“Enrique Martín”, o la literatura como enfermedad, por Mario Rucavado Rojas

Decir que todos los libros de Roberto Bolaño que anteceden a Los detectives salvajes son una preparación para esa novela no sería más que una boutade, útil para animar alguna conversación de bar y que implicaría, sin ir más lejos, despreciar los placeres particulares que ofrecen, por ejemplo, La literatura nazi en América y Nocturno de Chile. Llamadas telefónicas, sin embargo, publicado un año antes de Los detectives salvajes, puede verse sin problemas como una serie de borradores o pre-textos que anticipan ese libro. El narrador en varios de los cuentos es Arturo Belano, protagonista de Los detectives salvajes junto con Ulises Lima, y las vidas que se retratan en estos cuentos son similares a las que conforman la parte central de la novela: escritores fallidos, linyeras de la cultura, militantes marginales. Esto no implica que no tengan valor: las obras menores de un gran escritor a menudo evidencian sus obsesiones de manera más clara, precisamente por su carácter parcialmente trunco; cuando algo está a medio cocinar, es más fácil identificar los ingredientes. “Enrique Martín” es un cuento menor, pero nos permite aislar uno de los elementos centrales de la obra de Bolaño: el paradójico desprecio hacia la literatura, o más bien hacia la vida que implica (o implicó, en los tiempos y espacios que habitó Bolaño) la literatura.

El cuento comienza así:

«Un poeta lo puede soportar todo. Lo que equivale a decir que un hombre lo puede soportar todo. Pero no es verdad: son pocas las cosas que un hombre puede soportar. Soportar de verdad. Un poeta, en cambio, lo puede soportar todo. Con esta convicción crecimos. El primer enunciado es cierto, pero conduce a la ruina, a la locura, a la muerte.»

Lo que puede soportar un hombre, “soportar de verdad”, es en realidad poco, mientras que un poeta sí puede aguantarlo todo: uno es un ser fuera de lo común, el otro, más bien débil. Este lugar común es cuestionado cuando el narrador (Belano) afirma que “Con esa convicción crecimos”, ya que introduce un matiz de relativismo que no se borra cuando en seguida se afirma que “es cierto”. Lo crucial, sin embargo, es que no se presenta “esta convicción” como una verdad liberadora, ni tampoco como una epifanía. Contra ciertas representaciones usuales (pienso en el Retrato de Joyce, o En busca del tiempo perdido), aquí la literatura no será una salvación, ni tampoco una maldición al estilo del poète maudit o los beats norteamericanos. La literatura es, simple y sencillamente, una enfermedad, y como cualquier enfermedad “conduce a la ruina, a la locura, a la muerte”; ruina, locura y muerte que en este caso no aparecerán estetizadas, sino como algo banal.

Enrique Martín era un mal poeta. Esto se dice de manera explícita y constituye el punto de partida del cuento, su condición de posibilidad. Escribía en castellano y catalán poemas igualmente malos, por más que el tipo de poema que escribía en cada idioma fuese distinto (poesía “voluntariosa y afectada, y en pocas ocasiones torpe” en español; poemas sobre “cosas reales y cotidianas” en catalán). Esa duplicación idiomática aparece casi como una confirmación de que no había manera, en ningún universo, de que Enrique Martín escribiera buenos poemas; su condición de mal poeta le es intrínseca y esencial. Pese (o gracias) a esto, Belano recuerda algunos poemas suyos con emoción, y tras subrayar que Enrique ponía toda su voluntad en ser poeta, añade:

«Su tenacidad (una tenacidad ciega y acrítica, como la de los malos pistoleros de las películas, aquellos que caen como moscas bajo las balas del héroe y que sin embargo perseveran de forma suicida en su empeño) a la postre lo hacía simpático, aureolado por una cierta santidad literaria que sólo los poetas jóvenes y las putas viejas saben apreciar.»                (énfasis mío)

La analogía entre los “poetas jóvenes” y las “putas viejas” parece operar en desmedro de los primeros: la santidad que los adorna procede de su carácter superfluo, de ser meros desechos.

Belano nos narra la vida de Enrique Martín a través de tres encuentros entre ambos, una carta escrita poco antes de morir y las circunstancias de su muerte. Si bien en el primer encuentro Enrique le muestra unos poemas a Belano y le pide su opinión, luego el relato parece dejar de lado la literatura para ocuparse de los llamados fenómenos paranormales, en particular avistamientos de OVNIs: empieza a trabajar en una revista dedicada a este tema y, en su última carta (escrita desde Madrid), dice que “los extraterrestres éramos todos”.

