Ahh, ssssí, ohhh, mmm, dame más, dame más métricas… por Pablo Luzuriaga

El gobierno de unidad nacional promete terminar con la división; con la grieta. El eventual gobierno neofascista también, pero por otra vía que es la del estallido o la terapia de shock, una receta que de quedar a medio camino no haría más que profundizar la hendidura. De un tiempo a esta parte las derechas promueven una reforma integral de la sociedad y del Estado. La receta es antiquísima, proponen disminuir el Estado a sus funciones mínimas, todavía más delgadas que las del liberalismo clásico que defendía la educación y la salud públicas. La división entre kirchnerismo y antikirchnerismo, entre peronismo y antiperonismo sería la causa de todos los males; un agujero por donde se pierden nuestras ilusiones de progreso y desarrollo, una fosa donde caen los deseos igualitaristas y los ensueños emprendeduristas. Llenar la grieta, cerrar la grieta o hacer estallar la grieta son las alternativas de la hora; y es probable que las próximas elecciones las gane el candidato que se muestre más apto para ese desafío. Del lado derecho de la grieta, hasta las PASO lo más creíble sobre el fundamento de emociones violentas eran las propuestas de shock. Horacio Rodríguez Larreta no fue la alternativa elegida por quienes anhelaban un estallido controlado por las fuerzas del orden. Terminar con la grieta de forma violenta impulsa la ilusión de los que votaron por Patricia Bullrich y por Javier Milei. En el primer caso, hasta las generales, la violencia estaba rubricada por el discurso republicanista, antipopulista; de instituciones más que centenarias como la Unión Cívica Radical que mientras integró Juntos por el Cambio le dio a la coalición el tono de supuesto civismo civilizado que adopta también el partido de Carrió; un tono que en cierta medida garantiza para sus votantes el uso de la violencia legítima. Luis Juez llamó la atención por la conducta de Milei en un programa televisivo cuando el neofascista se salió de sus cabales por los ruidos de fondo. Juez señaló que si eso lo ponía nervioso ni pensar lo que podían hacer con él «600 mil negros» en la Plaza de Mayo cuando tome su primera medida. El ex candidato a gobernador por Córdoba apoyó hasta las generales a Bullrich con la ilusión de que ella sí pueda hacer frente a ese ruido en la plaza.

         Las derechas anhelan el estallido de la grieta. Por eso la opción de ascender al jefe de gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires a presidente de la nación no prosperó, porque él representa en el imaginario a las alternativas que proponen cerrar la grieta estableciendo puentes y caminos por arriba, túneles por abajo y por el medio. A pesar de las numerosas ocasiones en que la policía de la ciudad reprimió manifestantes, el electorado de derecha no lo considera apto realizar un estallido controlado de la grieta. Otra parte significativa del electorado corrido a la derecha no piensa en el control, sólo desea que estalle. Les desea el mal a los responsables de la crisis económica. Por esa razón, se trata de un electorado de derecha mucho más heterogéneo, volátil, tanto desde el punto de vista etario como de la extracción social y económica. Milei obtuvo votos de ricos, pobres, clase media, viejos, jóvenes y hombres de todas las edades. Una enorme proporción del electorado que en estos comicios se inclina por el candidato neofascista lo hace porque desea que todo se rompa, sin medida; se lleva bien con la motosierra y con la violencia contra el sistema. La canción de la Bersuit Vergarabat que en 2001 adoptó una significación hacia la izquierda del arco ideológico, ahora invierte su signo. Veinte años atrás el Estado desguazado por el neoliberalismo menemista estaba ocupado por una casta de políticos a los que les cantábamos que se vayan todos. Ahora, el Estado robustecido –en términos relativos– durante los años kirchneristas está ocupado por otra casta –en casos, los mismos– a los que les cantan que se vayan todos. El estallido que desea el electorado que vota a Milei se parece al de entonces en su condición antipolítica. En este sentido el 2001 fue ambiguo, derivó hacia la izquierda porque los órdenes de Menem y de la Alianza eran de derecha. El anhelo actual de estallido acontece sobre el supuesto de que el orden es de izquierda porque está asociado a un Estado que, robustecido entre 2003 y 2015, se mostró con toda su eficacia en la pandemia. El Estado es capaz de limitar la libertad de movimiento del individuo, y su intervención no le permite al individuo crecer, desarrollarse, prosperar, ni emprender proyectos económicos rentables; eso piensan.

