La uruguaya de Pedro Mairal puede ser leída de varias formas: como la historia de un amor frustrado, o como muestra de la fascinación porteña con la Banda Oriental (“Hay que tener cuidado con Uruguay”, dice un personaje, “sobre todo si venís pensando que es como una provincia argentina pero buena”). Pero su mejor faceta es como retrato satírico del protagonista, un escritor que atraviesa una muy evidente crisis de mediana edad, y que puede o no tomarse como un alterego del propio Mairal.
Lucas Pereyra viaja a Montevideo con dos propósitos: recibir una cantidad de dólares evadiendo las restricciones cambiarias argentinas y verse con Magalí Guerra, una mujer con la que algún tiempo atrás había tenido un lance, o más bien un intento de lance. La novela está narrada como una carta escrita un año después a Catalina, su ahora ex esposa, mezcla de confesión y ajuste de cuentas. Ambos atraviesan un mal momento como pareja, y Lucas sospecha que Catalina lo está engañando; frente a esta domesticidad amarga, la perspectiva de pasar un día en Montevideo con una mujer más joven resulta doblemente atractiva.
La conjunción de literatura, sexo y finanzas hubiese complacido a Ricardo Piglia, ya que los problemas de los que quiere huir Pereyra son económicos (la escasez de plata), creativos (está escribiendo poco) y sexuales (ser el marido cornudo); apenas hace falta señalar la íntima relación que los une. “Mi prosa y mi pija son lo mejor que tengo”, escribió Washington Cucurto (en versos, curiosamente): para un escritor varón (sobre todo pero no exclusivamente heterosexual), tener plata, escribir y coger (y que se sepa que coge) son las tres aristas del éxito medido en términos de potencia viril, la performance del macho triunfador. “Quién la tiene más grande” se refiere, alternativamente, a la billetera, la pluma o la pija.
Pereyra lleva varios meses sin trabajar, meses en los que ha tenido que pedir plata a su mujer y su hermano, y al comienzo de la novela la perspectiva de cobrar los adelantos en dólares por dos libros aparece como solución a la mala racha. En una discusión donde su mujer le reprocha la falta de iniciativa (económica y literaria), Pereyra responde atacando la falta de iniciativa (sexual) de ella. No cobrar, no escribir y no coger aparecen como un círculo vicioso. Frente a esto, la posibilidad de un amorío aparece como una revancha. Ir a Uruguay, cobrar la plata y coger con Guerra serían la antesala de volver a escribir, un conjuro que aleje la esterilidad creativa.
La novela no es para nada sutil: la crisis de mediana edad de Pereyra se manifiesta como una deformación física en “la pija que casi de un día para el otro se me torció, se me curvó levemente hacia la derecha”. Es por eso que lo que más recuerda de cuando conoció a Guerra (un fin de semana en Valizas, donde participó de un evento literario) es que ella le elogió el pene: “Qué linda pija”, le dice, y Pereyra piensa: “Seré muy básico quizá, pero estoy casi seguro de que no hay nada que le guste más a un hombre que que le digan eso.” El lugar común es evidente y da un poco de grima, pero la novela funciona mientras permanece en el terreno de la sátira.
La uruguaya puede leerse como la contraparte de Una noche con Sabrina Love, primera novela de Mairal que gira en torno al debut sexual con una estrella porno de Daniel Montero, un chico entrerriano. En ambas el protagonista viaja a otra ciudad para encontrarse con una mujer que lo fascina y atraviesa una experiencia transformadora (con algo de violencia de por medio). La diferencia, por supuesto, es la que hay entre la juventud y la mediana edad, entre la expedición triunfante de Daniel (que se acuesta con Sabrina Love y empieza un romance con una chica de su edad) y el naufragio de Pereyra (que solo logra perder la plata que fue a buscar). Pero la obsesión fálica de La uruguaya no tiene correlato en la primera novela; de hecho, la palabra “pija” no aparece del todo (tampoco “pene”, o “verga”).
