El 7 y 8 de noviembre se realizó en Chapadmalal el “Encuentro Provincial de Bibliotecas Populares”, organizado por el Instituto Cultural de la Provincia de Buenos Aires. Durante esos dos días se reunieron los representantes de doscientas Bibliotecas Populares para compartir sus experiencias y discutir proyectos. Hubo una feria de editoriales de la provincia de Buenos Aires, y tres mesas temáticas. De una de ellas, “Los caminos de los libros”, publicamos la intervención de MV.
I
Unos afiches publicitarios en la calle no dejaron de provocarme durante los días en que iba anotando lo que quiero compartir con ustedes esta tarde. Fueron el ruido de fondo de lo que trataba de pensar. Decían “Leer es perder tiempo” y yo justamente quiero hablarles de lo que puede un lector y de lo que puede un libro. Afirmar que el lector es un náufrago y el escritor un náufrago rescatado en lo que escribe, pero que siempre añora su isla. Les propongo que hablemos de una novela, Robinson Crusoe, y de un lector, Sarmiento, entre tantos otros.
¿Cuánto puede un libro? ¿Cuánto puede un lector? Como sabemos, Sarmiento leyó Robinson Crusoe mucho antes de fundar la primera Biblioteca Popular en 1866, la Biblioteca Franklin, en San Juan. Cuando emprendió su viaje a Europa desde Chile se las ingenió para que el piloto del barco le permitiera descender con otros dos compañeros de viaje a esa isla en la que hacía más de un siglo había vivido el náufrago que inspiró la creación de Robinson Crusoe. Quería palpar la experiencia del héroe novelesco que ni en su ficción estuvo en esa isla, era el náufrago Alexander Selkirk el que había vivido allí en soledad durante cuatro años. El relato de la ficción volvía real lo que habría caído en olvido: Selkirk vivía por Robinson Crusoe. Sarmiento describió el impacto que le produjo estar en esa isla, dijo “verla esta vez i en el mismo lugar realizada en lo que presenciábamos, i tan a lo vivo, que a cada momento nos venían a la imaginación los inolvidables sucesos de aquella lectura clásica de la niñez”. Después se reunió con los únicos cuatro hombres que vivían en la isla y los comparó con Robinson: igual que él, comentó, “llevaban la cuenta exacta de los días de la semana i el mes”, y ese día era el 4 de noviembre de 1845; es decir, hace 177 años y unos días. La escena condensa el poder performativo que para Sarmiento tenía la lectura: potencia la confianza en lo imaginado hasta a tal punto que lo imaginado puede intervenir fuera del libro.
En un ensayo breve sobre las novelas, publicado años después, Sarmiento enfureció a los conservadores al decir que las novelas completaban la educación brindada por la escuela: la escuela enseñaba las letras, a reconocer y repetir el silabario, pero las novelas hacían lo demás, educaban la sensibilidad de los individuos. Eran un laboratorio en el que cada uno experimentaba en la intimidad sus relaciones con los otros en la sociedad. No vaciló en sentenciar: “Las novelas han educado a la mayoría de las naciones, y en los países católicos han hecho la misma revolución que en los (países) protestantes (ha hecho) la Biblia; no se escandalicen las gentes timoratas.” Y afirmaba que las únicas novelas malas eran aquellas que no se permitían leer, antes de preguntarse: “¿Es malo el ingenio del hombre? ¿Es mala la historia? ¿Es malo sentir, conmoverse, simpatizar? Peor todavía es vivir, que la vida es mezcla inseparable de escándalos, virtudes, crímenes, placeres y penas.”
Publicó esa defensa a la novela en 1856, el mismo año que adquirió un terreno en una isla del Delta, por entonces bastante inhóspita. El terreno estaba en el Río Abra Nueva, hoy Río Sarmiento. Y Robinson, “aquella lectura clásica de la niñez”, fue el modelo que lo impulsó a sus 45 años a practicar la agricultura con sus manos y trabajar el mimbre. Robinson era su modelo portátil de self-made man, la isla su biblioteca práctica.
