Prólogo a La audición de Abel Gilbert, por Marcelo Cohen

Marcelo Cohen (1951-2022), el autor de El país de la dama eléctrica (1984), El fin de lo mismo (1992), El testamento de O´Jaral (1995), Inolvidables veladas (1996), Los acuáticos (2001), el traductor Henry James, Ballard, Raymond Roussel, Shakespeare, Svevo, el ensayista de ¡Realmente fantástico! (2003), el fundador de las revistas MilPalabras y Otra Parte, falleció hace muy poco, en 17 de diciembre de 2022, el prólogo que escribió para La audición de Abel Gilbert es una buena ocasión para seguir sintiéndolo cerca.

Recostado en la cama de una pieza de hotel, Sarmiento se empecina en gastar sus últimas fuerzas repasando momentos de una vida casi locamente repleta de voluntad, obras y ambición. Si fue calvo precoz e hipoacúsico, ahora es un viejo sordo enfermo del corazón. A comienzos de 1888, una bronquitis pertinaz lo llevó embarcarse hacia Asunción, con su hija Faustina y sus nietos, en busca de un clima más benigno que el porteño. Tiempo después, Aurelia Vélez, la hija de Dalmacio Vélez Sárfield, amiga, admiradora y amante, viajó para estar con él respondiendo a su pedido de juntar desencantos “para ver sonriendo pasar la vida”. Está alojado en el hotel Cancha Sociedad, construido en terrenos que fueron de Elisa Lynch, la amante irlandesa de Francisco Solano López, el presidente paraguayo muerto en la bárbara guerra de la Triple Alianza, y donde vive de momento Elizabeth Nietszche, la adulteradora de los escritos póstumos de su hermano Friedrich y esposa de Bernhard Förster, el antisemita que ha fundado en Paraguay un asentamiento de arios puros llamado Nueva Germania. A un lado de tantas concurrencias, munido de un cuaderno y un lapicito, Sarmiento descarga vanidades e inquinas, entusiasmos y docencias, honradeces, crueldades y sectarismos. Sarmiento se solaza en sus políticas de Estado, rabia contra los rivales, titubea, pero no se arrepiente siquiera de haber perdido a su hijo en una guerra vil que él apoyó, llora a regañadientes y cuela fantasías amorosas. De tanto en tanto, se regodea en sus tardes sanjuaninas de bailarín de pericones y contradanzas, se jacta de sus críticas musicales en El Mercurio de Chile y de la sensibilidad con que apreció a Verdi en Italia y Francia. Entretanto aprovecha el lapicito para justificar la violencia de sus polémicas con Alberdi, cuyo método para tocar el piano con facilidad envidia y valora tanto como abarata lo que compuso, y de paso, haciendo caso omiso del trance en que está, alucina lo que podría componer él, no sólo para piano –si llegara a tocar con mínima gracia–, sino para una orquesta que mostrara ejércitos en pugna e incluyera ciento noventa y tres cañones para simbolizar nuestra victoria sobre los rústicos paraguayos. Esta colección de Sarmientos por él mismo ya nos está sojuzgando cuando alguien, un editor, un transcriptor del manuscrito, empieza a añadir dispersas notas al pie. En una en particular desmiente que Sarmiento escribiera con un lapicito: usaba una estilográfica, útil ya corriente a fines del siglo XIX. A uno esa interferencia lo lleva al moribundo Malone de la novela de Beckett, que en cierto modo también está ahí, y paulatinamente a entender qué es lo que está leyendo. En principio algo sabe: Abel Gilbert, compositor, ensayista, cronista, ha escrito obras en que la historia, la investigación y el análisis de los sonidos opresivos y los sonidos vivificantes se suceden difuminando las fronteras entre el ensayo y el relato; así se ha creado un estilo del movimiento. Y eso hay aquí. Jardines íntimos, sumisiones y desacatos políticos, desenfrenos e impotencias, escucha y deseo de música, alto español, criollo gauchesco, guaraní, modulaciones, analogías: asombra que un recurso narrativo en un tiempo llamado “monólogo interior” cuaje en lengua politonal. La audición es una novela con grandes pero raros precedentes: como los artífices de antaño extraían una figura de un bloque de mármol, con la masa de una conciencia tumultuosa, Gilbert ha esculpido no un monumento hierático, sino una vida polimorfa.

Marcelo Cohen


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