¿Es Sound of Metal una película sobre la sordera? Hay buenos motivos para afirmarlo. Para empezar, la disyuntiva principal que enfrenta el protagonista (Ruben, un joven baterista de punk que experimenta súbitamente una pérdida casi total de su audición) consiste en asumir su nueva identidad como sordo o tratar de recuperar su vida anterior mediante un costoso implante coclear. Además, el personaje que en la película ocupa el rol de mentor (Joe, interpretado por Paul Raci) le da al protagonista la tarea que organizará la trama: tenés que aprender a ser sordo.
De acuerdo a varios artículos que salieron en medios norteamericanos sobre la película, la recepción de la comunidad sorda ha sido mixta. La actuación de Paul Raci como mentor sordo es excelente, pero, ¿no debería haberse casteado a un sordo para el papel? Además, la descripción de las penurias que atraviesa Ruben para llegar al implante coclear no es muy realista (aparentemente estos implantes sí están cubiertos por Medicare). Más importante aún: la dicotomía entre el valorarse positivamente como sordo/a y la utilización de implantes habría sido superada hace mucho por la comunidad sorda, que ya no los ve como opciones excluyentes.
Quizás es más sugestivo cambiar el foco y pensar The Sound of Metal como una película que trabaja con un tema mucho más general que la política de la identidad sorda: el procesamiento de señales. El cuerpo de Ruben (interpretado por Riz Ahmed a quien seguimos obsesivamente durante toda la película, que en ningún momento nos muestra el punto de vista de otro personaje) aparece así como un punto de cruce en el que entrarán en contacto la luz, el sonido, las vibraciones, el lenguaje de señas y la escritura misma. El contenido o significado de estas señales no tendrá casi nunca la importancia que tiene el acto mismo de su procesamiento. Cuando Joe (el personaje de Raci) observa que Ruben, un adicto recuperado, no puede quedarse quieto, le da una misión adicional: sentarse solo a escribir todas las mañanas. No importa lo que escriba: nadie lo va a leer. Pero tiene que escribir, no dibujar o alguna otra cosa. Efectivamente como espectadores no tendremos nunca acceso a las páginas que llena el protagonista. La escritura es una tecnología para ordenar las pasiones. Las palabras que pronuncia Joe son transcritas por un software en un monitor de manera que Ruben, que en ese momento no domina el lenguaje de señas, pueda entenderlas.
El trabajo que hace la película con el sonido va mucho más allá de la tematización de la sordera en el guión. Los técnicos de sonido, según declararon en varias entrevistas, utilizaron una enorme cantidad de recursos para producir un entorno que remitiera a las diferentes experiencias sonoras del protagonista. Colocaron micrófonos en diferentes partes de su cuerpo, experimentaron en cámaras de aislamiento, etc. La escena inicial, en la que vemos a Ruben en el escenario tocando la batería, comienza con el ruido de acople de un amplificador que estalla y se convierte (como pasa en tantos recitales de rock) en un acorde distorsionado. De esa distorsión pasaremos, unas escenas más adelante, al pitido que da inicio a la sordera. Finalmente, llegaremos al silencio total de la última escena.
En este recorrido, que ciertamente no es tan lineal, la experiencia del implante coclear es la más dramática. Cuando se activa el implante, tanto el protagonista como nosotros escuchamos un ruido comparable (aunque no idéntico) al de una radio mal sintonizada. El ruido blanco y la amplificación de sonidos que nuestro cerebro naturalmente tiende a desestimar dominan el espectro auditivo de estas escenas. Para quienes vemos la película con subtítulos algo de esto se pierde, ya que pese a todo entendemos lo que los personajes dicen. El problema de las señales es tanto diegético como extradiegético.
Si el punk desgañitado con el que empieza la película juega con el umbral del ruido, el ruido real que produce el procesamiento de señales por medio del implante coclear es de una naturaleza muy distinta. Este ruido incómodo se opone a cualquier significado. Volviendo sobre la disyuntiva básica que mencionamos al principio, es este ruido el que aparece en la película como el reverso de la idea misma de un “sentido” existencial, un sentido ligado explícitamente a lo divino. En la línea de diálogo más citable de la película (y por lo tanto la más alejada del ruido), Joe vuelve sobre la terapia de la escritura para preguntarle a Ruben si encontró algún momento de verdadera quietud y declara:
El mundo sigue moviéndose y puede ser un lugar muy cruel, pero para mí esos momentos de quietud (stillness), ese lugar, ese es el reino de Dios. Y ese lugar nunca va a abandonarte.
La antítesis del movimiento continuo es la “quietud” (stillness), que no es lo mismo que la sordera. Vimos que la herramienta originalmente propuesta para alcanzar quietud es la escritura (una escritura sin un sentido ni un destinatario ulterior). Sin embargo, para Ruben, no es suficiente. De ahí que tenga que atravesar la experiencia del ruido, proyectado en su propio cerebro y convertido en el lenguaje interno de su conciencia. El ruido amplificado por el implante coclear es lo que impide cualquier momento de stillness, y es la antítesis del mensaje del mentor y del “reino de Dios”. Así, el ruido acaba por tener un sentido como parte esencial de un esquema de redención. En la última escena, Ruben deja de escuchar el sonido distorsionado de las campanas de una iglesia para ver de frente a Dios en la luz del amanecer. Las puertas del reino que señalaba el mentor se han abierto. Retrospectivamente, la distorsión punk de la primera escena se asimila con el umbral del infierno
Podemos, sin embargo, también preguntarnos por las condiciones técnicas que posibilitan el silencio con el que cierra la película. El silencio total solo es posible en la música y el cine sonoro. Para Ruben, la condición de posibilidad de ese silencio total es el implante mismo. Su capacidad de procesamiento de señales sonoras fue quirúrgicamente intervenido para tener un botón de encendido y apagado.
¿Podría tener Sound of Metal otro final? Es posible que sí, si abandonara toda simetría y todo aquello que la convierte en una firme candidata al Oscar a mejor película. La problematización de las señales y su procesamiento abren subrepticiamente la posibilidad que nuestra época nos exige explorar: la de una redención del ruido que no dependa del carácter trascendental del silencio.
Mariano Vilar
Buenos Aires, EdM, mayo 2021
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