Distopía y tono, en el discurso crítico desde 2008, por Pablo Luzuriaga

El tono distópico en el discurso crítico tiene lectores. Las hipótesis de Byung Chul Han sobre el capitalismo actual comparten lectores con los títulos de la colección Futuros Próximos de la editorial Caja Negra –la caja de un avión después de la catástrofe–, de Mark Fisher a Bifo Berardi o Eric Sadin. En el año 2000, La modernidad líquida de Zigmunt Bauman reescribe la «Posdata sobre la sociedad de control» de Deleuze, con un tono sociológico que busca más producir asombro que pánico distópico o cyberpunk: los teléfonos celulares –dice Bauman, cuando están emergiendo– llegan para derrumbar los edificios de la sociedad disciplinaria que por entonces, sobre el cambio de milenio, envejece: las fábricas, las oficinas, las escuelas, las bibliotecas, que sujetan a la sociedad de masas, declinan.

El tono actual distópico y apocalíptico, lugar común de las fantasías de «culto» de la ciencia ficción, se vuelve dominante en el discurso crítico después del año 2008. Se trata de un tono, una afección que modula el discurso. La crítica al capitalismo previa a esa crisis económica global –eclipsada en Argentina por el conflicto del campo– no es menos radical en sus profecías pesimistas. En Tecnología y barbarie de 2020, Michel Nieva rastrea el criticismo cyberpunk en la literatura argentina desde Sarmiento hasta Arlt, y de ahí a Lamborghini. Lo que cambia en 2008 es el tono en la crítica sobre lo contemporáneo. En Melancholia de Lars Von Trier de 2011, el apocalipsis asume el tono medio, realista, de Madame Bovary. Las hipótesis de Han, o las de Jonathan Crary en 24/7. El capitalismo tardío y el fin del sueño, como las de Nieva, se inscriben en la tradición de la crítica al capitalismo. El materialismo pesimista y crítico desconfía del progreso modernizador desde sus orígenes en el romanticismo ante la Ilustración. Hace ya muchas décadas señala los frenos de un tren en caída libre.

En 2003, la pregunta: ¿Adiós al trabajo? en el título de un libro del sociólogo brasileño, Ricardo Antunes, dialoga con otros ensayos de un momento en que los cambios en el mundo laboral se enuncian con relativo asombro: ¿hacia dónde vamos?, ¿qué perdemos?, sobre el declive de la subjetivación del trabajo «sólido», del «carácter» del largo plazo, del Estado de bienestar entre las décadas de 1950 a 1980, de la vida previsible de las masas, de la sociedad disciplinaria, del matrimonio entre el capital y el trabajo, y sobre las posibilidades abiertas tras su, por entonces, muy reciente divorcio. El tono de Antunes en 2003 contrasta con el de Crary en 2013: lejos de haber terminado, el trabajo en el capitalismo tardío sucede 24 horas los 7 días de la semana.  El contraste deja en evidencia que la discusión sobre las 35 horas laborales, que en Europa define en las últimas décadas las negociaciones del «matrimonio», al menos en Francia y Alemania, es más un síntoma del fin del trabajo de la sociedad disciplinaria, que del trabajo en sí y sus nuevas modalidades en la sociedad de control, o del «enjambre», como propone Han.

Cuando las horas de trabajo subjetivan sobre un mismo horario universal, y se proyectan hacia el futuro a mediano y largo plazo: vacaciones pagas, treinta años en la fábrica o la empresa, el régimen dispone una cuenta; dispone otra muy diferente cuando esas horas no tienen límites iguales para todos. El trabajo a medida en el dispositivo móvil, y ya no en la oficina o la fábrica, llega, en tanto promesa de libertad, como trampa. En La sociedad del cansancio, Han reitera, aunque con el nuevo tono cyberpunk de distopía consumada, ese mismo argumento foucaultiano que Bauman desarrolla años antes en La modernidad líquida.

