Soltarse a toda luz. Notas sobre la obra de Circe Maia, por Florencia Defelippe

En “Filosofía, poesía: modos de pensamiento”, Circe Maia describe el mecanismo de una fuente: dos corrientes que, aunque opuestas, usan el mismo procedimiento para impulsarse; ascenso y descenso del agua en una danza sin descanso, mecánica aparentemente contradictoria que supone la aplicación de las mismas leyes físicas a dos movimientos antagónicos. En palabras de la poeta, este concepto se presenta como un engaño, una ilusión: “[…] un sistema [que] parece alejarse del sentido común”. Es ahí, en lo que se fuga, en lo que excede a la regla, donde nace el poema.  

Leer a Circe Maia, indagar sus universos y profundizar en su lenguaje, es una experiencia de la que no se vuelve igual. Su escritura, lejos de revelar respuestas ‘cerradas’ o brindar alguna certeza, abre, como si se tratara de fractales, infinitas preguntas en torno al sentido, al tiempo, a la luz, a la palabra. En una entrevista con María Teresa Andruetto, sostiene: 

[…] el asunto de la filosofía siempre fue separar apariencias de realidad. Algunos buscan hacer real la idea, otros, al revés, ven en la materia lo más real. La Idea pasó […], se desmoronó lo eterno, lo más verdadero, lo más real, como decía Platón. Pasan los siglos y aparece el empirismo, [donde] lo único que tenemos para saber si una idea es verdadera es ir detrás de una experiencia. 

Esta oscilación entre el mundo de las ideas y el de la experiencia aparece de forma constante en la obra de Maia. En el poema “Lo uno”, el campanario; la mañana y sus luces primeras alumbrando el paisaje; la hora exacta y la maravilla arquitectónica que se yergue ante la mirada imposible, parecen chocar contra la voz del filósofo:

[…]
¿Y qué trae esta espada luminosa
que hiere la retina?
Tal vez la voz remota de Plotino, diciendo:
lo uno no es mirable.

Pero el súbito ataque 
de lo sublime es breve. 
El éxtasis escapa. 
La garra de la luz
soltó ya el campanario. 

Las diez y treinta: 
otra vez las baldosas azules
son visibles. (Algunas
bastante desgastadas) 

Lo sublime: el instante de luz solar sobre las baldosas del campanario. Una vez cumplido su trayecto fugaz, la idea se pierde, se desgasta. 

Estos destellos signados por la impermanencia vuelven una y otra vez a la poesía de Circe Maia: la futilidad de la vida, el ocaso al que se somete el fuego desde el momento en el que es encendido. Dice la poeta, citando a Lucrecio: 

Recordemos el momento en que nos habla de un elemento poderoso: nada menos que el fuego. Aun el fuego celeste, nos dice, tiene una especie de debilidad esencial, pues debe renovarse para subsistir. Así nos dice: ‘Todos los fuegos se apresuran, siempre, a disimular la muerte de la vieja llama con el nacimiento de una llama nueva. Y ellas todas se forman y se pierden de manera incesante. No las creas tan fuertes.’

El fuego ‘nuevo’, que es al mismo tiempo alimento del fuego viejo y contiene su propia destrucción, puede leerse también como metáfora del poema “Objeción de Simmias”: 

¿Y si el alma fuera como música
y el cuerpo la lira?
Roto uno, la otra no existe
dice Simmias. 
El silencio se hace en la celda. 
Los discípulos callan, inquietos. 
De aquel largo silencio, todavía las olas
salpican.

Un graffitti en una pared de Montevideo —que leí en otra vida, miles de años atrás— llora: “Tengo nostalgia del mañana”; un oxímoron que remite a la imposibilidad de retener el tiempo, el efecto que produce aquello que aún no alcanzamos a vivir y sin embargo, ya existe en el recuerdo. Un mismo procedimiento que asciende y desciende, Rueda de la Fortuna, el cántaro en la fuente, la llama que encierra dentro de sí el momento exacto de su extinción: el fuego y el agua, elementos centrales de la alquimia.

Vuelvo al inicio, a la fuente, a los ínfimos brillos que refulgen cuando el sol les pega de lleno: monedas enterradas en el agua que insisten, que guardan el secreto, que esperan su hora para hacerse realidad. También pienso en La dolce vita, en la Fontanta di Trevi y el éxtasis de Anita Ekberg, su vestido negro: una medusa deshaciéndose en el agua. En Marcelo Mastroianni que cae, también, bajo su embrujo. Basta un grito, una voz intrusa, el golpe del mundo exterior… y el hechizo desaparece.

Como si se tratara de múltiples escenas que sirven para armar la trama, del recuerdo sobreviven fragmentos, piezas que el poema intenta reponer para resistir contra el olvido. Como en “Breve sol”: 

A la última hora del sol los rayos atraviesan
por el aire, eligiendo: «éste sí, éste no.»

Quedan en sombra
la mayoría; los elegidos brillan
con cortezas doradas. Ascendiendo
la luz alcanza otros follajes, deja éstos
y alumbra uno lejano. Ya no hay tiempo
de llegar hasta allí.
¿Quién sabe? Vamos.

Lo irrecuperable, entonces, se vuelve ficción, materia poética, resistencia. Al igual que el sol, que traspasa los árboles del bosque eligiendo los espacios breves, la poesía de Circe Maia alumbra los resquicios impenetrables no para revelarlos, sino para hacer visible lo que se presenta como inevitable y así, tenderle una trampa al paso del tiempo: una mirada que intenta abarcarlo todo, una forma de plantarse ante la muerte, una forma de estar en el mundo, de permanecer. 

Florencia Defelippe

Buenos Aires, EdM, agosto 2022


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