Tres apuntes sobre Neruda, por Mario Rucavado Rojas

I

Visitar las casas de Neruda en Chile es una experiencia rara. Que sean tres parece una desviación aristocrática en un poeta de vocación ostentosamente popular; que se hayan convertido en museos, una maldición encubierta. La museificación podría haberles quitado toda vitalidad, todo vínculo con el poeta pero están tan imbuidas por la excentricidad de su antiguo dueño que se resisten al congelamiento: las colecciones de objetos, la disposición de los muebles, la elección de los cuadros; todo oscila entre lo pintoresco y lo kitsch y coquetea permanentemente el mal gusto hasta caer sonoramente en él. El comedor de Isla Negra está decorado como si fuera el de un barco para cumplir la fantasía de su dueño de ser “capitán de tierra firme”, y da cuenta cabal de la grandilocuencia de Neruda.

La colección de mascarones de proa es otro un ejemplo perfecto. Neruda bautizó cada mascarón y como a uno de ellos (“María Celeste”) en invierno se le condensaba la humedad en los ojos, decidió que en realidad estaba llorando y dijo: “No le seco sus lágrimas, que no son muchas, pero que como topacios le brillan en el rostro”. Pero mi parte favorita de la colección es la Medusa que adquirió en 1949, en medio de la persecución política del gobierno de González Videla. Mientras huía, clandestino, Neruda se enteró de que estaban desguazando un barco en Valparaíso, y llevó a cabo las gestiones para obtener el mascarón. La belleza ante todo: cuando peligraba su vida o por lo menos su libertad (así como la de quienes lo estaban ocultando), Neruda juzgó que valía la pena correr el riesgo de comprar un mascarón que no podría ver hasta mucho después (tardaría cuatro años en volver a Chile luego de huir por la cordillera rumbo a Argentina).

“Mi verdadera profesión es constructor, no hay nada más hermoso que algo que va naciendo, haciéndose delante de nosotros”, supo decir Neruda. Ver como algo pasaba de su imaginación a la realidad le daba un placer vivo, así como la acumulación de todo lo que le resultara encantador o pintoresco: “Amo / todas las cosas, / no sólo / las supremas, / sino / las / infinita- / mente / chicas, / el dedal, / las espuelas, / los platos,  / los floreros”. En 1938 Neruda había pedido “una poesía sin pureza” y en cierta medida sus casas son la manifestación de ese reclamo: lejos de la asepsia minimalista, lejos de la elegancia de quien puede despreciar el lujo o subordinar la acumulación a un concepto global, hay en Neruda una voracidad de vida, de cosas, una actitud menos de aristócrata que de nouveau riche.

No se trata de negar megalomanía de Neruda, tan similar a la de Víctor Hugo (con quien comparte muchas cosas, empezando por la fascinación con el mar); se trata de señalar su aspecto entrañablemente humano, lo que hace que sus casas trasciendan la atmósfera de brindis patriótico a la que la condición de Neruda como poeta nacional chileno podría condenarlas. Parecen, a pesar de o más bien gracias a la dosis de ridículo que las permea, una ventana hacia su obra.

II

“Carnet de baile” es uno de los textos más curiosos de Roberto Bolaño. A medio camino entre la memoria y el ensayo, toma la forma de una enumeración que empieza con recuerdos de infancia en que la madre de Bolaño le leía a Neruda, pasa por el terrorismo de Estado en Sudamérica y termina con una extraña revalorización de Neruda. El tono del narrador, cáustico e irónico, puede dar lugar a equívocos, pero es difícil no interpretar este texto como el procesamiento de cierta angustia de las influencias; no por nada el punto 23 dice “hay que matar a los padres, el poeta es un huérfano nato”. Bolaño, que renegó mil veces de Chile, se enfrasca en un duelo con el centro del canon literario chileno, y se gana así su “carnet de baile”: obtiene su licencia de escritor.

Según Bolaño, su madre le leía los Veinte poemas de amor, el libro más famoso de Neruda, impreso y reimpreso millones de veces e incluido en un sinnúmero de planes de estudio escolares. Bolaño lo desprecia con razón: hoy día uno de los grandes obstáculos para leer a Neruda es este libro mediocre y omnipresente. Y sin embargo, según cuenta, cuando visita a Alejandro Jodorowski en México Bolaño defiende a Neruda contra las críticas del cineasta, defiende incluso los Veinte poemas de Neruda, sin estar muy seguro por qué. 

En muchas declaraciones y entrevistas Bolaño se definió como un devoto de Nicanor Parra; acá, en el apartado 22, lo repite: “Los poetas mexicanos de entonces que eran mis amigos y con quienes compartía la bohemia y las lecturas, se dividían básicamente entre vallejianos y nerudianos. Yo era parriano en el vacío, sin la menor duda.” (énfasis mío). Pero el texto pone de manifiesto que Neruda lo atormentaba de un modo distinto. Por Parra era capaz de sentir una admiración sin demasiadas complicaciones, y en efecto los poemas de Bolaño, de lenguaje llano, parecen seguir la senda de Parra (que en cierto sentido seguía la de Neruda: sus antipoemas profundizan la “poesía sin pureza” que reclamara Pablo). Neruda, en cambio, le genera una reacción más ambigua, y por lo tanto mucho más interesante.

