Fernando Bogado (Buenos Aires, 1984) es docente de Teoría y análisis literario en la UBA, ha escrito Aproximaciones a la historia de la Teoría Literaria en la carrera de Letras de la UBA (partes 6 a 9) en colaboración con Juan Manuel Lacalle, los libros de poesía Jazmín paraguayo. Poesía reunida 2014-2006 y El desempleo, y las novelas Tierra ganada al río y Lebensraum. Colabora regularmente en medios gráficos como Página 12 y la edición argentina de Le Monde Diplomatique.
Volverse público
A raíz de una charla pública compartida con Martín Kohan en el marco del cierre de las clases de la materia Literatura Argentina I, invitados ambos por Adriana Amante y su grupo de cátedra, surgió una pregunta que me parece, si no imprescindible, al menos interesante repetir, indagar con un poco más de calma y, al mismo tiempo, revisar su pertinencia en el marco de una serie de discusiones que plantean, con mayor o menos seguridad, el fin o cierre o radical transformación de eso que llamamos “teoría literaria”, pero que, en más de una oportunidad mencioné, consideré, siguiendo a Jorge Panesi, en llamar sencillamente “crítica”. Porque es eso, es ese horizonte en donde la práctica de la teoría literaria en la Universidad de Buenos Aires se ha reconocido desde su fundación como materia luego de la instauración del plan de estudios de la carrera en 1984: la teoría literaria pensada como crítica, en la medida en que atestiguamos la colocación de un nombre propio de una cosa en otra, en ese afán de clandestinidad que sigue teniendo la crítica en tanto práctica moldeada al calor de las preocupaciones políticas de la década del 70. Preocupaciones que están menos recuperadas que vigentes: el actual clima electoral bien lo patentiza.
La teoría literaria, entonces, es crítica literaria que “hace” teoría. O sea, es la relación cercana, estrecha, obligatoriamente de close reading (para usar un término hoy en boga que quiere subrayar un antes y un después: estamos en tiempos de la distancia, lejanía y modalidad cuantitativa) la que orienta su práctica, la cual termina en cierta abstracción que sólo se consigue por mor de una estrecha concentración en el detalle de una obra puntual. Sólo la atención al detalle, preocupación que comparte con el psicoanálisis, con la antropología, con el coleccionismo, es lo que abre la posibilidad de un discurso, si se quiere, teórico, por desligarse (aunque nunca del todo) de la cosa, de lo que se tiene enfrente, un libro puntual, recién salido o no, que despierta la pregunta. Hay allí una epistemología: en su sentido más específico, un modo de considerar su verdad, su tipo de verdad, que no tiene que ver con la verdad en sentido apofántico o referencial de ciertas ciencias ni con la verdad de la revelación que acompaña la experiencia del creyente. Está en ese entre-lugar, entre la referencia del mundo fáctico y la iluminación, que desde Benjamin podemos caracterizar, sin mucho temor, como profana. Inducción e intuición, los dos movimientos de la ciencia que la crítica acompaña por ser, en algún punto, el terreno en donde el discurso científico se formó, ¿o no es el proyecto crítico kantiano el que habilitó la entereza y virtud histórica del discurso científico en oposición al uso de la razón pura como modo de plantear un descubrimiento o de sostener una verdad? ¿O no es la crítica de la doxa la que permite aparecer el discurso más apoyado en los hechos, en la verdad que nadie quiere decir, pero que todos “ven”, lo que hace que la ciencia haya ganado su lugar en la praxis vital de la humanidad, como mínimo, occidental? Nadie podría decir que eso no es cierto: es, justamente, una verdad científica presentada por el discurso de la historia. Llamar a lo que denominamos teoría literaria como crítica no es arrepentirse de un nombre por otro o solamente poner a la luz un avatar histórico, sino que es restituir el estatuto discursivo de la crítica literaria, particular, propio e históricamente datable. Pero es necesario ir un poco más a fondo en esta reconstrucción de algunos elementos del debate, de debates posteriores, de debates constantes en la UBA y en otros espacios académicos acerca de la vigencia de la teoría literaria y de sus modos.
