Sobre Música materna de Graciela Batticuore, por María José Schamun

Música Materna (Alfaguara 2023) es la tercera novela de Graciela Batticuore y forma, con Marea (Caterva 2019) y La Caracola (Conejos 2021), una serie en la que los lectores asistimos al despliegue del mundo familiar de Nina en un desarrollo progresivo de voces y miradas. En este caso, la voz que desovilla el relato es la de María, madre de Nina, organizando la trama en torno al relato de su vida en una oscilación de tiempos y espacios que construye la historia de la familia entera.

Era chica yo dentro de aquel campo

Al comenzar la novela, María está hablando con su hija, pero el lector no lo sabe y se siente interpelado por esa voz que afirma y cuestiona. “¿Vos te creés que era como ahora Italia?” Nada probará ser igual entre el antes y el presente de la narración, sobre todo, porque son varios los hitos que marcan diversos antes en la historia de María.

La infancia transcurre tranquila en Molisse, en el pueblo rodeado de campos de ovejas y sembradíos, hasta que la muerte se presenta. El cuerpo muerto de un ser querido y un camino hecho de cadáveres producto de un ataque aéreo son los primeros eventos que determinan quiebres en el personaje, pequeños virajes en el carácter y en el color de su entorno. La muerte resta luz, las caras se apagan. Los hombres de la familia están lejos, a salvo, pero desconocidos. El tiempo de la separación marca una ausencia distinta que no se siente como pérdida, pero que desampara y que es suplida, en cierta medida, por un pueblo hecho casi por completo de mujeres. Son esos vínculos femeninos los que construyen y sostienen el mundo de la infancia.

Al comenzar la adolescencia, María llega a Argentina para descubrir que aquellas relaciones comunales de más allá del mar, sostienen también acá. A partir de la adolescencia, la protagonista comprende que hay cosas que no se dicen, del mismo modo que, en la infancia, había entendido que algunas cosas no se ocultaban. Aquello que la niña presenció, lo que ahora le toca conocer y lo que llegará a experimentar, queda guardado en un saber común que no es doméstico, sino femenino. El cuerpo que crece, que se agita, que limpia, que gesta, que da a luz, que alimenta, que cuida, que duele, es visto por los hombres y, en algunas ocasiones, contado entre mujeres. La palabra sobre la propia experiencia sólo se comparte entre mujeres y va construyendo una sabiduría colectiva que vincula los hogares y forma la comunidad.

El lugar del discurso femenino es dentro de esa red comunitaria de la que el saber llega y a la que la propia experiencia alimenta, por fuera de esos diálogos entre amigas, hermanas, madres e hijas, la palabra femenina se vuelve incomprensible, sólo queda el silencio o la locura.

Ojo, no me grabes

La situación en la cual la protagonista inicia y desarrolla todo el relato, se insinúa en las interpelaciones a la hija quien, al parecer, la escucha grabador en mano. Mientras María confía sus palabras a la intimidad de la relación madre-hija, Nina lanza el relato hacia la esfera de lo público, al mar de discursos con los que se construye la identidad argentina y donde se encuentra con el lector que sostiene la novela en sus manos. La novela entra en relación con una amplia gama de relatos que aborda la experiencia migrante, la historia de María encuentra coincidencias que terminan por llevar ese diálogo entre madre e hija a la dimensión generacional. Muchos se reconocerán y encontrarán gestos familiares en las páginas de Música Materna.

El relato de María no sólo salta entre tierras y tiempos, sino que toma la lengua materna y la engarza en la lengua de adopción, combinando los tiempos y los acentos de un modo propio en una cantata que, si bien tiene una sola ejecutante, suena con las voces de toda la comunidad. Esta “música” asciende y desciende en hilos de emociones vibrantes que conectan los destinos de los personajes en explosiones de intenso detalle que se repiten en una variada gama de tonalidades hasta componer una sinfonía compleja a una sola voz. Toda la comunidad está retratada en la historia de María y no hay voluntad de representatividad, sino una memoria que recorre las sinuosidades de las historias individuales que componen los destinos comunes. El amor, la muerte, la ternura, el dolor, la pérdida y la alegría son contados por las palabras usadas en la intimidad, con la despreocupación del tono cotidiano y con el esmero de quien pretende ser comprendida.

Porque Nina tiene una idea del pasado que no se condice con las experiencias de la madre, el relato avanza entre negaciones y preguntas retóricas que desafían la idealización que la protagonista conoce o asume de parte de su hija. Las diferencias entre la Italia de la posguerra y la Argentina de Perón no marcan un claro balance a favor de América, pero la experiencia de la guerra dejó una marca indeleble en el paisaje que la protagonista lleva en sí, y ya no podrá volver a entender su primer hogar como un lugar seguro o feliz. Tanto el esposo como la hija se obstinan en regresar a Italia, en buscar raíces en un lugar donde no queda sino el recuerdo de la muerte. María insiste en que nada queda, no hay nada allá para ella, y es verdad. Más allá del mar y de las colinas, en las extensiones de Molise, no quedaba más que el recuerdo de la guerra y la carencia, muertos o dispersos los afectos, ¿para qué volver?

¿Cómo la ficción?

Si el breve, pero creciente caudal de ficciones maternas (que podríamos denominar matriografías, pensando en las consideraciones de Patricio Fontana en Los papeles del padre. Sobre Imprenteros de Lorena Vega) adopta de manera casi unánime la perspectiva filial para crear la figura y la voz de la mujer que asume el rol de madre, en Música materna, la figura de la hija habita un silencio que, a pesar de todo, no logra eliminar la perspectiva. María es madre sólo porque es Nina quien escucha y es su presencia la que exige el relato y la que juzga el acento, la cadencia y la expresividad dignas del lenguaje musical. Sin embargo, el relato escapa a la lectura filial y se instala en la lectura materna en cada ocasión que niega o desafía una creencia o ideal, en cada comparación con lo que sabe o asume que es el mundo de su hija y en la que busca acercar su experiencia a la de ella. La maternidad de María no es examinada por nadie más que por ella misma, es su propio relato el que la construye como madre y lo reafirma en la construcción de Nina como hija.

Si los estudios científicos están en lo correcto y nos es imposible recordar sin modificar lo que traemos a la memoria, María es la artífice de su propia ficción y, sin embargo… lo es aunque la ciencia falle porque no existe modo alguno en que la lengua pueda prescindir de los sonidos. El mundo no busca sonar de un modo determinado, ni tiene un solo ritmo, ni una única melodía, por lo que un relato en el que prima la armonía de un ritmo establecido en las primeras páginas, y en el que cada pequeña parte cae exactamente donde ese ritmo lo sugiere, no puede sino ser una pieza literaria. 

María José Schamun

Buenos Aires, EdM, agosto 2023


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