Hace unos días, en el marco de las actuales elecciones presidenciales argentinas, volvieron a tomar estado público afirmaciones polémicas que el economista Emilio Ocampo había realizado acerca de San Martín en 2017.
“San Martín no fue El Padre de la Patria ni el Libertador de América”, planteó en 2017 el economista Emilio Ocampo, principal referente económico del candidato ultraderechista Javier Milei. En el actual contexto electoral argentino la declaración trascendió en las redes y, como era de esperar, generó polémica. Varios historiadores salieron a contestarle. Eduardo García Caffi, presidente del Instituto Samartiniano, dijo que estas afirmaciones muestran una incultura seria. Ricardo de Titto las calificó lisa y llanamente de falacias. Miguel Ángel de Marco se preguntó: si San Martín no fue el Libertador de América, ¿qué hacía entonces en Mendoza formando el Ejército de los Andes para liberar Chile y Perú?
Ocampo señala en una entrevista que la idea le surgió en los Archivos Nacionales del Reino Unido, cuando encontró los informes que los agentes británicos en la región mandaban regularmente a Londres. “Si en 100 años – afirma – uno quiere saber qué pasó en Irak, debe buscar en los archivos de la Casa Blanca. Eso fue lo que hice: investigué en los archivos británicos, donde se definía un ajedrez global del cual éramos una pieza más”. La lectura de esos informes, dice, le ayudó a descubrir una historia que no coincidía con la que le habían enseñado. Como San Martín entendía a la perfección ese “ajedrez global”, nunca tomaba decisiones sin consultar a los británicos. Un buen ejemplo es el de la expedición a Chile. ¿Por qué eligió esa vía – se pregunta – cuando lo más lógico era ir por el Alto Perú? Ocampo sugiere que San Martín decidió cruzar a Chile porque ésa fue la instrucción que llegó de Londres: con sus once puertos sobre el Pacífico era para los británicos un objetivo mucho más apetecible que el Alto Perú. En la misma línea interpretativa cita un despacho del cónsul británico en Buenos Aires en el que informa que, luego de la victoria de Chacabuco, San Martín lo visitó en Buenos Aires con el objeto de consultar los pasos a seguir. Para Ocampo, un claro pedido de instrucciones al gobierno de Su Majestad. ¿De dónde salen entonces los títulos de “Libertador de América” y “Padre de la Patria”? De Bartolomé Mitre, dice. No es casual que Mitre haya biografiado a Belgrano y San Martín para convertirlos en héroes míticos de la independencia argentina y americana. En esto Ocampo sigue de cerca al Alberdi de Grandes y pequeños hombres del Plata, de 1865. En el año del ingreso de la Argentina a la Guerra de la Triple Alianza, Alberdi redoblaba sus ataques a Mitre por meter al país en el conflicto y buscar su gloria militar personal. Grandes y pequeños hombres del Plata es una crítica que buscaba demoler la biografía mitrista de Belgrano. ¿Qué dice Alberdi allí? Hay dos formas de hacer historia: una que es una suerte de mitología política, forjada por la vanidad, y otra que se escribe en base a documentos. En la primera el devenir histórico, frecuentemente glorioso, es atribuido a los grandes hombres; en la segunda, se lo atribuye a las fuerzas o intereses que generan los hechos. Mitre, sostenía Alberdi, había unido ambas para escribir una leyenda documentada, una fábula certificada con fuentes históricas, una historia oficial pensada para ensalzar su propia figura y para gobernar el país. Eso no era verdadera historia. El Belgrano de Mitre era un prócer mitológico insertado en el contexto de su biógrafo, para beneficio de sus objetivos políticos. Una colocación impropia y, sobre todo, errónea.
“No se trata de criticarlo a San Martín, sino de ponerlo en el lugar correcto”, dice Ocampo. ¿Padre de la Patria? Un padre que, al desobedecer las directivas de Pueyrredón en 1819, abandona a sus hijos cuando más lo necesitaban. San Martín, prosigue Ocampo, no hizo lo que sí hicieron Washington y los otros padres fundadores de los EE.UU. Fue un padre abandónico, porque creía que la democracia aquí era una utopía. De ahí su respaldo a los proyectos monárquicos encabezados por príncipes europeos. San Martín, afirma, “tenía clarísimo” todo esto, era el “personaje histórico más coherente del proceso revolucionario”. Surge así un prócer muy diferente, lanzando a realizar los intereses británicos en América y favorable a que los europeos estén al frente de países que no pueden autogobernarse. El mito del San Martín Libertador y Padre de la Patria de Mitre no hace otra cosa, dice Ocampo, que alimentar “el caudillismo populista autoritario, en cuya visión hay un pueblo explotado, que necesita un líder fuerte que lo defienda de la perversidad de los opresores extranjeros y sus aliados locales, fundamentalmente, la oligarquía apátrida”. Es una “visión provinciana de la historia” que se debe abandonar definitivamente.
