La política de la ecología, por Aldous Huxley

Este texto corresponde a la conferencia pronunciada por Aldous Huxley en febrero de 1962 en el Centro de Estudio de las Instituciones Democráticas en Santa Bárbara, California. Su título original en inglés fue «The politics of Ecology». Salió publicada por primera vez en castellano en el número 291 de la revista Sur, correspondiente a noviembre y diciembre de 1964.

En política, el problema central y fundamental es el del poder. ¿Quién habrá de ejercerlo? ¿Y por cuáles medios, con qué autoridad, con qué propósito y bajo qué control? Sí, ¿bajo qué control? Pues como la historia lo demuestra claramente, la posesión del poder va acompañada de la tentación de abusar de él. Para nuestra propia protección debemos crear y mantener instituciones que impidan que  quienes tienen el poder sucumban a tentaciones que los convertirían en tirano en sus tierras y en imperialistas en el exterior.

         ¿Qué clase  de instituciones son efectivas para lograr este propósito? Y, habiéndolas creado, ¿cómo podemos garantizar que no han de decaer? Las circunstancias cambian y, con ellas, los medios que fueran antes admirablemente efectivos para controlar el poder cesan de ser adecuados. ¿Qué sucede entonces? Específicamente, cuando los adelantos de la ciencia junto con el acelerado progreso de la tecnología alteran la relación que el hombre mantuvo por largo tiempo con el planeta en que vive, revolucionan sus sociedades y al mismo tiempo dotan a sus gobernantes de nuevos inmensamente poderosos instrumentos de dominación, ¿qué debemos hacer?

         Pasemos revista brevemente a la situación en que hoy nos hallamos y, a la luz de los hechos presentes, aventuremos algunas suposiciones sobre el futuro.

         En el nivel biológico, los adelantos en ciencia y tecnología han desatado un proceso revolucionario que parece destinado, por lo menos para el próximo siglo y quizás por mucho más tiempo, a ejercer una decisiva influencia en los destinos de todas las sociedades humanas y en sus miembros individuales. En el curso de los últimos cincuenta años los hombres de ciencia del Occidente desarrollaron métodos sumamente efectivos para reducir los índices de mortalidad que imperaban tanto entre la población infantil como entre la adulta. Estos métodos eran muy simples y pudieron ser implementados a bajo costo por unos pocos técnicos de somera instrucción.

         Por estas razones, y además porque todo el mundo considera la vida como algo intrínsecamente bueno y la muerte como algo intrínsecamente malo, estos métodos fueron aplicados en una escala mundial. Los resultados fueron espectaculares. En el pasado, los altos índices de natalidad estaban equilibrados por altos índices de mortalidad. Gracias a la ciencia, los índices de mortalidad han sido reducidos a la mitad. Pero, con excepción de aquellos países altamente industrializados en los que se hace extenso empleo de métodos anticonceptivos, los índices de natalidad son tan altos como lo eran antes. La inevitable consecuencia ha sido un enorme y acelerado incremento en el número de habitantes del planeta. 

         Loa demógrafos nos aseguran que, al comienzo de la era cristiana, nuestro planeta mantenía una población de alrededor de doscientos cincuenta millones de seres humanos. Cuando los peregrinos llegados en el Mayflower fundaron Playmouth, Massachussets, en 1620, el número de habitantes del globo era de unos quinientos millones. Vemos entonces que en el pasado relativamente reciente fueron necesarios mil seiscientos años para que la especie humana se duplicara en número. Hoy la población del mundo es tres mil millones de seres humanos. Para el año 2000, a menos que algo espantosamente malo o milagrosamente bueno ocurra en el intervalo, sies mil millones habremos de sentarnos a desayunar cada mañana. O sea que, doce veces el número de personas existentes hace 1963 años, habrá de duplicarse en una cuarentaava parte del tiempo transcurrido desde entonces.

