Un reencuentro con Sergio Chejfec, por Fermín Rodríguez

El 17 de mayo se realizó en el Instituto de Literatura Argentina (ILA), Facultad de Filosofía y Letras, UBA, “Velada  dedicada a Marcelo Cohen y Sergio Chejfec. Un reencuentro”, un homenaje a los dos escritores fallecidos recientemente.  Los invitados al panel, coordinado por Ale Laera, directora de ILA, y Sandra Gasparini, fueron Matías Serra Bradford, Sebastián Martínez Daniell y Fermín Rodríguez.

EdM publica hoy la ponencia de Fermín Rodríguez, centrada en Sergio Chejfec (1956-2022).

Fermín Rodríguez ha publicado Señales de vida. Literatura y neoliberalismo (2022) y Un desierto para la nación (2010), entre otros libros y artículos. Ha coeditado y traducido los textos que integran el volumen Ensayos sobre biopolítica. Excesos de vida (2007)Es profesor de Teoría Literaria en la FFyL, UBA, e Investigador del CONICET.        

Hace un año que, de golpe, sin que entendiéramos nada, comenzó a faltarnos Sergio. Era inconcebible, absurdo: Sergio, el narrador de la tribu, no iba a volver como todos los años con historias para contar. Buenos Aires iba a ser más pobre. Fue entonces que comenzaron a circular los relatos sobre Sergio, un reguero de micro-homenajes improvisados, hechos con recuerdos íntimos, archivos personales de anécdotas, palabras intercambiadas en alguna ocasión, encuentros ocasionales, algún episodio en la vida del escritor. Siempre en primera persona, siempre en intimidad con la sombra de Sergio. El relato nos interpelaba, nos ponía a buscar en la maraña de lo vivido de manera difusa algo que nos pareciera significativo, que nos estremeciera, digno de ser la cifra, la cristalización de una vida. Alguna situación que retuviera el afecto que se siente por un autor y su literatura, un dato que irradiara presencia, que nos diera –como dice el narrador devoto de Saer en el relato “Una visita al cementerio”- esa “creencia firme en la memoria de quien ya no está”.

Por ejemplo, Sergio manejando un taxi por Buenos Aires a fines de los 80, cuando apenas había empezado a publicar y todavía, como le gustaba decir, no se había “apartado” del país para volverse, primero en Caracas y luego en Nueva York, lo que en definitiva, como escritor, ya estaba empezando a ser, esto es, alguien fuera de lugar que –en todos los sentidos del término- extrañaba su lengua. Esos días de Sergio como taxista, ¿no son precursores de los personajes dubitativos y desesperanzados que circulan por su literatura, modelados por el ritmo perceptivo de la caminata y el merodeo por lugares que no entienden del todo? Leo ahí, en esas vueltas sin rumbo, en ese estado de disponibilidad, con la mente en blanco, con el cuerpo olvidado de sí mismo, con las luces encendidas perforando la oscuridad, el mito de origen de una escritura. Las vueltas vacías del taxista a la espera de un pasajero, mirando y haciendo pasar el tiempo y las cosas a través del parabrisas en modo zombi, son virtualmente, una plataforma de esas miradas, recurrentes en su literatura, que ven desplegarse la ciudad como red de hechos fortuitos, sincronizados por una meditación de sonámbulo-al-volante de una máquina de ver y escribir.

Allí donde las palabras suelen faltar o las ganas de decir desfallecen, en artículos, en notas, por las redes, por email, en mesas de café, en una librería o en el aula, se hablaba de Sergio, y, de alguna manera –hacíamos lo que podíamos-, se hablaba a la manera de Sergio, como habíamos aprendido de Sergio, en voz baja, evitando el lugar común –no siempre lo lográbamos-, mezclando observaciones empíricas y pensamiento abstracto, yendo caprichosamente de una cosa a la otra, sin un sistema de argumentos, a la deriva, encadenando intuiciones cuyo significado se ignora.

Porque ese deseo de decir y escribir, junto con el afán de documentar y testimoniar la transitoriedad del mundo, ¿no venía de Sergio y de su conexión con las cosas de este mundo y sus criaturas? ¿No venía de su fina escucha del plano sensible, de su modo de construir una significación con lo que le sucedía? ¿No fue Sergio quien nos había enseñado a atesorar situaciones o escenas minúsculas de desajuste y vacilación del sentido, para hacer con esa hojarasca de experiencias sin destino de biografía “algo así como literatura en tiempo real”? ¿No fue a través de su escritura que entendimos que la comunicabilidad era esencial para la experiencia, que sin intercambio de relatos no había experiencia, y que toda experiencia, por ende, era experiencia común, impersonal, anónima, compartida a través de la narración y de la escucha?

