A propósito de Personne ne sort les fusils (2020).
La noche y el día.
Desde la inmensa casa donde se retira a escribir a finales de los años cincuenta, Marguerite Duras habla de la soledad de la escritura, una soledad esencial, deseada y construida por ella después de la publicación de Un dique contra el Pacífico (1950) con la compra de esa antigua granja situada a unos cuarenta kilómetros de París, en el pequeño pueblo de Neauphle-le-Château. La soledad está en el interior de la casa, dice Duras, no afuera, no en el parque que la rodea, la soledad es la separación necesaria con la gente y con el mundo alrededor. Pocos años antes de su muerte, ha vuelto a la casa de Neauphle con la cineasta Benoît Jacquot, y juntos filman en dos días este relato improvisado sobre la escritura, que se convierte tres años más tarde en un libro, Escribir (1993), el último publicado por la escritora. “Mis libros salen de esta casa”, incluso los que fueron escritos en otro lugar, y de la luz que se reverbera en la pequeña laguna del parque, precisa también Duras. La luz que en las tardes de verano alarga las sombras y proyecta el interior de la casa en la terraza, donde se sientan a conversar los amigos que vienen de visita; la luz delgada del crepúsculo de invierno, que trae consigo toda la tristeza del mundo: «el infierno y la injusticia del mundo del trabajo», escribe Duras, que llega dentro de las casas cuando afuera ha terminado el día, y es la hora en que empieza la escritura. La luz distribuye los espacios, y asume, o más bien impone la inversión de lugares y valores que caracteriza la escritura, que empieza cuando el trabajo ha cesado afuera, y vive un poco salvajemente. La noche afirma los límites con el mundo exterior, pero también los afina, haciendo de esa separación una inquietud, una vigilancia, y la posibilidad de una percepción más intensa de ese tiempo suspendido.
La escritura ocupa su lugar, pero yo siempre soy ese niño asustado que mira cómo se agranda la distancia con los otros, explica bellamente el escritor y filósofo Pierre Pachet (L’oeuvre des jours, 1999), y pide a gritos que seamos más atentos, que se tenga más cuidado, ¿no sería mejor que los humanos fuéramos realmente de cristal[1]?
El 31 de marzo de 1992, en el apartamento de la rue Saint Benoît donde Duras ya vive casi recluida, el noticiero de televisión anuncia el cese de la última línea de montaje en la mítica fábrica de automóviles Renault en Boulogne-Billancourt, a orillas del Sena. Creada en 1929 por Louis Renault, es la primera unidad de producción en cadena del país, y un bastión histórico del proletariado obrero francés. Los dirigentes han organizado una pequeña fiesta de “Homenaje a Billancourt”, y los obreros reciben un pin’s y una camiseta. Entonces nadie parece ver lo que está pasando, los despidos de los 3000 obreros han sido planificados pacíficamente durante tres años, y en las imágenes de archivo asombra la resignada aceptación del cierre de la inmensa fábrica de la lsla Seguin (“la Isla del Diablo”, como la llamaban los obreros), demasiado anticuada e inadaptada para el mundo que viene. “Hay decisiones tomadas por los políticos desde los años ochenta que tienen consecuencias telúricas, por decenios, sobre la vida de sociedades enteras”, explica la escritora Sandra Lucbert (https://www.franceculture.fr/emissions/par-les-temps-qui-courent), y es algo que casi nadie puede ver en su momento, cuando caen sobre nuestras cabezas. En “El número puro” (uno de los cinco textos que componen Escribir), Duras pide muy seriamente ayuda a los lectores para consignar los nombres y apellidos de todas las mujeres y los hombres que trabajaron en la fábrica de Billancourt desde su creación: la cifra seguramente alcanzaría la de una gran ciudad, explica, y nada podría contradecir este dato, “el trabajo en Renault, la pena total, la vida”. ¿Qué ve entonces Duras que nadie puede ver?
En esos años, una nube de humo de cigarrillos flota sobre las mesas, en las aulas, las salas de los cafés, que amortigua la luz y desvanece los colores.
Cuarenta años de deslocalización industrial en el país y no pasa nada, declara el 19 de octubre de 2020 en la Asamblea Nacional el periodista (ensayista y cineasta) y diputado por la Somme, François Ruffin, que propone también ese día la deslocalización del parlamento en Rumanía, donde un diputado sólo costaría 1000 euros por mes. Ruffin quiere hacer ver: hay que ver, cuenta, lo que fue el cierre de la fábrica de neumáticos Continental en 2009 (en Picardía), 300 divorcios, 13 suicidios ; hay que ver la cara de este ex obrero de Bridgestone al que le regalan un vale para comprarse neumáticos Bridgestone, made in Viêt Nam (https://youtu.be/JVWEPIFueWw). Unos días antes, la firma de neumáticos ha anunciado el cierre de su fábrica en Bethune, y la supresión de 863 empleos. Tres meses más tarde, Michelin anuncia la supresión de 2300 puestos de trabajo en Francia de aquí a 2023, con el objetivo declarado de “mejorar su competitividad”. Desde 2017 la firma ha venido suprimiendo 1700 puestos. ¿Qué es lo que no podemos ver?