         Y esto no es todo. En muchas partes del mundo el incremento de la población se verifica a un régimen mucho más alto que el promedio para la especie entera. En la India, por ejemplo, el régimen de incremento es hoy de 2,3 por ciento por año. Para 1990 sus cuatrocientos millones de habitantes se habrán convertido en novecientos millones. Un índice de habitantes se habrán convertido comparable habrá de elevar la población de China a los mil millones para 1980. En Ceylan, en Egipto y en muchos de los países de América Central y del Sur, el incremento de la población se verifica a un régimen de 3 por ciento por año. El resultado habrá de ser la duplicación de esas poblaciones en aproximadamente veintitrés años.

         ¿Qué puede suceder en el nivel social, político y económico de un país subdesarrollado cuya población se duplica en el término de una sola generación y aun antes? Una sociedad subdesarrollada es aquella que carece de adecuados recursos de capital (puesto que el capital no es sino lo que sobra luego de haber satisfecho las necesidades esenciales y, en los países subdesarrollados, la mayoría de la población nunca satisface sus necesidades esenciales); una sociedad carente de un suficiente plantel de educadores, administradores y técnicos; una sociedad, finalmente, con enormes deudas que pagar por producción de alimentos, educación, construcción de carreteras y de viviendas, por sanidad pública. Dentro de un cuarto de siglo, cuando estas sociedades se hayan duplicado, ¿cuál será la probabilidad de que sus miembros se hallen mejor alimentados, alojados en mejores viviendas y mejor vestidos y educados que en el presente? ¿Y cuál es la probabilidad de la creación de instituciones democráticas en tales sociedades? Y, de haberlas ya, ¿pueden esperarse que tales instituciones se mantengan?

         Eugene Black, ex presidente del Banco Mundial, expresó no hace mucho la opinión de que a un país subdesarrollado, en el que la población va en rápido aumento, habría de resultarle sumamente difícil –si no imposible– industrializarse totalmente. Todos su recursos, indicó Black, han de ser absorbidos año tras año en la tarea de suplir, adecuadamente o no, las necesidades esenciales de sus nuevos habitantes. Aun para mantenerse estancado, para continuar con un presente nivel de vida subhumanamente inadecuado, ha de requerirse pesada labor y el consumo de todo el capital del que la nación dispone. El capital disponible puede ser aumentado mediante préstamos y dádivas desde el exterior; pero en un mundo en el que las naciones industrializadas están empeñadas en practicar la política del poder y dedicadas a una carrera de armamentos crecientemente costosa, la ayuda a los países subdesarrollados nunca habrá de ser suficiente como para hacer gran diferencia. Y aunque los préstamos y dádivas a países subdesarrollados fueran objeto de substancial aumento, todo progreso resultante estaría contrarrestado por el incontrolado y explosivo aumento de la población.

         Si Black está en lo cierto –y hay muchos demógrafos que comparten su opinión– las perspectivas para muchas de las naciones recientemente emancipadas y económicamente incapaces son, en verdad, bastante tristes. «A aquellos que tienen les será dado». Dentro de los próximos diez o veinte años, si puede evitarse una guerra, la pobreza habrá desaparecido casi completamente de todos los países occidentales que están altamente industrializados y en los que se hace empleo de métodos anticonceptivos. Mientras tanto, en las sociedades subdesarrolladas y de crecimiento incontrolado de Asia, África e Hispanoamérica, la condición de las masas (cuyo número habrá de duplicarse en el término de una generación) no será mejor que en el presente y puede que llegue a ser decididamente peor. Tal decadencia se refleja en las estadísticas presentes de la Organización de Alimentos y Agricultura de las Naciones Unidas (FAO). En algunas regiones subdesarrolladas del mundo –se nos dice– las gentes están hoy peor alimentadas, alojadas y vestidas de lo que sus padres y abuelos lo estaban hace treinta o cuarenta años. ¿Y qué puede decirse de la educación elemental?

         UNESCO recientemente nos ha dado una respuesta a esta pregunta. Desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, se han realizado esfuerzos heroicos con el objeto de enseñar a leer a todo el mundo. Pero el explosivo incremento de la población mundial ha anulado tales esfuerzos y el número absoluto de analfabetos es hoy más grande que nunca.

