Feminista no, Conquistadora. Isabel de Guevara en el Río de la Plata, por María José Schamun

Isabel de Guevara fue una de las españolas que partió hacia el Río de la Plata en la expedición por la que Pedro de Mendoza obtendría el Adelantazgo. Veinte años después de su arribo a costas americanas, escribió una carta que fue sacada del olvido en el siglo XX y en la que construye un sujeto inédito del Imperio Conquistador, las mujeres. Lejos de la imagen de «enamoradas» al servicio del deseo masculino, la carta las muestra desde su propio deseo.

El 1ro de septiembre de 1535 partieron de Cádiz 14 navíos, dice Ulrico Schmidl. Eran 2500 españoles y 150 alto-alemanes, neerlandeses y sajones, junto con el capitán general de todos nosotros, que se llamaba tum Pietro Mandossa (Schmidl, 1535). Llevaban caballos, dice Schmidl, arcabuces y ballestas, agrega. Pero nada dice de que A esta provincia del Rio de la Plata, con el primer gobernador de ella, don Pedro de Mendoza, hemos venido ciertas mujeres, entre las cuales a querido mi ventura que fuese yo la una, éstas son las palabras de Isabel de Guevara en 1556 desde Asunción, por las que reclamaba a la corona el reconocimiento de su participación en la Conquista de América.

«La batalla contra los Querandíes». Viaje al Río de la Plata, Ulrico Schmidl.

La flota que comandaba Pedro de Mendoza llegó al Río de la Plata a comienzos de 1536 y en su orilla oeste fundaron la ciudad de Buenos Aires, donde encontraron a los amistosos Querandíes, donde abusaron de la generosidad de los Querandíes, a donde Ulrico dice que habían llevado yeguas y olvida a las mujeres, donde asaltaron el asentamiento querandí, lo ocuparon y se robaron sus redes de pescar y sus víveres, que fueron lo único con lo que esas mujeres invisibles mantuvieron vivos a los  hombres cuando los Querandíes volvieron en un número 4 veces mayor (merced a las alianzas que lograron por el descontento general que la presencia de los súbditos de Su Majestad generaba en tierras americanas) y sitiaron el asentamiento español. Pronto esos víveres se acabaron y la gente no tenía qué comer, se moría de hambre, y la miseria era grande; por fin llegó a tal grado que ya ni los caballos servían, ni alcanzaban a prestar servicio alguno, admite Schmidl. Al punto que Luis de Miranda escribe que “el estiércol y las heces que algunos no digerían, muchos tristes los comían, que era espanto. Allegó la cosa a tanto que como en Jerusalén, la carne del hombre también la comieron.” Algo que Isabel de Guevara calla por la honra de los hombres y que Manuel Mujica Láinez recrearía con lujo de detalles en “El hambre” en 1950. Es ése el momento en que la pluma de Isabel se instala para comenzar su historia y, a partir de ahí, se construye a sí misma como un sujeto de valor en contraste con esos hombres a quienes el silencio de esta mujer arrebata la honra de manera más eficaz que si detallara sus infortunios. Ese acto de silencio que se quiere protector termina ubicando la fuerza toda del lado de la mujer y el valor.

Isabel de Guevara partió de Cádiz con la expedición con la que Mendoza habría de conquistar y poblar el territorio del Río de la Plata. En aquellos 14 navíos, según el documento de la Capitulación Real, iba gente de dinero, sacerdotes, “un médico, un cirujano y un boticario (…) esclavos negros, la mitad hombres y la otra mitad hembras,” y hasta un panadero, todo lo necesario para construir una ciudad y asegurar la zona para la Corona. Isabel viajó con su padre o su hermano, no era esposa de nadie y no lo sería hasta siete años después cuando en 1542, el gobernador de Asunción la casó con un caballero de Sevilla, que se llama Pedro d`Esquiuvel, que, por servir á S. M., a sido causa que mis trabajos quedasen tan olvidados y se me renovasen de nuevo, porque tres vezes le saqué el cuchillo de la garganta. Las afirmaciones de Isabel frustran las expectativas de la época, no se apoyan en el valor de su marido para realizar el pedido, sino que se construye a sí misma como sujeto valioso para la corona transformando las labores domésticas en acciones políticas desde el momento en que Vinieron los hombres en tanta flaqueza, (…)[que] todos los travajos cargaban de las pobres mugeres, ansi en lavarles las ropas, como en curarles, hazerles de comer lo poco que tenian, alimpiarlos. Esos hombres eran, nada más y nada menos, que los agentes de la Corona encargados de llevar a cabo la Conquista por lo que salvar sus vidas, equivalía a salvar la misión y fué tanta la soliçitud que tuvieron, que, sino fuera por ellas, todos fueran acabados.

Existe en el Archivo de Indias, un manifiesto de a bordo de la expedición de Mendoza de 1535 en el que un ignoto archivista deja constancia de que “un grupo de valientes mujeres mezclaron su destino con el de los hombres de la expedición”. La carta que Isabel escribe veinte años después, habla de ellas pero no las cita, detalla sus vivencias pero nunca pronuncia sus nombres. Su palabra es testimonio suficiente y legítimo para dar fe de que aquello que narra efectivamente sucedió, y sucedió de esa manera. La disputa de Isabel no es legal, no construye testigos como tampoco compañeras, no pide a nombre comunitario o colectivo, aunque se apoye en la experiencia compartida para exigir el reconocimiento. Isabel no es una feminista avant la lettre, no reclama en nombre de una diferencia de género, pero reconoce que los privilegios han quedado del lado masculino de la historia y, por eso, no confía la escritura de sus desventuras a la pluma de ningún hombre: ella misma escribe.

