Iniciación de la ninfa, por Giovanna Rivero

La foto, en efecto, está cortada, y aunque esta ruptura no deja de ser una manipulación (y, por lo tanto, afecta toda posible lectura), tomé las tijeras mentales y partí en dos a Madonna; la mutilé, no sin dolor. ¿La razón? Su poblado sexo italiano es tan perturbador que puede extraviar la humilde intención de este diálogo. Ya hay demasiada obscenidad en esa axila derecha suavemente velluda y en las ojeras precoces que convierten al sujeto fotografiado en la protagonista ideal de una cinta snuff.

    Madonna, en esta foto capturada por Lee Friedlander en 1979, tiene 20 años, pero podría tener 13 (a no ser, claro, por el sexo prematuramente oscuro). Lo que viene después es un vertiginoso ascenso al trono del pop y una despiadada conquista del cuerpo, expulsando con fanatismo casi hitleriano cualquier expresión lípida, cualquier gesto de blandura o rebelión hidrófoba. La victoria, tras la cual ─según comentan los profetas de Hollywood─ hay una legión de nutricionistas, personal trainers, expertos en carne, vísceras y tono muscular, consiste en un sistema orgánico casi transparente. Y es que la piel primermundista de la actual Madonna es una especie de “lienzo de la Verónica”, pues bajo la cuidada tela epidérmica es posible adivinar la elongación de los músculos, la forma en que se trenzan los tendones, la maravillosa yuxtaposición de fibra sobre fibra, y si nos ponemos más morbosamente necrófilos, hasta la estructura ósea, anticipándonos al esqueleto, antes de que éste retorne a su arenoso origen.

    A los 20 años, la Madonna-Lolita de vulva rococó todavía no era ni la prefiguración de la Madonna-Cyborg que la industria del pop la obligó a encarnar (¿o debería decir des-encarnar?). El afiebrado trabajo gimnástico vendría después. De modo que detengámonos en esta foto.
    Honestamente abierta, la foto, sin embargo, se resiste a ubicarse de lleno en la categoría “porno Playboy”. Quizás se deba a la falta de contacto visual con el eventual voyeur, o quizás, más bien, al brazo flaquito y la boca apretada (mezquinando la infantil separación de los dientes delanteros), cuya absoluta involuntariedad mantiene a la chica en el territorio, al mismo tiempo hermético y vulnerable, de la pubertad.
    El sexo ofrecido, lobezno, desdice esa salvaje inocencia. Y es la contradicción (siempre lo ha sido) la clave del enigma de la Madonna sucia que penetró el imaginario de toda una generación: Mientras la mirada sinceramente mística, acuosa, está conectada a otra situación –probablemente la imagen del televisor─, las dos concavidades, la de la axila y la de la entrepierna, postulan un mensaje corrompido, irresistiblemente ácrata, un altar que llama a postrarse para la adoración.
    La reina, por supuesto, ha madurado. Los ovarios no están frescos. Pero volver nostálgicamente la mirada hacia los pechos jóvenes, llenos de promesas, antes de que ella los forrara con conos de metal para taladrar el mundo hostil, recuerda también que cuando las utopías de los setenta se habían derrumbado, la fuerza enloquecida del pop era un consuelo y tenía el aspecto de una chica ítalo-americana dispuesta a romper todas las membranas, las físicas y morales, por sólo 25 dólares y continuar, como si nada, con el garboso aura de una virgen. A ella nos queríamos parecer, y eso es todo cuanto una generación necesita en el combate del sentido contra el tedio.
Giovanna Rivero (Santa Cruz de la Sierra, Bolivia)

Giovanna Rivero publicó: Las CamaleonasTukzon, historias colaterales; Contraluna; Sangre dulce. Su último libro publicado es el volumen de cuentos Niñas y detectives (Bartleby Editores, 2009).

El Blog de Rivero se puede ver aquí: http://dark-paranoid-park.blogspot.com/


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