Resto y rastreadores: la escritura de H. González, por Miguel Vitagliano

El domingo 15 de mayo se presentó en la Feria del Libro un número especial de la revista La Biblioteca dedicado a Horacio González (1944-2021). EdM publica la intervención de Miguel Vitagliano que, junto a Sebastián Scolnik, Graciela Daleo y Darío Capelli, formó parte de la mesa.

El número de LB reúne lo que podríamos considerar el primer volumen de lecturas completas sobre Horacio González.  Son cincuenta artículos, cada uno dedicado a un libro de González.  Lecturas completas en el mismo sentido en que hablamos de obras completas.

            Todas son lecturas sobre HG y también todos son escritos de HG. Me atrevo a sugerirlo pensando en dos insistencias de su escritura: el movimiento, y el ánimo por construir una conversación colectiva. Porque la escritura de González nunca se queda quieta, por eso se nos impone desmesurada y la representamos barroca. Pero esos son efectos del movimiento, de su atención al cambio de la materia viva –cuerpos y escritos-, un cambio heterogéneo como toda metamorfosis, como escribe en La crisálida. Y esa insistencia por el movimiento está animada por la búsqueda de lograr una conversación colectiva. Como podríamos ver en un breve ensayo de 1987, recopilado por María Pía López y Guillermo Korn en La palabra encarnada. En “La mitad de un echarpe” -ese el título-, González se enfrentaba a la nostalgia de las voces que se preguntaban qué quedaba de la revolución, y respondía que la revolución es siempre lo que queda y existe. Y contaba un episodio de la vida de Louise Michel, la militante de la Comuna de París que luego del fracaso de 1871 fue deportada y recluida junto a sus compañeras y compañeros sobrevivientes en una colonia francesa en la Polinesia. Allí se hizo anarquista y, unos años después, no dudó en apoyar una sublevación canaca contra el orden colonial. Cuando un joven del lugar se acercó a despedirse porque iba a unirse a la revuelta, Michel no vaciló en tomar el echarpe, la banda roja de la Comuna que esforzadamente escondía entre sus cosas, y le dio una mitad. En ese acto lo que quedaba de la revolución se multiplicaba en otra.

            No hay un solo modo de la escritura en González. Esa misma insistencia por el movimiento y por la búsqueda está en sus clases, en su trabajo en la BN como reconocemos en la veintena de fotografías incluidas en este número de la revista. Todas son maneras diferentes de escribir los mismos problemas. Y sobre un asunto persistente, el discurso público argentino, al que González define como si señalara con un dedo la tormenta que lo cubre todo. Dice: “Llamo discurso público argentino a todos los textos escritos, de carácter documental o ficcional, expresados de modo epistolar u oral, vinculados a múltiples tradiciones retóricas que formen parte de la memoria lectora y auditiva de la nación” (La lengua del ultraje, 2012). No hay un afuera posible para esa tormenta que completa el cielo, solo el punto de decisión del dedo que la señala. No hay microscopio ni prismático ni cualquier otro instrumental que no esté debajo de esa tormenta que interrumpe la impertinencia de ese dedo. En ese punto de decisión se hace la escritura de González. Como decía Barthes en su clásico estudio: la escritura es el punto de decisión entre dos líneas que son ajenas a la voluntad: una línea vertical que es la lengua de la historia propia, íntima y sanguínea, y una línea horizontal que es la lengua de la tradición a la que se pertenece. Lo que un escritor decide es el punto de intersección entre una y otra, y ese punto, ese dedo en la tormenta, es la escritura.

