge Panesi sobre crítica literaria, teoría, escritura y enseñanza. Después de ver la comedia filosófica Puan, quien quiera acercarse a los misterios de la institución, que la película no cuenta porque ahí son problemas de filosofía, puede acercarse al edificio entre Pedro Goyena y José Bonifacio, y pedirlo en el local de EUFyL de la planta baja, también por correo. El libro se inscribe en la serie de Felisberto Hernández (1993), Críticas (2000) y La seducción de los relatos (2018). Cursamos con Panesi el año que publicó Críticas. También El entusiasmo teórico es parte de la serie de entrevistas desperdigadas en la prensa. Panesi oral, próximo a las clases, conversa con un profesor de la cátedra que trabajó junto a él durante años. En el mejor sentido, una entrevista académica, en la que no es la obra completa ni la trayectoria de Panesi la que se interroga sino el estado mismo de lo contemporáneo, la situación inmediata de la crítica.

El diálogo está organizado en casi veinte títulos que configuran textos breves. La densidad del libro es extrema. Asuntos distintos se tratan una vez. Como si la entrevista hubiese sido muchísimo más extensa y la edición recortara desarrollos y conexiones entre temas. El libro está plagado de fragmentos críticos. Tal como le hubiese gustado a Nicolás Rosa –que figura en el libro, nombrado y omitido–, en la primera página Panesi refiere a los verbos «leer y escribir».

Topuzian pregunta sobre la contradicción entre el aumento de la alfabetización y la escritura –por el uso de chat y teclados– respecto del «lamento por la disminución de la lectura» literaria. Y Panesi responde esquivo, contra el número dos. En vez de decir sí, los periodistas tienen razón, cada vez se lee menos literatura; lo que dice es que la literatura se «enclaustra» en la universidad; no responde por el cambio tecnológico actual, en el sentido de que a más uso del lenguaje escrito y leído en el teléfono celular corresponden más lectores de literatura. Por eso Topuzian insiste, argumenta en favor de la imbricación entre medios y cultura, contrasta a la crítica de la era de las masas y lo que pasa ahora. Argumenta en favor de una suerte de concepto «superador técnico», con los nuevos medios –distintos del radioescucha y el televidente–, la lectura y la escritura están más implicadas, son prácticas generalizadas –dice–, «incluso de autoescritura». Y otra vez, Panesi esquiva esa definición sobre lo contemporáneo, explica que el gran siglo de la literatura fue el XIX, cuando se constituyeron los lectores de masas con el periódico. La alfabetización de las masas dio lugar, además de la difusión de novelas de folletín, al nacimiento de la crítica literaria.

El título inicial del libro: «Lectura, crítica y medios de comunicación», define el tema tratado en las cinco primeras páginas. Panesi no refiere al presente inmediato y los medios, sino a la relación entre los medios desde el siglo XIX al XX y la literatura que ahora se encierra en la universidad. Cierran con el caso argentino. Panesi invoca a Ricardo Rojas. Sin embargo, están de acuerdo que hasta no hace mucho la crítica circulaba sobre todo fuera de la universidad. «Que la crítica académica sea la hegemónica es un proceso que me parece posterior», dice Panesi.

Sobre el diálogo en el tráiler de Puan donde el profesor dice que la facultad es su único lugar en el mundo: en la Facultad pasa otra cosa, además de eso.

En torno a ese problema se puede pensar no solo la entrevista completa sino en general la obra crítica de Panesi como escritor. La conversación establece un mapa del estado de la crítica y la cultura, la cuestión de la sociología de la literatura, los estudios culturales, el goce, el gusto. Un capítulo al Derrida de Panesi, otro, de la relación entre literatura, filosofía y lingüística. En varios pasajes conversan sobre investigación universitaria y tesis de doctorado. La impresión que se puede llevar el lector es que el diálogo tiene lugar en la sala de profesores de Puan. Entre dos intelectuales que reflexionan sobre un problema, el de la crítica, la lectura literaria, en un presente donde ella se «enclaustra», se refugia en Puan.