A distancia del tono distópico que imprimen a la discusión tanto el libro de Crary, como los títulos de Han o Sadin, el colectivo del antropoceno hace metacrítica: sobre los límites de las posibilidades del pensamiento no en cuanto a la verdad de las «cosas en sí», las críticas a las pretensiones desmesuradas del cogito, sino en cuanto a las posibilidades de supervivencia del «pensamiento en sí» a contramano de la vida terrestre: Gaia es un límite epistémico.    

Latour, Stengers, Haraway, Viveiros de Castro y Danowsky toman distancia del tono apocalíptico; afirman otro que aunque en casos se proyecta desde la ciencia ficción: Cuentos para la supervivencia terrenal de Haraway –piensa con autoras feministas del género–, sin embargo, no se enuncia desde las figuras estereotipadas de la ciencia ficción cuyos paradigmas son héroes varones y blancos, como Kyle Reese de Terminator o Thomas Anderson de Matrix.  

Estrenada en 2022 por David Cronenberg, Crímenes del futuro, como antes Melancholia, se aparta de la épica humanista del héroe blanco. Cuando el organismo por fin se adapte a la ingesta de productos sintéticos como el plástico y sus derivados veremos mutaciones genéticas como las de Saul Tenser, un artista en el futuro interpretado por Viggo Mortensen. Lo que falta en la distopía sin épica es el dolor, de un día al otro perdimos la sensación de dolor físico. Quizás, el cuerpo se adapte alguna vez a la ingesta de analgésicos y anule el dolor. En la película de Cronenberg, las cirugías son performances artístico-sexuales. Nadie siente dolor al ser tajeado. Los que mutaron, además de producir a voluntad nuevos órganos internos, precisan ingerir alimentos sintéticos, necesitan comer plástico. Algunos todavía no saben que mutaron y se siguen alimentando con productos orgánicos, pero deben ser auxiliados por camillas especiales que les provocan movimientos grotescos, en plena ingesta.   

Cuando la crisis económica de 2008 modifica la dirección política global, en el ocaso de la hegemonía estadounidense, el nuevo tono de la distopía consumada se vuelve dominante. La asunción de Obama en 2009 es la última promesa neoliberal progresista, el último lobo con piel de cordero humanista.   

La democracia declina porque se vuelve impotente frente al poder económico. La impotencia de la política alimenta un tono, la atmósfera de desconfianza antihumanista. En 2018, La inteligencia artificial o el desafío del siglo de Éric Sadin, lleva un subtítulo: «Anatomía de un antihumanismo radical». Una crítica a la técnica sobre la metáfora de lo singular anatómico: el cuerpo piensa y no la razón humanista. Para el cuerpo la técnica es una extensión de sí en la naturaleza. Sadin da aviso de un nuevo incendio: por primera vez, entregamos a los artificios la tarea de definir qué es verdad y qué no, desde el punto de vista de la verdad como «desocultamiento»: ¿cuál es el mejor camino a casa?, ¿cuál, el mejor candidato para un puesto laboral?, tareas prácticas asociadas con la verdad que hoy delegamos a la inteligencia artificial. Hasta ayer, la informática guardaba archivos o resolvía cuentas, era un accesorio para «desocultar» la verdad. Ahora lo hace sola.

Catalizadores del tono distópico, los neofascismos emergen a caballo no sólo de la crisis económica pospandémica, sino de otros dramas: el clima, la «pantallización» de la existencia, la guerra, y los peligros de la inteligencia artificial. El calendario en Argentina coincide sin contrapuntos del peronismo clásico a la década neoliberal de 1990. La bisagra es 1973, según Hobsbawm ese año concluye la «Edad de Oro». Según Jameson, la bisagra se ubica décadas antes de 1973 con el final del modernismo, en la segunda posguerra. El gobierno de Alfonsín, donde transcurre el año que deshistoriza la película 1985, y los años del kirchnerismo son excepciones, desvíos, que sostienen al Estado agónico, derrotado por la hiperinflación y los levantamientos militares, primero, y por la victoria política del macrismo, después, que ahora promete trompada y shock. En los gobiernos de Menem, Macri, la Alianza, y de Duhalde que no fue votado por el pueblo, la democracia declina porque el Estado declina frente a la ideología liberal del progreso modernizador que es una religión, incluso, para las perspectivas del desarrollo que buscan sacar a millones de la pobreza.

