Balada para una prisionera (adelanto), por Martín Rodríguez

Martín Rodríguez es poeta, ensayista, analista político y periodista. Después de años de intervención, numerosos lectores siguen sus columnas políticas en distintos medios. Co-edita la revista Panamá. Se lo puede escuchar a las 15hs. en Radio Nacional: Gente de a Pie, el programa que conducía Mario Wainfeld. En versos publicó más de diez títulos: Agua negra (1998 –reeditado en 2008), Natatorio (2001), El conejo (2001), Lampiño (2004 –premio del FNA 2013), Paniagua (2005), Maternidad Sardá (2005), Vapor (2007), Para el lado de las cosas sagradas (2009), Paraguay (2013) y Ministerio de Desarrollo Social (2013 –reeditado en 2018). Orden y progresismo, los años kirchneristas de 2014 y La grieta desnuda con Pablo Touzón en 2019 reúnen ensayos políticos. En plena crisis, al borde de cumplir 40 años de democracia, sobre el cierre de 2023, vuelve a publicar poesía, por la editorial Caleta Olivia. Compartimos con los lectores de Escritores del Mundo un adelanto de Balada para una prisionera.

PAÍS NATAL

Querido diario: mi país natal

fue un departamento

de fugitivos y plantas que parecían carnívoras.

Y una vecina que me cuidaba en las tardes.

Una señora que casi nadie visitaba.

Me quedaba horas con ella en su casa, me leía la Biblia.

Recuerdo aún el tacto de ese primer papel.

Papel de azúcar, parecía.

Ella leía, y me hacía dar vuelta las páginas a mí.

Yo daba vuelta la página con miedo de romperla.

Es el libro de los solitarios.

Los solos y solas del mundo.

La luz de las velas cuando se corta la luz.

Las parábolas abrían un espacio

para separar la paja del trigo

hasta que los romanos levantaban la cruz.

Dormíamos la siesta la vecina y yo.

El ruido del ascensor nos sobresaltaba.

Ella esperaba que su hijo llegara a visitarla,

yo esperaba la hora en que me buscaran.

¿Sabías? Las tardes pueden ser más infinitas que las noches.

«Hay higos en la mesa, comé», me decía.

Los higos sabían a carne pero no se lo decía.

«Rechinarán los dientes», leía ella, y rechinaban.

La casa de mi vecina era un teatro.

Ella y yo, único público.

La tarde se estiraba.

La vecina se dormía de nuevo.

No te duermas.

Una tarde larga es como hacer un pozo en el tiempo.

Un pozo en la tierra.

Para cavar en la luz del día una noche.

En esos minutos yo tenía oído absoluto:

escuchaba cañerías, el ascensor, pájaros en la ventana,

voces de vecinos y hasta el silbido de la nariz de ella,

ya dormida, como el prólogo de un ronquido.

De niño aprendés a escuchar y a separar los sonidos como bloques,

los sonidos de cada cosa, los sonidos que bombean cada cosa

porque cada cosa lleva una bomba dentro, ¿sabías?

Tic tac hace el sonido de una bomba

pero el cable que la haría explotar está roto,

los expertos cortaron el cable correcto.

Aunque hay personas que no cortaron su cable correcto

y viven a punto de explotar, como mi madre.

Su guerra no terminó y se escucha el tic tac.

Le dije a la vecina que ella nunca levantó la bandera blanca.

Le dije que mi madre iba a explotar

porque tiene una bomba

tic tac tic tac.

«Cortá el cable correcto», me dijo la vecina y leyó:

«Mantente despierto, porque no sabes ni el día ni la hora».

LLEGÓ EL FIN

Una marca de gaseosa ahí en la foto (Teem),

¿la ves?, la de vidrio verde.

Llegó el fin.

Hay uno, el que se disfrazó de Papá Noel, ¿lo ves?

el que puteó hasta que lograron que los chicos miraran al árbol.

Ya se escuchó el carneo

y corrieron a tapar los oídos de los niños.

Vuelta, vuelta.

Llegó el fin.

Mi papá y mi tío, los dos en cuero.

Mi madre y mi tía, las dos cuerean.

Y el filo que corta

el cuello de un pollo.

Papá le regaló al tío un revólver

calibre veintidós.

Lo sé porque mi memoria está en el fondo de la pileta.