 Sin asidero alguno, en un mundo donde los medios cambiaron y nadie lee la Comedia humana por Tik Tok. Uno es maestro, el otro pregunta, interroga al maestro por el mundo que a él le toca. Y el maestro, en el entrenamiento del pensar que es la teoría, no responde de una vez, manda a leer: el libro de Habermas sobre el nacimiento de la crítica, El absoluto literario de Lacoue-Labarthe y Nancy, a Derrida; también a Ludmer y a Sarlo, a Viñas, la revista Los Libros, Sur, Contorno.

El dictum de Rosa, somos lectores de lo universal pero escribimos sobre lo particular, se aplica a Panesi. En Críticas y en La seducción de los relatos, hace crítica –y «crítica de la crítica»– literaria sobre la tradición argentina. El eco, el diálogo, el agón, donde Panesi inscribe su discurso es el de la tradición de la Universidad de Buenos Aires: Barrenechea, Viñas, Jitrik, Centro,Rosa, Sarlo, Ludmer, Pezzoni, Panesi. Una tradición que aunque en su mayoría ejerció y practicó la crítica literaria en la universidad sin embargo, sobre todo supo ser activa fuera de la universidad, en diarios y revistas.

 Panesi y Ludmer entrevistados por El Ojo Mocho en la década de 1990.

La crítica, el trabajo del intelectual formado en la carrera de Letras de Puan entre 1984 y 2024, que es académica y que necesariamente excede los «claustros» hoy parece arrinconada. Esa es la impresión que por momentos devuelve el libro. Como si la literatura y la crítica fuesen prácticas que duraron hasta el siglo XX; y ahora sólo –y ahora sí– fueran objetos de estudios de museo y archivos. Después de la teoría, después de la literatura, después del fin del arte; la cultura se refugia en la universidad para el análisis de la historia. No obstante, aunque sea esa la atmósfera que respiran en la sala de profesores de Puan; la delicadeza, las sutilezas y los matices del discurso de Panesi contrastan, van a contrapelo de esa imagen del presente. No se dejan domesticar.

El discurso de Panesi no se puede embalsamar.

Interpela, al que escucha y al que lee.

La tensión entre las preguntas y las respuestas tiene como base la referencia a dos concepciones distintas sobre la crítica. Una se autopercibe cuando interviene en la tradición de la literatura argentina o latinoamericana. ¿Qué es o no es literatura en la propia tradición?

Es lo que busca Ricardo Rojas con la literatura argentina, Arlt leído en Contorno, Saer en Punto de Vista. La crítica pone en funcionamiento la significación de la obra, echa a andar la máquina, enciende la potencia inmanente del artefacto, conecta a la obra con la idea de arte; como sintetizó Héctor Schmucler: la crítica va en busca de la significación literaria. La fusión entre Derrida, Blanchot, la tesis de Benjamin sobre los románticos alemanes y el Absoluto literario, ese es el currículum semi oculto, o sobre el concepto de crítica que enseña Panesi, además del formalismo ruso en sus distintas variantes y otras teorías que explica bien pero no lo convencen.

La crítica interviene cuando interpela a la tradición, cuando define una idea de arte moderno, y establece un diálogo con lo que lee. La literatura argentina o latinoamericana es el medio de la expresión crítica situada.

No obstante, Topuzian quiere confrontar a Panesi con el concepto universitario de «estudios literarios», acaso para fomentar la polémica y los pormenores de la intervención de Lacalle y Bogado en la revista Luthor: sobre la historia de las cátedras de Teoría Literaria. En la facultad hay lectores concretos, destinatarios del libro, una «zona» de polémica que entiende que la crítica es lo que se hace en la investigación literaria; sin importar el objeto; puede ser Dante, Cervantes, Shakespeare, Goethe, Balzac, Whitman, Sarmiento , Borges, o el mito de la cautiva, da igual. Y, en efecto, podría existir un trabajo crítico cervantino y latinoamericano que cambie el parecer de todos respecto al «autor del Quijote» –el trabajo crítico de un buen lector de Pierre Menard–, o darse que la germanística latinoamericana modifique el rumbo de la literatura alemana. En potencia, la crítica literaria tendría que poder hacerlo; las lecturas borgeanas fuera de argentina por lectores que no son argentinos modifican el objeto. Sin embargo, los casos no abundan.

