El poema cinematográfico, de Benjamín Fondane

Fondane nació en Rumania en 1898, pero desde que se instaló en París a partir de 1924, escribió casi toda su obra en francés. Conoció a Man Ray y se relacionó con dadaístas y surrealistas. En 1936 filmó en Argentina, Tararira. Compartimos con los lectores de Escritores del Mundo esta columna de Fondane que apareció en el periódico de La Vida Literaria, dirigido por Samuel Glusberg, en noviembre de 1929 

Por poco que se conozca la historia del hombre, aparece como definitivamente sabido que el poema nació antes que toda escritura, y que de él han nacido la epopeya, la novela, el teatro, la ley escrita. Ha de ser una paradoja del cine el haber hecho el camino al revés, el haber comenzado por el teatro, continuado por la epopeya, sumergido en la novela, y no haber creado sino en último término el poema –el poema del cine. 

Ello explica algo por qué, en el arte del lenguaje, el poema con el cual éste comienza es una expresión fuerte y serena de una suerte de éxtasis, de cierta ebriedad, de una suerte de mentira vital, que apacigua y rechaza en el hombre su inquietud metafísica. Cuando el hombre percibe las fuerzas oscuras que lo amenazan, y busca una salida, una solución, hace saltar el poema y lo quiebra. Por el contrario, en el cine-poema, que es una suerte de cima, de punto de arribo, de terminus, es el elemento trágico que domina, es el «humour», quiero decir una crítica lírica del hombre. No os sorprenda, entonces, si en el cine-poema no halláis o encontráis poco, eso que se acostumbra llamar poesía; y encontramos algo quizás áspero, agresivo, acerbo, severo, que no solamente no acepta mentir, sino que desgarra los velos, brota hacia la desnudez, clama verdades trágicas, que el cine en su gran período de aventura heróica, dichosa, no ha tenido aún la libertad de expresar. La vida se opone a aparecer allí donde todo el mundo cree encontrarla, el hecho diverso en la historia.

Este género de poemas nació en Alemania y en Francia casi al mismo tiempo.

Rechaza ser una copia más o menos fiel de la realidad, rechaza traducir los accidentes, ya que lo esencial queda por decirse, lo esencial, es decir, el hombre a través de lo real, el hombre que modifica lo real a su gusto, dejándose modificar violentamente por él. No os asuste encontrar absurdos a estos esquemas; lo son a voluntad; no les reprochéis su falta aparente de significación; su sentido verdadero se afirma en su sinrazón deliberada; desconfiad de encararlo como cosa de truco, infantil, según los interpretaron en un principio algunos espíritus pésimos. INFANTIL, y sí, el toma esto como homenaje, como una prueba de su frescura espiritual, como testimonio del valor de sorpresa que trae. Apenas se trata de mostrar lo real, y sí de sondarlo, mirar a través de las rendijas, de sorprender las palabras que se nos esconden.

En un momento histórico en que todo es trastorno profundo, en que todo delira, todo se desploma, todo renace, en que todos los valores cambian de sentido, de orientación, en que nada queda en su lugar: nada parece ahora respetable. Todo acto de la vida y de la muerte pide se lo considere de nuevo, sin falso respeto, sin falso rencor, apartándose de los corrientes juicios de valores, más allá del Bien y del Mal. 

Por un momento, si os place, se os ruega ser fuertes, ser dueños de vosotros mismos; se os pide por un solo instante que no os saquéis el sombrero ante el entierro que pasa, de reír ante la idea de vuestra propia muerte, de no excitarnos ante una camisa de encajes, que no admitáis que lo obsceno existe. Más tarde todo cambiará –veremos cómo. Por ahora se necesita pedir la verdad, cueste lo que cueste; todo esto bien vale la alegría fácil de un espectáculo de una hora, con la angustia de una mala digestión. 

Por haber querido encontrar una salida a la condición humana, el poema del cine había comenzado por ser vacío, por ser inhumano; el hombre nos impedía ver al hombre. Los primeros poemas puros de Richter, de Rutman, eran completamente abstractos, movimientos puros, de volúmenes, de superficies, de líneas geométricas. Pero el verdadero camino de la búsqueda exige no abandonarse completamente al hombre, sino quebrar sus sistemas de relaciones, sus juicios sobre el espacio, el tiempo, la ley, la necesidad, de inquirir a través de él el sentido de la vida, de esta vida, cada uno de cuyos actos tiene algo de milagro y de desorden. Nuestra verdadera miseria es vivir en lo maravilloso casi sin darnos cuenta. 

Nosotros ignoramos el valor lírico de cada objeto, de cada trayectoria, de cada marcha, de cada expresión. Como la moral nos guía en cada instante y nos indica lo que es bueno y lo que es malo, a fin de que no nos tentemos, examinando nosotros mismos, la estética hace igualmente su juego para indicarnos previamente lo que es poético y lo que no lo es. Entonces nada es poético; todo lo poético está por crearse, a descubrir todos los días de nuevo. La fotogenia es una invención del mismo orden que la electricidad: el mundo tenía fuerzas desconocidas y poderosas que ignorábamos. Se trata de emplear útiles nuevos, de buscar en ellos en las tinieblas en que estamos. 

Se trata de comprender que el universo está compuesto de fuerzas totalmente oscuras para nosotros, que se necesita, para comprender, renunciar a querer comprender todo trance, y de conformarnos con la primera hipótesis que se nos arroja, para olvidar. Ello quizás sea una nueva lógica, una nueva gramática, una nueva lengua. Dejaos vivir en ese país extraño y, puesto que ignoráis su lengua, deletreadla lentamente, aprended palabra por palabra, sed felices de captar a saltos, de descubrir por azar el sentido de una sola frase pronunciada en la calle. 

Hagáis lo que hagáis, la poesía está allí, que os anuncia y que os precede. El hombre es un animal que la poesía crea y la poesía destruye. 

Benjamin Fondane 

La Vida Literaria, noviembre de 1929


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