El cuento se construye sobre la expectativa de que Enrique Martín haya dejado de ser un mal poeta y buscado otra cosa para llenar sus días; que en vez de soportar la poesía hasta el final de sus días haya renunciado a su cruz. Su figura nunca deja de ser levemente patética, pero Bolaño juega con la posibilidad de que por lo menos (y aquí la frase hecha realmente designa un mínimo) haya alcanzado una locura un poco más interesante, o grotesca, o en todo caso original (sobre todo en el contexto de Llamadas telefónicas y la obra de Bolaño), que a su vez le dé un mayor interés a un cuento que, hasta ahora, no pasa de ser una más de esas vidas de escritores marginales que Bolaño suele narrar: La literatura nazi en América es una enciclopedia de escritores ficticios, en su mayoría fracasados, y Los detectives salvajes presenta una galería completa de ellos.

Llamadas telefónicas parece casi un Bolaño en clave menor, y la mayoría de sus historias carecen del humor y el fuego que iluminan esos dos libros. En “Enrique Martín” Bolaño amaga con hacer otra cosa, solamente para defraudar al lector. Pues aunque parezca que Enrique Martín ha cambiado de vocación, al final descubrimos que no es así: los extraterrestres no eran más que una pantalla que ocultaba su fracaso. El cuento se construye sobre esa decepción deliberada.

La última vez que Enrique Martín ve a Belano está precedida por unas extrañas cartas, con números crípticos y dibujos de mapas. En ese entonces Belano vivía en una casa en las afueras de Girona. Una noche oye a un auto que se acerca; es Enrique Martín que ha venido a entregarle unos papeles para que se los guarde. La escena parece salida de un relato de ciencia ficción: Enrique Martín se niega a entrar a la casa, no dice qué hay en los papeles (“No son poemas, dijo con una sonrisa desvalida y al mismo tiempo valiente, una sonrisa que ciertamente no veía desde hacía muchos años”) y pregunta por las luces y ruidos que vienen de una cantera (Belano menciona que por primera vez oye explosiones a esa hora de la noche). La carta que escribe desde Madrid, llena de disparates, completa el cuadro de un paranoico, enloquecido por (la idea de) los extraterrestres; el suicidio, dejando las paredes de su habitación cubiertas de cifras alocadas, lo corona.

Tras la muerte de Enrique, el relato adopta el registro de un policial, con Belano como detective improvisado y un guiño al problema de la habitación cerrada por dentro. Belano hace algunas averiguaciones, habla con el exjefe y la expareja de Enrique, y medita sobre la incoherencia entre su personalidad y su forma de morir. Se apunta, modesta y momentáneamente, a que el destino de Enrique Martín sea otro que el miserable y banal del poeta fracasado. La respuesta, pensamos, está en los papeles que Enrique le dejó a Belano, pero Bolaño demora la revelación para jugar con las expectativas (y la paciencia) del lector.

Pero, ¿qué hay en esos papeles cuando por fin Belano se acuerda de revisarlos? “Eran unas cincuenta hojas tamaño folio, debidamente encuadernadas. Y en ninguna encontré planos ni mensajes cifrados, sólo poemas escritos a la manera de Miguel Hernández, algunos a la manera de León Felipe, a la manera de Blas de Otero y de Gabriel Celaya.” Esta revelación, que podría tranquilizarnos, resulta más bien demoledora: nos da a entender que, por más que lo intentara, Enrique Martín no pudo ser otra cosa que un poeta fracasado; por más que quiso, no pudo curarse de su enfermedad. La reacción del narrador es elocuente: “Aquella noche no pude dormir. Ahora era a mí al que le tocaba huir.”

Belano está aun más enfermo que Enrique Martín, y esa enfermedad lo llevará a una tumba anónima en África. Los detectives salvajes repite, a escala novelística, el recurso de la decepción deliberada. La primera parte termina cuando Belano parte hacia Sonora con Ulises Lima en busca de Cesárea Tinajero y durante la segunda parte, la más extensa del libro, el lector no sabe qué pasó en ese viaje que tenía todos los elementos para ser una experiencia fundacional: la búsqueda de la escritora perdida, el posible hallazgo de una forma distinta de hacer literatura. En la tercera parte, sin embargo, se revela que ese viaje fracasó por completo: encuentran a Cesárea Tinajero tan solo para llevarle la muerte. Ni Belano ni Ulises Lima portaban, durante sus veinte años de errancia, ningún secreto arrancado a Cesárea Tinajero o los desiertos de Sonora; desde el comienzo no había otra posibilidad, otro destino que el fracaso.

Es posible que el poeta pueda soportarlo todo, pero esa capacidad parece más un castigo que un don. La perseverancia en lo indebido, para robarle una frase a Vallejo, no resulta aquí un mérito sino algo que lleva al desastre. El destino de Enrique Martín es espantoso, y no encontramos en él ni siquiera esa “santidad literaria” de la que habla Belano al comienzo de la historia. Es un destino atravesado por algo peor que ruina, locura o muerte: la banalidad. Hubiese sido mejor huir.

Mario Rucavado Rojas

Buenos Aires, EdM, noviembre 2022


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