La hora del topo, por Pablo Luzuriaga

Estas notas intentan pensar sin certezas. El sintagma pertenece al subtítulo de un libro de Dardo Scavino, pero también se puede encontrar con otra formulación en un ensayo publicado póstumo de Ezequiel Martínez Estrada sobre la paradoja. El concepto, en ese caso, es el de «pensamiento insatisfecho». Motiva esa intención la idea de que por lo general cuando hablamos de política lo hacemos sobreactuando el carácter asertivo del discurso. Como si fuese necesario adoptar una posición beligerante en la que nos mostramos bien afirmados sobre nuestras certezas para combatir las certezas del otro; y así poder ganar –o imaginar que lo hicimos– la discusión política. Es un lugar común del activista, pero también en la mesa familiar o de amigos cuando discutimos con votantes de Milei o Patricia Bullrich. Eso o aquello no va a pasar, quedate tranquilo, que en este país eso no pasa, lo que defendés es ridículo, porque no tiene nada que ver con la realidad que es una; y es la única verdad. Acostumbramos todos –nos incluimos– intercambiar sobre política sobre la base de esas certidumbres que muchas veces no dejan de ser conjeturas, intuiciones, pálpitos, pero que transformamos de inmediato en verdades reveladas. Estas notas apuradas pretenden ir a contrapelo de ese destino en apariencia fatal de la discusión política. Proponemos, entonces, una serie de conjeturas, pensamientos insatisfechos, con la intención moderada de –acaso– transmitir la duda al lector para que en él o en ella los problemas sigan trabajando. El horizonte de la elección nacional de octubre, donde el neoliberalismo argentino –anclado en la tradición capitalista del fascista intolerante que viste disfraz liberal– tiene chances ciertas de ganar, motiva las notas.

Pandemia

La politología insiste con el mismo dato: en casi todos los comicios del mundo después de la pandemia perdieron los oficialismos. Está claro que el Covid además de llevarse a millones de personas modificó no sólo hábitos sino también los límites de lo posible desde el punto de vista social y político. Antes de la pandemia Milei era un personaje de la televisión macrista; después de la pandemia, se volvió posible que alguien propusiera la venta libre de órganos y fuera tomado en serio. Las medidas de prevención del covid –ante todo el aislamiento obligatorio y el distanciamiento– tuvieron efectos a nivel capilar con resultados a nivel electoral. A principios del siglo XX, George Simmel explicó que la indolencia característica de los habitantes de las nuevas urbes es un mecanismo de defensa. Frente a la vorágine de estímulos que vivimos al transitar una calle céntrica, ante la multitud de otras personas cada una con su sensibilidad a cuestas –a diferencia de lo que hacemos en un pueblo donde todos nos saludamos porque no somos tantos– optamos por la indiferencia. Subimos a un ascensor atestado y evitamos mirarnos. En 2001, después del estallido, gran parte de la sociedad argentina integrada al sistema que hasta entonces optaba por no mirar a los cartoneros, de golpe, comenzó a registrar que estaban ahí. La indolencia en la emergente ciudad moderna inmuniza, el individualismo liberal se enviste de hábitos de inmunidad. El cine estadounidense que vive narrando historias de desarraigo de un Estado a otro con consecuencias desastrosas en la subjetividad –de Tenemos que hablar de Kevin a Todo debe irse con Will Farrell, pero también en la historia de Enrico el protagonista de La corrosión del carácter del sociólogo Richard Sennett– es una colección de esos hábitos. La vida pandémica viene de antes de la pandemia. ¿Qué tiene de malo que una persona con problemas económicos decida vender su córnea para dar de comer a los hijos? El circo mileísta visto desde casa sentados frente a la pantalla no raspa. De golpe, se hace posible lo imposible. ¿Por qué el discurso de Milei seduce a tantos jóvenes? Quizás no podamos salir de la mera conjetura, pero la demonización de los que hacían fiestas clandestinas –a quienes acusaban de individualistas– durante la pandemia, acaso tenga que ver con su actual identidad individualista. Jamás terminaremos de medir el daño que produjo la fotografía del presidente festejando el cumpleaños de su esposa en la quinta de Olivos. Las perspectivas pesimistas sobre la pandemia como la de Giorgio Agamben eran correctas. De la pandemia volvimos de derecha.

