Nos lo enseñó de sobra la literatura norteamericana: lo esencial de un relato es aquello que ya sucedió, y lo que ocurrirá en breve, en un rato, unas horas, un par de días. ¿Qué habrá querido fotografiar la china Li Hui, en qué habrá pensado, hacia dónde la habrá arrastrado luego la contemplación de esa imagen? ¿Se trata de alguien que llega a alguna parte, o acaso alguien que huye, o simplemente alguien que anda por ahí, sin tener conciencia de cuál fuerza es más poderosa, si aquella que lo expulsa o bien el canto de sirena de algún nuevo abismo? El hombre o mujer de la foto atraviesa la niebla, o se pierde en ella. Es una alucinación, y como tal quizá sea un recuerdo.
¿Cuántas veces recordamos en las imágenes de otros, en las vidas de terceros cuya suerte poco o nada representa? La nostalgia es un enemigo, pero un enemigo al que es preciso abrazar para que no se salga de su cauce. En qué medida, me pregunto, un abrazo puede significar todos los abrazos que alguna vez dimos, pero también –sobre todo- aquellos que nunca llegaron a concretarse.
Un tipo suelto en la niebla. Le deseamos que se pierda, que se anime a caminar sin certezas. Que se convierta en una isla. Que no se apure. Que no lleve la muerte en la espalda.
Le pedimos que se aleje, que nos deje a solas con nuestros fantasmas.
Los míos son infinitos. Aquella vez que desconfié, y después llegó la enfermedad. Una mirada. Dos palabras que no dije, una carta que escribí y jamás envié. Las voces, los gestos, los cuerpos, el odio. Todo lo que es parte de uno, y atraviesa con nosotros el tiempo, perdido o salvado. Todo eso.
Todo lo que no se puede dejar atrás.
José María Brindisi (Buenos Aires)
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