Afiliaciones
Otro mote constante que se le suele colocar a la idea de que la teoría literaria se encuentra en un estado de declive es el de una relativa nostalgia con respecto a otros tiempos de la teoría. La evidencia más clara, por momentos, suele ser el hecho de que se la presente como un tiempo, una edad, cosa que se puede encontrar, por ejemplo, en la investigación ahora convertida en ensayo de Juan José Mendoza, La edad de la teoría. De Tel Quel a Literal. El lado B de los 70, recientemente aparecido por el sello Eudeba y reconocido con un premio otorgado por el Instituto de Filología “Dr. Amado Alonso”. Ya desde el principio, el punto de vista de Mendoza parecería subrayar esta pertenencia a otro tiempo del discurso de la teoría, en la medida en que la experiencia de Literal forma un mojón obligatorio, un antecedente, pero también un límite: la teoría literaria no puede ir más allá de los límites marcados por Literal. Por eso, podría pensarse que toda teoría literaria por venir tiene que abrevar en esas preocupaciones o directamente repetirlas, escenificarlas. Si no, no es teoría. Mendoza hace un trabajo notable de análisis de estas preocupaciones y suma, también, una serie de entrevistas a sus protagonistas (Ludmer, Kamenszain, etc.) en donde queda la idea de que ese era otro momento tanto de la literatura como de la crítica, plegándose un poco a lo que la propia Ludmer ha dejado dicho en los textos de cierre de su libro de ensayos póstumo, Lo que vendrá. Una antología (1963-2013), salido por Eterna Cadencia y con un notable trabajo de compilación y análisis de Ezequiel De Rosso. Allí, Ludmer piensa el derrotero de algunos conceptos a partir de su biografía como crítica: los intereses, los giros subjetivos, los movimientos respondieron a consideraciones, caprichos personales que emergían como una mirada particular sobre determinado asunto en un determinado momento biográfico. La biografía, la escritura de la vida, como forma de entender la escritura de la crítica: hay allí otra constante de la teoría literaria, otra línea de fuerte impronta, otra cuestión a considerar. La teoría literaria como ejercicio crítico es también un ejercicio de estilo, de gesto, de entrada de la subjetividad. Es una manera de escribir, el único modo que tiene la teoría para pensar y pensarse.
De estas tensiones pueden sacarse algunas conclusiones productivas. Provisorias, sí, pero disparadoras de matices o de nuevas preguntas en torno a la pregunta que le da título a todo esto y que aludí sin nombrar al comienzo del artículo: “¿Qué sería la teoría literaria?”. Además de su funcionamiento estricto como operación crítica, la teoría también puede ser pensada como las flexiones introducidas en esa masa discursiva a partir de nombres propios que la organizan, que la segmentan, mejor, que proponen zonas de intensidad a la manera de polos de atracción y tensión. Esa misma definición dan Deleuze y Guattari en El anti-Edipo cuando hablan del plano de inmanencia: un campo de tensiones con ciertos polos que organizan esos movimientos, pero de una manera lábil, no estricta, lo cual sirve como imagen que permite pensar la relación que la escritura mantiene con la teoría, un juego de atracciones y rechazos, un juego personal, asumido por el sujeto crítico, que siempre se define en el estilo. De ahí que vaya siempre al encuentro con lo puntual, con el ejemplo, con el caso concreto y no aborde tanto el camino de la abstracción, al menos, en el sentido en que pensamos la teoría literaria desde la experiencia de la UBA, que es también otro nombre propio que genera su injerencia en ese plano de tensiones. Justamente, una hipótesis de lectura puede perfectamente explicar esta relevancia de los críticos de Literal a partir de la inserción de sus miembros y colaboradores dentro del ámbito académico, como pasó con la propia Ludmer, cuya biografía es también la historia de la teoría literaria en la UBA. ¿Por qué separar la teoría literaria de estos nombres propios cuando la indagación más estricta revela que resultan inseparables? No estamos levantando aquí una suerte de monumento nostálgico, como parecería ser la posición de “todo tiempo pasado fue mejor” que revelan algunos discursos sobre la literatura que se trasladan a la crítica (y a la teoría). Muy por el contrario, es una cuestión de epistemología, de construcción de verdad: el ejercicio crítico incumbe discutir con estas producciones, con esos otros acercamientos críticos, en una red interminable de referencias, discursos y contra-discursos que se suceden en el plano crítico evocado. Por ejemplo, en mi caso puntual, me interesa trabajar la posibilidad de criticar la noción de posautonomía de Ludmer (hoy en cierto desuso, pero relevante para entender los giros críticos contemporáneos o la emergencia de nuevos modos de la crítica) haciendo referencia a la perspectiva de la propia Ludmer en 1985, cosa que podemos hacer hoy en día a partir de la publicación, por ejemplo, del seminario de ese mismo año, cuyas clases fueron compiladas y comentadas por Annick Louis en Clases 1985. Algunos problemas de teoría literaria. La teoría literaria pensada como crítica vuelve, en nuestro ámbito académico, sobre ciertos nombres que permiten articular posiciones: la pasión, el sujeto, es sinécdoque de un estilo, y no al revés, invirtiendo esa suerte de bandera de la estilística de que el estilo es el hombre, frase propia del conde de Buffon. Invirtiendo y parafraseando, esto es, malinterpretando el dicho, podemos decir: en la crítica (teoría) literaria, el sujeto es el estilo. Uno de los textos centrales que sirven para pensar el lugar del sujeto en el discurso de la teoría, la conferencia de Michel Foucault “¿Qué es un autor?”, parte de la idea de que el autor, en lugar de ocupar el lugar del muerto (que Foucault encuentra en las propuestas de Derrida vía Barthes), ocupa el espacio que la propia escritura dibuja, en una suerte de mutuo alumbramiento que Foucault trasladará luego a la relación entre sujeto y dispositivo en artículos como “Nietzsche, la genealogía, la historia”: sujeto y escritura aparecen y se conforman en el mismo momento, algo que la crítica demuestra en su propia actividad.