         La revolución de los anticonceptivos, que gracias a la ciencia y tecnología en avance hizo posible a las altamente desarrolladas sociedades occidentales la neutralización de las consecuencias del control de la mortalidad mediante el control deliberado de los nacimientos, no ha tenido aún efecto alguno en la vida familiar de los habitantes de países subdesarrollados. Lo cual no es sorprendente. El control de la mortalidad, como ya dijera antes, es simple y de bajo costo y puede ser llevado a cabo por un grupo pequeño de técnicos. El control de la natalidad, por otra parte, es algo costoso, afecta a toda la población adulta y demanda de aquellos que lo practican una buena medida de premeditación así como de fuerza de voluntad dirigida. El persuadir a cientos de millones de hombres y mujeres a que hagan abandono de opiniones tradicionales sobre moralidad sexual, la distribución de anticonceptivos o bien de drogas que controlen la fertilidad y, finalmente, la instrucción de todos estos seres humanos en el empleo de estos métodos, todo esto es tarea inmensa y difícil. Tan difícil que parecería muy improbable que pudiera ser llevada a cabo con éxito, dentro de un plazo lo suficientemente breve, en cualquiera de los países en los que el control de la natalidad es más urgentemente necesario.

         La pobreza extrema, cuando  se la combina con ignorancia, genera esa falta de deseo por cosas mejores, esa no-necesidad que es la resignada aceptación de un sino subhumano. Pero la pobreza extrema, cuando está combinada con el conocimiento de que en algunas sociedades reina la abundancia, también genera envidiosos deseos y la expectativa de que estos deseos, necesariamente y lo antes posible, deben ser satisfechos. Por medio de los modernos medios de difusión –estos productos de la ciencia y la tecnología cuya exportación es tan fácil, la radio, la televisión, la cinematografía, la imprenta– algún conocimiento de cómo es la vida en una sociedad próspera ha sido diseminado por todas las regiones subdesarrolladas del globo. La ciencia y la tecnología dieron al próspero occidente industrial sus automóviles, refrigeradores y anticonceptivos. Pero, lamentablemente, sólo dieron a las gentes de las sociedades subdesarrolladas del Asia, África e Hispanoamérica películas cinematográficas y programas radiales que dichas sociedades en su simpleza no son capaces de criticar, junto con un explosivo aumento de la población que no son capaces de controlar mediante deliberado planeamiento de la familia por se demasiado pobres y demasiado apegadas a las tradiciones.

         Ante un incremento anual de la población del 3 o aun del 2 por ciento toda gran esperanza de alcanzar la abundancia del Occidente industrial está condenada a la desilusión. De la desilusión, a través de la resentida frustración resultante, el camino al desasosiego social generalizado es ciertamente breve. Aun más breve, pasando del desasosiego social al caos, es el arribo a la dictadura, posiblemente del partido comunista, más probablemente a la dictadura de coroneles o generales. Parecería entonces que, para los dos tercios de la raza humana que hoy sufren las consecuencias de una natalidad incontrolada en medio del atraso industrial, de la pobreza y del analfabetismo, las perspectivas para la democracia en los próximos veinte o treinta años son desalentadoras.

         De las sociedades subdesarrolladas y de las posibles consecuencias políticas del explosivo incremento de sus poblaciones, pasaremos a considerar ahora las perspectivas para la democracia en los países totalmente industrializados, en la sociedad europea y en la norteamericana, en las cuales la natalidad está bajo control.

         Antes se suponía que la libertad política era condición necesaria para la investigación científica. El dogmatismo ideológico y las instituciones dictatoriales eran supuestamente incompatibles con la amplitud de criterio y la libertad de acción experimental en la ausencia de las cuales tanto el descubrimiento como la creación son imposibles. La historia reciente ha demostrado que estas reconfortantes suposiciones carecen por completo de fundamento. Los científicos rusos desarrollaron la bomba atómica bajo Stalin, y, pocos años después, la bomba de hidrógeno. Y bajo una dictadura aún más rígida que la de Stalin, los científicos chinos están hoy en camino de cumplir la misma proeza.

