Literatura: la escuela y la Playboy, por María José Schamun

Hace varios meses, muchos lectores nos encontramos con la noticia de que Puffin Books (sección infantil de Penguin UK) había hecho varias modificaciones a textos de Roal Dhal para que sus jóvenes lectores no se sintieran incómodos al leer, como si esa incomodidad provocadora no fuera el atractivo mismo del estilo de Dahl. La maniobra se orientaba a facilitar que fueran escogidos como lecturas de clase, asegurando la cantidad de ventas y la muerte del deseo porque el placer no es parte del currículum escolar.

La escuela busca, sobre todo, que las personas aprendan algunas características básicas del arte, esperando, de ese modo, encender su curiosidad. El problema es que al diseccionarla, mata el arte, como mataba ranas hace unas décadas. Los textos literarios yacen sobre los pupitres abiertos de par en par para que los estudiantes identifiquen temas y tópicos, reconozcan estrategias y recursos, y los pongan en relación con su entorno socio-histórico. Logren, a partir de esas identificaciones, reconocimientos y vinculaciones, examinar el sentido que asume la trama en su contexto cultural. Pero esta relación con la muerte no tiene nada de morboso, no agita el pulso, no suscita deseo.

Uno de los grandes íconos del placer de occidente, es la publicación Playboy, que ha dedicado sus páginas a la incitación del deseo (sobre todo sexual, a través de fotografías de mujeres desnudas) tenía también una sección literaria que, en el primer número incluía, por ejemplo, una historia de adulterio del Decamerón y un pasaje sobre un viaje opiáceo de Sherlock Holmes. Sin embargo, con el paso de los años, los textos publicados (que eran exclusivos para la revista) se alejaron de la tematización de lo que se consideraban vicios y, por ejemplo, para la navidad de 1959, la publicación incluía una ficción sobre el nacimiento de una de las figuras más relevantes del siglo XX. Sin embargo, casi como un desafío, todas las ficciones de aquél número navideño tematizaban la muerte y escarbaban en sus recovecos.

Grandes nombres del siglo XX literario aparecieron en las tapas de la Playboy sin aparato crítico, notas o prólogos. Los lectores eran lanzados a esos relatos sin más herramientas que un pequeño rótulo en la parte superior de la hoja que decía fiction, adentrarse en ellos requería aceptar sus reglas: todo lo que sucediera en ese lapso de lectura, sucedía en un mundo que era el nuestro y no lo era al mismo tiempo. Esa capacidad de las palabras de traer a la mente objetos que no están presentes, es la misma capacidad que un texto tiene de atravesar a un sujeto de experiencias que no está viviendo. ¿O sí las vive?

Enfocada en la construcción de ciudadanos éticos, la escuela se apoya en las construcciones morales de cada época y no podría, aunque lo intentara, prescindir de ellas. Los programas de literatura que se ofrecen a los estudiantes ordenan los textos según su valor cultural, que suele definir a partir del cruce entre la calidad literaria y los valores representados en la historia. Sin embargo, para poder hacerlo, quien prepara el programa fija un sentido para los textos escogidos que le permite asignarles un valor. Ese alfiler que inmoviliza los sentidos como si fueran alas de mariposa con el propósito de obtener mayor precisión es lo que termina matando a la mariposa (podríamos decir que responde a la ley de Relatividad, ya que si sabemos donde estamos no podemos saber hacia dónde vamos, conocer en detalle uno de los sentidos dejando completamente de lado los demás, nos estanca). La posibilidad de un texto de asumir una variedad de sentidos lo mantiene con vida, le permite vincularse con otros textos y seguir significando por medio de esas asociaciones. El acto creador de la literatura es similar, en este sentido, al acto sexual: los sujetos entran en relación el uno con el otro por medio de un soporte material (el texto o el cuerpo) con el fin de trascender el instante en el que existen. Quien escribe entra en ese derroche de energía que Bataille reconoce como rasgo propio de creación en la naturaleza, la producción incesante de materiales que tienen como única finalidad la creación de otro ser. El acto sexual o la creación artística exigen enormes cantidades de energía y materiales sin garantía alguna de éxito más que el placer del proceso mismo.

Ese derroche de energía y materiales, que lleva a la creación del arte y la vida, tiene un fin al momento de la muerte. Desde la perspectiva del sujeto, el nacimiento y la muerte se encuentran en polos opuestos, pero desde la perspectiva del sistema, son sólo momentos de un ciclo. Un texto en el que el lector puede reconocerse no sólo abreva en la experiencia de su tiempo sino en textos anteriores, en lecturas que han decantado y permeado sentidos en la cultura, aun cuando esos textos de los que provienen ya no circulen libremente más que en los cubículos de la academia. Es esa decantación a la que la moral le teme y, por eso, se mantiene atenta a las historias que proponen sentidos y mundos posibles, buscando asegurar que esos sentidos y esos mundos que podrían decantar en la sociedad, respondan a la escala de valores que construye a los buenos ciudadanos. Textos ejemplares. Es por eso que esgrime el gesto censurador que atribuye valores y cataloga, creando cartografías del placer, trazando fronteras de lo tolerable, más allá de lo cual radica lo impúdico. Sin embargo, es la misma censura la que pone de relieve la importancia de esos textos exiliados del mapa de lo legible: toda lista de libros prohibidos ha generado best sellers. Y en el peor de los casos, aquello que la censura logra erradicar o silenciar, regresa tergiversado y enmascarado en historias imprevisibles. 

La literatura es el momento en el que dos mundos existen dentro del sujeto, se reconocen, se relacionan, se adhieren y se repelen, y el peligro no radica tanto en la identificación de ambos, como en la sujeción de uno a las reglas del otro, ser Ema Bovary o el inquisidor general Fernando de Valdés y Salas. Es justamente frente al peligro del Bovarismo que la escuela parece claudicar antes de empezar, y decide construir un canon de lo legible que responda a la escala de valores loables más que incitar a la experiencia del placer como Playboy. La escuela, como institución, enfoca sus recursos a la creación de futuros Índex, verdaderos catálogos de lo legible, cartografías lineales de lo que deseamos y negamos ser, pero aún así, somos.

María José Schamun

Buenos Aires, EdM, junio 2023

A modo de regalo, y esquivando toda censura, Escritores del Mundo ofrece a sus lectores el relato «A fine son» de Roald Dahl, como fue publicado originalmente en la revista Playboy en diciembre de 1959. Más tarde, pasaría a integrar el libro Kiss kiss (1960) con el título «Génesis y catástrofe: una historia real».


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