Pueblo

Ahora que las derechas están cerca de acceder al poder sin disfraz, diciendo lo que piensan hacer sin mentir a su electorado como hizo Macri en 2015, cuando todo el arco político que no es peronista ni de izquierda se asume sin dudarlo como de centro derecha o derecha, cabe volver a la pregunta por el supuesto republicanismo que defienden frente a los males populistas. El «relato» democrático terminó. La posible vice presidenta del país dice sin vueltas que los familiares de los desaparecidos son familiares de terroristas. Enuncia el término más en su versión actualizada, el enemigo externo que ataca mediante acciones militares de alto impacto –las bombas en Europa o el terrorismo internacional de Al Quaeda– que en la locución original «familiares de subversivos». Decir que son familiares de terroristas y no víctimas del terrorismo de Estado niega la identidad de las víctimas, actualiza la lógica del crimen. Es lo que busca la desaparición. Las organizaciones armadas de izquierda que el 24 de marzo de 1976 estaban prácticamente reducidas, eran compatriotas peronistas y de la izquierda nacional. Hijos de otros argentinos, de otros que acaso eran inmigrantes. Los que practicaron verdadero terrorismo pero desde el Estado fueron los que reivindica Villarruel a quienes nadie niega su identidad como autoridades de las Fuerzas Armadas. Hasta la pandemia, las derechas no se asumían como tales porque personas como la candidata a vice presidenta de Milei, argentinas y argentinos que reivindican a Videla, eran marginales. ¿Cuál es la tradición de la derecha no peronista en Argentina? Milei y figuras del Pro se remontan a la argentina liberal de fines del siglo XIX, antes de la Ley de Sufragio Universal. Nunca faltan adoradores de Roca, tampoco entre los que se autoperciben peronistas. Esa misma tradición gobernó gran parte del siglo XX argentino, con la intervención violenta de las Fuerzas Armadas. El liberalismo argentino, a diferencia de otros liberalismos, ante la emergencia de la sociedad de masas en el siglo XX se volvió golpista y antidemocrático; al menos desde el discurso de Lugones para el Centenario de la Batalla de Ayacucho, en diciembre de 1924. Frente al peronismo un escritor que supo ser yrigoyenista, como Jorge Luis Borges, se volcó al conservadurismo. Después del peronismo, otro escritor que supo ser antiperonista, como Martínez Estrada, más acorde a los tiempos, se volcó a la revolución en Cuba. ¿Qué es un pueblo? ¿Cómo vamos a celebrar el Bicentenario de la Batalla de Ayacucho? ¿Qué es, sobre todo, si no tiene que ver con los pobres, los desheredados, los excluidos? ¿Cuál es el pueblo que imaginaba Videla? ¿En qué pueblo piensan las derechas argentinas? Hasta ahora, pensaban en un pueblo abstracto. ¿Qué es el pueblo menemista fuera del supuesto destape y deseos liberales bien cumplidos? Las derechas se replegaron en la tradición, cuando las masas ocuparon la calle. La pandemia, los cuidados y el temor a la muerte dejaron la calle libre para ser ocupada. Las marchas del silencio, movilizaciones como las de Juan Carlos Blumberg o Nisman, también otras del macrismo nunca permanecieron bajo una misma identidad a lo largo del tiempo, con una misma narrativa –¿cuál es el story telling de Larreta?–, se realizaban por consignas puntuales. Cuando asumió Macri la calle estuvo vacía. Milei busca otra cosa, hay un mito posmoderno y cínico a su alrededor, que comparte con Macri. Entre El rey de la comedia de Scorsesse y el Joker de Todd Phillilps, Menem es a la televisión –24hs. de noticias en vivo y en directo– lo que Milei al teléfono celular y las redes sociales. La palabra empeñada entre el presidente o la presidenta y el pueblo –según Jorge Rinesi, perdida por Alfonsín cuando dijo que la casa estaba en orden mientras pactaba con los militares insurrectos, envió a la gente a casa a seguir el asunto por televisión–; fue luego delegada por Menem a los equipos técnicos de la economía como Cavallo, desdibujada detrás del carisma y los pasos de comedia con Mirtha Legrand o los Rolling Stones. Una palabra publica empeñada que fue recuperada por el kichnerismo, al menos con los propios, entre los festejos por el Bicentenario de la Revolución de Mayo y el velorio de Néstor Kirchner fallecido el 27 de octubre de 2010. El pueblo de Cristina la acompaña bajo la lluvia. La pérdida de la palabra empeñada por parte del macrismo no fue terminal por la pandemia. Los votos fueron a Milei, ni siquiera a Patricia Bullrich.