Javier Milei aseguró en reiteradas oportunidades que de llegar a la presidencia eliminará el Banco Central y dolarizará la economía argentina. Ocampo es el elegido para llevar a cabo ambas tareas. Economista con un máster por la Universidad de Chicago, Ocampo tiene una extensa carrera en la banca de inversión. Ha ocupado altos cargos en entidades como el Citibank, Chase Manhattan, Salomon Smith Barney y Morgan Stanley, en Nueva York y en Londres. Es senior associate en el Center for Strategic and International Studies (CSIS), un think thank de los EE.UU. que cuenta a Henry Kissinger entre sus asesores, y es miembro del Consejo Académico del think thank vernáculo Libertad y Progreso. Es, además, profesor en la Escuela de Negocios Stern de la Universidad de Nueva York y en la Universidad del CEMA en Buenos Aires, una institución de orientación neoliberal fundada durante la última dictadura militar. Colaborador del diario La Nación, Ocampo siempre manifiesta en sus columnas una visceral animadversión por el populismo y por el peronismo en particular. El mito sanmartiniano, escribió en una columna de opinión de finales de 2020, habilitó la construcción de otro mito peor, el mito peronista, que generó la ficción de Perón como constructor de la independencia económica argentina. Esta falsedad, dice Ocampo, se sostiene hasta el presente porque ignoramos la verdadera historia. “Al no comprender nuestro pasado los argentinos tampoco entendemos el presente. Nuestro progreso extraordinario entre 1853 y 1930 no se debió a que estábamos predestinados a la grandeza, sino a una coyuntura internacional favorable y un marco institucional que nos permitió aprovecharla. Nuestra declinación desde entonces se debe a que abandonamos ese marco institucional y, alentados por un mito, nos sometemos periódicamente a la voluntad de caudillos mesiánicos que sólo logran hundirnos cada vez más”. Vale la pena detenerse en la razón esgrimida por Ocampo para proclamar el fin del “progreso extraordinario” argentino. Allí está, es ella, la funesta mitología peronista desplazando el prístino marco liberal. Ocampo no es el primero ni será el último en repetir este antiguo latiguillo antiperonista. Siguiendo el perspicaz camino de Alberdi, sería interesante analizar si no está construyendo una nueva fábula certificada con documentos históricos.
Es cierto que San Martín, un republicano convencido según le confesaba a Guido en una carta, apoyaba la institución de monarquías europeas en América por considerar que aún no estábamos maduros para autogobernarnos. Claro que es necesario echar un vistazo al contexto para comprender estas palabras. La guerra por la independencia sudamericana seguía en curso y los realistas no estaban derrotados ni mucho menos. Eran pueblos recién liberados, que discutían el tipo de Estado y Constitución que debían adoptar los nuevos países. En el Río de la Plata los intereses de Buenos Aires y los de las provincias colisionaban todo el tiempo. El conflicto era duro, incluso cruento. San Martín se esforzaba porque todos entendieran que la prioridad era derrotar de manera definitiva a los realistas. Ya habría tiempo después para resolver el resto de los problemas. “Unámonos amigo mío – le escribió a Estanislao López, gobernador de Santa Fe – para batir a los maturrangos que nos amenazan. Divididos seremos esclavos; unidos, estoy seguro que los batiremos… En fin, paisano, trancemos nuestras diferencias, que después nos queda tiempo para concluir de cualquier modo nuestros disgustos en los términos que hallemos convenientes, sin que haya un tercero que nos esclavice”. En términos similares se dirigió a Artigas. Son palabras que se parecen más a la de un Libertador que a las de un agente que pide instrucciones a Su Majestad británica. Sus propios contemporáneos lo asociaban con la libertad, incluso los que se oponían a ella. En 1823 las autoridades del puerto de Le Havre informaban que había llegado un importante protagonista de las revoluciones independentistas sudamericanas. La orden fue terminante: San Martín debía ser expulsado de Francia. Es interesante constatar cómo el prócer veía la realidad argentina en el final de su vida. Sarmiento, que lo visitó en ese momento, nunca entendió por qué apoyaba de manera entusiasta la política rosista de resistencia al bloqueo anglo-francés de 1845-50. Pensaba que el prócer estaba senil. De haber leído sin prejuicios el tercer punto de su testamento lo habría entendido: “El sable que me ha acompañado en toda la guerra de la Independencia de América del Sud le será entregado al General de la República Argentina Don Juan Manuel de Rosas, como una prueba de la satisfacción que como Argentino he tenido al ver la firmeza con que ha sostenido el honor de la República contra las injustas pretensiones de los Extranjeros que tratan de humillarla”. Su orgullo es entendible: un territorio organizado en forma de Confederación rudimentaria había vencido la formidable agresión de Gran Bretaña y Francia juntas. En una entrevista Milei afirmó que si lo dejan veinticinco años en el poder va a convertir a la Argentina en EE.UU. Queda claro que, si suprime el Banco Central y dolariza la economía, la política monetaria de los gobiernos argentinos del futuro quedará supeditada a los dictados de la Reserva Federal en Washington. Además, al circular dólares en el país, la justicia estadounidense comenzará a tener jurisdicción en nuestro territorio. Todo esto redunda, no es necesario decirlo, en una importante pérdida de soberanía. Un San Martín Libertador y Padre de la Patria no es muy funcional a estos objetivos. Simpatizante de Rosas, tampoco. Sí lo es un San Martín que se ofrece como pieza menor del ajedrez imperialista de Gran Bretaña en América. También el San Martín que habla de nuestra inmadurez para gobernarnos: son muchos los argentinos que aún se emperran en elegir caudillos populistas. Si de ficciones históricas se trata, hay que reconocer que la de Mitre es mucho más atractiva e interesante que la de Ocampo. Y está mucho mejor escrita.
Alcides Rodríguez
Buenos Aires, EdM, octubre 2023
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