Desde la pelopincho,

desde el vaho lleno de hermanos y primos,

desde ahí no se puede oír de qué hablan.

Papá le enseñó a tirar al tío.

Y a las doce las cañitas, los petardos,

y ellos apuntando al cielo.

Navidad de 1984.

El cielo cae.

Caen las estrellas.

Cae la loza.

En el barrio Santa Brígida

los que vinimos del centro

nos comemos las cargadas

los carozos de aceitunas en la empanada,

la risa del chasco de la tía.

En la cocina la gallina sale chueca: todo bicho que camina.

Los animales tienen un reloj de arena, lo conocen de memoria.

Saben su hora final. Se despiden con un bostezo.

Morir es el peor trabajo.

Papá, el tío y hay otro hombre más entre ellos.

Es el padre de mi hermano, el que murió en la guerrilla.

Se los ve reir entre el humo.

La comisión de padres presentes y ausentes dice presente.

Los tres se ponen a disparar al cielo.

El cielo cae a baldazos, a baldazos.

Con ese revólver el tío se mató treinta años después.

Pero antes escribió una carta dirigida al comisario

que se puso en el bolsillo de la camisa

con las explicaciones del caso:

la espera infinita de los trámites de jubilación

figuraban en la misma tinta azul

de la bic y en un papel con cuitas para todos.

El tiro astilló su boca.

¿Viste una culebra retorcerse en la zanja?

Parece que vive pero muere,

parece que muere pero vive:

bueno, así.

Una camisa blanca impecable.

Para pisar el altar, las flores,

las flores marchitas,

un jazmín de leche.

A la muerte vamos vestidos de novios.

Y ahí vamos: a llorar a la Iglesia.

A juntar los pedazos de novias

que caen del cielo,

pétalos desarmados

de todo lo que quisimos unir

y quedó roto.

Un disparo adentro de una familia

es una bala que no termina de rebotar nunca.

Taparon el cuerpo con diarios.

Era navidad.

Mi papá y mi tío dispararon al aire.

Se escuchó el ruido seco del tiro.

Zona de los tiros, zona de los teros,

zona de los tordos y de los matreros.

Qué gran invento

las familias argentinas

ya casi no existen más. 

BALADA PARA UNA PRISIONERA

Vi a mi madre leyendo en un colectivo.

Me senté a su lado.

Leía callada.

¿Qué leía?

¿El Corán? ¿San Marcos? ¿Popol Vuh?

Le dije: ¿vas a poner una bomba?

Hoy se paró el reloj, le dije.

Vi a mi madre leyendo en un colectivo

de San Miguel al Centro.

Leía callada.

¿Me vas a decir a dónde?

No quise interrumpir su lectura.

¿El colectivo se estrella

y viajamos a la desintegración

otra vez?

Y

viajamos

a la

desintegración

otra vez.

Cortar el cable incorrecto.

Vuelo agarrado a un cable de pelo blanco.

Una señora me empuja en el vuelo,

pierdo peso, perdés peso.

El orden divino en una regla

que vuelca su creación en un cantero:

sobrevivamos en una hormiga:

que es también obra de Dios,

o en el colibrí que trafica despacio una herida

aunque sus alas van a tal velocidad

que no sabe que el mundo que liba

ya no existe

y repite como loro

buenos días, Napalm.

AA

«Hay de ustedes que limpian por fuera el vaso y el plato»

SAN MATEO

Queridos alcoholicos anónimos

sentados de espaldas en la fiesta:

sabemos quiénes son,

llevamos sus nombres en las banderas.

Las familias son bandas de corazones solitarios

en una cama de la paz mis padres recorrían el mundo,

y en un auto también

cruzaban la ciudad

camino al festival.

La familia sale de gira.

Vamos, vamos.

Hay familias que son una célula básica de la sociedad.

En toda familia hay bateristas, sonidistas

y siempre un mártir:

el que se metió para adentro, por un hueco,

y no atajamos su pena,

el que dijo no va más

y presentó la renuncia,

el salto al vacío,

no nos esperó.

Nos hubiésemos tirado todos

a apagarle el incendio.

Pero hay cosas

que no salen en la foto.

Está ahí con el vino

que enrosca la víbora,

tantos cumpleaños, casamientos,

navidades, discos nuevos,

y no fuimos capaces de ver al que no daba más.

La célula dormida.


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