En la visita a la isla de los cuatro Robinson, Sarmiento había dejado su nombre marcado en una piedra. Era la segunda vez que escribió en una piedra, la primera fue la de aquella frase que exigía ser traducida. En su casa de la isla del Delta escribió un cartel, no una piedra: “Wellcome the shade” (Bienvenido a la sombra).
¿Se refería a “la sombra” después de tanto calor y tanto cielo? ¿O “la sombra” era un modo figurado para referirse a su etapa de madurez? ¿O no sería esa misma “sombra” de aquel comienzo: “Sombra terrible de Facundo voy a evocarte para que me emerjan…”? ¿La “sombra” de la naturaleza ´bárbara´ o la del recuerdo? Pero, ¿por qué en inglés? No tengo respuestas, lo que sí puedo decirles es que alguien hizo una intervención en el afiche del que les hablaba. Ahí donde se leía “Leer es perder tiempo”, ahora dice “Leer es viajar por el tiempo”.
II
Sarmiento hizo su propio Robinson con su lectura. Pero también Daniel Defoe construyó su Robinson con las lecturas de relatos ajenos sobre Alexander Selkirk. Uno fue el de Woodes Rogers, comandante del Duke, el barco que rescató a Selkirk en 1709 después de vivir cuatro años y cuatro meses en soledad en la isla. El otro relato fue el de Edward Cooke, el segundo de a bordo que también llevaba un diario del viaje. Compitieron por ver quién daba a conocer antes la historia. Para conquistar la primicia, Cooke actuó de inmediato, dieciséis semanas después de que el Duke arribara a puerto, publicó una síntesis de la vida del náufrago en el primer volumen de Un viaje a los Mares del Sur y alrededor del mundo. Dijo que había sobrevivido comiendo cabras y los vegetales que encontraba. Que había domesticado de cabras y gatos para protegerse de las ratas. Que no conoció otro calor humano que las caricias a sus cabras. Que el náufrago había sido piloto de un barco y que su capitán lo abandonó en esa intemperie por desobedecer sus órdenes. Pero no logró satisfacer a los lectores ni a su editor. Tampoco al extenderse en la historia en el segundo volumen. Apenas pudo establecer momentos cruciales de la historia, un esqueleto completo, solo huesos firmes, sin vísceras ni emociones.
Esa malograda experiencia fue un aprendizaje para Woodes Rogers. Como preparación antes de lanzarse a contar la historia del náufrago, pidió consejos a un escritor, Richard Steele, y ni aun así pudo llevar a buen puerto a su relato. Semanas después Steele comenzó a escribir la historia del náufrago Selkirk, día tras día dándola a conocer durante meses en Englishmen. Jonathan Swift fue lapidario con el proyecto y el resultado. Otro escritor, que conocía bastante a Steele, Daniel Defoe, fue desobediente como buen lector, tomó la historia del náufrago como inspiración y creó su Robinson que publicó en 1719, cuando aún estaban tibias las derrotas anteriores.
A Defoe le sobraba experiencia, había publicado centenares de relatos y estaba por cumplir 60 años. Calculó con precisión la estrategia para su narración que se convirtió en la primera novela inglesa. Fue fiel al náufrago, o mejor dicho a dos. Porque se valió de lo sucedido a Selkirk tanto como a un indígena, Will, al que habían rescatado de la isla con anterioridad. Robinson tuvo así su Viernes. Ya antes lo había sorprendido la suerte, y la desobediencia de Defoe contra la avaricia del verosímil: colocó cerca de Robinson los restos del naufragio del barco que lo había abandonado. El acto de justicia pudo más que el verosímil. Robinson logró apoderarse de cuanto quedaba en la bodega de ese barco: desde semillas para sembrar, tabaco, pólvora, herramientas. Nadie le reprochó tampoco que multiplicara los años de la estancia de Robinson en la isla, en definitiva fue el tiempo necesario para que el héroe reprodujera la civilización en su imperio solitario. Tuvo huertas, lecturas, jardines, tabaco interminable para su pipa, y no necesitó suplir las caricias humanas porque toda la naturaleza lo celebraba. Y después, como debía ser en su vida civilizada, hizo de Viernes su esclavo y le enseñó a hablar inglés.
