La analogía entre enfermedad y desorden civil tiene una larga tradición en la filosofía política. Se le ha dado diversos usos, desde señalar formas racionales de gobernar hasta el exterminio de pueblos y adversarios políticos.
En 1938 el doctor Antonio Vallejo Nágera, jefe de los Servicios Psiquiátricos Militares del ejército nacionalista, recibió el visto bueno del generalísimo Francisco Franco para crear un Gabinete de Investigaciones Psicológicas, con el objetivo de investigar “las raíces psicofísicas del marxismo”. La guerra civil entraba en su etapa final, era momento de pensar la construcción de una nueva España en clave fascista.
Firme partidario de la dictadura de Primo de Rivera en los años veinte, con la llegada de la República Vallejo Nágera se acercó a los círculos de la derecha autoritaria que se nucleaban en la revista Acción Española, cuyo padre intelectual era el escritor y ensayista Ramiro de Maeztu. Elaboró una serie de ideas que postulaban la existencia de una raza hispana. Ante la dificultad de encontrar una “unidad de biotipo” optó, siguiendo a de Maeztu, por concebirla a partir de un espíritu basado en ideales del caballero medieval. El modelo era el Quijote, entendido como un caballero de intachable moral y gran ánimo para enfrentar peligros, adversidades y desgracias. Y católico, por supuesto.
Para Vallejo Nágera la crisis de España y el estallido de la guerra civil se explicaban por “la pululación de Sanchos y penuria de Quijotes”. La raza se había degenerado por una apertura irrestricta del país al mundo y por la difusión del sensualismo y materialismo modernos. España estaba llena de alienados que hablaban de democracia y sufragio universal. Y había demasiados marxistas, unos psicópatas mucho más peligrosos. Urgía eliminar esta influencia nefasta y descontaminar la cultura para restaurar la raza y la nobleza de espíritu perdida. La ciencia médica podía hacer su aporte. “La idea – escribía en 1938 en La locura en la guerra. Psicopatología de la guerra española – de las íntimas relaciones entre marxismo e inferioridad mental ya la habíamos expuesto anteriormente en otros trabajos. La comprobación de nuestras hipótesis tiene enorme trascendencia político social, pues si militan en el marxismo de preferencia psicópatas antisociales, como es nuestra idea, la segregación de estos sujetos desde la infancia, podría liberar a la sociedad de plaga tan terrible”. Vallejo Nágera puso manos a la obra y seleccionó dos grupos para trabajar. El primero, que estaba compuesto por unos trescientos Brigadistas Internacionales detenidos en campos de concentración, confirmó sus “hipótesis”: incapaces de prosperar por sí mismos, los marxistas luchaban por la igualdad social para que aquellos que tienen un lugar destacado en lo social por mérito propio desciendan a su nivel. El segundo grupo estaba constituido por unas cincuenta mujeres marxistas y anarquistas presas. Obviamente también aquí encontró lo que buscaba, aunque con un factor que a su entender agravaba las cosas: la “característica debilidad del equilibrio mental” de la mujer. Sostenía que al carecer de “inhibiciones inteligentes y lógicas” las mujeres agravaban los síntomas con crueldades y desenfrenos sexuales. El problema estaba claro para Vallejo Nágera: España era atacada por un ejército de enfermos psiquiátricos graves. Sabiendo el diagnóstico la tarea era extirparlos y, especialmente, preservar el futuro separando a los niños de sus madres si éstas eran marxistas o anarquistas. Así se recompondría el ambiente para que la pureza espiritual de la raza pudiera resurgir y fortalecerse.
