A propósito de Si de Aníbal Jarkowski, por Miguel Vitagliano

Aníbal Jarkowski es profesor de Literatura Argentina en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA. Ha publicado numerosos textos críticos en medios nacionales y extranjeros. Y las novelas Rojo amor (1993), Tres (1998) y El Trabajo (2007). Recientemente la editorial Bajo Luna ha publicado Si, su cuarta novela. En la contratapa del volumen se destaca que la historia gira en torno a un episodio real en la vida de Borges, cuando siendo empleado de una biblioteca municipal a sus 47 años, y enamorado entonces de Estela Canto, recibe una afrenta del gobierno por sus actitudes antiperonistas y debe tomar una decisión, dejar su puesto o aceptar el traslado que le proponen. Desde luego, la novela excede en mucho lo que atañe a ese episodio.

Renunciar es desandar un camino, restar pasos a los ya dados. Alguna vez es también adueñarse de un destino, arrebatarle a la suerte toda su pretendida potestad y desafiarla a un combate de huérfanos. Las renuncias susurran en cada novela de Aníbal Jarkowski, pero es en Si donde refulgen en su sentido más pleno: en las decisiones del protagonista B, en el agón que entablan las voces narrativas, y en el uso que hace de la exhaustiva colección de materiales biográficos y de la historia literaria. El epígrafe condensa esa decisión: “Pero, ¿será acaso la verdadera sabiduría aquella que logra comprender que existe un podría haber sido que es más cierto que la verdad? W.F.: ¡Absalón, Absalón!, traducción de Beatriz Florencia Nelson.” La novela es ese “podría haber sido” que desafía la verdad de la historia de B (Borges), que igual que William Faulkner se vuelve W.F. para el autor de Si que, a la vez, se elige (se adueña de un destino) lector de la traducción. Quizá sea necesario decir que el nombre de Borges solo aparece completo en Si cuando Estela Canto, traductora, escritora y entonces novia de B, asume la voz narrativa en las últimas páginas.

De ningún modo podría confinarse la novela a la historia de Borges y Estela Canto (1916-1994), ni a la historia de Borges con el peronismo de 1946, cuando, en represalia por sus manifestaciones contra el gobierno, se “lo invita” a trasladarse a otra dependencia municipal; dejar su empleo en una biblioteca del barrio de Boedo y convertirse algo así como en un inspector de gallineros.  Oí decir a un librero que se trataba de una novela histórica, después supe que se inspiraba en la reseña de un periódico que la calificaba de “ficción histórica”. Nadie, sin embargo, calificaría a El malogrado (1983) de Thomas Bernhard de esa manera, aun siendo históricamente reales la genialidad de Glenn Gould en su interpretación de Variaciones Goldberg y las clases magistrales del pianista Vladimir Horowitz. Ambas novelas se corresponden en más de un sentido, empezando porque una y otra enfrentan la renuncia entre el arte o la vida y gravitan en ellas dos figuras representativas de la perfección en sus respectivas disciplinas, Gould y Borges. La decisión de Si es, aun, más radical, acercarse con minuciosos detalles de días, horas, lecturas y escritos al episodio mitificado por el mismo Borges y sobre esa línea trazar  un corte quirúrgico con la narración. Cuanto más riguroso es el recuento de la realidad, más refulge el trazo del escalpelo. En la contratapa del volumen se hace referencia a la historia de amor entre Borges y Estela Canto, juntos en la foto coloreada de la portada, tan igualmente extraños y ajenos como cualquiera lo es para sí mismo. Pero el Borges de la novela es otro y a la vez es el mismo Borges a sus 47 años, el que “podría haber sido” y acaso en algo o en mucho lo fue, el que vacila ante la humillación del ofrecimiento municipal porque añora casarse con Estela, el que no puede sino renunciar, el que está escribiendo el cuento que habrá de dedicarle, “El Aleph”, donde podría leerse velada la sinuosa historia de Estela con su hermano Patricio, el que padece incómodas erecciones en soledad y no entre los brazos de su novia, y que visita a un psiquiatra que le solicita entrevistarse con ella como parte de su tratamiento:

“Entiendo que él prefirió no adelantárselo, pero lo cierto es que mientras usted estuvo fuera de la ciudad comenzó a dictar conferencias. Charlas, como él prefiere llamarlas. Fue algunas semanas después de que usted viajó. Y porque usted viajó, agregaría yo.
Hace ya algún tiempo me había hablado de las invitaciones que recibía y que siempre rechazaba porque la idea de hablar en público, delante de desconocidos, le causaba espanto. Para justificarse, me decía que conversar con más de una persona a la vez le parecía algo imposible.
Dedicamos varias sesiones a la cuestión y le expliqué que esas invitaciones eran una oportunidad inmejorable para avanzar en su tratamiento.”

