Silviano Santiago, en su libro Machado, a medio camino entre la novela, la investigación y la autobiografía lectora (que es un nombre un tanto petulante para hablar de una confesión), plantea a contrapelo de la doxa crítica imperante un modo distinto de pensar uno de sus mot de passe determinantes la actualidad: “archivo”. No es que Santiago desoiga las sirenas que cantan las loas a la vida, los cuerpos y los devenires que tanto acompañan como música de fondo la producción crítica dentro del marco de la academia, muy por el contrario, es interesante ver cómo una de las plumas más interesantes en lo que se refiere a la crítica literaria latinoamericana construye un híbrido que sigue el camino ya trazado por los Schlegel y compañía, pero desde esa elusiva periferia que conocemos como Latinoamérica, más específicamente, Brasil. Allí, Santiago reconstruye los días finales de Machado de Assis a partir de la lectura de uno de los tomos de su correspondencia reunida. Sin embargo, no sólo se entromete en la reconstrucción de los días finales del escritor finisecular brasileño, sino que también aporta una nueva metáfora rectora para pensar su relación con el archivo: este lector académico, sofisticado, plantea un modo de la empatía con Machado de Assis al conmiserarse de sus padecimientos, de la cercanía de la muerte, de sus sufrimientos físicos. Lo cual lleva al narrador-lector-investigador a construir un aparato metafórico que traduce orgánicamente lo que correspondería al lugar de lo quieto, de lo fragmentario, de lo inorgánico, sí, la muerte. Una tensión, como señalamos, propia de la teoría de la literatura de los románticos alemanes, quienes encontraban en lo orgánico la figura ideal de su concepción de obra y en el fragmento la estrategia más astuta para pasar de lo inorgánico a una proyectada organicidad, en sí, irrealizable. En el tiempo y a destiempo, Santiago repone el romanticismo en la búsqueda de lo nuevo y establece una regla general de la traducción de un campo al otro, de un texto a otro:
Meus cinco sentidos escarafuncham o interior da caixa torácica, blindada pela coluna vertebral e resguardada pela carne e pela pele envelhecidas. Enquanto eles cinco se reaquecem sob a respiração e o pulsar das experiências já vividas e das emoções inéditas que nem minhas são, as fantasmagorias singulares nascem, ganham voo e perambulam – como se presas da doença de são guido – pelo palco da antiga capital federal , palco ainda e sempre delimitado pelas seis paredes do volumem de cartas. Tomadas pela respiração sôfrega dos meus pulmões e pelos batimentos anárquicos do coração, as fantasmagorias se exercitam, saltam saltando na cama elástica, instruindo um futuro projeto ficcional. [2016: 50]
De esa metafórica orgánica, corporal, empática, habría que saltar, casi una década después, a otro modo de figuración de la actividad simbólica que es la literatura, figuración que también es orgánica, que también traduce de manera más desquiciada que alegórica todo lo que no corresponde a su territorio al mundo del cuerpo y lo sintiente, pero que desborda por abajo y hacia adelante lo que Santiago busca superar por arriba y hacia atrás. Seamos claros: aquello a superar, en definitiva, son las restricciones estrictamente inorgánicas de la palabra. Para reformular, Santiago entiende que es el vínculo empático, en un sentido orgánico general (autor y lector tienen un mismo cuerpo sintiente que habilita esta conexión, es algo general, por arriba), lo que le permite transformar su mera lectura en ficción. Obras como las de Michel Nieva, por el contrario, parecerían proponer un plan de futuro, irse hacia adelante, sin saber bien dónde, a partir de una apelación a los organismos mínimos, la bacteria, la célula, la mutación, inclusive, más abajo aún, arribando a lo inorgánico mismo, lo mineral, la piedra. Ese es el recorrido de sus últimos dos libros, el de ensayos Tecnología y barbarie y la novela La infancia del mundo: en el primero, el gran tema que recorre el volumen está relacionado a la insistencia de lo bacterial en la construcción de la literatura argentina del siglo XIX, clave para entender los modos de incorporación/inoculación de los indios terminado el ciclo de “conquistas del Desierto” y ya adoptado el léxico científico en las publicaciones de circulación popular. En el segundo, la trama se organiza en escorzos que se van sucediendo de manera elíptica, entiéndase, orbitando alrededor de un silencioso núcleo, que no es otra cosa que el caos fuera del tiempo del cual todo proviene, un caos mineral, y menos caos que “coso”, tal como Federico Manuel Peralta Ramos supo definir algunas de sus muchas producciones. Ese “coso” mineral en el principio de los tiempos, en un no-tiempo, mejor, rompe cualquier tipo de vínculo orgánico para convertirse en la fundamentación primera de todo organismo. El principio de lo orgánico es lo inorgánico, eso que firma su presencia en aquello a partir del fósil (y de ahí lo interesante de algunas preguntas críticas del presente, como las registradas en el flamante libro de Victoria Cóccaro, ¿Qué está vivo? Arte y literatura en el cambio de siglo). Pero el viaje hacia lo inorgánico, un abajo del abajo, debe hacerse, según lo planteado por la novela, a través de una compleja precipitación de la lógica evolutiva disparada por El Niño Dengue, multiforme protagonista cuya identidad se despliega, nunca mejor dicho, en las páginas del texto. Es El Niño Dengue el que va a marcar el rumbo hacia lo inorgánico a través de una serie de mutaciones que se van ramificando en el resto del mundo orgánico, en donde las criaturas por él/ella/eso engendradas terminarán haciéndose fenómeno físico, atmosférico, al crear la “mosquitósfera” que envuelve el planeta Tierra. El “todo cambia, pero nada se pierde” que tanto desveló a la cultura occidental, de Heráclito a Neil Gaiman (que hace de la frase un motivo recurrente en las páginas de The Sandman), ahora toma un nuevo sentido: todo cambia y todo se pierde. Porque, a diferencia de lo planteado por Santiago vía Machado de Assis, no hay traducción posible del no-lenguaje del fósil en Nieva. El cristal, la piedra, las piedras telepáticas de la novela, comunican algo que puede ser ligeramente percibido, pero no traducido en palabra. Quizás, entre 2016 y 2023, entre la novela de un “profesor que escribe” muy en la línea de Piglia en El viaje de Ida y la experimentación novelada de un joven escritor argentino influenciado por Phillip K. Dick y Sarmiento, lo que ha cambiado es nuestro modo de concebir el silencio. En el primer caso, la silenciosa enfermedad todavía puede comunicarse con el cuerpo aludido, metáforas tan a la mano como honestas, vale la pena decir, en el tono de Santiago. En el segundo caso, de la piedra, a diferencia del dicho, no se puede sacar nada, ni siquiera agua, otro de los límites elementales de lo simbólico. El camino de estas dos obras narrativas es progresivo y catastrófico: de Santiago a Nieva, la diferencia que se imprime es una diferencia posible tanto para la literatura como para la crítica en sus respectivas búsquedas. De lo que no puede hablar, mejor no decir nada. Por eso hay que escribirlo.
Fernando Bogado
Buenos Aires, EdM, diciembre 2023
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