Se podría revisitar el concepto de postautonomía –cada día más productivo para pensar lo contemporáneo– bajo este punto de partida. La condición de la cultura a la que asistimos desde fines de la década de 1990 (la desaparición de las revistas en papel), impacta en la condición del objeto y en la condición de la crítica que lee al objeto.

«Claustros» podrían celebrar el supuesto fin de la crítica literaria. Especialistas con abultados seguidores en redes sociales –de todo el planeta, que se dedican a Homero o Dante–, e impulsan un podcast, o se filman leyendo, hablamos en vivo sobre los temas de nuestra especialidad; acaso a alguno podría resultarle indiferente la existencia o no de revistas sin referato. El algoritmo académico ordena. El mundo cambió, pueden pensar, y una columna en el diario del domingo como las de Jitrik no valen como antes. Críticos literarios investigadores seguimos el tempo de las noticias por twitter. Entre finales de la década de 1990 y hoy, el declive del medio principal de la crítica –la prensa y las revistas de papel fuera de la universidad– es absoluto. Los archivos digitales de revistas, a un clic de distancia, disponen el pasado y su final.

Panesi es Puan. Todo lo bueno de la institución que un día en el cine hicieron comedia filosófica. Tenemos que verla, cierto. Y lo haremos, tarde o temprano. Un temor: no encontrar nada de Panesi, nada de Sarlo o Ramón Alcalde. El discurso público de cuarenta años de democracia tuvo en Puan pilares de una tradición moderna que es la de la crítica literaria: Martín Fierro, La Vida Literaria, Sur, Contorno, Los Libros, Sitio, Punto de Vista. Lo decimos de un modo que a Panesi puede parecerle propio: la existencia de la crítica literaria está imbricada a la democracia.

Sin democracia no hay crítica ni literatura. La literatura y la crítica requieren que exista la posibilidad decir todo. Filosofía política. Derrida.

Aunque suceden dos guerras al mismo tiempo, el ascenso de la ultraderecha en el mundo no alerta suficiente en materia de libertades personales básicas. El concepto de institución literaria que propone Derrida, sobre la relación entre Literatura y Democracia, la literatura como hapax, palabra nunca dicha, siempre en movimiento, bajo esta nueva configuración con el efecto de disolución del ágora (las revistas de papel), permite pensar una conexión con la condición posautónoma de la literatura; y que ambos fenómenos, literarios y culturales, sean la expresión de un mismo momento histórico donde tiene lugar el ascenso de la ultraderecha. Podemos decir todo sin censuras, el problema es la dirección de la escucha según la captura de los ojos en pantalla. Los nuevos medios que se superponen a los viejos medios de comunicación impactan en los límites de la autonomía y dan lugar a la política de las emociones violentas. Burbujas algorítmicas destruyen la escena común donde hasta hace poco, muy poco, tenía lugar el ejercicio de la crítica literaria tal como se lee en Panesi. Conjeturas contemporáneas. La palabra Crisis que es el título de una extraordinaria revista de ayer y hoy –se vende en papel y dura varios meses para ir leyendo, los lectores se pueden suscribir y les llega a la casa–; en Panesi adopta el lugar que en una de las vidas de Jitrik se llamó «trabajo crítico». La crítica literaria al servicio del ejercicio de la crítica, a secas. En el libro nos enteramos que Ludmer le exigía a Panesi colocarse en un lugar, una situación, como si fuese aquí, América Latina; pero que él, entendemos, siempre se corrió de ahí, a otro lugar. Cerca, pero no ahí.

Pablo Luzuriaga

Buenos Aires, EdM, diciembre 2023


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