La mayoría de nosotros vive toda la vida sin que le pase nada, pero a Sergio le pasaban cosas todo el tiempo, situaciones o escenas laterales, al borde del ridículo, que “no apuntan a la profundidad del sentido” en las que se estaría jugando la relación de la literatura con la vida: no con “el sentido de la vida” como unidad de medida de una literatura que apela a la posteridad y a lo absoluto, sino con la vida que late en lo nimio, lo efímero, lo accidental, lo intrascendente, esos “contratiempos prácticos verdaderamente minúsculos”, de una precariedad temporal extrema, que brillan por lo superfluo, cuyo significado el escritor ignora y que sobreviven en las narraciones de Sergio.

Son trozos, cápsulas de vida, pequeñas composiciones de escena articuladas estéticamente mediante encuadres, posturas del cuerpo, desajustes de la mirada, actos de memoria, sensaciones, especulaciones, tomas de distancia, lentificación del tiempo, tan cargadas de sentido como un texto escrito, y que por ende reclaman ser leídas como cualquier obra: lo que Alan Pauls, cruzándose con la poética de Sergio, llama “vida ready made”.

Es que Sergio “veía” el lenguaje por todos lados, más como una forma, una huella o una figura gráfica, que como una cadena de signos de un código -como cuando el personaje del narrador que busca la tumba de Saer deja de leer los nombres sobre las lápidas para ponerse a esperar que los grafos, la s, la a, la e y la r grabadas en la piedra, le salieran al encuentro. O como cuando para la Bienal de Kochi, India, Sergio ploteó sobre los muros de la ciudad ochenta y ocho fragmentos de su novela Baroni, un viaje: la literatura orientada hacia la vida, la letra escrita devenida huella o marca impresa sobre el mundo.

Entendida como ocupación de un espacio más allá de la página, la escritura queda abierta a muchos otros registros. La escritura es el trazo que todos los seres, vivos y no vivos, dejan sobre las cosas del mundo y entre sí. Existir equivale a significar. Cualquier entidad puede hacer una diferencia y modificar a otra entidad; cualquier cosa puede generar marcas, conmover, crear sentidos. Por ejemplo, la nieve. Sergio escribió sobre la nieve, pero no a la manera de los poetas, enumerando sus cualidades, sino como un narrador, más interesado en los verbos de acción que en los adjetivos. La nieve de su relato “El seguidor de la nieve” (Modo linterna 2013) no es blanca, la nieve allí blanquea, produce efectos en el sentido causal del término, pero también efectos visuales, de sonido o de lenguaje que la escritura de Sergio transformó en un bloque narrativo, sonoro y visual.

El perseguidor del cuento es uno de esos caminantes de Sergio que en medio de lo siempre igual busca las diferencias para ser tocado por ellas y hacer que esas diferencias cuenten. Se trata de un devoto de la nieve, atraído por el llamado irresistible de una materia vibratoria que le habla en términos de intensidades, vínculos e interacciones. Cautivo de lo blanco, el perseguidor acumula anécdotas sobre la observación, puntos de vista, metáforas, conexiones mentales, argumentos flotantes, chistes serios, hipótesis que ligan el actuar y el saber a un objeto de culto que, literalmente, cuenta, como cuando nuestro investigador siente que “las ideas propias pertenecen básicamente al objeto en el que siempre piensa”, ideas que, tratándose de la nieve, “se derriten y enseguida desaparecen” (161).

Como el sudamericano del cuento de Sergio, yo también vi caer la nieve por primera viviendo en Nueva Jersey, pero mi primer gran contacto con la nieve, con esa nieve cayendo y cubriéndolo todo, fue recién a través del relato de Sergio y esa capacidad tan suya de correrse del centro de la narración para abrir la historia a la multiplicidad impersonal de los seres y las cosas.

En el final del relato, el narrador imagina un coloquio de perseguidores, amantes de las lluvias, los vientos, las piedras, los ruidos, los mares, las alturas, los parques, los puentes. Todos dejarían de lado sus nombres para pasar a llamarse como la porción de mundo al que incondicionalmente se habían entregado: Nieve, Mar, Altura, Oscuridad. Todos querrían ser bios, más que autobiográficos. Y puesto que se trata de leer marcas, de leer huellas y nombres, ¿por qué no agregar a la lista de las cosas-que-nos-hablan esos paisajes verbales y sonoros palpitantes que llevan el nombre de los autores que amamos? Son bloques de vida que duran en el tiempo, cargados de las palabras, las imágenes y los tonos que nos constituyen. También tendríamos nuestro coloquio, también dejaríamos de lado nuestros nombres para pasar a llamarnos “Chejfec” o “Cohen”: para dar testimonio y responder por sus nombres. Seguimos sus huellas, llevamos sus marcas, sus diferencias, buscando hacer que cuenten, buscando que sigan contando.

                                                                                                              Fermín Rodríguez

Buenos Airres, EdM, junio 2023


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