El discurso violento de Patricia Bullrich –como el de Sergio Berni–, que nada tiene que ver con la vehemencia de Grabois o los sindicalistas del neumático, el fascismo subjetivado por el teléfono celular, se reproduce más sujeto que nunca, mientras su interlocutor descansa en la playa e interrumpe el horizonte, meditabundo, con la pantalla vertical. Si Althusser dinamita al maestro humanista; Han termina con las expectativas del pensamiento crítico, acorralado por formas de sujeción que ya no son las de las instituciones de la modernidad de masas. El «enjambre» de humanos, de punto a punto entre pantallas, reemplaza a las masas que escuchan el mensaje radial o miran televisión. Para Han, las emociones, alegres o violentas, siempre efímeras, del enjambre destituyen los sentimientos de las masas. Su diagnóstico temprano, en 2012, entre la subjetivación de las redes sociales y la permanente puesta a disposición del dispositivo que ahora viaja con nosotros, como declive de la experiencia, pierde potencia restringido por el tono cyberpunk, como si Matrix hubiese dado ideas a Han, o el filósofo escribiera para lectores ya formados por el cyberpunk. Pierde potencia ahí donde Agamben no, en su propia definición sobre ¿Qué es un dispositivo? El de Agamben es un pesimismo más crítico que el de la imaginación cyberpunk, un pesimismo que se hunde en Nietzsche y Leopardi.  

A partir de la impotencia de la política y del Estado frente al interés individualista del sujeto neoliberal se afirma la sociedad del «enjambre», definida menos por el Estado y más por el mercado. El sujeto individual inmunizado se hunde en el teléfono, se aleja de la experiencia de lo universal que todavía raspa en la sociedad disciplinaria. El Estado se vuelve incapaz ante la desigualdad, y el modo en que lo tramitamos desde un punto de vista simbólico se recorta en «microaudiencias».

Atrapada en la pantalla del teléfono, la política da la espalda a los sentimientos, las narraciones, las tradiciones, las banderas; se afirma en emociones, identidades efímeras, licuadas, que pueden ser neonazis de «culto» violentos, o globos de colores, fiestas infantiles, alegría de cada uno; ya no la felicidad o libertad de los pueblos. ¿La cantinela del amor? En la sociedad del «enjambre», eficiencia y gestión de tu trámite es bandera: «mejor que decir es hacer», como «hace» y no «dice» el peronista Larreta. Eficacia por sobre argumento, relato, narración o discurso. ¿Qué significa el cambio? No interesa, produce alegría porque es eficaz, mejora lo que se propone que es hacer pasos a nivel, dibujar bicisendas, o reformar programas de estudio de exámenes de manejo. Cuanto menos inquietes la dimensión temporal, narrativa, mejor.

El tono de distopía consumada se afirma en el contraste entre la tradición del pensamiento crítico y la hegemonía de la sociedad de control. Es un tono ideal de captura, domesticar la crítica como producto: Black Mirror, en 2011. ¿La serie anticipa lo que nos pasa diez años después o tiene lugar porque después de 2008 emerge un público que antes no existía? ¿Realismo capitalista de Mark Fischer, en 2009, anticipa lo que pasa hoy o expresa el cambio de un régimen de sensibilidad? Un cambio en la «estructura de sentimiento» ligado al destino principalmente de Europa y los Estados Unidos aunque, al mismo tiempo, por efecto de la transformación global tras la modernización técnica global consumada, un cambio para el destino de la especie.  