            Eso es nada más y nada menos lo que un escritor, decía Barthes, puede eligir. Y no es poco: porque cuanto más incline ese punto de cruce hacia la verticalidad de la lengua íntima hará que la escritura se decida solitaria, y cuanto más se vuelque hacia la horizontalidad de la lengua de la tradición la escritura se decidirá consonante con todo lo ya escrito. La decisión conlleva el valor de un riesgo: inclinarse hacia la intimidad solitaria experimental o hacia la seguridad de lo ya escrito por la tradición y repetirlo. La escritura de González es política desde el momento de su constitución, desde que el dedo señala la tormenta. Ni busca amparo en la tradición ni tampoco se aparta de ella, lo que hace es invertir la orientación de los ejes: los textos del discurso público ocupan el espacio de la lengua privada, y la lengua privada se decide experimentalmente social.  Por eso puede asegurar en uno de sus libros fundamentales, Restos pampeanos, que no va en busca de metáforas sino de la literalidad de lo que los restos dicen y han pensado. Porque la metáfora es siempre decisión de una voz individual y la literalidad se ambiciona social.

            La escritura de González no solo es política por los efectos de su extensión que no decide -cuánto serán sus lectores, cómo será leído-, sino por la manera en la que decide concebirla. No sorprende entonces que sea una escritura que encuentre resistencia desde formas textuales codificadas como las dominantes en los papers universitarios, ni sorprende tampoco que González se decida por la forma abierta del ensayo; un asunto que aborda Gisela Catanzaro rigurosamente en su artículo. Pero cómo es ese pensar que se hace ensayo. O para decirlo de otro modo, ¿qué es lo que hace con la discursividad social que llama discurso público argentino? ¿Qué es lo que lee e interpreta, en la tormenta? Restos, restos textuales, diría Nicolás Rosa. Pero esos restos difieren su carácter en consonancia con la política de la escritura.

            María Pía López destaca la diferencia entre restos y reliquias. Como objeto sagrado, la reliquia exige ser observada siempre en una identidad consigo misma. Su significación no puede ser cambiada en tanto es objeto de culto. El resto contiene una potencia diferente, es un objeto de uso que se ofrece a ser interpretado, no tiene una dirección única, se hace parte del camino al que se lo invita a transitar. “El resto vive para un nuevo bricolaje”, dice María Pía destacando la relevancia que tiene en González la obra de Lévi-Strauss, El pensamiento salvaje. El pensar del bricolaje pone en relación series de lo más diversas, contactos intempestivos e impertinentes desde la mirada de la ciencia. Es un saber construido con los retazos dejados a un lado y que no avanza en línea recta, busca en los bordes, moviéndose a veces en círculos o por saltos. Ese modo de interpretar conlleva a colisiones con los archivos nacionales. Porque ahí donde el archivo se impone como forma cerrada de una nación, la lectura de los restos lo interpelan.    

            En la trama interpretativa de restos del discurso público, González traza un recorrido que una y otra vez se bifurca. Como si cada resto interpretado diese lugar a otra lectura que atenúa la que la precede y se afirma en la siguiente, aunque abriéndose en dos. Es una escritura que resiste a teñir de reliquia el pensamiento propio y que se prefiere como un nuevo resto. Acaso se adviertan allí los senderos borgeanos que se bifurcan, o las redes discursivas de Michel Serres con sus encuentros nodales constructores de conocimientos. Tengo para mí, sin embargo, que ese modo tan propio era una decisión vital que encuentro definida en el texto de despedida de Mariana Gainza y Ezequiel Ipar publicado en Anfibia. Dicen: “(HG) nunca dejaba que el pensamiento –ni el propio ni el de otros- se reconciliara con su propio pensamiento.” Una razón más que contundente para comprender esas bifurcaciones. Que no estaban solo en sus escritos, también se destacaban en cada decisión en la BN –nunca la Biblioteca estuvo tan abierta a las voces más dispares- y en su tarea docente. Federico Galende trata en su artículo el modo de ser de sus clases que vivió siendo estudiante. “Terminada la clase –dice-, quedaban flotando en el aire volutas de pensamientos. Estaban formadas por ideas que parecían sorprenderse entre sí por el inesperado encaje.” Y destaca: “Horacio no retenía nunca las hipótesis centrales, sino apenas la masa escurridiza de sentimientos situados que habían llevado a que esas teorías existieran.”