         Otra inquietante lección de la historia es que, en una sociedad en desarrollo, ciencia y tecnología pueden ser usadas exclusivamente para acrecentar el poderío militar y no, ni en lo más mínimo, para beneficio de las masas. Rusia ha demostrado lo que China está hoy tratando de demostrar: que la pobreza y las condiciones de vida primitivas son perfectamente compatibles para la enorme mayoría de la población con la producción de grandes cantidades de los implementos militares más modernos y elaborados. Ciertamente, por medio de la deliberada imposición de la pobreza sobre las masas, lso gobernantes de aquellas naciones que están en proceso de industrializarse logran crear el capital necesario como para erigir una industria bélica y mantener un ejército bien equipado con los cuales poder participar ellos también en el juego suicida de la política internacional del poder.

         Vemos así que las instituciones democráticas y las tradiciones de libertad de ningún modo son esenciales para el progreso de la ciencia y de la tecnología y que tal progreso de por sí no conduce al mejoramiento interno y la paz en el exterior. Sólo donde ya existen las instituciones democráticas, sólo donde las masas pueden destituir de sus cargos mediante el voto a los gobernantes forzándolos así a prestar atención a la voluntad popular, se usan la ciencia y la tecnología tanto para el bien de la mayoría como para aumentar el poder del estado. La mayoría de los seres humanos prefiere la paz a la guerra y prácticamente todos preferirían estar vivos y no muertos. Pero en todas partes del mundo, se ha enseñado a hombres y mujeres a considerar como axiomáticos al nacionalismo y a la guerra entre las naciones como algo cósmicamente ordenado por la Naturaleza de las Cosas. Aun ejerciendo el derecho del voto, las masas son prisioneras de sus culturas y los postulados fundamentales del marco de referencia dentro del cual piensan y sienten las inhiben para decretar el fin de la paranoia colectiva que gobierna las relaciones internacionales. En cuanto a las minorías que rigen en el mundo, el hecho mismo del poder de que disponen las encadena aún más estrechamente al sistema presente de ideas y a las costumbres políticas preponderantes; ésta es la razón por la cual dichas minorías son aún más incapaces que sus súbditos de expresar la preferencia, simple y humana, por la vida y por la paz.

         Esperemos que algún día gobernantes y gobernados se liberen de la prisión cultural en que están hoy encerrados. Algún día…. ¡Y que ese día llegue pronto! Puesto que, gracias al rápido avance de la ciencia y la tecnología, disponemos de muy poco tiempo. El torrente de los cambios fluye cada vez más veloz, y corriente abajo, quizás de aquí a pocos años, hemos de llegar a rápidos, hemos de oír, cada vez más sonoro, el rugido de una catarata.

         La guerra moderna es un producto de los adelantos científicos y tecnológicos. Inversamente, los adelantos de la ciencia y la tecnología son productos de la guerra moderna. Para hacer la guerra de manera más efectiva, primero los Estados Unidos, luego Gran Bretaña y más tarde Rusia financiaron los programas acelerados que con tanta rapidez desembocaron en el control de la energía atómica. Las técnicas de automatización, que están hoy en proceso de revolucionar la producción industrial y todo el sistema de administración y control burocrático, fueron desarrolladas principalmente con propósitos militares. «Durante la Segunda Guerra Mundial –escribió John Diebold– la teoría y el empleo de `feedback´ fueron objeto de estudios minuciosos por un número de hombres de ciencia, tanto en este país (EE.UU.) como en Gran Bretaña. La aparición de aviones muy veloces hizo que las técnicas tradicionales empleadas para dirigir el disparo de armas antiaéreas rápidamente resultaran anticuadas. Como resultado, gran parte de la capacidad científica de este país fue dirigida hacia el desarrollo de dispositivos de auto-regulación y de sistemas para controlar nuestros equipos militares. La tecnología de la automatización, tal como la conocemos hoy, ha surgido de todo este trabajo.»

