Fue a fines de los setenta y en Lima. Éramos menos de una decena de activistas del feminismo local reunidas en un grupo cuyas siglas tenía más letras que integrantes: ALIMUPER –Acción para la Liberación de la Mujer Peruana–. Dos periodistas, una maestra, una socióloga, estudiantes… la memoria puede ser aplanadora y no quisiera omitir a ninguna de aquellas bravísimas jóvenes, inteligentes y bellas, luchando para cambiar el mundo que se empeñaba en retratarnos horribles, rencorosas y maltratadas por el sexo masculino. El azar quiso que luego de un debate público conociéramos a Dominique D´Angelo, esposa del entonces director del Instituto Italiano de Cultura en Lima, quien, además de encantadora, culta y muy bien informada, era una feminista de ésas. Ella se integró pronto a nuestras reuniones y confabulaciones para poner el mundo en orden, en lo legal, político, social, cultural, en fin, no había tema al que le escapáramos. Eran épocas sin Internet y ni hablar de googlear así que accedíamos a nuevas ideas por fortuita recomendación de especialistas y/o complot de los astros. Los altos costos del transporte dificultaban la importación de periódicos de cualquier parte del mundo, y en los países latinoamericanos habían dictaduras por donde se mirara: sin ir más lejos, en mi país, Argentina, reinaban los señores de la vida y la muerte. Fue a través de Dominique que nos nutrimos de textos de la mítica Librería delle Donne, de Milán, de las discusiones europeas de los setenta, y el corrosivo humor de las protestas en este lado del mundo. Así que junto con Rossana Rosanda o Il Manifesto, un día llegó a nuestras manos una copia –¡escrita a máquina!– de los monólogos de Franca Rame y Darío Fo, que desde su debut en 1977 en el Palazzina Liberty de Milán, circulaban con notable éxito en teatros de ciudades italianas y europeas. Los monólogos habían sido tipeados en papel aéreo, hojas muy delgadas a fin de abaratar los costos del envío postal. Recuerdo la conmoción al leer esas historias de Tutta casa, letto e chiessa: eran la puesta en escena, desnuda y grotesca, de la relación entre los géneros, y sin embargo la protagonista mantenía su dignidad en medio de esa farsa, casi cómica, que anudaba lo privado e íntimo con lo social y político.
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