La parte más graciosa del texto cuenta que hubo una época en la que Bolaño veía a Hitler en el pasillo de su casa. Transcurrieron quince días y la imagen desapareció para dar lugar no a la de Stalin, como suponía Bolaño, si no a la de Neruda (quien, sabemos, escribió una “Oda a Stalin” que hoy día es imposible leer sin sentir vergüenza). Neruda solo apareció tres días en vez de quince, pero hacía ruidos (Hitler era silencioso) y en la última aparición trató de hablarle. Ubicar a Neruda en compañía de Hitler y Stalin sin duda apunta al elemento totalitario en su poesía, pero su figura muda, manoteando y sonriendo, resulta antes patética que intimidante. Parece sugerir que hay algo que Neruda no terminó de decirle a Bolaño, o al mundo, cosa rara en alguien que escribió tan profusamente.

“Cuando sea mayor quiero ser nerudiano en la sinergía” (#58) escribe Bolaño, como buscando una clave que le permita entender su angustia. Por fin llega a una versión de la frase de Pierre Menard (“La fama es una incomprensión, y quizá la peor”): “Si Neruda hubiera sido cocainómano, heroinómano, si lo hubiera matado un cascote en el Madrid sitiado del 36, si hubiera sido amante de Lorca y se hubiera suicidado tras la muerte de éste, otra sería la historia. ¡Si Neruda fuera el desconocido que en el fondo verdaderamente es!”. El problema, en el fondo, no es Neruda: es el bronce, es la canonización extrema que apresa lo vital del poeta tras las vidrieras de un museo. Pero Neruda, como sus casas, es suficientemente absurdo para romper ese vidrio.

III

Neruda es un poeta excesivo. Cualquier consideración de su obra no puede dejar de admitirlo. Escribió mucho, escribió demasiado, y gran parte de ello es francamente malo. Pasados los años, sin embargo, hay que poder juzgar a un escritor por lo mejor que escribió y dejar que el resto caiga en un olvido piadoso. Neruda es el poeta de “Galope muerto”, “Entrada en la madera”, “Alturas de Macchu Picchu” y poemas similares; resulta innecesario escarbar entre sus textos más mediocres, que pueden quedar a cargo del anticuario.

Octavio Paz dijo que el Canto general era un guiso que tenía de todo, y la frase malintencionada ilustra bastante bien lo heterogéneo de toda su obra, la falta de pureza en sus versos que, sin embargo, lo salva del bronce al que de otro modo estaría condenado, el bronce en el que se convirtió sin duda Paz. Lo dijo Amado Alonso al analizar Residencia en la tierra: lo inacabado de los poemas, la exposición del proceso de escritura, la puesta en escena de los fallidos y cambios de rumbo forman parte de la apuesta estética de Neruda. La desprolijidad su poesía termina jugando en su favor.

Alguna vez se me ocurrió que hay dos tipos de poetas: aquellos que pulen una obra mínima a lo largo de los años, y aquellos que se entregan al exceso de producir y producir. La academia claramente prefiere a los primeros: Baudelaire por sobre Hugo, Quevedo en vez de Lope, Vallejo por sobre Neruda. La economía de la bella obra de arte por sobre el desborde, el exceso. En narrativa esto está atenuado por el persistente interés de los lectores en las novelas extensas, pero la poesía hace años que se orienta cada vez más hacia lo pequeño, lo cotidiano, lo menor. Quizá sea hora de darle otra oportunidad al derroche.

Sobran las razones para renegar de Neruda: por momentos es demasiado vulgar y plebeyo, por momentos demasiado solemne; es irremediablemente machista y su estalinismo lo vuelve desagradable incluso para los que simpatizan con la poesía política; para los que no, gran parte de su obra es mera propaganda. La vocación mesiánica de quien pretende hablar por los muertos y olvidados claramente es ajena a una época en la que tal pretensión es más que sospechosa. Si bien en América Latina no solemos hablar de apropiación cultural como suelen hacerlo los estadounidenses, acaso no estemos muy lejos de hacerlo. Contra todo eso, no queda más que esgrimir su maestría del idioma, la trascendencia de su figura, la potencia de sus mejores poemas, lo desmesurado de su ambición.

En 2666, Amalfitano (alter ego de Bolaño en la novela) le pregunta a un farmacéutico por sus libros favoritos y le responde con obras menores: La metamorfosis en lugar de El proceso, Bartleby en lugar de Moby Dick. “Ya ni los farmacéuticos ilustrados se atreven con las grandes obras, imperfectas, torrenciales, las que abren camino en lo desconocido.” comenta Bolaño a través de Amalfitano. El rechazo actual hacia Neruda participa del mismo fenómeno: salvo contadas excepciones, la poesía parece condenada a ocuparse de asuntos menores, sin vocación de inmensidad; el exceso nerudiano ha devenido un fósil de otra época. Pero si no queremos que la poesía muera de inanición quizá sea hora de desenterrarlo.

Mario Rucavado Rojas

Buenos Aires, EdM, mayo 2022


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