         La temeraria rapidez con que se suceden los cambios en ciencia y tecnología, con todas sus inquietantes consecuencias en los campos de la política y de las relaciones sociales, se debe en gran parte al hecho de que, tanto en los EE.UU. como en la URSS, la investigación en ciencia pura y aplicada es financiada pródigamente por los encargados del planeamiento militar, cuya principal preocupación reside en el desarrollo de más y mejores armamentos en el más breve tiempo posible. En el esfuerzo frenético para no dejarse superar por el adversario, estos encargados de planeamiento militar gastan sumas gigantescas en investigación y desarrollo. La revolución militar avanza a marcha forzada y, con su avance, inicia una ininterrumpida sucesión de revoluciones industriales, sociales y políticas. Y en medio de esta perturbación crónica los miembros de una especie, biológica e históricamente adaptada a un medio en el que los cambios ocurrían con lentitud, hoy deben vivir sus vidas aturdidas.

         Mientras se la practicaba, la guerra al estilo antiguo era incompatible con la democracia. La guerra nuclear, si alguna vez se desencadena, muy probablemente demostrará que es incompatible con la civilización y quizás también con la supervivencia humana. Mientras tanto, ¿qué hay de los preparativos para la guerra nuclear? Si ciertos físicos y encargados del planeamiento militar pudieran salirse con la suya, la democracia, donde existiera, habría de ser reemplazada por un sistema de regimentación centrado en el refugio contra bombas. La población entera tendría que ser adiestrada sistemáticamente en la delicada operación de cobijarse bajo tierra con un solo instante de preaviso, sistemáticamente ejercitada en el arte de vivir troglodíticamente bajo condiciones parecidas a las de la bodega de un barco de esclavos del siglo dieciocho. Tal idea, a muchos de nosotros nos llena de horror. Pero si no conseguimos escapar de la prisión ideológica de nuestra cultura nacionalista y militarista, es posible que nos encontremos, forzados por las consecuencias militares de nuestra ciencia y tecnología, descendiendo a las mazmorras de acero y concreto de la defensa civil total y totalitaria.

         En el pasado, una de las más efectivas garantías de libertad era la ineficiencia del gobierno. El espíritu de tiranía estaba siempre dispuesto, pero su carne tecnológica y organizadora era débil. Hoy la carne es tan fuerte como el espíritu. La organización gubernamental es un arte, basado en principios científicos y con equipos de maravillosa eficiencia a su disposición. Hace cincuenta años, una revolución armada tenía alguna probabilidad de éxito. Dado el presente estado de desarrollo de los armamentos modernos, un levantamiento popular está condenado al fracaso. Las muchedumbres, armadas con rifles y granadas improvisadas, no podrían competir con tanques. Y un gobierno moderno no debe su poder abrumador sólo a sus armamentos. También posee la fuerza del mayor conocimiento, derivado de sus sistemas de comunicación, sus archivos de información acumulada, sus baterías de computadoras, su red de inspección y administración.

         Donde existen instituciones democráticas y las masas pueden, mediante el voto, separar a las autoridades de sus cargos directivos, los enormes poderes con que la ciencia, la tecnología y las artes administrativas han dotado a la minoría gobernante son empleados con prudente consideración hacia la libertad civil y política. Pero donde las masas no pueden ejercer control alguno sobre sus gobernantes, estos poderes son usados sin escrúpulos para hacer cumplir los dictados de la ortodoxia ideológica y para fortalecer el estado dictatorial. La naturaleza de la ciencia y la tecnología es tal que su empleo para los propósitos antidemocráticos de un gobierno dictatorial le resulta a este particularmente fácil. Bien financiados, equipos y organizados, un número sorprendentemente pequeño de científicos y técnicos puede obtener resultados prodigiosos. El programa acelerado que produjera la bomba atómica y marcara el comienzo de una nueva era histórica, fue planeado y dirigido por unos cuatro mil teórico, investigadores e ingenieros. Parodiando las palabras de Winston Churchill, nunca tantos estuvieron tan completamente a merced de tan pocos.

