Vidas de bolsillo: DEAN REED, por Miguel Vitagliano.

La cámara tomaba a Palito Ortega cantando sobre una bicicleta que se movía en la marcha por una calle empedrada de un barrio de Buenos Aires:

 “De chico quise tener ballet, chofer y pileta,
pero yo me equivoqué y aquí estoy en bicicleta.
Yo me equivoqué, yo me equivoqué, 
Cuídese, compadre, pa´ que no le pase a usted.”

Era la película Mi primera novia, a comienzos de los sesenta, y el mea culpa de “El Rey” del Club del Clan tenía un motivo: estaba perdiendo a su eterna novia del barrio tras la llegada de un gringo cautivador y próspero. Palito trabajaba en una tintorería haciendo los repartos en bicicleta, y el otro, el rubio, galán y simpático, idéntico a Simón Templar El Santo, hacía rabiar a la barra de la esquina cada vez que se aparecía haciendo sonar la bocina de su auto. La novia, finalmente, eligió al segundo y en la última escena aparecía casándose en la iglesia, mientras en off sonaba la voz de Palito: “Primer amor, nunca se olvida”. Fin.

La vida real, o aquello que convenimos en llamar la realidad, resultó muy diferente al apagarse las luces del set. Ramón Palito Ortega terminó casándose con esa actriz, Evangelina Salazar, y tuvieron varios hijos que se dedicaron al mundo del espectáculo. Es posible que no haya sido su primera novia, pero sí su única esposa. El marido elegido en Mi primera novia, el norteamericano Dean Reed, siguió un camino muy distinto; o mejor, similar y opuesto la lógica de los metales que condena a los imanes. Se casó con su primera novia, Patty, pero después tuvo otras dos más. Uno era el morocho muy morocho, nacido en un hogar muy pobre de la provincia de Tucumán, el otro un rubio muy rubio, nacido en 1938 en un suburbio Denver, en un hogar de maestros de escuela. Palito fue un mimado del éxito y, aunque fracasó como empresario de espectáculos al contratar a Frank Sinatra en tiempos de la última dictadura, mantuvo su público con esas películas que en los años de plomo celebraban a la policía, al ejército, a la marina y la aeronáutica. Tanta fue su ascendencia popular que, en 1983, finalizada la dictadura, se lanzó a la política y resultó electo gobernador Tucumán. A mediados de los noventa fue candidato a la vicepresidencia de la República y senador nacional, cargo que abandonó tras una sospecha de sobornos por parte del presidente De La Rúa a distintos miembros del parlamento con el objeto de obtener los votos necesarios para la Ley de Flexibilización Laboral. Pero Palito tuvo chofer y pileta en su casa, y de haberlo querido también un ballet. Dean Reed y Palito jamás volvieron a encontrarse después de los tiempos de El Club del Clan. Mientras uno rodaba aquellas películas de los setenta, el rubio americano se convirtió en el Elvis Rojo, estrella de la canción popular en la Unión Soviética. Otro modo de ser rey detrás de La Cortina de Hierro. Es más, la compañía discográfica soviética Melodiya firmó con Dean Reed el primer contrato de su historia para grabar un disco de rock and roll. En 1986, desde su casa de la ciudad Berlín, llegó a decir en un programa producido para la CBS, y que verían sesenta millones de americanos, que Gorbachov amaba la paz y era mucho más moral que Reagan y que era indispensable defender el Muro de Berlín.

¿En qué momento aquel joven tan rubio y tan blanco empezó a volverse a tan rojo? ¿Fue por las enseñanzas de su madre, Ruth Anna, o por oposición a su padre Cyril, miembro fundador de la organización de extrema derecha Jorn Birch Society? De ninguna manera. Tampoco por su paso en la Academia Militar, ni por su viaje, en 1958, a bordo de un Impala hacia Hollywood. Allí ni siquiera obtuvo algo del éxito que buscaba, participó en unas películas de poca monta y grabó un par canciones. Su transformación en una especie de Che del Rock and Roll estuvo en su viaje a Chile y Argentina a principio de los sesenta. El mismo lo aseguró en una entrevista para American Rebel: “Sudamérica cambió mi vida, allí pude ver la justicia y la injusticia, la pobreza y la riqueza. Fue necesario tomar una posición. Yo no era un capitalista, no estaba ciego, pero allí me hice revolucionario.” Al llegar al aeropuerto de Santiago en su gira lo sorprendió encontrarse con fans que lo esperaban y coreaban su canción “Our Summer Romance”, que nadie había escuchado en su país. Conoció pronto a Victor Jara y tuvo contactos con Pablo Neruda. El éxito lo acompañó al otro lado de la cordillera. Fue la “cara linda” de El Club del Clan, el invento comercial para promover nuevos valores de la canción joven, siempre sonriente en las tapas de las revistas, amable con los cazadores de autógrafos que rodeaban su casa en la coqueta zona residencial de Martínez. Incluso en Mi primera Novia, el público se identificaba con Palito, pero le resultaba imposible odiar a Dean Reed. Su actuación como conquistador era tan pero tan mala que rompía lo esperable para el melodrama. ¿Habrá sido un efecto construido por los productores o un acierto de un mal actor? De cualquier modo, habrá quien descubra en Mi primera novia una actuación que se corresponda a Marlon Brando en Nido de ratas: así como el gran actor se paraba ante las cámaras sin creer demasiado en la coherencia que el libreto le exigía a su personaje, Dean Reed se sentía irreal siendo el gringo de fortuna que venía a robarle la novia al muchachito argentino. 

