En este nuevo número de Escritores del Mundo rescatamos «La religión y la ciencia», por Albert Einstein en «Revista de Revistas», La Vida Literaria, nº 30, abril de 1931. Según la nota aclaratoria de Samuel Glusberg, la columna de Einstein fue tomada de The New York Times Magazine, donde fue publicada el 6 de noviembre de 1930.
Todo lo que el hombre hace o piensa concierne a la satisfacción de las necesidades que siente a huir del dolor. Debemos tener esto presente cuando tratamos de comprender los movimientos espirituales e intelectuales y el modo como se desenvuelven. Pues el sentimiento y el deseo son la fuerza motriz de toda lucha y productividad humanas por noble que sea la manera en que estas últimas se presenten ante nosotros.
¿Cuáles son, pues, los sentimientos y las necesidades que han llevado a la humanidad a la idea religiosa y a la fe en el más amplio sentido? Un momento de reflexión enseña que las más diversas emociones se encuentran en la cuna de la idea y la expresión religiosas.
En los pueblos primitivos es antes que todo el temor lo que despierta las ideas religiosas, el miedo al hambre, a los animales salvajes, a las enfermedades y la muerte. Desde que la comprensión de las relaciones causales es comúnmente limitada en este nivel de existencia, el alma humana forja un ser, más o menos como ella misma, de cuya voluntad y actividad dependen las experiencias que teme. Espera ganar en favor de éste con hazañas y sacrificios que, según las tradiciones de la raza, se supone que aplacan al ser o lo hacen bien dispuesto hacia el hombre. Yo llamo esto la religión del miedo.
Esta religión es considerablemente estabilizada, aunque no causada, por la formación de una casta sacerdotal que pretende mediar entre el hombre y el ser que aquél teme y de este modo alcanza una posición del poder. A menudo, un líder o déspota, o una clase privilegiada cuyo poder es mantenido por otros medios, combina la función sacerdotal con su propia dominación temporal, con el objeto de mayor seguridad; o una alianza puede formarse entre los intereses del poder político y la casta sacerdotal.
Una segunda fuente de la idea religiosa se encuentra en los sentimientos sociales. Padres y madres y líderes de grandes comunidades humanas, son falibles y mortales. El deseo de dirección, de amor y de socorro, suminstra el estímulo para el desarrollo de una concepción social o moral de Dios. Este es el Dios de la Providencia, que protege, decide, premia y castiga. Este es el Dios que, según se ensancha el horizonte del hombre, ama y provee a la existencia de la especie. Él es el consuelo en la desgracia y en los deseos no satisfechos, el protector de las almas de los muertos. Esta es la idea moral o social de Dios.
Es fácil seguir en las sagradas escrituras del pueblo judío la evolución de la religión del miedo y la religión moral, que es desarrollada en el Nuevo Testamento. Las religiones de todos los pueblos civilizados, especialmente los orientales, son principalmente religiones morales. Un progreso importante en la vida de un pueblo es la transformación de la religión del miedo en la religión moral. Todas son formas mixtas, aunque el elemento moral predomina en los niveles superiores de la vida social. Común a todos estos tipos es el carácter antropomórfico de la idea de Dios.
Sólo individuos excepcionalmente dotados o comunidades especialmente nobles se levantan esencialmente por encima de este nivel. Aquí se encuentra un tercer nivel de experiencia religiosa, aun cuando rara vez se encuentre en una forma pura. Lo llamaré el sentido cósmico religioso. Es difícil hacer esto claro a los que no lo experimentan, desde que no envuelve una idea antropomorfica de Dios. El individuo siente la vanidad de los deseos y objetivos humanos y la nobleza y orden maravilloso revelados en la naturaleza y en el mundo de las ideas. Siente el destino individual como una prisión y trata de experimentar la totalidad de la existencia como una unidad llena de significación. Indicaciones de este sentido cósmico religioso pueden hallarse hasta en niveles anteriores de desarrollo, por ejemplo, en los Salmos de David y en los Profetas. El elemento cósmico es mucho más vigoroso en el budismo, como, en particular, nos lo han demostrado los magníficos ensayos de Schopenhauer.
Los genios religiosos de todos los tiempos se han distinguido por este sentido cósmico religioso, que no reconoce dogmas ni Dios hecho a imagen del hombre. Por consiguiente no puede haber una iglesia cuyas principales doctrinas se funden en la experiencia cósmica religiosa. Sucede así que encontramos precisamente entre los heréticos de todas las edades hombres que fueron inspirados por esta última experiencia religiosa. A menudo aparecieron ante sus contemporáneos como ateos, pero también algunas veces como santos. Vistos desde este punto, hombres como Demócritus, Francisco de Asís y Spinoza están próximos entre sí.
¿Cómo puede esta experiencia cósmica religiosa ser comunicada de hombre a hombre, si no puede conducir a una definida concepción de Dios o a una teología? Me parece que la función más importante del arte y de la ciencia es despertar y mantener vivo este sentimiento en los que son capaces de experimentarlo.
Llegamos así a una interpretación de la relación entre la ciencia con la religión, muy diferente de la opinión común. Por el estudio de la historia nos inclinamos a mirar la religión y la ciencia como irreconciliables antagonistas, y esto por una razón muy fácil de ver. Para los penetrados del sentido de la ley casual en todo lo que acontece, que aceptan convencidamente la hipótesis de la causalidad, la idea de un Ser que interviene en la secuencia de los sucesos en el mundo, es absolutamente imposible. Ni la religión del temor ni la religión social, moral, pueden tener ninguna influencia en ellos. Un Dios que premia y castiga es para ellos inconcebible, porque el hombre obra conforme una necesidad interior o exterior y sería a los ojos de Dios tan irresponsable como lo es un objeto inanimado por los movimientos que hace.
La ciencia, en consecuencia, ha sido acusada de minar la moral, pero injustamente. La conducta ética del hombre tiene mejor fundamento en la simpatía, la educación y las relaciones sociales y no requiere apoyo alguno de la religión. La condición del hombre sería ciertamente triste si hubiera que mantenerlo en orden por miedo al castigo y la esperanza de recompensa después de la muerte.
Es, por consiguiente, natural que las iglesias hayan combatido siempre contra la ciencia y perseguido a sus sostenedores. Pero, por otra parte, yo aseguro que la experiencia cósmica religiosa es la más poderosa y la más noble fuerza motriz detrás de la investigación científica. Ninguno que no aprecie los terríficos esfuerzos, y, sobre todo, la devoción sin la cual las primeras creaciones de la idea científica no pueden ver la luz, puede juzgar la fuerza del sentimiento de que es hija la obra, extraña como es a la vida práctica inmediata. ¡Qué profunda fe en la racionalidad de la estructura del mundo, y qué ansiedad de comprender siquiera un pequeño reflejo de la razón revelada en el mundo debe haber habido en Kepler y Newton para que pudieran desenredar el mecanismo de los cielos en los largos años de solitaria labor!
Quienquiera que sólo conozca la experimentación científica en sus aplicaciones prácticas, puede fácilmente llegar a una interpretación errónea del estado de alma de los hombres que en medio de escépticos contemporáneos, han enseñado el camino a sus semejantes esparcidos en todos los países en todos los siglos. Sólo los que han dedicado su vida a fines semejantes pueden tener una idea viva de la inspiración que dio a estos hombres el poder de permanecer fieles a su propósito a pesar de incontables fracasos. Es el sentido cósmico religioso lo que da este poder.
Un contemporáneo ha dicho con razón que los únicos hombres profundamente religiosos de nuestra época materialista son los hombres de investigación científica.
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