         Durante el siglo diecinueve, el Estado era relativamente débil y tanto su interés en la investigación como su influencia sobre ella eran insignificantes. En nuestros tiempos el Estado es, en todas partes, extremadamente poderoso, así como un generoso protector y promotor de la investigación pura y aplicada. En Europa occidental y en América del Norte, las relaciones entre el Estado y los científicos por una parte, y con los ciudadanos individuales, organizaciones profesionales e instituciones industriales, comerciales y de enseñanza por otra, son razonablemente satisfactorias. La ciencia en su avance, el explosivo incremento de la población mundial, la carrera armamentística y el constante aumento y centralización de los poderes políticos y económicos, en aquellos países que poseen una tradición de libertad, todavía son compatibles con las formas democráticas de gobierno. Es obvio que será cada vez más difícil mantener esa compatibilidad en un mundo que está cambiando con rapidez y que cada vez se asemeja menos a aquel en que se formaron esas instituciones democráticas.

         El rapidísimo crecimiento de las poblaciones de sociedades subdesarrolladas amenaza con anular los esfuerzos con que éstas tratan de mejorar sus condiciones y con mantener a dos tercios de la raza humana en un estado de miseria bajo dictadura o de miseria bajo anarquía. Por otra parte, los intensos preparativos para una nueva clase de guerra crean la amenaza de que, de ocurrir tal contienda, el restante tercio de la raza humana que vive hoy prósperamente en las sociedades industrializadas sufra irreparable ruina. ¿Estas amenazas pueden eliminarse? O, si no eliminadas, ¿por lo menos es posible reducirlas?

         Mi opinión es que sólo transfiriendo el enfoque de nuestra atención colectiva desde los aspectos meramente políticos a los básicamente ecológicos de la situación humana, podremos tener esperanzas de mitigar y abreviar los tiempos difíciles hacia los que, según parece, nos estamos dirigiendo. No podemos prescindir de la política; pero tampoco podemos continuar entregándonos a las políticas malas, poco realistas. Política buena y realista es, en el mundo de hoy, trabajar para la supervivencia de la especie como totalidad y para la realización, en el mayor número posible de hombres y mujeres, de sus potencialidades individuales de buena voluntad, inteligencia y capacidad creadora.

         Cultivar la religión del nacionalismo idólatra, subordinar los intereses de la especie y de sus miembros individuales a los intereses de un solo estado nacional y de su minoría gobernante –ante el presente estado de población creciente, proyectiles balísticos y bombas atómicas–: ésta es mala política, en la cual se ha perdido el sentido de la realidad. Desgraciadamente, hoy nuestros gobernantes están dedicados a la política mala y poco realista.

         La ecología es la ciencia que trata de la relación de los organismos vivos entre sí y con su medio ambiente. Sólo cuando consigamos grabar en nuestra cabeza colectiva que el problema básico con el cual el hombre del siglo veinte se encuentra enfrentado es un problema ecológico, sólo entonces mejorarán nuestras políticas y responderán a la realidad. ¿En qué forma la raza humana se propone lograr sobrevivir y, de ser posible, mejorar las condiciones y la cualidad intrínseca de sus miembros individuales? ¿Nos proponemos vivir en este planeta en armonía simbólica con nuestro medio ambiente? ¿O, prefiriendo ser desenfrenadamente estúpidos elegiremos vivir como parásitos asesinos y suicidas que destruyen al organismo en que se hospedan y así se destruyen a sí mismos?

         Cometiendo ese pecado de arrogante engreimiento que los griegos llamaron hubris, nos conducimos como si no fuéramos miembros de la comunidad ecológica de la tierra, como si fuéramos seres privilegiados y en cierto modo sobrenaturales y pudiéramos andar por el mundo desafiantes como dioses. Pero en realidad somos, entre otras cosas, animales, partes emergentes del hombre natural. Si nuestros políticos tuvieran más sentido de la realidad, pensarían menos en proyectiles balísticos y en el problema de depositar un par de astronautas en la luna y en cambio se preocuparían por el hambre y la escualidez moral y por el problema de capacitar a tres mil millones de hombres, mujeres y niños (que pronto han de ser seis mil millones) para que vivan una vida tolerablemente humana, sin arruinar y ensuciar en el proceso el planeta en que viven.