            También Sergio Raimondi enfoca ese aspecto en otras clases, las reunidas en el volumen Genealogía. Trabajo y violencia en la historia argentina (2011), y le otorga un sentido: una clase no era para González el espacio “para dar cuenta de un saber” sino “la oportunidad de elaborarlo y ponerlo a prueba”. Aunque en sus ensayos puede reconocerse esa intención, era en sus clases donde hacía particular hincapié en lo decisivo que resultaba reconocer desde dónde se lee a un autor. Por eso en el curso que dictó en la Facultad Libre de Rosario abandona enseguida el concepto de “genealogía” y elige el del “rastreo”. Cambia a Nietzsche por una práctica popular de investigación en la llanura. Raimondi destaca la elección y subraya el oxímoron usado por Sarmiento en el Facundo para describir “el rastreo”, una ciencia vulgar, y caracterizar el trabajo del rastreador en González. El rastreador se ocupa en mostrar que no hay escena, imagen o conceptos que no estén “tramados” en otras muy anteriores y a veces alejados del foco de inicial. Y eso mismo podría verse en las conexiones interpretativas de González que ponen en relación “restos” de series discursivas distantes y, en apariencia, sin vínculo entre sí. Es lo que hace en Genealogía como, desde luego, en Restos pampeanos, en Borges. Los pueblos bárbaros, en Lengua del ultraje,pero también en las “aguafuertes” de El arte de viajar en taxi.

            Los modos de bricolaje definen los ensayos de Horacio González, rastreador de restos del discurso público argentino. Y Restos pampeanos, de 1999, no solo es una obra fundamental, sino que condensa, a mi entender, el giro que definirá sus escritos posteriores. Nicolás Rosa escribe en una de sus últimas investigaciones, Historia del ensayo argentino, que ese libro es el “´tratado´ más elocuente sobre el ensayo nacional”, y asegura que a partir de entonces “el ensayo argentino será otra cosa”. Esas palabras, que hoy podemos leer también en el número de La Biblioteca que nos convoca, fueron escritas veinte años atrás, cuando no sólo el tiempo sino las posibilidades por delante se vislumbraban muy distintas.

            ¿Cómo entender la época en la que se vive? ¿Cómo vislumbrar lo que “será” entre “las cosas” que se nos imponen a nuestro alrededor? El ensayo de Guillermo Korn hace suyo ese problema al abordar El peronismo fuera de las fuentes,de 2008, un texto que González escribió, como destaca Korn, en “el fragor del kirchnerismo” y en el que recorre décadas que “atravesamos como una condena a la impotencia política.” Y sin embargo, dice Korn: “Horacio consigue darle un nuevo interés a ese tiempo que sentimos haber padecido y que (…) recordábamos como años de sinsabores eternos”. ¿De qué depende ese cambio? Y se responde que se trata de un modo de pensar una época, y comparte como evidencia un fragmento de Fotocopias anilladas, de 1997. En ese texto González define que pensar una época no es reproducir el sentido de los signos que se imponen centrales sino invertirlos, sin que eso implique alterar la atmósfera cultural que los impregna. De esa manera, decía González, “una época es entonces metamorfosis: ese suspenso de lo que se va tornando su contrario.” Es decir, lo que se impone como algo clausurado desde el lenguaje se abre para dar lugar a otras relaciones posibles. No es un consuelo retórico, es dejar caer la venda de los ojos para volver a mirar, leer e interpretar. Pensar una época nunca es aceparla quieta, es pensarla en el movimiento de lo que podrá convertirse en su metamorfosis.

