El Pliegue interno: Suerte de forastera, por Graciela Batticuore

¿De cuántas maneras se puede contar la fragilidad? Me hice esa pregunta cuando terminé de leer Las flores por primera vez, a fines de mayo pasado. Me había metido en la cama con las fotocopias (todavía el libro no había salido de imprenta). Era feriado y mientras leía levantaba cada tanto la vista para mirar las hojas de un árbol añejo que se bamboleaban atrás de la ventana de mi cuarto. 

Miraba, leía y me imaginaba la pampa. Una mujer en la pampa. Una mujer en el medio de la pampa galopando sobre un brioso alazán, con los cabellos trenzados entre flores que se sacuden contra el viento. Después vi a otra muchacha que andaba persiguiendo los rastros de su madre guerrillera en el fondo barroso de un río. Después vi a otra mujer más, siguiendo las pisadas de la chica que desapareció buscando a la madre. La historia no transcurre tan lejos de la ciudad de Buenos Aires, ni de las calles donde hay una Universidad a la que tiene que volver para dar clases esa mujer que husmea los rastros perdidos de las otras dos. La historia transcurre en la localidad de Las flores, tierras que alguna vez fueron propiedad exclusiva de Juan Manuel de Rosas, por eso la viajera, que es también la narradora, visita el pueblo y vuelve a casa con una historia que narra los estragos silenciados de una dictadura más reciente o cercana, la del 76. Así las épocas o las brutalidades se juntan a través de los cuerpos olvidados y las miradas sagaces de las mujeres, allá y acá.  

Leyendo esas páginas del libro me imaginé la pampa adentro, una pampa infernal que no es la de los malones que tanto temieron los románticos del siglo XIX sino otra que vino después, cuando los indios ya habían desaparecido también, hacía mucho, lo mismo que las mujeres de Las flores. Imaginé o vi el verde amarillento que aplastaron los pies de la muchacha antes de volver, los pastos resecos junto al río, también la laguna que ilumina la infancia de otra mujer ya madura que vuelve al campo para curarse las heridas de amor o del tiempo, en el último relato del libro. Podríamos decir que a través del paisaje de la pampa las diversas historias se entrelazan, las mujeres se miran y se reconocen, como en un juego de espejos que multiplica rostros o partes del cuerpo o fisonomías que recorren la obra.  

¿De cuántas maneras se puede contar la fragilidad? ¿Y la fuerza? Me hice estas preguntas metida en la cama mientras me iba ablandando, me iba transportando o me iba envolviendo en mi propia intimidad, que es una de las maneras más genuinas en las que puedo sentir o comprobar, a veces, que un libro funciona. Porque me toca, porque me ablanda pero no me debilita sino que algo en mí se fortalece al recorrer las frases, los encuadres, las escenas y panoramas, las descripciones certeras y los climas o los tonos que abren un mundo al que decididamente quiero entrar como lectora. En este caso se trata de un mundo donde hay riesgo, pero también hay fuerza. Hay vulnerabilidad pero también hay determinación, inteligencia, y un ansia de narrar con los ojos bien abiertos, para salir a tiempo de la oscuridad o del abuso, del maltrato o del crimen que acecha la vida de las mujeres en el territorio que delimitan estas páginas. Así, precisamente, comienza Las flores, como si fuéramos a entrar en un policial. O como si fuéramos a seguir la pesquisa de una investigadora que sabe escudriñar archivos y pisadas, igual que una baqueana del siglo XIX que además de leer sabe narrar: 

“Todo empieza con las manos. Las manos, cortadas como si fueran presas de pollo. Así había dicho la madre. Lo que hace ruido en esa declaración es el símil: los pollos no tienen manos. A ella le cuesta representarse la escena aun tres minutos después de haberla leído. Porque no le han mutilado solamente las manos: separaron, decía, brazo de antebrazo con tajos perfectos, calculados, expertos. Como el chico de la granja cuando separa la pata del muslo o las alas del ave, a su pedido, con una cuchilla de hoja gigante.” 

El cuerpo mutilado de una mujer, el cuerpo ultrajado o malherido, fragmentado o tajeado como un pollo. La escena enchastrada de sangre, los fluidos que corren, las pantallas electrónicas que reproducen la escena, igual que se repiten en la vida real y en las noticias los casos de abusos y femicidios. Todo eso aparece en primer plano, también, después de la escena de apertura de Las flores, pero antes de llegar a ellas yo me había quedado un rato largo observando ese comienzo. Y digo observando, más que leyendo, porque casi sentí que podía ver, como si fuera con mis propios ojos, el cuadro sangriento que la narradora de la historia recrea para sí misma (y para nosotros), a partir de una crónica que leyó en el periódico. Después se mete en la cama para encarar ella también su propio final (“La profesora Vitullo había descubierto que entre el carnicero de Barrio Word y ella podía y debía haber muchas cosas en común. Pronto vendrían a buscarla, si sabían leer”).