Algo más: Robinson contaba su propia historia en su diario. Ese artificio fue fundamental para el efecto de credibilidad que Defoe buscaba generar, y al que le incorporó otro: publicó la historia de Robinson Crusoe en forma anónima. Era una novela que se presentaba como una historia real contada por su propio protagonista. En la estrategia cooperó de manera involuntaria la tradición de la literatura inglesa, que aún a principios del XVIII no había definido un lugar para el género novela, lo buscaba a tientas entre las narraciones que se escabullían de las alegorías puritanas y los libros religiosos que servían de guía para la vida práctica cotidiana. Aprovechando ese territorio ambiguo, Defoe encontró el espacio para su Robinson Crusoe. Había, de todos modos, un fondo verdadero en su juego estratégico de ficción. Porque en cierta medida Defoe era realmente el lector de un libro escrito por Robinson Crusoe, la diferencia era que él era el primer novelista y Robinson el solitario que había escrito su propio diario.
¿Dónde reside el poder de un libro, si es que admitimos que un libro tiene alguno? ¿Podría no tenerlo? Pero, ¿lo que puede un libro no dependerá sobre todo de lo que pueda un lector? Es cierto, otra vez pienso en ese afiche.
III
De inmediato la novela de Defoe tuvo traducciones en distintas lenguas europeas. Como evidencia de la popularidad que no tardó en conquistar, basta decir que a cincuenta años de su primera edición Robinson Crusoe se publicó en forma de “chapbook”, toda la novela impresa en una sola hoja de papel plegada una docena de veces y que se compraba a un penique en los mercados.
¿Por qué pudo tanto esa novela? Marthe Robert, en un estudio ya clásico, sostenía que los orígenes de las novelas señalaban hacia dos direcciones bien diferenciadas, pero no excluyentes: uno reclamaba examinar el origen del género relacionándolo con otras formas literarias en el devenir de las transformaciones históricas de las sociedades; el otro señalaba como origen la imperiosa necesidad de fantasear experimentada por todos los individuos desde su temprana infancia. Si en un caso se trataba de pensar el origen de la novela en la historia social, el otro consistía en aceptar que la novela era la forma adulta derivada de ese fantaseo infantil constitutivo de la personalidad que Freud llamó “la novela familiar”: el fantaseo de imaginarse otro, de ser parte de otra familia, de ser un príncipe o una princesa no reconocida… Para Marthe Robert, cada novela recreaba esa “novela familiar”, sobre ese callado origen se cimentaba la atracción que sentían lectoras y lectores, y la prueba incontrastable estaba en las dos primeras novelas modélicas de la modernidad, El Quijote y Robinson Crusoe, en las que sus héroes salían a la aventura convencidos de que eran distintos a como los veían en su cotidianeidad, que debían abandonar ese mundo falso y salir a los caminos o al mar para vivir la verdadera identidad que se les negaba. ¿No existe en nosotros una proyección de esa misma de búsqueda al leer una novela, aunque sublimada o domesticada por lo que reconocemos como ficción?
Sarmiento conoció la historia de Robinson, como él mismo decía,“en la niñez”, al tiempo que tejía las páginas de su propia “novela familiar”, que no dejó de narrar en Recuerdos de Provincia. Sin duda que Robinson también se asoma en ese relato autobiográfico. En definitiva, fue el héroe modélico del Self-made man que lo acompañó a lo largo de la vida, no así su autor. Sarmiento suele referirse a Robinson y a su historia, no a la novela de Defoe. Por supuesto que reconocía al autor, aun cuando no mencionara su novela entre aquellas que eran tan potentes como la Biblia. Es posible que el primer contacto que Sarmiento tuvo con su héroe fuera a través de otras versiones. Tal vez haya tenido en sus manos, entre otras, a El nuevo Robinson de Joachim Heinrich Campe, publicada en alemán en 1779 y traducida al castellano diez años después; esa versión circuló ampliamente por España y por América Latina, incluso más que la novela de Defoe por aquellos años. Campe era un educador innovador y realizó su adaptación como un instrumento formativo para sus alumnos. Fomentaba una educación sostenida en la práctica, en la experiencia directa, se oponía a las fatigosas memorizaciones. El personaje de Robinson era el indicado para su cometido, los jóvenes lectores podrían seguir a su héroe aprendiendo a prueba y error de sus intentos por sobrevivir.