            Pero, ¿es posible escribir en medio de la ebullición de los sucesos? ¿Cómo lograr que el fragor de los acontecimientos no entorpezca la reflexión de los propios escritos? A ese problema apuntaba González al escribir en Retórica y locura. Para una teoría de la cultura argentina: “Mi tema es la locura en el acto de escribir y de hablar.” El libro reúne cuatro conferencias que había dado ese mismo año, 2002, en París y otra dictada unas semanas después en San Pablo, ciudad en la que había vivido varios años. Para sus intervenciones transatlánticas eligió revisitar “restos” conocidos y aclimatarlos a los oídos del auditorio, pero sosteniendo la estridencia que haga vibrar la reflexión: entrecruzar a Ramos Mejía con Groussac, a Echeverría con Leroux, a Macedonio Fernández con Hobbes, y a José Ingenieros con Sartre. A su regreso a Buenos Aires, en el aeropuerto lo sorprendió la noticia del asesinato de Kosteki y Santillán y decide el tema de la conferencia que daría en San Paulo. ¿Cómo dejar de escribir en medio de la ebullición de los sucesos? El tema de su exposición: la muerte y el crimen político en la fundación de la vida nacional, desde el Facundo a Operación Masacre atravesando una pregunta insistente: ¿Hay alguna muerte no política?  En la lectura que propone Mariana Gainza del libro puntualiza con lucidez que “los pensamientos emancipados argentinos” son el resultado “de apuestas intelectuales y políticas que implican pérdidas y renuncias”, pero que al mismo tiempo esos pensamientos son compartidos a través del goce íntimo de escritura. Eso dice al final y deja las últimas líneas a los principios de González: “(Publico este libro de charlas) con la tonta alegría infantil de presentarme como un ´conferenciante´ en universidades de otros países, yo que soy ciudadano del Británico de Parque Lezama y ya porteño viejo. Escamas duraderas que no impiden respirar en ningún lado, pero que dejan escapar a cada rato el resuello exclusivo, enrarecido, de estos tiempos argentinos.”

            Cada una de las lecturas sobre los textos de González se hacen parte de la escritura de González, lo digo con el sentido –y acaso no sea más que un imprudente desliz- de que es una escritura que busca habitarse en el otro, que en su voracidad balzaciana construye una comedia en la que todos, incluido el propio González, somos “restos” y “rastreadores”.

            En las cartas que Eduardo Grüner le escribe a González en 2001, comentándole su lectura de La crisálida. Metamorfosis y dialéctica, se entrelazan las conmociones de esos días, el pensar de una época y algunos signos que se intuyen en la metamorfosis en movimiento. ¿Quién es el “rastreador” y quién el “resto” cuando Grüner escribe esa primera carta del 30 de septiembre de 2001? “Querido Horacio: Termino de leer La crisálida, todavía bajo el sacudón, ¿cómo llamarlo? cósmico que el 11 de septiembre pasado hizo volar por los aires (…) las ideológicas ilusiones sin provenir en un mundo ´globalizado´, o en un fukuyamesco fin de la Historia…” Y enseguida comenta: “Tu libro empieza, por así decir, a toda orquesta, con un canto de amor a las bibliotecas: algo muy tuyo; no me extrañaría que algún día te toque dirigir una…” En la segunda carta, fechada meses después, el 31 de diciembre: Grüner le cuenta que mientras espera la hora para la cena de fin de año, se puso a ordenar unos libros y se topó con La crisálida, y dice: “No pude menos que recordar el intercambio epistolar que tuvimos hace unos tres meses, y mis preguntas sin respuestas a propósito de cómo un acontecimiento como el atentado a las Torres podría dislocar el vaivén entre metamorfosis y dialéctica. Y bien, entre ayer y anteayer tuvimos nuestro propio acontecimiento. No es comparable al de Nueva York, evidentemente, son dimensiones y lógicas políticas muy diversas. Pero (…) no puedo evitar hacerme preguntas semejantes. Si larva y crisálida hubo, de allí no salió volando un lepidóptero, sino un helicóptero, perdiéndose en la noche.” Y después de insistir en su visión sobre el acontecimiento, le propone “un juego de ficción apocalíptica”: imaginar un futuro próximo en que se desatara en el mundo “una peste producto de la mutación larvática de algún virus o bacteria”. ¿Cómo considerarlo, le pregunta: sería metamorfosis o dialéctica?

            ¿Quién es el “rastreador” y quién el “resto”? Vuelvo sobre mi desliz. La escritura de Horacio González, tal vez, podamos verla como un echarpe que se reparte para ser el mismo y otro a la vez.  

                                                          Miguel Vitagliano

Buenos Aires, EdM, mayo 2022


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