*

Los relatos de Las flores están repletos de muchachas abusadas, secuestradas, maltratadas, violentadas, violadas, desaparecidas, enfermas, algunas muertas. Pero quiero apresurarme a decir, también, que estas historias no machacan en la caída de las víctimas sino que ponen en foco a las mujeres que resisten, que miran de frente y cuentan sin veladuras lo real. O  mejor dicho, eso que tiembla entre la realidad que acecha afuera y la que punza adentro. O más adentro, como suelen decir los especialistas del tema, para explicar qué es lo íntimo (Francois Jullien o Julia Kristeva, entre otros, hablan de un “más adentro”). Así que en la intimidad de las mujeres de Las flores están el miedo, el amor, el dolor, la miseria, las afecciones, la enfermedad pero también el deseo, la vitalidad o la música, siempre viva o vibrante o resucitadora, de las bandas de rock, de las canciones que se agitan en el corazón y hacen fluir la sangre o la fuerza que se necesita, para saltar o salir de la miseria o para salvarse: “llegué y me detuve a contemplar (…) Es impactante el sentimiento que provoca la sensación de lo mismo, a veces confundido con un dejá vu”, dice la narradora de “Las flores”, cuando empieza a darse cuenta de que en ese pueblo donde han desaparecido ya dos mujeres (aunque de eso no se habla), los lugareños han comenzado a mirarla como una “forastera”. Por suerte ella misma se siente así cuando entiende dónde está, en qué historia se está enredando o cuál es su propio riesgo en este asunto. Una forastera es alguien que puede entrar, mirar y salir a tiempo de la escena o de la oscuridad. Puede limpiarse el barro si se enchastra, quitarse el mal olor que a veces se impregna (“el olor era insoportable”, dice la narradora de “Giallo”), y puede desprenderse del lastre al partir. En otros relatos de Las flores se habla también de las burocracias que aplastan, de pasados que apremian, de amores que se pegotean como los pelos finos o sedosos de los gatos que se adhieren al vestido o a la piel. 

Hay varios gatos en los relatos de Las flores, dicho sea de paso, pero no quiero perder de vista a las leonas, digo a las chicas poderosas que saben salir del pegoteo del amor o sacarse los pelos de la ropa con una simple cinta scotch. De eso se trata la resistencia. O la suerte de la forastera. Se trata de aprender a escurrirse con filosa inteligencia la resaca del amor, cuando se cae en la cuenta de que el trago es malo o de que una está por ahogarse. 

Las chicas de Las flores son muchas pero algo que me hace pensar que todas son como una sola o la misma, aunque cambien los nombres o las personalidades femeninas en los diversos relatos. Y acaso esta cita lo constata: “tengo prohibido ponerme sentimental o lo olvido como he ido olvidando mis nombres”, dice en un momento crítico la narradora protagonista de “Un amanecer”. Y por cierto en estos relatos no hay sentimentalismos ni golpes bajos sino sensibilidad, sutileza y lazos firmes que hilvanan la voz de las narradoras en las sucesivas historias. 

Tenés que escribir una novela le dije a Sandra después de leer este libro de relatos, mientras pensaba que ya hay en estas páginas una nouvelle moderna que dibuja una historia llena de rostros femeninos desencajados. Como en aquellas pinturas vanguardistas de Picasso donde los semblantes orbitan geométricamente sobre sí, después de los estragos espantosos de la guerra. O como en el título de una novela de Simone de Beauvoir que leí a los diecisiete años, cuando yo todavía no tenía idea de quién era esa mujer y la lectura me sobresaltó o me subyugó o me sacudió para siempre: pienso en La mujer rota, título que recordé cuando estaba leyendo Las flores. Precisamente, este libro de Sandra Gasparini también habla de mujeres rotas, de mujeres enamoradas, de mujeres vivas, de mujeres que viajan o que escriben o que envejecen o que recuerdan. Mujeres que quieren saber más del pasado y quieren escribir una historia propia. Mujeres que salen al galope sobre el lomo de un alazán brioso en medio de la pampa desierta, aunque se hayan despertado de un mal sueño en el que un hombre hermoso y siniestro les arrancó una noche el corazón, como sucede en una pesadilla de un cuento de Juana Manuela Gorriti, el mismo al que hice referencia al comienzo y sirve de epígrafe o de umbral a los relatos de Sandra (“El lucero del manantial”, que forma parte de una obra donde los sueños y las realidades se mezclan, igual que en este libro). Aunque también hay otros epígrafes significativos en Las flores, uno de Marcelo Cohen, otro de Alejandra Pizarnik y otro más de Diego Muzzio, porque la biblioteca de Sandra Gasparini guarda literatura del siglo XIX, del XX y de la actualidad, como es obvio para quienes la conocemos personalmente. También guarda canciones, sonidos, música que moldean las contorsiones de una voz que busca y encuentra aquí su temple y su estilo. 

Para terminar vuelvo a mi pregunta inicial, y dejo abiertas algunas otras. ¿De cuántas maneras se puede contar la fragilidad? ¿Y de cuántas maneras puede sobrevenir la fuerza (eso que avanza más allá de la resistencia)? ¿De qué materia está hecha la literatura o cómo se puede hacer transmigrar la consistencia de ciertos hechos en palabras e imágenes? En estas cosas pensaba mientras iba trazando mis apuntes y recordaba la frase de Diego Muzzio que está entre los epígrafes, precisamente: “Para relatar lo que sucedió me haría falta un lenguaje que no existe” dice el escritor. Creo que Sandra Gasparini recoge el guante y va en busca en este libro de una lengua literaria propia, de un tono propio que sirva para contar lo que sus personajes ven o sienten, lo que sucede en el centelleante mundo de Las flores, donde todo tiembla un poco y la realidad sacude, poderosa pero impredecible como los sueños. Titilante en la escritura, como la luz de las luciérnagas en un anochecer. 

Escribí este texto para la presentación de Las flores, de Sandra Gasparini, a ella le agradezco la invitación o el llamado. Dar a leer un libro propio es entregarse a la confianza de un encuentro en otra voz. Hay en ese ofrecimiento una dádiva que se completa en la lectura. Y así la rueda de la literatura avanza, como una peregrina. 

Graciela Batticuore

Buenos Aires, EdM, agosto 2022


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