“Después del 24 de marzo de 1976 usted sintió un alivio. Sintió que retornaba el orden. Que todo el cuerpo social enfermo recibía una transfusión de sangre salvadora. Bien. Pero ese optimismo – por lo menos en exceso – también es peligroso. Porque un cuerpo gravemente enfermo necesita mucho tiempo para recuperarse, y mientras tanto los bacilos siguen su trabajo de destrucción”. La Carta abierta a los Padres publicada en Buenos Aires por la revista Gente a finales de 1976 es un ejemplo del uso de la metáfora de la enfermedad por parte de la última dictadura militar argentina para justificar el terrorismo de Estado. Un bacilo letal, el marxismo una vez más, se había infiltrado en todos los planos de la sociedad argentina, sobre todo en la educación. La intervención quirúrgica era de urgencia: había que exterminar los bacilos y separar el tejido enfermo del sano, para que el cuerpo social recuperara la salud y pudiera generar anticuerpos de defensa. Todos debían colaborar para volver a tener un país saludable y estructurado con los valores “esencialmente argentinos”: Dios, Patria, Familia y Propiedad. Como en el caso español, los hijos de las madres infectadas eran víctimas inocentes que había que salvar arrancándoselos de sus manos.
En 2019 el escritor y periodista Jorge Fernández Díaz afirmó en un programa televisivo que “el peronismo es una enfermedad grave de la Argentina, que está extendida y metida en todos nosotros”. No era algo nuevo apelar a la metáfora de la enfermedad para referirse al peronismo. “La verdad es que detrás de la fachada hay un cáncer que aún podemos extirpar”, decía en un discurso Pedro E. Aramburu, el militar que había asumido el poder tras del golpe de Estado de 1955. De igual manera se expresó hace unos meses Julian Cook, ex-Ceo de una empresa aérea local, cuando dijo que se iba de la Argentina porque el peronismo es “un cáncer que destruye el país poco a poco”. Y hace unas semanas el conductor radial y televisivo Ángel Baby Etchecopar volvió con la idea. “Cristina Kirchner, chicos dense cuenta – dijo en un programa de televisión – es el cáncer de la Argentina”. También dijo que se trataba de una “mujer sola” que todos los días se levantaba pensando cómo dañar al país. Y remató: “si Cristina sigue en la Argentina, la Argentina se termina”. En La enfermedad y sus metáforas El sida y sus metáforas Susan Sontag sostiene que las metáforas del cáncer provienen del vocabulario de la guerra. Las células cancerosas “invaden” el cuerpo y las “defensas” del organismo casi nunca pueden con ellas. Hay que “matarlas” sea extirpándolas, “bombardeándolas” con rayos o llevando adelante una guerra química a través de la quimioterapia. “Decir – afirma Sontag – de un fenómeno que es como un cáncer es incitar a la violencia. La utilización del cáncer en el lenguaje político promueve el fatalismo y justifica medidas “duras” (…) Cuando se trata de cáncer se podría sostener que en sus metáforas va implícito todo un genocidio”.

La metáfora de la enfermedad tiene siglos de historia en el pensamiento político. Ya Platón la utilizaba en La República para referirse a malas formas de gobierno que había que evitar en la organización de una polis. Como señala Sontag, los totalitarismos del siglo XX apelaron permanentemente a la imaginería patológica. Para los nazis, los judíos eran un cáncer que era necesario extirpar. El franquista Vallejo Nágera se esforzó por convertirla en un hecho psiquiátrico para darle legitimidad científica y justificar mejor la feroz represión de la dictadura de Franco. Si bien Etchecopar, que tiene causas en la justicia por violencia de género y discriminación, pidió disculpas tras la catarata de repudios que recibió, sus declaraciones tuvieron alguna recepción. Fueron respaldadas por numerosos comentarios de lectores en importantes diarios del país y generaron muchos “me gusta” en las redes. No tardaron en aparecer memes alusivos. Hubo incluso quienes reemplazaron al cáncer con un nuevo virus, el CVK (Corona Virus Kirchnerista). ¿Qué hace que una persona vea en el otro una enfermedad mortal? ¿Se estará, tal vez, proyectando en ese otro el cáncer propio? ¿O se tratará de encontrar un culpable cancerígeno y/o psiquiátrico, al parecer muy presente entre mujeres, para no hacerse cargo de la propia responsabilidad? Como sea, si vivimos en democracia no se puede permitir que semejantes dichos y concepciones sean expresados sin recibir un firme y público repudio.
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