El “muro de proletariado” proyectado por Duras en 1992 no prospera, y nadie advierte entonces la turbadora interpelación de la autora, que corta el texto en dos: “tal vez nunca sepamos lo que debimos haber hecho para que ese pasado alemán deje de elaborarse en nuestra vida”. Por cierto, el pasado no se confunde con el presente, pero me devuelve a él, con la urgencia del niño azorado Pachet que pide que seamos capaces de ver y escuchar lo que está pasando. Un pasado que, recuerda Arturo Carrera en un precioso texto sobre Gelman (Ensayos murmurados, 2009), convirtió para muchos toda vivencia artística en una experiencia ética (“la tarea de crear poesía después de Auschwitz”), donde hubo que reaprender a andar, y a mirar a los ojos ese “presente obligatorio” (como lo llama Duras), que la escritora siempre tiene a la vista, y estremece hoy por su clarividencia. El pasado funda una poética (una po/ética), que es también una poderosa educación de la mirada, para poder ver, o figurarse lo impensable. Perfeccionar la mirada (“darle ojos al pensamiento”), es lo que propone Sandra Lucbert en la apertura de su libro Personne ne sort les fusils (2020), que, treinta años más tarde, se asoma de nuevo al mismo vacío. Un libro que quiere ver, y también entrever un mundo que se pueda habitar, y donde pensar sea posible. Una vida en prosa.
“Ver en prosa”
El 6 de mayo de 2019 se abre en París el juicio histórico de siete dirigentes de la gran empresa francesa de telecomunicaciones, France Telecom, por delito de “harcelamiento moral e institucional” de sus empleados entre 2006 y 2010. Después de diez años de instrucción, los jueces han eliminado el cargo de “homicidio involuntario”, pero por primera vez es incriminado un modelo de organización laboral, un maltrato a gran escala, deliberado e institucional. «El Nuremberg del management«, como dicen los comentaristas en la prensa. Ruffin también bromea en su diario Fakir, «quise pedirle a Hannah Arrendt que lo cubriera, pero no estaba disponible» (https://www.fakirpresse.info/la-banalite-de-leur-mal). En 2006, los dirigentes inician dos planes de reestructuración (NEXT y ACT) destinados a suprimir, en tres años, 22000 puestos de trabajo (mayoritariamente funcionarios), e imponer la movilidad forzada de otros 10000. 105 personas se suicidan en France Telecom entre 2008 y 2014, según el censo realizado por el sindicato Sud PTT, que en 2010 inicia la denuncia junto con 39 empleados. Time to move (TTM) para los empleados de la gran empresa pública, que ya habían venido experimentando desde su privatización en 1995 el Time to Market, recuerda Sandra Lucbert: Move, dice ahora más claramente la siguiente etapa de transformación (NEXT), que es preciso entender literalmente, y como el nuevo imperativo categórico de nuestro mundo-Flow. Flow es el estado de la materia financiera al natural (el cash-flow), explica Lucbert, la que fluye libremente en el gran mercado de la propiedad líquida (las acciones, la Bolsa), y ha venido imponiendo las pautas de un nuevo orden salarial devastador. Un mundo enteramente reconfigurado según las exigencias del flow, y la voracidad infinita de los mercados financieros. Flow es también el título que Sandra Lucbert imagina primero para su libro sobre el juicio France Telecom, y la palabra que ritma este incandescente relato de la fábrica del tormento laboral contemporáneo.