         Según los más autorizados teólogos cristianos, los animales no tienen alma y pueden, por consiguiente, ser tratados como si fueran cosas. La verdad, que sólo ahora estamos empezando a comprender, es que ni siquiera las cosas deberían ser tratadas como simples cosas. Las cosas deberían ser tratadas como si fueran partes de un vasto organismo viviente. «Lo que hagas habrá de serte hecho». La norma se aplica tanto a nuestras relaciones con la naturaleza como con nuestros semejantes. Si esperamos ser bien tratados por la naturaleza, deberemos dejar de hablar de las «simples cosas» y comenzar a tratar a nuestro planeta con inteligencia y consideración.

         En su contenido de nacionalismo, la política del poder crea problemas que, excepto opr la guerra, son prácticamente insolubles. En cambio, los problemas de la ecología admiten solución racional y pueden ser encarados sin despertar todas esas violentas pasiones que están siempre asociadas a las ideologías dogmáticas y a las idolatrías nacionalistas. Pueden suscitarse discusiones sobre la mejor manera de cultivar trigo en un clima frío o de reforestar una montaña desnuda. Pero tales discusiones nunca conducen a la matanza organizada. La matanza organizada es el resultado de preguntas tales como las siguientes: ¿Cuál es la mejor nación? ¿La mejor religión? ¿La mejor teoría política? ¿La mejor forma de gobierno? ¿Por qué algunas gentes son tan estúpidas y malvadas? ¿Por qué se resisten a nuestros esfuerzos benefactores para ponerlas bajo nuestro control y hacer que sean como nosotros?

         A esta clase de preguntas, la respuestas final ha sido siempre la guerra.

         «La guerra –dijo v. Clausewitz– no es simplemente un acto político, sino también un instrumento político, la continuación de las relaciones políticas y la realización de las mismas por otros medios.» Esto era cierto en 1830, cuando v. Clausewitz publicó su famoso tratado y continuó siendo cierto hasta 1945. Hoy, es bien obvio, las armas nucleares, los cohetes de largo alcance, los gases que atacan el sistema nervioso, las soluciones bacterianas y el «Laser» (esa promisoria y reciente adición al arsenal militar del mundo) han desvirtuado las premisas de Clausewitz. La guerra total con armas modernas no es ya una continuación de políticas previas sino un completo e irreversible rompimiento con ellas.

         Política del poder, nacionalismo e ideología dogmática son lujos que la raza humana ya no puede permitirse. Ni tampoco podemos, como especie, darnos el lujo de ignorar la situación ecológica del hombre. Transfiriendo nuestra atención de la política del nacionalismo y del poder militar, que es hoy irrelevante y anacrónica, a los problemas de la especie humana y a la aún incipiente política de la ecología humana, mataremos dos pájaros de un tiro: reducir la amenaza de la destrucción súbita por la guerra científica y a la vez la de un desastre biológico más lento.

         Los comienzos de la política ecológica residen hoy en los servicios especiales de la Organización de las Naciones Unidas. UNESCO, la Organización de Alimentos y Agricultura (FAO), la Organización Mundial de la Salud y los diversos servicios de asistencia técnica de la ONU, son organismos que están dedicados, algunos de manera parcial y otros enteramente, a los problemas ecológicos de la especie humana. En un mundo donde los problemas políticos se piensan y se conducen dentro de un sistema de referencias cuyas coordenadas son el nacionalismo y el poderío militar, a estas organizaciones de orientación ecológica se las considera periféricas. Pero si se pensara en los problemas de la humanidad y en sus soluciones dentro de un sistema de referencias cuyas coordenadas fueran el bienestar de los individuos y la realización de las potencialidades que son deseables en el hombre, entonces estas organizaciones que hoy son periféricas pasarían a ser centrales. Las políticas subordinadas a la de la ecología, pasarían a llenar el lugar que hoy ocupan la política del poder y de la ideología, el nacionalismo idólatra y la continuación innecesaria de la miseria.

         Al acercarnos a una política ecológica, sin duda descubrimos que hemos contribuido en algo para «hacer del mundo un lugar seguro para la democracia», como dijera el presidente Wilson en forma un tanto prematuramente optimista.

Aldous Huxley

(Traducido por Guillermo R. Frascino.)


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