Es un cambio de tono porque la crítica contra el dogma humanista no es nueva ni proviene de la ciencia ficción. «Introducción a la crítica de la filosofía del derecho de Hegel», publicado por Marx en 1844, es una crítica a los que reducen la política al Estado. Todo lo que tiene que ver con el Estado tiene que ver con la política, pero hay cuestiones que atañen a la política que suceden fuera del Estado. Y como no todo lo que no es Estado es política, sino que existen numerosas cuestiones sociales apartadas de lo político, entonces, lo que es político y no estatal se afirma como democracia contra el Estado.

Horacio González escribió uno de sus últimos libros sobre el humanismo. En «Posible anacronismo de las visiones humanísticas», dice:

«Apple y Google, asociadas, no conceden ser parte de una pandemia, sino de la forma de controlarla a partir de la información que poseen sobre los intercontactos individuales, producidos en puntos potencialmente microbianos que prácticamente constituyen todos los vínculos que a lo largo de su vida cada persona establece con otras. Un mundo así hace de cada ser un no-ser, en la medida que solo se convierte en un tallo encefálico que registra, con un procedimiento mnemónico axiomático, todos los vínculos fisicalistas que tuvo en su vida, dando lo mismo un codeo en el subterráneo a las siete de la tarde que un beso subrepticio en las penumbras de un zaguán. Programas televisivos que exponen ciertas críticas al neoliberalismo están cubiertos de publicidades que rezan «tu celular es un banco». Y una simpática adolescente hace una operación bancaria, una complicada transferencia, tecleando su aparatito desde Plaza Once, o Florida y Corrientes a las siete de la tarde. Un mundo feliz.» (2021: 358)

El humanismo cuestiona a la religión, como dice Marx: la religión no hace al hombre sino que es el hombre el que hace a la religión; pero en Marx, la crítica humanista a la religión, a su vez, se traduce antihumanista contra el Estado como dialéctica de la razón y camino a la emancipación «del hombre». La religión es el opio del pueblo, un artificio del hombre y su crítica abre el camino para la crítica al Estado y la política, porque también son artificios. La técnica que imaginamos «neutral», reescribe Sadin, depende de intereses que no son universales. «Tecnópolis», los beneficios de la inteligencia artificial y la «conectividad emancipatoria»; nuevos opiáceos encastran con el «dopaje» neuronal, como dice Han en La sociedad del cansancio, pero que Aldous Huxley imaginó noventa años antes, en 1932, con la pastilla del «soma» que toman en la sociedad hiperracional y técnica de Un mundo feliz.

Los libros de Han son best sellers, a partir del año 2012. Su figura de escritor coincide con la del héroe distópico. Desde 2008 emerge un nuevo lector que se inquieta con las fantasías tecnocientíficas que hasta entonces lo entretenían; como juego, ahora asumen una función cognoscitiva, crítica acerca del estado del mundo. Como si en 2008 hubiese cambiado el régimen de la ciencia ficción, un cambio que impacta en la literatura y que a la vez está prefigurado por ella, al menos, desde Huxley o Philip Dick, y a la vez en otros discursos que levantan el tono de voz, entre la pregunta irónica, y algo ingenua, de Antunes: ¿Adiós al trabajo? a la distopía de la inteligencia artificial y el control, mediante los productos culturales de consumo, 24/7.

John, el salvaje de Un mundo feliz, Einstein en sus escritos sobre religión, Günter Anders en sus cartas al piloto que dio el ok al Enola Gay cuando Estados Unidos arrojó la primera bomba atómica sobre Hiroshima en 1945, son figuras críticas a la vez modernistas y románticas contra la racionalidad instrumental. Moduladas en personajes como Cassian Andor a Luke Skywalker, postales del rebelde romántico que enfrenta al sistema técnico opresor –en Huxley, al «Estado Mundial»–, sensible y garante de lo humano, o de la vida contra la muerte en otros héroes como Frodo, Neo, Morfeo: «miseria de la religión» de la ciencia ficción y el «fantasy» de lo estereotipado, son figuras que repiten la función ideológica del consuelo, en cuyo revés se esconde un índice histórico de larga duración asociado a la figura tradicional del héroe, capturan a la crítica en el lugar común del rebelde cyberpunk, una figura antihumanista crítica prefigurada hace más de un siglo en el poeta maldito que hoy se vende en paquetes de pastillas.

