Un telescopio para espiar los días (o Los viajes de Graham Greene a Panamá y su encuentro con Ernesto Cardenal), por Miguel Vitagliano

En Descubriendo al General Torrijos. Historia de un compromiso (1984), Graham Greene cuenta de sus viajes a Panamá en medio de las negociaciones por el Canal y las luchas insurreccionales en la región. Y también de unos encuentros con Ernesto Cardenal en los que no se entendieron. O tal vez sí se entendieron, y muy bien.  

“Uno se despierta con cañonazos
en la mañana llena de aviones.
Pareciera que fuera revolución:
pero es el cumpleaños del tirano.”

El poema pertenece a Epigramas, el libro que Ernesto Cardenal publicó en 1961, a los 36 años, cuatro años antes de “Oración por Marilyn Monroe” y ordenarse sacerdote católico. El tirano era Luis Anastasio Somoza Debayle que había sucedido al tirano de su padre en 1957, y que fue sucedido por su hermano tirano Anastasio “Tachito” Somoza Debyale quien se mantuvo en el poder hasta el triunfo de la revolución Sandinista en 1979. Cardenal fue nombrado entonces Ministro de Cultura. “Tachito” Somoza se refugió en Paraguay, asilado por el dictador Stroessner, donde poco después murió en un atentado organizado por Gorriarán Merlo. 

Fue unos meses antes de la toma del poder del Frente Sandinista que Graham Greene conoció a Ernesto Cardenal. Era su cuarto viaje consecutivo a Panamá invitado por Omar Torrijos, el primero había sido en 1976 y el motivo era evidente, avalar con su nombre las tratativas con EE.UU. acerca del Canal y, en caso de ser posible -como efectivamente ocurrió-, formar parte de la delegación que un año después viajó a Washington a acompañar la posición de Panamá. Ernesto Cardenal había publicado hacía poco su antología Poesía Nueva de Nicaragua (Buenos Aires, Carlos Lohlé, 1974) que reunía la producción poética de todo un siglo, desde Azarías H.Pallais (1885-1954) y Salomón de la Selva (1893-1958) al joven poeta Leonel Rugana, muerto a los 20 años en una acción del FSLN en 1970. Lo “nuevo”, como destacaba Cardenal en el prólogo, aludía a la capacidad de esos diversos poetas para construir “la futura Nicaragua, como parte de la futura patria grande que es América Latina”. Y lo nuevo, también, aludía a la juventud de los lectores, los principales destinatarios de la antología, que habrían de encontrarse con la poética de Cardenal convertida en clave interpretativa de una tradición por construir: “El exteriorismo es la poesía objetiva: narrativa y anecdótica, hecha con los elementos de la vida real y con cosas concretas, con nombres propios y detalles precisos y datos exactos y cifras y hechos y dichos.”           

En el primero de sus viajes a Panamá, Graham Greene llevaba consigo, sin duda, un desafío literario. De sus encuentros con América Latina había escrito cinco novelas –El poder y la gloria (1940) sobre México, Nuestro hombre en La Habana (1958), Viajes con mi tía (1969) sobre el Paraguay, Los Comediantes (1967) sobre Haití, El cónsul honorario (1973) sobre Argentina-, y en ninguna se ocupaba específicamente de Centroamérica. El Canal de Panamá era, como descubrió a su llegada, un punto fundamental en las luchas insurgentes de Nicaragua y El Salvador, además de lo que representaba en la historia de la región y, por supuesto, en la historia expansionista de EE.UU. sobre América Latina. La construcción de Panamá como país independiente era, aseguraba, “una invención de Teodoro Roosevelt”, que en 1903 había enviado sus tropas con el pretexto de apoyar al nuevo estado emergente, cuando su objetivo era establecer una Zona para construir el Canal y usufructuar, desde allí y para siempre, todas sus ganancias a cambio de un pago ridículo. La Zona era territorio estadounidense dentro del estado de Panamá. Recién en los 60 se avivaron las protestas contra esa ominosa intromisión, tolerada por sucesivas autoridades panameñas. El golpe de Estado de la Guardia Nacional, en 1968, puso en primera escena al Coronel Torrijos, que al año siguiente concentró el poder en el país. Para Greene, no se trataba de un militar como los otros que controlaban la política en Latinoamérica, Torrijos estaba decidido a enfrentar a EE.UU. en vistas a construir, aseguraba, “una socialdemocracia en América Central que no implicase amenaza alguna para Estados Unidos, pero que fuese totalmente independiente.” En 1977, Torrijos logró el acuerdo con el flamante presidente estadounidense, Jimmy Carter. El punto fundamental del Tratado fue la derogación del tratado de 1903 y la restitución de la plena soberanía del Canal a Panamá a partir del 31 de diciembre de 1999.  Greene confiaba en la dirección de ese rumbo político, encontraba evidencias en el refugio que Panamá daba a exiliados de las dictaduras de Nicaragua, El Salvador y Argentina, y en el apoyo que ofrecía a los insurgentes del Frente Sandinista. A uno de sus máximos dirigentes fundadores, Germán Pomares Ordoñez, “El Danto”, le había dado asilo en 1978, al conocer de su captura en Honduras. Y porque confiaba en el proyecto político, no se privaba de subrayar que Torrijos, “a medida que se acercaba al triunfo, más próximo estaba también a la muerte.” 