Democracia

Ir a votar el domingo 30 de octubre de 1983, dicen, fue una fiesta. En todas las mesas hubo presidentes, vocales, fiscales; no faltaban, sobraban voluntarios. Alfonsín ganó con más del 51% de los votos, fue a votar más del 85% del padrón. El programa económico de la dictadura es el programa económico liberal. El programa desarrollado por Cavallo durante el menemismo, y también, el programa del macrismo. En ambos casos llegaron diciendo al pueblo que harían otra cosa. Ahora, por primera vez, llegarían al gobierno no sólo por la vía electoral, sino además diciendo lo que van a hacer. El segundo mandato de Menem es el que más duele al votante peronista, porque en ese caso ganó habiendo aplicado con relativo éxito las recetas liberales. Frente al disciplinamiento de la hiperinflación, la estabilidad cambiaria era el camino que el pueblo elegía. Menem ganó en 1995 con más del 49% de los votos emitidos por el 82% del padrón. Vendió medio país para sostener el tipo de cambio, lo transformó en tierra fértil para los negocios, hasta que la mentira del mercado terminó con más del 20% de desempleo y más del 50% de pobreza. Néstor Kirchner en sus primeros años decía que eso era el infierno y que su objetivo era sacarnos del infierno para transformarnos en un país «normal». Nunca terminamos de salir. El kirchnerismo fue un paréntesis que supo contener la fuerza continua del capitalismo en su etapa de desarrollo tardío. Los cuarenta años de democracia –entre la elección del domingo 30 de octubre de 1983 y la del próximo octubre en 2023– son cuarenta años donde la política, salvo excepciones, no pudo contra el sistema. Pocos meses de Alfonsín, varios años del kirchnerismo, el resto todo fue a favor de un sistema cada vez más injusto y suicida. Quizás no sea este el mejor momento, quizás sí, no obstante, estaría bien volver a revisar la locución «década ganada», para leerla mejor como «década no perdida». Revisar hasta dónde la sensación de satisfacción relativa por la tarea realizada en esos años no fue de las principales distracciones que nos hicieron terminar donde estamos. Creer que habías ganado lo tan sólo habías arreglado, reparado de un modo precario. El ideal del Estado benefactor como garante de los derechos y la igualdad, acontece durante una etapa del capitalismo por completo distinta; siempre como bandera y poco como educación, comida y salud. Con la posible democracia del año próximo, se come, se cura y se educa si estás apto para sobrevivir.  