Pero hay otro aspecto relevante en su trabajo como educador, Campe fue el tutor de los hermanos Humboldt y una figura fundamental para sus respectivas formaciones. Los dos hermanos conocieron las páginas de El nuevo Robinson antes que los editores. Uno, Wilhelm, fue lingüista, el otro, Alexander, naturalista y astrónomo. Realizó un viaje exploratorio por América del Sur y el Caribe durante cinco años, desde 1799 a 1804, lo que implicaba que reconocía un valor de reserva natural y aprendizaje a una región que solo era vista como objeto colonial y de saqueo. Quién sabe si ese viaje encontró inspiración en Robinson y en su larga estancia novelesca en una isla del Caribe, lo que resulta indudable es que Sarmiento, años después, fue a visitar a Alexander Humboldt en aquel viaje a Europa que comenzó en la isla de Robinson. Quería ver en persona al único alemán que tenía una opinión distinta de América del Sur. Escribió en Viajes: “Por desgracia la América para el pueblo alemán está solo al Norte del trópico de Cáncer; la América del Sur, no es la América remedio de los males presentes, aquel mito popular de un Edén terrestre, que conocen los alemanes desde niños (…) Lo único que saben de la América del Sur los entendidos, es que hai en ella fiebre amarilla, calor sofocante, alimañas… Así, pues, la América del Sur es en la creencia popular, el mito del mal, el reino de las tinieblas i de la muerte.”
Un libro, cada libro, está hecho de otros y de las asociaciones que trazan esos náufragos lectores. Pensar en Robinson Crusoe es aludir también a la traducción de Cortázar o a El último Robinson, de 1952, de Blanca Luz Brum, una novela sobre un colono real en esa misma isla donde la escritora uruguaya decidió vivir y construir una hostería, que el tsunami del 2010 hecho abajo. Un libro siempre continúa en otro, y el lector busca el siguiente con la excitación de un náufrago. Cada libro es una biblioteca que debe dar albergue a esos náufragos para que inventen sus propias herramientas y sus brújulas.
En El Profeta de la Pampa, Rojas contó una anécdota que había oído acerca de las bibliotecas rurales de Sarmiento y que, al parecer, debía remontarse a fines del XIX. Un hombre hacía un viaje en diligencia desde La Rioja a Santiago del Estero y, a mitad de camino, decidió alojarse en un rancho a pasar la noche. Conocía la casa, hacía tiempo se había hospedado allí en otro viaje. Como recordaba que tenían unas de las colecciones de las bibliotecas populares, pidió al dueño un libro para matar el tiempo:
-¿Cómo es que no tiene ninguno?, preguntó de inmediato: ¿Qué se hicieron de los que había?
-Es que fueron tiempos de seca, se perdieron las chacras y, como no había chala, se los han fumado.
Quizá se trate de una de esas peludas ironías descalificatorias, puede ser, pero prefiero ser desobediente ante la anécdota y tomarla como una vindicación del uso de los libros. Siempre generosos, los libros se resisten a ser leídos de un único modo y ser objetos para una sola finalidad, están allí dispuestos a que un lector les escriba su parte o encuentre cobijo en ellos para alguna necesidad. Pienso en las novelas, sobre todo en las novelas. Y en esos afiches de la calle a los que no dejan de tacharles palabras y les escriben encima otras nuevas. ¿Cuánto puede un lector? O mejor, ¿qué no puede un lector?
Miguel Vitagliano
Buenos Aires, EdM, noviembre 2022
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