Sam Lowry, protagonista de Brazil de Terry Gilliam, caracterizado por Jonathan Price, padece el absolutismo del dato en una era no digital. La película es de 1985. La máquina de escribir golpea el martillo y se produce un error, se interpone una mosca y, en vez de escribir «Tuttle», la máquina escribe «Buttle»; arrestan al hombre equivocado y Lowry debe resolver el caso para restaurar el orden interrumpido por el vuelo azaroso del moscardón.

La Big Data contemporánea no falla, dicen Eric Sadin, Han y otros. 

Contra la imagen estereotipada del álbum de figuritas del tono distópico, preguntamos qué características podría tener un eventual, ya no Estado terrorista, sino un conjetural «capitalismo terrorista» que prescinda de la fantasías del Estado de Derecho, pero que lo use como máquina de terror concentracionario. Los espantos de Silvia Schwarzböck. El tono resuelve el conflicto irresuelto. ¿Qué más distópico que el poder desaparecedor, el terrorismo de Estado o los campos de exterminio? ¿Guantánamo? ¿La guerra de drones? Ante el exterminio sistemático y planificado de humanos todo héroe antihumanista romántico o maldito, posapocalíptico se transforma en el Pato Donald.

Igual que Marx sobre Hegel, el camino de la crítica puede ser, otra vez, replantear el rol del Estado; ahí donde el kirchnerismo no dejó nada a la izquierda del Estado, la sociedad es, ante todo, un número de Anses y un número de votantes, además de los derechos y las leyes como conquistas sedimentadas en las instituciones, «el relato» se diluyó en hilos de twitts. Para el «capitalismo serio» la sociedad, en primer término, son usuarios o espectadores del excepcional Canal Encuentro.

La sociedad fue reducida a una función paciente. La impotencia se hace evidente en las disputas del Frente de Todos sobre la mutación del «piquetero» en «movimiento social»: como si la identidad del piquetero fuera lo que con el Estado kirchnerista hubiésemos superado por la vía dialéctica del progreso modernizador, antes cortaban rutas, ahora son «dignos planeros». Beatriz Sarlo los llama «miserables». «Trabajadores de la economía popular», se autoperciben quienes piensan con una perspectiva política emancipatoria. De cualquier modo, se trata de una porción fundamental de lo social que no es el Estado. Tan social y tan poco estatal como la porción de sociedad que ahora vota al neofascismo y está lejos de escandalizarse si quieren matar a Cristina.

Según la serie de escritos políticos póstumos de Marx que escribe los mismos años que «Introducción a la crítica de la filosofía del derecho de Hegel», la sociedad se afirma contra el Estado, y no tutelada por él. La crítica pesimista, como la de David Viñas, tiene lugar en ese espacio otro, que no es el escritorio del funcionario, del dirigente político o el militante, como Cristina. El espacio de la crítica es un espacio autónomo. Reivindicar la democracia contra el Estado es dar lugar a la crítica. Mientras persista el actual reparto, vivimos en el peor de los mundos. La crítica no soluciona problemas. No se mide por «correlación de fuerzas», aunque pensar requiera medir la «correlación de fuerzas».

El tono distópico captura. Desde 2008 interpela al lector, produce opinión. La sociedad es una incógnita que no se resuelve en el espejo ahora roto, fragmentado, del rating televisivo. La polaridad política vertical, las brechas económicas horizontales y los algoritmos de consumo ordenan subjetivaciones aisladas entre sí, atravesadas de modo transversal por el feminismo pero vueltas a pulverizar por la inflación y el hambre. Con altos índices de empleo, pero bajo la línea de pobreza, la sociedad es una incógnita: «microaudiencias» del «enjambre». ¿Cómo pensar las diagonales, las formas de la ideología que atraviesan por encima de la segmentación? El feminismo es una diagonal. El tono de los discursos críticos es otra.