Fatalidad del capital

Según una tradición clásica del pensamiento social, es fatal que los humanos tendamos progresivamente a reunirnos alrededor de centros urbanos cada día más colapsados; y que a pesar de todo intento por revertir esa situación –Alfonsín refería en los primeros ochenta a una suerte de utopía fría, ir hacia el sur, poblar el sur, en ese marco propusieron el traslado de la capital–; es imposible hacer que cada año suba la población en los campos y baje en las ciudades. Entre la década de 1980 y la década de 2020 el conurbano bonaerense creció con personas que llegan desde otras tierras para encontrar sustento. La modernización técnica se muestra como fatalidad o destino. Las redes sociales y las pantallas colaboran con la indolencia pandémica y el giro extremo a la derecha. La propuesta de salir de esos circuitos puede resistir pero tiene poco efecto: podemos juntarnos a debatir en la plaza y respirar aire fresco, pero el capitalismo se mueve en otro sentido. Salir es tan ingenuo como fundar una aldea hippie o creer que por la vía del autonomismo sin el Estado se puede enfrentar al capital. Podemos construir espacios de pensamiento, sin perder el horizonte. Los fiscales de Milei de 17 años usan celular porque el celular le ganó al docente en el aula. El sistema se desarrolla como una fatalidad. Es más simple imaginar el fin del mundo. El kirchnerismo en aspectos clave frenó el impulso del sistema, en otros, no sólo fue con él sino que ayudó a empujar. Algunos dirán que lo frenó donde podía y lo impulsó en lo que es fatal. Lo frenó en el ALCA porque podía, y lo impulsó en el consumismo porque eso es lo que el pueblo quiere. Con todo, la fatalidad en algún momento va a cambiar las cuentas. Aunque los negacionistas climáticos puedan vender su verdad revelada a favor del capital un tiempo más, no obstante, lo que niegan no aconteció en el pasado, como el terrorismo de Estado, sino en este mismo invierno y se aproxima desde el futuro, más o menos inmediato. Como explica Bruno Latour en Cara a cara con el planeta, la Unión Internacional de Ciencias Geológicas es la que propuso el término Antropoceno para definir al período de la geohistoria en el cual los humanos modificamos los ecosistemas del planeta. Si no adoptamos esa perspectiva con tiempo, la propia dinámica fatal hará que la adoptemos, cada vez más tarde. El kirchnerismo del futuro tendrá que asumir el problema con mayor seriedad e interés, decir que no nos corresponde porque somos un país dependiente –como escuché en boca de un amigo entusiasmado con Massa– no parece adecuado, porque la fatalidad climática golpea por acá primero. Al menos, la dimensión de este problema –como, en verdad, la de tantos otros, como el sistema de cloacas o la pobreza estructural– es buen índice para el sentido que mide la sensación de haber ganado, perdido o empatado una década.  

Posautonomía y mediación

La provocación de Josefina Ludmer en el cambio de siglo acerca de la pérdida de la autonomía por parte de una serie de novelas contemporáneas –aunque sea menos que la provocación, otra instancia de su carácter siempre relativo– pensada desde el borde exterior –desde el contorno de la autonomía hacia afuera–, también es la pérdida de un espacio de pensamiento común, autónomo del Estado, de toda política de Estado, por parte de la crítica. Se puede conjeturar sobre los efectos del cambio no sólo en la literatura, también en la política y cultura. La disolución del ágora crítico. La disolución posautónoma del ágora crítica entre las décadas de 1990 y marzo de 2011, se produce a la inversa del refugio a la crítica dado por la Biblioteca Nacional durante el kichnerismo. La despedida a David Viñas después de su muerte en el espacio cedido por el director de la biblioteca, Horacio González, se puede leer como acontecimiento metáfora. Una de las principales figuras de la crítica autónoma nacional fue despedida por una asamblea pública en el espacio oficial. La autonomía de los organismos de Derechos Humanos funciona con la misma lógica. En cuarenta años de democracia el espacio de la crítica autónoma definió agendas de largo plazo. Grabois como dirigente de los movimientos sociales se afirma en ese espacio. Kicillof, también, pero habiendo sido ministro de economía en este país tan singular en materia económica y gobernador de la provincia más grande. El espacio de la crítica no tiene límites claros ni estancos. No entra en su espacio la candidatura de Juan Manzur como vice presidente de la nación. De hacerlo hubiera sido mediante la forma habitual de eludir la toma de la palabra, pensarlo y tragarlo como sapo. El modo en que Massa podría entrar al espacio de la crítica es mediante un forzamiento similar al de Boudou. Las personas pueden cambiar, es bueno que lo hagan. La crítica se afirma en la mediación. El espacio de la crítica es previo a los cuarenta años de democracia. Ricardo Piglia piensa a la revista Los Libros a principios de la década de 1970 como un espacio donde influir en los que influyen. La revista Crisis, en cambio, apuntaba directo al gran público. En ambos casos era necesario el espacio autónomo de la crítica. En la actual condición posautónoma, no sólo la democracia y el Estado son impotentes, sino también la mediación crítica. Un periodista puede decir cualquier cosa sobre casi cualquier asunto con baja o nula atención al espacio autónomo de la esfera donde esos temas se discuten.La lógica de la especialización académica responde al mismo cambio. El espacio de la crítica se repliega al interior de los espacios de investigación académica. El científico y la científica del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas defiende su puesto de trabajo parado en la esquina con un cartel.