Para decirlo sintéticamente, Ludmer es más que su propia biografía: es un estilo, es una escritura. Que hablemos de “pasiones” para pensar la teoría es, justamente, reconocer el tipo de materialidad con que nos vamos a encontrar al tratar de indagarla, al llevar por delante la pregunta sobre la teoría. No es solamente el concepto lo que nos debe interesar, sino los modos de escritura, la disposición en un campo más amplio de lo escrito, el lugar que eso tiene que ver con lo elusivo y difuso que la escritura abre como experiencia, el complejo lugar que tiene la biografía del crítico en su producción. Todo eso puede ser útil para pensar una inclinación crítica, una atracción, una philia.
La vanguardia sería así
En el libro ¿Qué será la vanguardia? Utopías y nostalgias en la literatura contemporánea, Julio Premat retoma al seminario de las Tres vanguardias de Ricardo Piglia para depositar una pregunta productiva que tiene menos que ver con el pasado que con el porvenir: preguntarse por “¿Qué será…?” en lugar de decir “¿Qué es…?” instala un interrogante disparado hacia el futuro, al mismo tiempo que, eludiendo la trampa del subtítulo nostálgico, establece algo que resulta, por momentos, una verdad que de tan evidente cuesta separar (y pensar) de lo cotidiano. El punto que me interesa recuperar de este acercamiento de Premat es la idea de que podemos preguntarnos de manera conjetural y futura acerca de las vanguardias (esto es, no de una manera asertiva, apofántica) porque todavía vivimos en el tiempo abierto por las vanguardias históricas. Ni superado, ni desbordado, ni perimido. Inclusive, la idea misma de cierre de un tiempo, de novedad, todo ese imaginario apocalíptico que recorre las formulaciones acerca de la teoría contemporánea tienen profundamente que ver con el espíritu de época que la vanguardia fundó a comienzos del siglo XX. Es más, la pregunta sobre la relación entre arte y política o entre literatura y revolución es una pregunta vanguardista, no existe de la misma manera en el siglo XIX, es propia de un tiempo en donde la autonomía literaria aparece puesta en escena, identificada, reconocida como límite histórico a superar y todo este panorama hasta invita a revisar las prácticas del pasado como antecedentes o espejos en donde la experiencia histórica de las vanguardias puede encontrarse (¿no es eso lo que todo el tiempo subrayan Lacoue-Labarthe y Nancy en El absoluto literario, la idea de que el romanticismo alemán es una proto-vanguardia o, mejor, que nuestro tiempo es el de ellos?). Vanguardia y teoría literaria, como lo vimos en Literal, como aparecen en los programas de teoría literaria de la UBA, como surgen interrumpiendo siempre cualquier tipo de abstracción que se incline a una sistematización definitoria del saber, van de la mano en la medida en que se encuentran en la misma pregunta, siempre en condicional, acerca de su naturaleza. No hay definición tranquilizadora, desprendida de marcas subjetivas, de movimientos erráticos, en la medida en que su tiempo histórico no está cerrado: vivimos en tiempos de la vanguardia, vivimos en tiempos de la teoría. Los cambios que se dan en las prácticas de lectura, de acceso de los textos a la cultura general, cotidiana, mantienen una razón que se solapa, por momentos, y se distingue, por otros, de esa lógica de avanzada y destiempo de la vanguardia que la crítica (teoría) literaria hereda. La teoría está siempre en otro tiempo que es definido por las condiciones, por el “si…” que va a marcar su tono en la medida en que la crítica abraza la contingencia, porque sólo puede pensar desde allí. Los conceptos que la crítica propone tienen que ver con el objeto que lee, y ese nivel de relación con la materialidad es algo que también proviene de las condiciones de la materialidad en la práctica estética que inauguran las vanguardias. La idea misma de “modo de leer” de Ludmer en 1985 respondía al montaje vanguardista: poner en relación discursos para provocar efectos. Montaje y desmontaje antes que interpretación, un límite que no sólo responde a los estudios literarios del pasado, que defendían el comentario como propuesta frente a la lectura del texto, sino que también marcan un límite frente a los afanes interpretativos contemporáneos.
¿La respuesta frente al panorama contemporáneo es una resistencia a la sistematización, a la interpretación como forma de dejar vigente la pregunta vanguardista por el “qué sería” de la crítica (teoría)? No, mejor, la respuesta puede ser una insurgencia, para recuperar el léxico “setentista” que atraviesa la crítica local, esto es, un movimiento organizado desde la escritura que repiensa cierta sistematización y la exhibe como problema. Esa sistematización, en la medida en que busca datar y archivar conceptos, puede ingresar al propio discurso de la crítica para someterlo a esa red de tensiones, de pasiones, de atracciones y rechazos, de dichos y desdichas que hacen de la crítica, ante todo, menos un saber cerrado que una escritura en estado de abierto. Lo cual no significa ser menos estricto, todo lo contrario. La crítica debe ser estricta y precisa, tiene que tomar posición, pero exigiendo con su escritura que eso quede expresado en un giro, que eso quede dicho para ser, quién sabe cuándo, cómo, a partir de qué situación, nuevamente, malinterpretado.
Fernando Bogado
Buenos Aires, EdM, agosto 2023
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