En Buenos Aires, Isabel no había sido “una enamorada” como la imaginó Mujica Láinez en su relato “El primer poeta” de 1950 y tampoco lo había sido ninguna de las que con ella se encargaron de hacer centinela, rondar los fuegos, armar las ballestas, cuando algunas veces los indios les venían a dar guerra, (…) levantar los soldados, (…) dar alarma por el campo a voces, sargenteando y poniendo en orden los soldados mientras el hambre se propagaba por ese proyecto de ciudad que se venía abajo por el peso de la soberbia y la violencia que los Querandíes no dejaron pasar. Ahora escribe desde una ciudad que ella misma ha ayudado a construir con sus propias manos porque tras la victoria frente a los Carios, fué necesario que las mugeres bolviesen de nuevo á sus trabajos, haziendo rosas con sus propias manos, rosando y carpiendo y senbrando y recogendo el bastimento, sin ayuda de nadie, hasta tanto que los soldados guareçieron de sus flaquezas y començaron á señorear la tierra y alquerir yndios y yndias de su serviçio, hasta ponerse en el estado en que agora está la tierra. Esa tierra era el asentamiento Cario sobre el que construyeron Asunción.

La carta de Guevara es llamativa no sólo porque deja de lado los típicos filtros y canales de comunicación –como escribas y autoridades locales- sino porque, en ella, los atributos de los sujetos se ven trastocados. Las mujeres son las constructoras de casas y ciudades, son las que siembran, cosechan, hilan y tejen, las que ostentan una fuerza que viene de su delicada contextura porque como las mugeres nos sustentamos con poca comida, no aviamos caydo en tanta flaqueza como los hombres. Es esa experiencia la que transforma la delicadeza en fuerza y deja del lado de la debilidad a los hombres que se prueban incapaces de cuidarse siquiera a sí mismos. Sin embargo, las órdenes de los comandantes no se cuestionan, y la misión continúa según un itinerario que los hombres trazan y que las mujeres se encargan de transitar animandolos con palabras varoniles, que no se dexasen morir (…) metiendolos á cuestas en los vergantines, con tanto amor como si fueran sus propios hijos. La figura de la madre amorosa también se asoma en los motivos de las labores femeninas que no fueron hechas esperando recompensa alguna ni las hacian de obligaçion ni las obligaua, si solamente la caridad.

Y sin embargo, la carta no es una crónica de las aventuras con el fin de informar o admirar, sino un reclamo. El relato de la desventura del Fuerte de Santa María del Buenayre se apoya en los atributos propios de lo masculino y lo femenino y los refuerza cuando deja en evidencia que no son otra cosa que la elección cotidiana de un comportamiento. Si algo hay de excesivamente contemporáneo en la carta de Isabel, es la percepción de que los atributos de lo masculino pueden ser asumidos por un cuerpo femenino y que, en cualquier momento, puede un cuerpo masculino quedar reducido a la vulnerabilidad que se atribuye a la debilidad física femenina. Sin proponérselo, Isabel de Guevara define el concepto de género como un conjunto de rasgos y comportamientos sociales que nada tienen que ver con la naturaleza o la biología de cada sexo.

Entonces sí, apoyada en esa experiencia colectiva de la que ella fue parte, pero no única ejecutante, reclama justicia y la exige en forma de propiedades: tierra y sirvientes. No busca un reconocimiento como excepción, sino la restauración de un equilibrio que se había roto cuando el botín de tierra e indios se repartio (…) ansi de los antiguos como de los modernos, sin que de mi y de mis trabajos se tuviesen nenguna memoria, y me dexaron de fuera, sin me dar yndio ni nengun genero de serviçio. Isabel no pretende escapar a la ley dictada por los reyes y ejecutada por los gobernadores, busca que esas leyes se apliquen de manera equitativa y justa en base a las acciones y no a los cuerpos que, como su propio relato lo muestra, pueden asumir el rol que sea necesario para el servicio de la corona con la mayor versatilidad.   Isabel le escribe a Doña Juana de Austria, Princesa gobernadora de Castilla y los reinos de Ultramar, nieta de Juana I de Castilla, quien había muerto un año antes de que Isabel enviara esa carta. La reina Juana, madre de Carlos V, padre de la Princesa Juana a quien Isabel le escribe, había muerto desprestigiada por su padre y su hijo, incapaz de usar su poder para salvarse a sí misma. Su nieta Juana, que nació el mismo año en que Isabel partió hacia el Río de la Plata en la expedición de Pedro de Mendoza, tenía la misma edad que las aventuras de Isabel y le otorgó lo que pedía: tierras que ya no tendría que sembrar ni cosechar ella misma, como tampoco lavar ni alimentar a ningún hombre porque también obtuvo los yndios que pedía para que cuidaran de ella e hicieran productiva la tierra.

María José Schamun

Buenos Aires, EdM, octubre 2023

Textos:

Schmidl, Ulrico. Viaje al Río de la Plata, 1534-1554. ( 1903) Bartolomé Mitre (trad.) Buenos Aires: Cabaut y Cía.

Carta de Doña Isabel de Guevara a la Princesa Gobernadora Doña Juana (1556) Asunción.


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