Y en su monólogo que se extiende a lo largo de seis páginas, la mitad de las que hasta entonces han recorrido la lectura y en las que también asoman otras voces –¿cómo no reconocer en esa trama un desafío sutil del autor Si?-, el psiquiatra sostiene: 

“Creo firmemente que nos encontramos en un punto crucial del tratamiento y es por eso que creí necesario hablar con usted.
Mi hipótesis es que ahora B necesita que ustedes concreten el casamiento.
Tal vez el matrimonio no signifique tanto para usted, que es una mujer culta, moderna, pero déjeme decirle que para él será decisivo.
B es un hombre mayor. Con el matrimonio no sólo conseguirá la aprobación de su madre sino que también podrá liberarse de ella.”   

La novela hace centro en ese lado B, pero es el lado B de toda una literatura en la que Borges es su lado A. La operación de escritura de Jarkowski es análoga a la de Malevich en su pintura Cuadrado blanco sobre fondo blanco: no repite un color (B) sobre otro (A), ni anula a uno con otro, ni niega la posibilidad de su representación (de cualquier episodio de su historia), lo que busca es hacer refulgir la diferencia entre ambos que a simple vista se impone indiferenciable. “El cuadrado blanco –dice Badiou sobre la pintura- es el momento en que se ficcionaliza la separación mínima.” Y Si se inscribe en esa línea, afirmando el desafío de su renuncia. Jarkowski parece sugerirlo cuando dice en una entrevista: “La verdad es que a mí lo que me preocupaba era escribir la novela, ¿no? Y me llevó bastante tiempo y sé que estas cosas están como en el aire. Estas confusiones entre si es o no es Borges.” (https://www.infobae.com/cultura/2022/07/12/…). El autor se afirma únicamente en lo que “podría haber sido” y desanda los pasos sobre la pretendida originalidad de convertir a Borges en personaje de ficción, un gesto que reconoce inaugurado por el propio Borges en sus textos y que elige recordar en referencias tan disímiles como Adán Buenosayres de Marechal y el bibliotecario ciego de El nombre de la rosa de Umberto Eco. 

El cuadrado blanco elegido por la novela es un espacio de bifurcación: por un lado es B (Borges) en las vacilaciones de su renuncia mientras escribe un cuento (“El Aleph”) pensando en Estela, y por otro es el agón de voces que pugnan por decir lo que podría ser “más cierto que la verdad”. Un combate en el que la voz de B duda más que las demás (la del psiquiatra, la madre, una amiga de la familia, otro empleado de la biblioteca), aunque entre todas es la de Estela Canto la que tiene la última palabra. Es la parte más extensa de la novela, ocupa casi la cuarta parte de la narración; no es un dato para pasar por alto, la novela no quiere desentenderse de la voz de esa mujer prácticamente inaudible en la historia de la literatura. Ella toma la palabra diciendo: 

           “Borges vino a verme.
           Me trajo este cuaderno. Es increíble, pero no se me había ocurrido que podía escribir estando acá. Como si hubiera pensado que recién volvería escribir cuando salga.
           Contra lo que piensan los demás, que lo creen frío, cerebral, casi inhumano, es muy sensible y eso lo hace y lo hará sufrir.
           (…)
           Los demás deben preguntarse cómo es posible que sepa cómo somos todos.
           Sería más sencillo si en lugar de envidiarlo lo admiraran, como hago yo. Admiro su inteligencia. Que no sea nacionalista, liberal, católico ni estúpido. O frívolo, como soy yo.”

