Rebeldía motorizada, por Alcides Rodríguez.

Para revertir los problemas de déficit en la balanza comercial italiana durante los años veinte, el gobierno fascista tomó la decisión de prohibir a los campesinos migrar del campo a la ciudad. Uno de ellos eligió una manera peculiar de expresar su descontento.

En 1925 se estrenó en Italia La batalla del grano, un documental realizado por el Instituto Luce, el órgano cinematográfico estatal fundado por Mussolini. El objetivo era exponer distintas formas de trabajo en el campo, poniendo énfasis en las nuevas tecnologías productivas. Dado que el cincuenta por ciento del déficit comercial del país se debía a la importación de cereales, el gobierno fascista impulsó una campaña para incrementar la productividad y aumentar la superficie de tierras cultivables. La ambición era llegar al autoabastecimiento de este producto básico de la dieta italiana. Toda iniciativa al respecto fue bienvenida y se organizaron torneos con generosos premios para los agricultores más productivos. La campaña fue acompañada con una fuerte idealización moral de la vida rural: mientras el hombre urbano malgastaba su vida en banalidades burguesas, el hombre de campo luchaba con la tierra para hacerla fructificar. La dura vida del campesino quedó asociada al ideal de lucha propio del fascismo. En los filmes de propaganda se lo veía a Mussolini con el torso desnudo, cosechando trigo con sus manos mientras se secaba el sudor de su frente. Se fundaron poblados rurales para articular más trabajadores a la producción agraria y se buscó interrumpir la tendencia de migrar del campo al mundo urbano. A los individuos que vivían en las áreas rurales se les prohibió abandonar la tierra. Si insistían tenían que conseguir un permiso especial de residencia en la ciudad. No tenerlo era exponerse a ser reintegrado a su comunidad por la fuerza.       

Attilio “Tiglio” Vignali era un joven que vivía en el pequeño poblado campesino de Corpoló, a unos doce kilómetros de la ciudad de Rimini, en la región de la Emilia-Romaña. Hombre de iniciativa, Vignali decidió ir a la ciudad a probar suerte, pero las prohibiciones vigentes hicieron naufragar sus planes. De vuelta contó a sus paisanos que había sido reprendido con dureza: “¡Vuelve al campo!” le habían espetado en la cara. Solidario con su frustración Gioacchino Belluzzi, amigo de Tiglio y mecánico del pueblo, le propuso servirse de una motocicleta para llevar a cabo una vendetta. Justo en esos años Moto Guzzi se convirtió en proveedor oficial de motocicletas de las fuerzas armadas italianas, desplazando a la histórica firma Frera. El ejército dio de baja sus Frera y las vendió al público general a precios irrisorios. Vignali compró una y Belluzzi la puso a punto. Eligieron una noche: Tiglio trepó a su motocicleta, pateó el arranque y tomó la ruta a Rimini. Entró en la ciudad dormida y la recorrió a su antojo, impactando edificios y ventanas con el estruendo del motor bicilíndrico de su Frera. Después regresó a Corpoló, con una sonrisa en sus labios. Y lo volvió a hacer, una y otra vez. Molestos con este campesino vulgar que se atrevía a vagar provocadora y ruidosamente por las noches de su ciudad, los riminienses lo apodaron Scureza ad Corpoló. En dialecto romañolo, scureza significa pedo.     

Uno de los personajes más intrigantes de la película Amarcord de Federico Fellini es un motociclista que aparece de la nada, atraviesa las calles de la ciudad con estruendo y desaparece nuevamente en la nada. “¡Scureza, Scureza ad Corpoló!” celebran algunos, mientras el resto se hace a un lado para no ser atropellado. El misterio siempre quedó flotando sobre este personaje tan peculiar, tan felliniano, hasta que en 2018 el periodista Paolo Mazzocchi publicó la historia del Scureza real en un diario de Rimini. La revelación de Mazzocchi trajo un dato más al fuera de campo de sus escenas: un campesino frustrado por la política rural fascista que irrumpe con su motocicleta en la noche de Rimini como forma de protesta. En La mia Rimini Fellini cuenta que los rumores de carácter político circulaban en su ciudad, aunque ninguno de ellos pretendía ir demasiado lejos. La rebeldía de Scureza se parece más a un personal corte de mangas a Mussolini que a un elaborado acto de rebeldía antifascista. Será por ello que encaja tan bien en el universo felliniano de Amarcord. Y es un detalle delicioso que lo haga montado en un vehículo que suele estar asociado a la idea de libertad. Un pedo que en las manos del maestro se transforma en sutileza.

Alcides Rodríguez

Buenos Aires, EdM, febrero 2023


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