El cambio de tono indica una modificación en el régimen de audibilidad de la crítica. Informa sobre la sociedad olvidada por la política y por el Estado. El lector para este nuevo tono no es el Estado, es social y está vinculado a la mediación, lo leen periodistas, editores, dirigentes de distinto tipo, productores de opinión, lectores informados que median entre el pensamiento y la acción. Aunque es una modalidad de captura, al mismo tiempo, el tono afirma a la crítica como mediación. La nueva audibilidad ante la catástrofe pone en escena una preocupación sobre el destino común que omite la grieta y se proyecta como acción política, estatal, y social.

Los ensayos críticos de Han, los títulos de Caja Negra, de allí al portal Lobo Suelto, la revista Guay o la editorial Las 40, el acontecimiento de la muerte de Horacio González, una entrevista de Alejandro Bercovich a Martín Kohan sobre los discursos de las redes sociales y la telefonía celular donde el escritor anticipa ¿Hola?, los Diarios del odio de Jacoby y Krochmalny, o la digitalización de la revista feminista Travesías en el sitio del Archivo Histórico de Revistas Argentinas, son acontecimientos que abren espacios sobre zonas de mediación crítica. Aunque en declive, en contraste con la época donde la revista Los Libros convivía con la revista Crisis y el suplemento cultural del diario La Opinión, el espacio social de lectura e intercambio de ideas, la producción crítica en el fermento de la opinión pública, es un espacio de la democracia contra el Estado. Tendríamos que medir hasta dónde el tono catastrófico atenúa la capacidad crítica del pesimismo.

Porque, con otra perspectiva, la distopía consumada es el éxito de la modernización técnica. El ciclo modernizador de la técnica como conquista se completó en todo el planeta, indolente ahora piensa en la renta del oro de los asteroides, sobre el fin de la era del petróleo y la emergente de los metales «raros». La distopía consumada es la utopía realizada de la modernización técnica; ya sin promesa idealista, porque no la necesita. No más corderos para disfrazar lobos. El progreso técnico disolvió el límite de lo otro «salvaje», el borde de la civilización y las fronteras humanas por conquistar, la promesa está cumplida y ahora hay que controlar que no caiga al precipicio. Vivimos la realización de lo prometido, un final que en el año 2000 Susan Buck-Morss señaló a propósito de 1989, en Mundo soñado y catástrofe. La utopía de masas terminó, sea en su versión Rusa, China, de la India o en su forma capitalista occidental, la utopía que promete en cada objeto elaborado en una fábrica, desde y para las masas, el ideal de la solución de las necesidades materiales por medio de la técnica moderna cumplió su objetivo fundamental: la conquista de la razón sobre la naturaleza, ya no hay más que conquistar, desde hace décadas juegan a salir de la atmósfera, como si la vida pudiese liberarse de la necesidad con mejor suerte en una estación espacial que en la tierra.

El tono distópico barniza el cataclismo de la utopía de masas, de la promesa incumplida de felicidad modernizadora.

Desde la perspectiva de la crítica, confirma lo que anuncia hace tiempo: los frenos del tren.

La última nota antihumanista de un periódico, Página 12, con la brújula en la mano, es sobre el proyecto de Noelia Billi, integrante de la Colectiva Materia. Propone principios para la teoría política basados en lo que define como la política de las plantas: el «plantismo» propone considerar la interacción entre las plantas y el mundo como un punto de partida para la política de los humanos. La ausencia de épica del «plantismo» sigue el tono de Donna Haraway en Seguir con el problema. Sin embargo, el modo innovador antihumanista del «plantismo» de tratar la relación entre naturaleza y cultura habría que contrastarlo con el poema de Leopardi: «La retama, o la flor del desierto» o con el de Valery, «Al plátano». En lo sublime leopardiano hay ideas precursoras del actual antihumanismo perspectivista, crítico y materialista. Una nueva dirección de la política se podría apoyar no sobre el último aviso de incendio antes de la catástrofe sino sobre fuentes del pasado, en base a una serie de profetas que previeron el destino catastrófico de Leopardi a Marx, Huxley, Einstein, Martínez Estrada, Benjamin, Anders, Arendt, Deleuze, Viñas, Héctor Schmucler, o Buck-Morss.