Entre los sucesos que cuenta y las opiniones que sostiene, no faltan aquellas que podrían ser reveladoras, incluso más justas y verdaderas que las posiciones aceptadas por la tradición. Eso no quiere decir que la novela reclame para ella otro lugar que el concedido por la historia literaria. Lo único evidente en Si es su renuncia a que exista algo que pueda llamarse justo o verdadero. 

    «El que quiera escribir como él no será nadie, pero el que no se esfuerce por escribir tan bien como él tampoco será nadie. Para los que se dan cuenta de eso debe ser desesperante.
    Cualquiera que gana un premio sabe que no lo merece porque sus libros son mejores.
    Los que esperan que me case con él deben pensar que soy un premio literario. No me conocen. Patricio es el único que me entiende cuando le digo que no estoy enamorada de Borges.
    Yo lo admiro y él está enamorado de mí. No puedo culparme porque no lo hago por maldad.”     

Esa voz, sin embargo, no resuelve el agón, destaca su valor. Porque mientras B se va haciendo Borges en la narración, Si lo desanda entre esas voces en las que resuenan ecos faulknerianos y los latidos de El malogrado de Bernhard. Presencias que definen el carácter de una trama polifónica en la que cada voz encarna una posibilidad, son lo que puede ser, lo que podrá ser. Ante el pasado cerrado, ellas pujan por “la verdadera sabiduría” de lo que viene. En Si esas voces terminan por habitar la única voz que es externa y distante, la voz proveedora de los datos exhaustivos y que las convoca para el agón. Es una decisión formal, en su sentido estrictamente estético, y una renuncia victoriosa del autor de Si: diseña el blanco sobre el blanco, pero esta vez haciendo blanco-foco en lo que se lee como su propia voz. Una perfecta inversión del mecanismo que podemos leer en El malogrado. Porque Bernhard elige que la voz de su narrador-protagonista se vuelva colectiva con lo que han dicho otros pianistas como él en torno al “artista del piano”, en cambio en Si la voz distante y documentada se vacía hasta quedar colmada. ¿Por qué suponer que lo queda colmado es la historia de A y no la historia de B, el que “podría haber sido” y que solo encuentra lugar en Si?   

El tiempo que cuenta una novela puede ser el pasado, pero el tiempo de la novela nunca está en lo que ha sido. La posibilidad es su casa, aun cuando la derrumbe. Para el lector, sin embargo, nunca se trata de una casa sino de un refugio en el que el orden de cada cosa tropieza y conspira con las demás. Como en los sueños. B sueña que Estela se desnuda ante su hermano y que comienzan a besarse: “Esa fantasmagoría, comprimida, apenas enmascarada, se le apareció esa tarde en el sótano cuando creyó que había descubierto la escena final de su cuento.”

    Se omite que el cuento es “El Aleph” -acaso la narración más extensa de todas las escritas por Borges-, Si deja librada al lector la necesidad de esa información, como tantas otras referencias a sus relatos. Aun siendo ese mismo sótano de la biblioteca donde B se encuentra con otro empleado y le cuenta acongojado el ofrecimiento de un traslado a otra dependencia municipal, acaso como inspector en la Dirección de Avicultura. El empleado lo felicita:

    Y cómo anda de plata.
    Apretado.
    Bueno, como inspector va a ganar la plata que necesite y sin cumplir horarios.
    No entiendo de animales.
    Y qué. O se cree que yo entiendo de libros.
    Me quieren humillar.
    El otro cerró el diario y lo plegó al medio. Se levantó, se acercó a B y le apoyó una mano en el hombro.
    Vea, amigo, trabajar es humillante. Hágame caso, póngase contento y no cuente plata delante de los pobres.

    Un nuevo desvío, la pura materialidad del trabajo y la vida ante el ideal de las letras de B. Como en otras voces serán las conjeturas psiquiátricas, el sexo culposo, el alcoholismo oculto. Desvíos de un centro en el que B se expande al tiempo que A se diluye. La separación mínima para resaltar la máxima diferencia; no es B por A, es B por todo lo demás. 

No hay otro futuro que puede concebir una novela que no sea un lector, un intérprete, como cuando hablamos de música. Y Si lo sabe, lo demuestra en cada frase.

Miguel Vitagliano

Buenos Aires, EdM, agosto 2022


Descubre más desde Escritores del Mundo

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.