         El fin de la grieta política es visto como la solución porque sería ella, en el imaginario, la que trajo la crisis económica. Con el resultado de las últimas elecciones generales, cambia el signo de la división. Por un lado, la propuesta de unidad nacional vendría a cerrar la grieta desde arriba, con acuerdos políticos de estructuras, mediante la inclusión de figuras –los mejores, dice Massa– de distintos sectores políticos. Desde hace años Massa anhela terminar con la división entre kirchnerismo y antikirchnerismo abierta a partir del año 2008. La «ancha avenida del medio» fue su apuesta en 2013 y 2015. El Frente Renovador no es otra cosa que un armado político superestructural; reunió durante años a legisladores peronistas y radicales, caídos de uno u otro lado. Su capital fueron siempre las relaciones políticas, con diversos sectores del poder, su capacidad para mantenerse con relativa independencia de unos y otros, el tejido de casta. Hasta hoy fue un hombre gris, de palacio, profesional, sin legitimidad popular y con escaso carisma. Macri le puso el mote de «ventajita» y lo cierto es que supo honrarlo con la siempre ventajosa tercera posición. Las últimas ventajas relativas las tuvo entre Wado de Pedro y Scioli; ahora entre Bullrich y Milei. Cayó siempre parado dentro del tablero; ahora, en el epicentro. 

La nueva grieta le da, a su vez, otra ventaja. La división de cara a las elecciones del 19 de noviembre ya no es entre kirchnerismo y antikirchnerismo como insisten desde el lado derecho de la vieja grieta, sino entre aquellos que confían en el poder del Estado para resolver los asuntos de la vida en común y en la necesidad de cerrar la grieta; y aquellos que desconfían del Estado y desean hacer estallar la grieta con terapia de shock y represión. De un lado está Massa como encarnación del hombre de Estado; del otro, están Milei, Villarroel, Bullrich y Macri, como dijo Grabois en una entrevista reciente: el eje del mal, los supervillanos. El antikirchnerismo en boca de Milei pierde toda pátina cívica y republicana, pierde el barniz vetusto del espíritu y la civilización contra el peronismo y la barbarie. Es difícil que figuras como Fernández Meijide, Sanz, Brandoni o Burucúa no se pronuncien en contra de la violencia neofascista. En casos, lo acaban de hacer, otros lo harán tarde o temprano porque sin el radicalismo el Pro pierde mucho más que aparato territorial, pierde también la narrativa, el sentimiento, el alma democrática del movimiento de masas; se queda sólo con la superficie plana de su marca, el envase amariilo vacío ya vaciado en apócrifos moldes sin acople. 

