Escritores en situación: Zehra Doğan o cómo hacer palabras con cosas, por Miguel Vitagliano

Ante el devastador ataque del ejército turco a la ciudad kurda de Nísibis en mayo de 2016, la periodista y artista Zehra Doğan (Turquía, Diyarbakir, 1989) no vaciló un instante en manifestarse. Intervino una fotografía de prensa sobre la ciudad en ruinas: convirtió en monstruos los camiones blindados, oscureció los tonos claros en primer plano, envolvió con una humareda el fondo de las casas destruidas resaltando así las banderas turcas en medio de la desolación, y echó a rodar la imagen en la web. Lo que había sido una fotografía domesticada igual a tantas y dada a conocer por un medio estatal, se convirtió en una imagen única cargada de palabras sobre una guerra que ya lleva más de medio siglo. El gobierno turco condenó a Zehra Doğan a dos años y nueve meses de cárcel por “difundir propaganda terrorista”. Quedó en libertad en 2019 después de cumplir completa su condena. No se le restó ni un día de cárcel, a pesar de los reclamos de organismos internacionales, entre ellos Amnesty International, el PEN Club, y el apoyo de artistas como Ai Weiwei y Bansky.     

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“Me sorprendió cuando me culparon  de ´liderar una rebelión para incitar al odio´ por una pintura, le escribió en una carta a Bansky: Aunque ahora sé que este cuadro vale mi tiempo de cárcel porque traté de mostrar la realidad de Nusaybin (Nísibis).”Al cumplirse el primer año de encierro, Bansky realizó un mural en Nueva York en el que el tiempo se contaba con los barrotes de la prisión y el rostro de Zehra Doğan aparecía a mitad de ese reloj. Difícil no pensar en lo que desde otra cárcel turca escribía el poeta Nazim Hikmet (1902-1965) hace 80 años: “Nuestro hijo está enfermo. / Su padre está en la cárcel./ Tu pesada cabeza /se dobla entre tus manos fatigadas. / Nos pasa lo que hoy pasa en nuestro mundo.”     

¿Cómo contar la realidad? O mejor: ¿Puede haber algo con lo que no se pueda decir lo que nos pasa en nuestro mundo? Zehra Doğan utilizó en prisión cuanto tenía a su alcance, desperdicios de comida, cenizas, tierra, sangre, mezclas de restos de lápices, hizo pinceles con sus cabellos y los de sus compañeras y hasta improvisaron juntas una exposición de los trabajos poco antes de su liberación. Cada una se potenciaba en el contacto con las otras, lo que a cada una le pasaba no quedaba en un encierro propio, salía al encuentro de lo que le pasaba a la otra; cada compañera dejaba de ser un límite para convertirse en una oportunidad cargada de posibilidades que desobedecían a las limitaciones. Con esa misma trama de afectos, en 2012 había participado en la fundación de Jinha, la primera agencia de noticias kurda “hecha por mujeres y para mujeres”. 

“Todas las amigas participaban en la tarea creativa, algunas buscando títulos para los dibujos, otras numerándolos”, cuenta en una entrevista con su amiga Naz Öke para la revista Kedistan for Freedom (1-https://www.kedistan.net/ 2019/05/17/noche-charla-sobre-arte-zehra-dogan/): “Por ejemplo, todos los viernes, después de limpiar nuestra zona, lavábamos la ropa en el patio. Una vez por semana teníamos derecho a tomar café. Durante esas pausas, solía rasgar una sábana o una camisa y extendía la tela en el suelo. En ocasiones eran mis amigos las que llevaban a cabo la tarea. Después de tomar café utilizábamos el borde de la taza para dejar impresiones sobre la tela. A veces surgían marcas circulares, a veces el café se extendía a través de la tela tomando diferentes formas. Y todas observábamos los motivos que iban surgiendo. De todos modos, las amigas no me dejaban nunca en soledad. ´Espera, espera, ¡hazlo así!´, me decían…” 