Sociedad y Estado

La experiencia kirchnerista fue lo mejor que nos pasó en cuarenta años ininterrumpidos de democracia. Tanto como el peronismo fue lo mejor que nos pasó en democracia. Se trata de los pocos momentos de la historia en los que las fuerzas del Estado se disponen a enfrentar al sistema para garantizar una vida plena a las personas que el mercado deja fuera del sistema. La ilusión de que el camino del progreso es quitar las resistencias de la política y del Estado a las fuerzas del mercado –para dar rienda suelta al sistema capitalista– es uno de los principales motores simbólicos del propio sistema. La pregunta es qué hicimos desde el punto de vista de la cultura para enfrentar esa ilusión con otras ideas, con otras propuestas de vida no capitalistas en el sentido de la ideología neoliberal. El ideal –mal llamado «relato»– del Estado benefactor 2.0, apoyado en imágenes del Estado benefactor histórico como stickers o íconos lavados de historia, la idea de que se puede dirigir desde el Estado una ilusión alternativa que defiende derechos adquiridos –y transforma a la sociedad toda en militante popular–, demuestra en pleno su ineptitud con las huestes de Milei. Desde el Estado no es posible generalizar con éxito propuestas alternativas de vida no capitalistas. En lo que fallamos y (acaso, creemos) no deberíamos volver a fallar es en construir esa zona de ideas menos en el Estado, y más en la sociedad. Las políticas culturales públicas durante el kirchnerismo fueron lo mejor que se hizo en la materia en la historia del país. Nunca la Biblioteca Nacional durante un gobierno peronista convocó a un escritor no peronista como Ricardo Piglia a dar clases magistrales sobre un escritor antiperonista como Borges. Nunca el Estado fomentó con tanto impulso la recomposición del sistema científico desde la «fuga de cerebros» en 1966. Las políticas públicas de Memoria, Verdad y Justicia dejaron una huella indeleble. Sin embargo, desde el punto de vista de la discusión política, la sociedad quedó al margen porque fue considerada o como pueblo en general –espectador de canales públicos de excelencia–, o como individuos aislados capaces de consumir con tarjeta de crédito. El verticalismo estatalista que caracteriza primero al peronismo y después al kirchnerismo –aunque hay que decir que en un caso existieron la consigna: «Qué pasa, qué pasa, qué pasa General, está lleno de gorilas el gobierno popular» y el concepto «comunidad organizada»– disminuye la efervescencia social, la discusión por abajo, el debate, la dimensión dialógica de la política desde el punto de vista de la sociedad. ¿Cómo entender la crítica y exigencia del platónico Pablo Moyano y otras figuras políticas al silencio de Cristina y Alberto? ¿Sólo pueden hablar los que representan? Intentamos pensar sin certezas. El verticalismo fue necesario –y efectivo– cuando un juez conservador debió casar a dos personas del mismo sexo por el dictamen de una nueva ley. Pero no es efectivo cuando alguien piensa que es entendible que «la gente» se cansara de escuchar a Cristina por cadena nacional. Alguien pensó que era necesario dejar de hablar de política porque «la gente» estaba cansada de escuchar a Cristina. ¿Quiénes pueden hablar y quiénes no? ¿Por qué hay que esperar que hablen? Estar a la espera de la próxima carta demuestra que el problema, quizás, haya sido el modo en que hablamos de política como algo que sólo compete al Estado y a las instituciones formales. «Carta abierta» supo ir a contramano.

