Sobre «La caracola» de Graciela Batticuore, por María José Schamun

Las caracolas son esos caparazones en los que encuentran su hogar los moluscos, criaturas flexibles y adaptables, y son además el lugar donde late el mar para los oídos humanos que quieran escuchar. En su interior, el oleaje está vivo, las olas se alzan y se acercan, rompen y se alejan. En La Caracola, de Graciela Batticuore, el oleaje es la memoria.

La protagonista recuerda y escribe, construye una memoria que se vuelve también sobre la propia escritura. La trama es un helicoide que recorre el interior de la caracola, corazón del mar, donde Nina fluye entre lenguas y amores. La infancia es un mundo donde la lectura y la escritura son difíciles o imposibles, y la oralidad se desdobla en dos lenguas que marcan territorios y deseos. Las fronteras de la lengua italiana, que se vincula al pasado remoto y a la cotidianeidad inmediata, perfilan un espacio íntimo que, aunque poblado de una amplia comunidad, no excede los muros del hogar. La vergüenza y el sentimiento de inadecuación marcan los límites para esa lengua de la historia familiar. Más allá de ellos, el castellano, la lengua del deseo, de los secretos, de otro tipo de intimidad. La nena que crece en los recuerdos de la mujer que escribe ensaya posturas y actitudes, evalúa los efectos y juzga los resultados en un espacio de intersección de esos dos mundos, como el mar entre las dos orillas.

Esas lenguas y esos mundos entran en contacto en la protagonista misma. La identidad de Nina se construye como una pregunta que se va complejizando, que despliega matices y que afirma la validez de la pregunta como el motor de toda identidad “¿Quién soy yo cuando escribo? ¿Y cuando actúo quién soy?” La respuesta es el texto mismo que el lector tiene entre manos, la novela sucede en un desdoblamiento de la narradora en objeto y sujeto de su escritura. La mujer que escribe sigue ensayando posturas y posibilidades, se mueve entre el presente y el pasado formando una amalgama de sentidos, pero también va más allá de su propia historia, confecciona un caparazón que la envuelve desde antes de venir al mundo y que la ubica en un entramado de relaciones desde el cual realizar la pregunta y los ensayos de respuesta. La escritura y la actuación se presentan como dos momentos de la marea: allí donde la actuación permite deslindar aspectos de su personalidad, dejar de lado la que sabe que es para poder asumir el lugar de quien decide ser en este momento; la escritura la devuelve a su enclave, al lugar donde todos esos ensayos confluyen y se superponen, donde todas las que decide ser por momentos, se vuelven aspectos de la que es de modo innegable. La ola se alza, se estira hasta la orilla y se retrae hacia la inmensidad el mar nuevamente. La caracola es el modo en que Nina experimenta esa marea de recuerdos, la forma de la memoria.

Es también, el modo en que Graciela Batticuore construye una prosa de respiración poética, una pieza narrativa que se arremolina en torno a la pregunta por la identidad mientras construye un personaje de matices únicos que, al mismo tiempo, hace pie en un proceso con el que todo lector puede identificarse. La protagonista es hija de migrantes italianos y del mismo modo en que muchos argentinos pueden comprender esa situación específica, son muchos también los que en este mundo comprenden la singularidad de crecer entre las consecuencias de ese desplazamiento, pero sobre todo, quien lea esas páginas recorrerá una vez más las incertidumbres y los entusiasmos de las primeras veces frente al mundo, la gran incógnita que se presenta ante nosotros como espejo de la que empuja en el pecho. La Caracola trae a este lado del océano un conjunto de sentidos que, como herramientas de conocimiento, se sienten desafinados, parecen no cumplir el objetivo de preparar para la vida extramuros del hogar. Y sin embargo, lo hacen, logran su cometido. Las historias que viajan en las maletas que se pierden en el mar, en las fotos que dialogan con la ausencia, en los silencios que dejan espacios oscuros le dan a la protagonista la posibilidad de hacer pie en seguro mientras se lanza entre las olas, se deja llevar y vuelve, aunque nunca logre volver al mismo lugar.

Para cuando el lector termine su recorrido por esas páginas, habrá asistido a la construcción de una feminidad que se aparta de los clichés y se afirma en lo compartido, una figura compleja que se pregunta desde ese espacio lingüístico que elige como propio, cómo dialogar con ese otro espacio de la tradición que también le es propio, pero que no siempre elige. La caracola es la pregunta constante por la propia identidad que en esas páginas se construye en femenino.

María José Schamun

Buenos Aires, EdM, noviembre 2021


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