La autora es una de las “periodistas de un día” que, a iniciativa del sindicato Solidaires, siguieron uno (o varios) de los 42 días de audiencia y publicaron sus crónicas en la “Petite Boîte à Outils Solidaires” (http://la-petite-boite-a-outils.org), una plataforma destinada a reseñar el día adía de este juicio extraordinario[2]. “Es la historia de una estructura juzgada desde sí misma”, escribe Lucbert en su primera crónica, explicando que comparecen ese día métodos y protocolos técnicos de organización salarial violentísimos que no son, sino los que fueron inventados para sostener la desregulación financiera decidida por los gobiernos franceses y europeos desde los años ochenta. Para liberar el flow, o asegurarse de su disponibilidad permanente, fabricando en la vida de los empleados la inestabilidad característica de los mercados financieros: el miedo, la intranquilidad, el desconcierto permanente. La droga de los traders dopados de adrenalina, explica el periodista Denis Robert en su novela-diario Les rapports humains (2017). Standing ovation para los managers que cumplen con sus objetivos en el gigantesco plan de eliminación de los empleados, cuya extraordinaria violencia sólo puede concebirse, para la autora, dentro de una estructuración social que la autoriza. Y ha hecho proliferar esta maquinaria destructora en los cuatro puntos cardinales del país. Eliminar, liquidar, vaciar (“des-asalariar el flow”, dice Lucbert), es la necesidad impuesta por la libre circulación del flow, que se cumple entonces a la letra: acosados, humillados, los empleados indeseables son también instalados en oficinas vacías, sin nada que hacer, o abandonados en edificios desertados por la empresa. El precedente Bartleby, cuenta Lucbert, cuando el empleado se empeña en quedarse, “la pesadilla capitalista (…) #Occupy. Puro pegamento”. No limits para “el proyecto de licuefacción general” que se radicaliza en la era del capitalismo financiero (el mundo-flow) con el workflow y sus recetas premiadas, (Legión de Honor y Orden Nacional del Mérito para el PDG de la empresa):
“Echar primero los huesos y la carne en una olla, cubrir con agua. Añadir un ingrediente ácido: por ejemplo, humillaciones repetidas, para facilitar la migración del tejido óseo en el caldo […] Dejar a remojo cierto tiempo el agregado social en el elemento mortífero. La ausencia de comprensión, agente de corrosión, libera el sabor. Llevar hasta ebullición, hacer hervir los afectos de temor, las heridas, los tormentos, hasta lograr que los individuos des-coheren. (…) añadir el condimento (anuncios atronadores (…), mutación del cónyuge allende los mares, mudanza de las oficinas durante el fin de semana, invención de faltas profesionales) …”[3]
La escritura de este libro “se me impus[o] rápidamente como un refugio”, explica la autora, que insiste en la necesidad de extraerse de la lengua colectiva y su conglomerado de evidencias sólidas, que acompaña y banaliza la violencia inaudita que se ejerce cotidianamente en el cuerpo social. Una lengua común (la LCN, Lingua Capitalismi Neoliberalis, dice Lucbert) donde ha cristalizado la ficción de una racionalidad económica ab aeterno, como una ironía más en el mundo frenético de la compra-venta de activos al nanosegundo, y del crash sistémico siempre inminente. El refugio de Lucbert es un lugar muy poblado y vital, donde se cruzan y se entrechocan los 1001 estados del lenguaje que conviven a toda hora en la cabeza del que practica (y disfruta) la literatura, deportándolo ligeramente a ese presente separado e intranquilo de la escritura. Escribir para ver (en prosa): la manufactura humana de «la santa Trinidad del flow» que destruye las existencias, y toda humanidad (o «la humanidad como calidad», como escribe Frédéric Lordon en Figures du comminisme, 2021).
Una poderosa contraofensiva literaria que plantea también finísimamente la cuestión de la posibilidad de la observación y la mirada en un mundo donde ha retrocedido todo límite entre el interior y el exterior, entre lo que es y lo que podría ser. “Una obsesión de la supresión de la separación” que Jean Luc Nancy asociaba hace ya casi 20 años a la fuerte tentación totalitaria de una sociedad cansada de la democracia (Chroniques philosophiques, 2004). Como en la parábola más atroz, el suicidio de los empleados de France Telecom realiza el “crash program” de los dirigentes de la empresa, y el de una sociedad entera.
“Íntimo es el terror”, advertía Lyotard (Moralités postmodernes, 1993).
En el prefacio de la edición de las obras escogidas de Pierre Pachet publicada en 2020, Emmanuel Carrère cuenta cómo, gracias al fervor de sus amigos y lectores, una placa pudo ser colocada en la fachada del inmueble donde el escritor vivió más de treinta años. Pocos días después, la placa fue recubierta por la inscripción “judío” y una estrella de David. Qué raro, prosigue Carrère, Pachet no era un escritor conocido del gran público, y sólo un lector atento de su obra (y su preciosa Autobiographie de mon père, 1987) pudo saber que su padre se llamaba Apatchevsky, y que era judío. ¿Quién puede ver más?
Corinne Ferrero
Pau, Francia, EdM, noviembre de 2021
[1] Pachet cita la pregunta de Elias Canetti en El territorio del hombre: “¿seres de cristal, serían mejores? ¿cuidarían más los unos de los otros?” (mi traducción)
[2] Las contribuciones de una cincuentena de “periodistas de un día” (sociólogos, escritores, poetas, cantantes, médicos, abogados, psicólogos, historiadores, dibujantes, etc.) fueron reunidas en un magnífico libro ilustrado: La raison des plus forts. Chroniques du procès France Télécom, Paris, Editions de l’Atelier, 2020.
[3] Sandra Lucbert, Personne ne sort les fusils, Paris, Ed. Seuil, 2020, p.94. El libro es inédito en castellano, la traducción es mía.
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