El año de su gran salto fue 1965, y fue marcado por un evento, el Congreso por la Paz de Mundial en Helsinki, organizado desde la URSS. Dean Reed, que ya había hecho sendas demostraciones en contra de la política exterior norteamericana y contra la guerra de Vietnam en particular, fue invitado a participar como cantante. En cuanto comenzó el evento se hicieron evidentes las tiranteces entre chinos y soviéticos. Las murmuraciones y los desplantes pronto derivaron en gritos y empujones. Dean Reed traspasó el tumulto para subir al escenario y cantar “¡Venceremos!” El público estalló en aplausos. La URSS había encontrado lo que había estado buscando desde hacía tanto: un Elvis Rojo, un Beatle comunista para los jóvenes del mundo socialista. En 1966, cuando fue deportado de la Argentina, el nuevo Beatle se presentó en el Teatro de Variedades de Moscú y consiguió hacer bailar al público al ritmo del twist y rock and roll. 

Era una estrella pop entrevistada por Pravda y celebrada por encumbrados líderes políticos, entre ellos el palestino Yasser Arafat. Parecía imparable, y casi mágico. Despertaba en los jóvenes el mismo furor que Los Beatles, pero sin una pizca de capitalismo. Realizó giras por distintos países que pertenecían a La Cortina del Hierro. Y en cada actuación daba vueltas la anécdota de cuando lavó, públicamente, la bandera de su país para quitarle la sangre de los vietnamitas. Con esa fama arribó a Alemania del Este en 1971, donde conoció a su tercera esposa, la actriz de cine Renate Blume. Se casaron en 1983 y tuvieron una casa en Schmöckwitz, en las afueras de Berlín. Dos años después viajó de visita a Estados Unidos. 

A su regreso la glasnost ya había sido puesta en marcha y el rock and roll inglés y americano empezaba a ser oído con libertad. Las cosas de entonces ya no eran las mismas, y menos el público de Dean Reed. Mientras la oferta de occidente crecía el alza, el Beatle comunista bajaba. Era la ley del orden del mundo. Ante el nuevo panorama decidió filmar su propia película, Bloody Heart. Aunque le resultaba difícil reunir el dinero para el rodaje, insistía en que lo comenzaría en junio de 1986. Al día 12 el proyecto sólo seguía en el papel, pero una llamada alentadora de su productor Gerrit List avivó el entusiasmo: había posibilidades de que el financiamiento llegara desde Moscú. Esa misma noche Dean Reed salió de su casa para encontrarse con List, y jamás regresó.  

El día 17 de junio su cuerpo fue encontrado en un lago cerca de su casa. Dean Reed tenía entonces 48 años. Se pensó, al principio, en un crimen de la CIA, y de inmediato las sospechas viraron hacia la KGB y la STASI. Todo era posible en la guerra fría, aun cuando los motivos y las causas parecían no importarle a nadie. Mucho después, ya caído el Muro de Berlín, hubo sospechas más firmes de que podría haberse tratado de un suicidio. Otros se convencieron, casi en una inclinación a la magia inexorable, de que esa muerte cumplía el sueño de una canción, compuesta y cantada por Palito Ortega hacía unos años:

“Si no te gusta que la gente esté contenta,
si no te gusta ver feliz a los demás, 
tirate al río en la parte más profunda 
y después cuando te hundas,
si querés podés gritar.”

Miguel Vitagliano

                                                      Buenos Aires, EdM, diciembre 2021


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