Un síntoma contemporáneo. Las frases unimembres, en ensayos sobre política. Como si la claridad se diera por efecto instantáneo de la imagen vertical. Aunque esas escrituras seducen al lector –como un tuit de Jorge Asís–, no obstante, se disuelven en el aire de la actualidad desnudas de conectores horizontales del tipo «aunque» o «sin embargo». ¿Cuánto dura lo que uno y otro afirmamos en materia política?

La duración y el compromiso con un texto, no sólo con declaraciones en los medios, sino con una letra escrita; una misma posición sostenida en el tiempo acerca de FMI, por ejemplo, o la adscripción al kirchnerismo como una identidad que perdura a lo largo del tiempo y los cambios, la identificación con esos años no se puede leer del mismo modo que la identificación con los años de Macri y tampoco de Alberto Fernández.

Para las juventudes que se pliegan a las propuestas de Milei, el kirchnerismo es como la década del setenta a los nacidos desde 1975 en adelante. Para unos, un recuerdo de infancia; para otros, parte de la historia reciente.

Tanto Kicillof como Grabois que en un mundo mejor pudieron ir invertidos en la boleta, el gobernador a presidente y el dirigente social a gobernador, parecen ambos de maneras diferentes y cada uno con sus propios matices atender al espacio autónomo de la crítica, a los espacios autónomos de la sociedad, de una forma que no hace casi ningún político. En el caso de Grabois, como dirigente social del campo nacional y popular se afirma en una tradición del pensamiento político peronista revolucionaria. En el caso de Kicillof, el espacio crítico es el espacio intelectual de izquierda; en ambos casos con raigambre en lo que se conoce desde un punto de vista histórico como izquierda nacional. Acerca de un nosotros de este tipo escribe Javier Trímboli en Sublunar.

El papel de la izquierda nacional en el mundo contemporáneo después de la autonomía literaria y crítica, después de los primeros gobiernos nacional populares –de Lula, Evo, Néstor, Chávez, Cristina, Correa– , después de la Pandemia –y de la foto de Alberto Fernández–, ante la condición posfordista de media sociedad, en plena deriva del capitalismo tardío hacia una nueva configuración mundial donde el G7 y los Estados Unidos retroceden ante China, y frente a los dilemas del cambio climático, más que nunca parece dirigirse a la construcción –o reconstrucción– del espacio de la crítica como puesta en valor de la mediación. Juan Wahren, cientista social y militante popular, cura la Asamblea Pública «Tierra» en la manzana de las luces, el próximo sábado 2 de septiembre entre las 12 y las 14hs. Están previstas asambleas públicas sobre el Agua y el Fuego. De la presentación de Wahren tomamos un fragmento: «Esta Asamblea Publica será una acción performática, una yuxtaposición de arte y política hecha palabra, encuentro, debate. Será una puesta en escena del arte de la política, de la política de los territorios, de las calles, de los barrios, de la política que emana de los poros de los cuerpos despojados, de la política que quiere cambiarlo todo y que no delibera en espacios obturados a la voluntad colectiva.»

Estas notas conversan (o quieren hacerlo) con devoluciones al testimonio de la experiencia como fiscal general por la lista de Grabois y Abal Medina en las últimas PASO, publicado en la Agencia Paco Urondo. Cuando arriba duermen – ¡y cómo duermen!–, abajo se escuchan topos. Si en las próximas elecciones nos salvamos del cuasi-fascismo de Milei y Bullrich; hubo ruido bajo tierra. Si no hay ruido, estamos entregados.

Pablo Luzuriaga

Buenos Aires, EdM, Agosto de 2023

 


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