         Robert de Niro interpreta a Rupert Pupkin en El rey de la comedia de Scorsese en 1982. Joaquín Phoenix es Arthur Fleck en Guasón de 2019. Lo que en un caso es humor negro sobre el culto a la personalidad y la fama televisiva; en el otro es terror psicológico. Pupkin y Fleck son psicóticos, hablan con el televisor y se autoperciben como estrellas del espectáculo. Ambos son fanáticos de una celebridad. En el caso de Pupkin (de Niro) se trata de Jerry Langford, interpretado nada menos que por Jerry Lewis. Fleck (Phoenix), adora al presentador de televisión Murray Franklin, interpretado –en una de las tantas citas de Guasón a El Rey de la Comedia–, nada más y nada menos, que por el propio Robert de Niro. Para aquellos que vimos ambas películas –o una u otra–, es difícil, sea del lado de la grieta que nos encontremos, más kirchneristas o más antikirchneristas, más peronistas o gorilas, más estatalistas o menos; es difícil, decíamos, no activar en la memoria el humor negro de El Rey de la Comedia o el terror psicológico de Guasón, cuando vemos a Milei en televisión fuera de sí enojado por el ruido de la protesta gremial, o dando claros signos de psicosis frente a preguntas incómodas acerca de sus dichos, semanas atrás, cuando dijo que Bullrich era una tira bombas. Ante esas preguntas obvias responde recordando que él ya dijo «tábula rasa», como si sus dichos fueran suficientes para amoldar la realidad a su pensamiento. Es difícil no activar el recuerdo de ambas películas cuando se lo ve desencajado gozando de sus métricas en twitter, como si fueran un acto sexual. Lo desenfrena el goce de la celebridad, igual que a Pupkin y a Fleck. El rey de la comedia y Guasón basan la psicosis de sus protagonistas en los desórdenes que les produce la televisión. Ambas películas tratan sobre el límite borroso entre realidad y ficción, Pupkin y Fleck creen que la realidad se amolda a sus pensamientos porque ella se amolda a lo que ven por televisión. ¿Qué es realidad y qué es ficción cuando los medios construyen el sentido común? ¿Milei es realidad o ficción? Un personaje diseñado, un panelista de talk show tiene chances de ser presidente de la nación. Además, cree que con su pensamiento modela la realidad, que con sólo decir algo nuevo es capaz de borrar lo que dijo antes.

Quizás sea esa y no otra la mayor ventaja con la que Massa hará honor para siempre a su apodo; jugar contra un tipo que a primera vista parece psicótico. Algunos politólogos dicen que ahora se activó la campaña de los dos miedos, la del miedo frente al kirchnerismo que mete el dedo en la llaga de la vieja grieta, y la del miedo a Milei que señala la nueva grieta. Otros politólogos dijeron que ya no había una grieta, que ante Milei lo hay es un abismo. Esperemos que «ventajita» gane en noviembre. Ahí estará sin dudas nuestro voto positivo impulsado más que nada por la sonrisa al mismo tiempo machista, vulgar, misógina, psicótica, neoliberal, antisocial, antipolítica, infantil y despreciable de Javier Milei. Si solo se tratase de sus ideas políticas neofascistas, y acaso el voto en blanco fuera suficiente para derrotarlo –como especulan los partidos minoritarios de la izquierda trotskista– nuestro apoyo a Massa podría tambalear. No estaría mal que llegue sabiendo que gana por defecto. Su larga sobrevida por sobre la grieta lo vuelve sospechoso. Las medidas populares llegaron ayer nomás, apenas dos semanas después de la PASO. Sin embargo, Milei no sólo representa al neofascismo, sino algo más. También expresa el culto a la celebridad neoliberal del enano fascista que goza con las métricas de su fama virtual. 

Enumeremos algunos rasgos. Despreocupación por los sentimientos de los demás y falta de empatía: si tenés hambre podés vender tu córnea, también podés elegir morirte. Baja tolerancia a la frustración. Comportamiento violento. Incapacidad para sentir culpa. Predisposición a culpar a los demás, y a racionalizar el comportamiento conflictivo. Engrandecimiento propio. Egocentrismo. Seducción. Inteligencia. Manipulación de los sentimientos de los demás. Hasta aquí, citas tomadas al azar de la entrada de un diccionario del término «psicopatía». Sabemos que no hay personas psicópatas, las hay con más o menos rasgos psicopáticos. Otro rasgo significativo –ahora que en los portales de noticias anuncian que se habría separado de su última pareja–, es la imposibilidad de sostener relaciones duraderas. No interesa que sea un “loco”, tampoco lo que haga o no haga con la hermana, ni siquiera que hable con sus perros, vivos o muertos. Todo eso pueden ser calumnias, injurias más o menos fundadas. Lo cierto es que los rasgos de la psicopatía se ven por televisión, no hace falta creerle a nadie para verlos. Tampoco interesa que sea o no más o menos psicópata en sí, podría ser completamente inofensivo como panelista de televisión. No lo sabemos. Preocupa un poco más que crea que por decir “tábula rasa” en efecto tenga lugar una “tábula rasa” respecto de sus propios dichos semanas antes. En todo caso, el problema sería que tome asiento en el sillón de Rivadavia.     


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