El canto de los libros, por Miguel Vitagliano

Semanas atrás la foto dio vueltas por el mundo repartiendo ilusiones sobre el canto de los libros en medio de la guerra en Ucrania. Un escritor de Kiev, decían, había cubierto la ventana de su departamento para amortiguar la onda expansiva de las bombas y lo registraba con una foto. Pero no, la imagen fue tomada por Lev Shevchenko, un topógrafo de 32 años que vive en Kiev, cuando, de camino al supermercado, vio esa ventana anónima en un edificio del barrio de Voskresenska (entrevista de R.Morandi en Luce!); el resto corrió a cuenta de la fantasía buscando sumar un impacto emocional, como si no bastara con la realidad de la guerra. ¿Por qué decir, además, que el dueño de esos libros era un escritor y no un lector? ¿No resultaba suficiente? Mientras a fines de marzo aún daba vueltas la foto con los libros de canto, a menos de 470 km, en la biblioteca de la ciudad de Leópolis (Lviv) un grupo de voluntarios, en su mayoría mujeres, jóvenes y jubilados, fabricaban a mano redes de camuflaje militar entre estanterías de libros y ficheros. Cortaban con tijeras largas tiras de vestimentas en desuso para tejerlas en un telar. Uno de los voluntarios, Víctor Ponomaryyov, un exdiplomático ucraniano ya retirado, aseguró que esas redes caseras de 6×4 metros eran las más requeridas: las computadoras de los drones enemigos detectaban rápido las redes industriales porque repetían un patrón ya codificado, y eso no sucedía con las redes hechas en la biblioteca. “Las nuestras son todas distintas”, dijo Ponomaryyov, “parecen gusanos borrachos, realizadas por varias personas, en diversos turnos, son totalmente indetectables. No hay ningún modo de que una computadora se dé cuenta” (E.Piqué, La Nación, 23-3-22).

Los libros observaban silentes la confección de las redes. Mejor: Los libros estaban allí, en los estantes, tal como los bibliotecarios los habían dispuesto, incluso cada volumen de la obra del polaco Joseph Conrad, nacido en Berdýchiv, por entonces, 1854, territorio ocupado por Rusia y hoy ciudad del norte de Ucrania. “Mi niño, debes recordar que no tienes tierras, ni amor, / ni país, ni pueblo, /y que Polonia, tu madre, yace en su tumba”, decía el poema que le escribió el padre el día que nació. El odio al Imperio Ruso fue una constante en la obra de Conrad. En el ensayo “Autocracia y guerra”, escrito en 1905, al calor del fuego de la victoria japonesa sobre los rusos, decía: “El Japón ha hecho ya su trabajo; la misión ha sido cumplida. El fantasma del poderío ruso ha sido develado. Solamente Europa, acostumbrada desde hace tanto a la presencia de este portento, parece incapaz de comprenderlo.” Desde luego que no vislumbraba el lugar que habría de tener Japón en el siglo que comenzaba, lo sorprendente es que el lugar que le asignaba a Rusia resultara tan parecido al que Occidente insiste en darle más de un siglo después: el extraño en Europa que debe ser detenido, el extraño que oculta secretos funestos que ya se conocen de antemano. ¿No resulta llamativa tanta consonancia? Bastaría con la lectura de Anna Karenina para asomarnos al menos a la complejidad del pensamiento ruso y a lo que los especialistas llamaron “La Idea Rusa”; y la novela de Tolstoi se publicó en 1877, mucho antes de las revoluciones del 1905 y de 1917.

Los libros nunca cantan una misma canción, y es más, a menudo ofrecen en su lectura la posibilidad de descubrir cómo a su alrededor se repite el canto de un mismo cuento. En las semanas previas al comienzo de la guerra, la embajadora de EE.UU. ante la OTAN, Julianne Smith, no vaciló al decir: “En el fondo, ninguno de nosotros entiende lo que pasa por la cabeza del presidente Putin, así que es imposible adivinar a dónde puede ir a parar esto.” ¿No parecía una detective hablando de un esquivo asesino en una novela policial? Los embajadores presentes no tuvieron esa impresión, quizás pensaban que su colega ponía en escena la Teoría de los Juegos para interpretar la política internacional. Pero tampoco se trataba de ese género, a juzgar por el artículo de Sanger, Barnes y Schmitt publicado en The New York Times (La Nación,18-2-22) donde contaban que hasta 2017 la CIA tuvo “un arma secreta”, un topo con acceso al círculo íntimo de Putin “que podía adelantarle a Washington los siguientes movimientos del maestro ruso de la estrategia”. Un ex agente que había servido en Moscú, John Sipher, aseguraba que sabían bien “lo que piensa Putin, sus rencores y su enojo con Occidente y EE.UU..”, pero que eso no implicaba “que sepamos lo que va a hacer y cuándo lo va a hacer.” Y otro ex miembro de la CIA, Paul Kolbe, también especialista en Rusia, ofrecía la clave de cómo proceder con los hombres de Putin: comportarse como los negociadores de rehenes y hacerlos hablar. “Es la mejor manera, salvo que el secuestrador, en realidad, quiera matar a sus rehenes.”

Así es: de novela policial a novela de espías para terminar en las adocenadas películas de toma de rehenes. Alguien podría replicar que no hay nada objetable, que en definitiva esas narraciones se basan en la realidad. Pero no es el asunto al que apuntamos sino al canto de los libros: decimos que aquello ofrecido a la opinión pública como política internacional no parecían más que copias de narraciones gastadas. ¿La realidad está hecha de esas copias? ¿Se nos presenta el conflicto internacional de esa manera o los responsables de tomar las decisiones creen realmente en esos cuentos? La respuesta transita de lo malo a lo peor. Desde hace unos días, mientras la guerra no deja de crecer y producir impactos de toda índole en un mundo asolado por los 6 millones de muertos de la pandemia, circula una entrevista a Noam Chomsky (Truthout y La Jornada de México y Página 12,17/5/22) en la que sostiene que Washington apuesta a una guerra prolongada “para debilitar a Rusia y asegurar su derrota total”, siguiendo explícitamente el modelo de lo realizado en Afganistán ante la invasión rusa de 1980. Una guerra prolongada, no una salida diplomática. Chomsky destaca que, sin embargo, no fue esa estrategia bélica lo que resolvió el conflicto en Afganistán: “Por fortuna, hoy tenemos un recuento detallado y autorizado hecho por Diego Cordovez (1935-2014), quien dirigió lo exitosos programas de la ONU que pusieron fin a la guerra, y por el distinguido periodista y académico Selig Harrison (1927-2016), quien tenía extensa experiencia en la región.”    

El análisis de Cordovez y Harrison en Out of Afghanistan. La historia interna de la retirada soviética (1996) demuestra que no fue la guerra prolongada sino la negociación diplomática de la ONU la que dio fin a la guerra. Dice Chomsky: “La política estadounidense de movilizar y financiar a los islamitas más radicales para combatir a los rusos significó, concluye el análisis de Cordovez y Harrison, ´combatir hasta el último afgano´, en una guerra subrogada para debilitar a la URSS. ´EE.UU. hizo todo lo posible por evitar que la ONU participara´, es decir, para evitar los cuidadosos esfuerzos diplomáticos que acabaron con la guerra.”

Siempre es poco lo que sabemos, es verdad, pero conocemos lo que León Felipe vio en su poema: “que la cuna del hombre la mecen con cuentos, / que los gritos de angustia del hombre los ahogan con cuentos, / que al llanto del hombre lo taponen con cuentos…”

                                                       Miguel Vitagliano

                                                Buenos Aires, EdM, mayo 2022


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