Habría que hacer una historia de la literatura argentina que rastree los usos y apariciones de la pija: el facón de Martín Fierro que, insinúa Martínez Estrada, acaso compartiera con Cruz; el juguete rabioso de Arlt, que puede ser el revólver o el pene del homosexual que conoce Astier en el hotel; el cuchillo que (otra vez Martínez Estrada) “exige el recato del falo”, por lo que un gaucho matrero sería, en cierto sentido, un descarriado sexual; la espada más corta que elige el islandés de “Undr” de Borges porque “de mi puño a su corazón la distancia era igual”. Habría que detenerse en lo que hacen Onetti, Lamborghini, y Fogwill con la pija. Iluminaría más de un cono de sombra.
Pereyra parece dispuesto a sumarse a esa genealogía, ya que en la novela que proyecta escribir con la plata que finalmente pierde “iban a pasar mil cosas, en la playa, en Brasilia, en el Amazonas, mucho sexo, y lanchas por grandes ríos y contrabando, drogas, chamanes, balazos, bailongos”: todo lo contrario de la adocenada vida de clase media que lleva en Buenos Aires. Pero nunca la va a escribir; Pereyra es un personaje ridículo, y lo sabe.
Lo que no es seguro es que la novela lo sepa. Durante la mayor parte el tono es ambiguo, por momentos satírico, por otros más bien lírico en su evocación de Montevideo, y el lector priorizará uno u otro según si el protagonista le resulta más o menos simpático, más o menos patético, cosa que, a su vez, posiblemente esté influenciada por el género. Es esperable que un varón empatice más con Pereyra que una mujer, pero tampoco seguro (no fue mi caso, sin ir muy lejos).
En todo caso, el fracaso absoluto del viaje pareciera zanjar la cuestión: para cuando vuelve a Buenos Aires, a Lucas le robaron la plata, no pudo acostarse con Guerra y su esposa confiesa la infidelidad (con el detalle, sorpresivo para Pereyra, de que la amante de Catalina es una mujer). Para colmo Pereyra sospecha, muy a pesar suyo, que Guerra pudo haber tenido algo que ver en el asalto donde le robaron los 15 mil dólares, y que ocurrió mientras estaban tocándose en la playa.
La novela, sin embargo, no termina allí, con la figura de un Pereyra derrotado, sino que le da un capítulo final para rescatarse, en lo que puede leerse como una especie de progrewashing. Luego de un relato dedicado a las tribulaciones fálicas de un varón de mediana edad, asistimos a la reconfiguración de sus vínculos en otra clave: Guerra se queda en Uruguay y forma parte de una trieja mientras, en Buenos Aires, la esposa de Pereyra lo deja por su amante y él encuentra algo de paz para escribir y ser padre. En todo esto Pereyra es más paciente que agente y, aunque trata de reivindicarlo (“Va a sonar como que me hago el superado, pero de verdad te digo: tenemos que pensar de una manera nueva”, dice, y sí, así suena), también le cuenta a su ex esposa de un amorío (recordemos, le ha estado hablando durante toda la narrativa), como para no ser menos.
Este giro final, donde Pereyra se pone casi pedagógicamente a explicarse (y a su ex, y al lector) cómo salió o está saliendo de su crisis, no aminora la posición ridícula en que lo deja el relato. Quizá Mairal sintió que no podía dejar tan mal parado a un personaje identificable con él, pero el daño está hecho, y el intento de rescate más bien disminuye la contundencia del final. Tanto si preferimos burlarnos de Pereyra como si lo tomamos en serio, si lo vemos como un ser patético o si le concedemos cierta dignidad, a la manera de un personaje de Discépolo, su fracaso es más auténtico que los lugares comunes con los que intenta resarcirse.
Mario Rucavado Rojas
Buenos Aires, EdM, septiembre de 2023
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