Se realizó la modernización que era una promesa de felicidad frente al mundo tradicional. «El futuro llegó, hace rato». Esta constatación, por un lado, permite interpelar a las ideologías civilizatorias del pasado: lo que prometían como felicidad llegó y es esto. Pero, por otro lado, constatar que la modernización técnica llegó a destino y que por haber llegado no necesita envestirse de ropaje emancipador alguno, ni persuadir acerca de un fin que justifique ningún medio –por una razón performativa: llegó a término–; «desocultar» esa condición histórica de la técnica, abre una nueva dimensión sobre un fenómeno discutido hace tiempo.

Después de la autonomía del arte, el fin de la crítica, de la política, de lo humano, podría tratarse del fin de todas esas dimensiones de la cultura y la política porque ya no cumplen un papel en función de la promesa. Si la autonomía es una concesión de la utopía de masas, cuando termina como promesa de una vida de las masas emancipada de la necesidad, se disuelve el valor social de la autonomía. Los objetos del arte siguen teniendo efecto estético político sobre cada uno por separado. Un pájaro blanco hecho en madera, colgado de una viga, en el interior de una casa rural en Francia, dice John Berger, nos recuerda la promesa de felicidad de la vida en común, el cobijo del hogar y el refugio frente a la naturaleza. En cada objeto del arte restamos a la necesidad un tiempo inútil donde escondemos la promesa de una vida feliz. Hoy, las pinturas, las novelas, los libros, la música, la danza, el teatro, la fotografía o el cine nos pueden seguir prometiendo a cada uno, pero no intervienen como hasta el siglo XX sobre la promesa de todos. Porque la promesa de todos terminó. Mientras existió la utopía de masas, la crítica política de la cultura incidió en el destino de la política; cuando nadie promete nada, cuando el modelo es contener el desarrollo para que no destruya y no expandirlo, la política de la cultura se reduce a políticas de Estado, becas, residencias para artistas, o temas históricos y perspectivas teóricas del investigador académico especializado. Si el discurso de la crítica pierde terreno, se repliega en circuitos aislados y se vuelve una especialidad académica, en un mundo que prescinde de promesas, que diseña ideologías de distinto tipo, para el consumo de mercancías sin mediación crítica, hay otros caminos para incidir sobre problemas urgentes. Seguir apostando a la crítica literaria como hace Nieva en Tecnología y barbarie es un camino. Los ensayos de González. El de la filosofía antihumanista es otro distinto. El cambio de tono después de 2008 resuelve de forma imaginaria la impotencia frente al capitalismo, pero la religión no hace al hombre, y tampoco a las máquinas. Otro camino para la crítica en un mundo donde el espacio de la autonomía del arte pierde relevancia social, alternativo al espacio desaparecido de las revistas de papel y los suplementos literarios, son las propias prácticas del arte. En este sentido, la distopía consumada y sin épica, en Crímenes del futuro o Melancholia tiene un valor crítico; traducido el tono al discurso de la filosofía se hace plano. En Guerra o revolución. Porque la paz no es una alternativa, editado por Tinta Limón, Maurizzio Lazzarato toma distancia del tono apocalíptico de distopía consumada; la guerra y el imperialismo son los viejos temas nuevos. Desde 2008 tiene lugar un conflicto entre imperialismos, el actual conflicto bélico en Ucrania es una guerra entre imperialismos.

Pablo Luzuriaga

Buenos Aires, EdM, noviembre 2022


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