En la cuerda donde tendían la ropa, colgaron los trabajos para la exposición y prepararon dulces para la celebración. Juntaron las migas de los panes, las secaron al sol y después trituraron los trozos endurecidos hasta convertirlos en una especie de harina con los que hicieron bombones con coco rallado y chocolate derretido en el samovar. Los trabajos fueron expuestos en 2019 en la Tate Modern de Londres, y en 2020 en Forum de la Paix, en Basel, Suiza. Para una muestra realizada en Francia en 2018, cuando aún estaba en prisión, la escritora Asli Erdogan (Estambul, 1967) escribió: “Hace 70 años en los campos de concentración hubo artistas que escribieron poemas en papel higiénico y pintaron con su propia sangre. En la actualidad en las cárceles turcas tenemos a Zehra Doğan, que dibuja con su propia sangre ya que le confiscan todo material. Y que sangra sin cesar porque le incautan una y otra vez sus obras.”  (https://www.kedistan.net/2o019/09/25/los-escritos-de-prision-de-zehra-dogan/) Pero habría que insistir que ese cuerpo y esa sangre siempre exceden a lo singular, solo se reconocen propios en el encuentro con sus compañeras. Como en esa carta que le escribe desde la prisión a Naz Öke contándole de Astĕra, su vecina de celda, apresada herida en un combate contra el ejército y que corría riesgos de perder su pierna. Le faltaban cuatro años para cumplir su condena y no dejaba de leer en su litera iluminada por la luna repitiendo una y otra vez “Me queda poco tiempo, quiero terminar todos los libros”, sin permitir que las compañeras se detuvieran demasiado en su herida: “Todos somos iguales. Si quieren amputarme que lo hagan, no será el fin del mundo.” Leer, escribir, pintar, cocinar, eran maneras de atravesar cualquier límite impuesto. Se sabían iguales porque cada una podía reconocerse diferente. Y Astĕra, contaba en su carta, era una mujer que no dejaba de reír a carcajadas y de dibujar ramas de olivos en todas partes, contagiando a todas a que inscribieran ese símbolo de resistencia y victoria.

Las cartas fueron publicadas en 2019 por la editorial Des Femmes con el título Nous aurons aussi de beaux jours. Dos años después otra editorial francesa publicó la novela gráfica que Zehra Doğan compuso durante su condena, Prisión Número 5, en la que su historia personal se define en relación a la resistencia del pueblo kurdo y en particular en la lucha de sus mujeres. Como la de Taybet Inan o Madre Taybet, asesinada por francotiradores del ejército turco en diciembre de 2015, durante el estado de sitio declarado en Silopî, provincia de Sirnak. La mujer tenía 57 años y salió a la calle sujetando un pañuelo en blanco, de inmediato le dispararon y prohibieron que se le acercaran a su cuerpo durante días. Para Zehra Doğan, esa tela blanca en las manos de Madre Taybet le había enseñado todo: “Puede que fuese una camiseta o una bufanda un objeto con cualquier con otra finalidad. Pero Madre Taybet, cuyo cuerpo sin vida permaneció en la calle, a pocos metros de su puerta, durante siete noches y días, sostenía una bandera blanca. ¿Cómo lo percibimos? ¿Como una camiseta? ¿Como una bufanda? No, era algo diferente. Te decía: Soy una civil. Y tú, al observarlo, no necesitabas palabras. Madre Taybe no habla, no grita. No dice nada, pero tú la entiendes. No importa, ninguno de nosotros sabe de qué se trata pero todos comprendemos el significado. Todo objeto puede transformarse en algo diferente. En el arte encontramos la misma regla. La rúcula, el café, la sangre menstrual…la persona que observa mis dibujos, no ve rúcula, café, sangre.” (1)

Según el Freedom to Write Index America del Pen Club, Turquía encabeza la lista, junto a China y Arabia Saudita, de los tres países con más denuncias sobre escritores y académicos perseguidos, al menos en los listados de 2021 y 2020. En el último año mencionado se registraron 273 casos de escritores en prisión a largo de 35 países, una cifra que aumentó en un 9% con respecto al período anterior. Pero considerando lo que decía Zehra Doğan con respecto a la tela blanca en las manos de Madre Taybet, ¿no es cada lector también un escritor de lo que pasa en nuestro mundo? ¿Cuántas son entonces las personas que están siendo privadas de la lectura, cuántas las que día a día ven restringidas su posibilidad de interpretar, cuántas las que ni siquiera consideran que todas las cosas están cargadas de palabras y que les pertenecen?

                                                                         Miguel Vitagliano

 Buenos Aires, EdM, febrero 2023


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