Desde el siglo XIX la irrupción de los sectores populares en la política generó entre las élites y los sectores medios figuras que, de manera sucesiva, los ha ubicado en el lugar de la barbarie, la irracionalidad y el pragmatismo más elemental.
“El populismo y el kirchnerismo son drogas, te destruyen y no podés salir de ahí” declaró hace unos días a un diario importante un candidato a senador. De ello se deduce que un elevado porcentaje de votantes está destruido mental y espiritualmente a causa de la droga populista que consumen. La imagen del drogadicto político irrecuperable es, quizás, la última metamorfosis de una figura que tiene ya una larga historia.
“El gaucho – escribe Ernesto Seman en Breve historia del antipopulismo – es la primera de una serie de características que acompañarán la transformación de la plebe en sujeto político hasta nuestros días”. Desde finales del siglo XVIII la gran dificultad de fijar a los trabajadores rurales en sus puestos de trabajo hizo que funcionarios y estancieros crearan el estereotipo del gaucho vago, vagabundo y malentretenido, que vivía del ocio, la pendencia y el robo, sin el más mínimo respeto por las leyes y las autoridades. Con el Facundo esta imagen quedó ubicaba en el terreno de la barbarie, aunque Sarmiento concluía que el problema no era el bárbaro sino Rosas, el caudillo que capturaba su noble energía en beneficio propio. La figura del gaucho rosista, irracionalmente leal a su líder, es el antepasado directo del fanático populista de los siglos XX y XXI.
La figura siguiente en el hilo planteado por Seman es la del compadrito. Mientras la gran aldea daba paso a la ciudad moderna, la inmigración cambiaba radicalmente el rostro de los sectores populares. En este nuevo contexto, la demanda por una mayor participación política dio alas a la figura del compadrito, un personaje surgido en los arrabales de la ciudad que conservaba muchos de los atributos del gaucho. Con un estilo que reunía la indolencia, la fanfarronería y una atracción inevitable por la pendencia, el compadrito se convirtió en un auxiliar indispensable de la política, sobre todo en tiempos de fraude electoral. En los años veinte su figura quedó estrechamente asociada al radicalismo yrigoyenista. El socialista Carlos Sánchez Viamonte, que reconocía el importante papel de la UCR en la modernización política del país, sostenía que la presencia de estos personajes en su seno generaba cosas tan lamentables como Yrigoyen. Como afirma Seman, el compadrito sintetizaba para las élites ilustradas el carácter plebeyo y caudillesco del radicalismo.
En los años cuarenta el compadrito cedió su lugar a la figura del cabecita negra. La irrupción del peronismo y la inclaudicable lealtad de sus seguidores hacia un caudillo tachado de fascista generó en la oposición y buena parte de la sociedad perplejidad y rencor. El cabecita negra surgió para dar cuenta de un fenómeno tan inesperado como indeseable. Bruto, iletrado, proveniente del interior del país, de piel cobriza y rasgos indígenas, pelo negro y duro (de ahi el nombre), hablando un castellano apenas entendible, con hábitos de consumo primarios, sumiso e incluso violento. Este bárbaro del siglo XX se diferenciaba del gaucho en un punto decisivo: era un peronista incurable. Y un despilfarrador serial de los beneficios que recibía del Estado, los sindicatos y la Fundación Evita. Imágenes poderosas y perdurables se convirtieron en prueba de su barbarie, como aquella en la que aparecía levantando el parquet de la vivienda que había recibido del Estado para encender con sus maderas el fuego para el asado. “El aluvión zoológico (…) parece haber arrojado a algún diputado en su banca, para que desde ella maúlle a los astros por una dieta de 2500 pesos”, dijo en 1947 el diputado radical Ernesto Sammartino al referirse a los diputados peronistas. Una expresión destinada a convertirse en un verdadero clásico del antiperonismo visceral.
A principios del siglo XXI apareció, ligada al kirchnerismo, la figura del choriplanero. Tras la crisis de 2008, la desaceleración del crecimiento económico y el aumento del desempleo produjo una expansión del otorgamiento de planes sociales. A los surgidos tras del desastre de 2001 se sumaron la Asignación Universal por Hijo (AUH) y una variedad de programas dirigidos a poblaciones específicas. Todos apuntaban a generar cierto impacto redistributivo entre los sectores más vulnerables y, más importante, evitar nuevos estallidos sociales. Pariente cercano del cabecita negra, el choriplanero aparece como un holgazán irremediable que actúa guiado por deseos y necesidades primarias. Participa en marchas y piquetes porque recibe comida a cambio; si vota, es porque recibe planes sociales y beneficios del gobierno. La figura se completa con la captura de su subjetividad política a manos de caudillos y punteros que lo manipulan de manera inescrupulosa. Hace unos meses se planteó, en una nota de opinión aparecida en un diario importante, la existencia de una patria choriplanera. Se describía una sociedad binaria, polarizada, dividida en “gente honrada que trabaja” y “vagabundos (…) que no asumen el desafío de la dignidad”. La nota apareció junto a una imagen compuesta por dos siluetas de cabeza humana que miran hacia lados opuestos. La primera es blanca y tiene una pieza de sushi sobre su cabeza. La otra es negra y tiene un choripan.
Construidas desde las élites y los sectores medios, las figuras del gaucho, el compadrito, el cabecita negra y el choriplanero retratan personajes guiados por instintos primarios, de racionalidad escasa o nula, que buscan beneficios inmediatos otorgados por un caudillo popular (sea Rosas, Yrigoyen, Peron o Kirchner), al que siguen con lealtad inclaudicable. Vagos, indignos, despilfarradores de recursos públicos, violentos… La figura del votante drogado se suma a esa galería de figuras que exhiben una manifiesta incapacidad de ejercer una ciudadanía responsable. Todas conducen al mismo punto: descalificar la irrupción de los sectores populares en la política. “Le hicieron creer a un empleado medio – declaró hace unos años un economista y dirigente radical – que su sueldo servía para comprar celulares, plasmas, autos, motos e irse al exterior”. Son palabras que expresan el eterno deseo conservador: que los sectores populares ocupen su lugar sin quejarse, que se conformen con lo poco que les toca en el reparto de riqueza. Que permanezcan desmovilizados y tengan paciencia, mucha paciencia. Quizá en el futuro algún brote verde, como decía un ex-presidente, les pueda dar alguna esperanza de mejorar su nivel de vida. Un futuro remoto e incierto.
Claro que siempre se puede dar un paso más. Refiriéndose a un dirigente de una organización social de base, un precandidato a las PASO dijo hace unos días que “para reducir los piquetes hay que sacar a los Grabois de este mundo”. La idea de “sacar de este mundo” a un dirigente no remite a las figuras referidas en este artículo. Remite, más bien, a otra que está ligada a los años más trágicos de nuestra historia.
Alcides Rodríguez
Buenos Aires, EdM, Agosto 2023
Descubre más desde Escritores del Mundo
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.