Graham Greene no escribió la que podría haber sido su sexta novela sobre América Latina, sí logró finalizar la novela que había interrumpido varias veces, El factor humano (1978). No era otra novela de espías en la que aprovechaba su experiencia como agente del M16, El factor humano narraba los pormenores de la decisión ética de un doble agente. Apenas unos pocos velos desdibujaban la historia de uno de sus amigos más cercanos, Kim Philby, el espía doble más desconcertante que había operado dentro de la inteligencia británica desde mediados de los 30 a los 60 y que moriría en la URSS en 1988. Sería un error creer que El factor humano obliteró la escritura de “La novela sobre Panamá”, más justo es pensar que fue la experiencia directa en esa trama de insurgentes y tratados lo que le impidió mantener la distancia necesaria para “espiar” como escritor. Solía decir que en sus novelas no buscaba justificar una situación sino probar la idea que se le imponía sobre esa situación, como si estuviera frente a una de las videncias incompletas que lo asaltaban desde muy chico -ver detalles de una muerte sin reconocer quién era el muerto, o una enfermedad, o la filigrana de una amenaza que se presentaba incomprensible-. Los comediantes, decía, era la única novela que había escrito para “combatir” directamente el horror de una dictadura, en las demás había perseguido una idea que se le imponía y que la escritura de la novela debía tratar de descifrar*.

Lo que encontramos en Descubriendo al general Torrijos. Historia de un compromiso (1984) es la novela que no fue por la realidad novelesca que a Greene se le impuso. El original no lleva el subtítulo, es un hallazgo creado por la traducción de Lucrecia Moreno de Sáenz. El “compromiso” asumido no dejaba nada al escritor para espiar, la decisión ya estaba tomada.  Pero, ¿por qué hablar de una realidad novelesca? Tal vez basten dos referencias. El encuentro con el chofer, traductor y asesor de Torrijos, llamado José Jesús Martínez (1929-1991), más conocido como Chuchu, matemático, profesor universitario, poeta, políglota, autor teatral y sargento, el cargo que aceptó en lugar de otro más alto, después de sortear, siendo ya un veterano, las exigentes pruebas de un cuerpo militar de elite. Y la participación de Greene, a pedido de Torrijos, como negociador, desde Europa, a favor de unos banqueros ingleses secuestrados por un grupo insurgente de El Salvador. Las conversaciones estaban estancadas, de ambas partes se habían perdido las expectativas, no era sencillo reactivarlas. Greene tenía un número telefónico de contacto, ignoraba que del otro lado de la línea estaba García Márquez, que intervenía en el problema tratando de crear una organización humanitaria en la región que prestara auxilio en esos casos. Los banqueros fueron liberados.

Ese episodio fue en 1980, cuando el sandinismo ya había derrocado a Somoza. Unas semanas antes de la victoria “El Danto” había caído en combate. Greene lo conoció un año antes junto a Ernesto Cardenal en la casa de unos amigos nicaragüenses. La impresión que había tenido era cuanto menos antipática: “Lo hallé quizá demasiado carismático con su barba, su abundante caballera blanca y su boina azul. Además parecía demasiado imbuido de su imagen romántica como sacerdote, poeta revolucionario y refugiado del régimen de Somoza.” Al día siguiente volvieron a encontrarse en la casa para celebrar el cumpleaños de uno de los líderes de la guerrilla. “Había una torta de cumpleaños y todos cantaron el cumpleaños feliz”, escribió Greene: “Cardenal sonreía en segundo plano como un abuelo, y el guerrillero apagó dos veces las velitas, cada una con un soplo; lo adiviné un poco avergonzado por la situación. Me pareció un verdadero soldado rodeado de aficionados.”

Quizás las apreciaciones de Greene habrían sido diferentes de haber conocido lo que Cardenal entendía por lo nuevo y por lo joven, y por la exterioridad de esa poesía que fundía voluntad y futuro en una misma imagen. O acaso destacaba eso porque conocía las posiciones de Cardenal y él estaba en las antípodas. En definitiva, no había escrito su sexta novela sobre América Latina porque las convicciones políticas limitaban las inciertas visiones del novelista.

Cardenal tampoco entendió por qué Greene se negaba con una sonrisa a aceptar su invitación a visitar Nicaragua. ¿Ni cuándo todo pase? La sonrisa insistía. ¿Miedo? ¿Para qué? Greene sabía que en Nicaragua su vida correría peligro: “Cada una de las dos facciones culparía a la otra de mi muerte, que tendría mayor valor que ningún otro servicio que pudiera prestar”. 

Cuando, en 1981, Greene se preparaba para su quinto viaje a Panamá, recibió la noticia de que Torrijos había muerto al estrellarse su avioneta. Se dijo que fue un accidente, Chuchu estaba convencido de que era un atentado. La nave no mostraba ningún desperfecto técnico. Greene creía en un error del piloto o una bomba.

El juego del “Veo, veo” en inglés se llama “I Spy”. Hay un cuento de Greene, de 1930, que lleva ese título. Es un niño que juega y descubre a un padre espía. O es un niño que espía y cree ver a un padre espía.

Graham Greene murió a los 87 años, en 1991.

Ernesto Cardenal, a los 95, el 1 de marzo de 2020.

                                                                                         Miguel Vitagliano

                                                                               Buenos Aires, EdM, mayo 2020

* G.G.:El otro y su doble (1981), entrevistas de Marie-Françoise Allain, Buenos Aires, Emecé, 1983.


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