2001, zapatismo y kirchnerismo, por Pablo Luzuriaga

Argentine : Les "escraches" sont des actions populaires contre les tortionaires de la dictature militaire. A cette ocasion c'est jusqu'au domicile de Rafael Videla.

Si a la metáfora de la flecha la cambiamos por la metáfora del mapa para pensar el tiempo histórico, entonces, más que reconstruir cadenas de sucesos en las que los primeros sobre la línea son causas de los últimos en la serie podemos pensar que todo acontecimiento, al mismo tiempo, modifica el tiempo por delante y lo que deja atrás. El 2001 como coordenada temporal espacial, en Nueva York o en Buenos Aires, impacta en los veinte años que nos separan de esos acontecimientos en el siglo XXI y, al mismo tiempo, modifica el sentido de la historia hacia atrás en el siglo XX. Los acontecimientos de diciembre en Argentina definen la significación de la década de 1990 en un sentido que no era hegemónico mientras esos años sucedían e impactan en las décadas de 2000 como nuevo punto de partida social, político y cultural. 2001 acontece en el medio entre 1996 y 2006. Si tomamos esas dos coordenadas como las que definen el trazo de un compás con eje en el estallido del 19 y 20, una misma distancia separa al 2001 del aniversario por los veinte años del último golpe militar en Argentina y del aniversario por los treinta años. A los veinte años en 1996 hubo una movilización social inédita. Cuando se cumplieron treinta años fue el momento de mayor rememoración pública.

         El mismo acercamiento histórico espacial sirve para pensar otros acontecimientos. Setenta y dos años antes de la revolución en Rusia, Marx publicó su primer trabajo en colaboración con Engels; setenta y dos años después, tiraron abajo el muro en Berlín. El golpe de la autoproclamada revolución libertadora de 1955 tuvo lugar veintiocho años antes del último retorno de la democracia en 1983; y veintiocho años después, en el año 2011, Cristina Fernández obtuvo el 54,11% de los votos. Si colocamos el eje en esa elección del Frente para la Victoria, 2001 y 2021 se conectan en el trazo del compás. Por supuesto que la teoría del compás para la medición de los acontecimientos históricos puede ser descartada pronto por determinista mecánica e incluso profética; la revolución en Rusia aconteció ciento veintiocho años después de la revolución en Francia, cabría esperar, según la «teoría» del compás, que en 2045 tenga lugar un acontecimiento de similar magnitud; profecía pura. Después de Marxismo y literatura de Raymond Williams, lo sabemos bien: la determinación histórica no es ni mística ni mecánica, es relativa, depende de la presión que podamos ejercer sobre lo heredado, es un fenómeno de la cultura, no es absoluta ni natural.

         Sin embargo, aunque la metáfora del compás pueda ser desechada, no obstante, tiene la ventaja de presentar a los acontecimientos históricos como hechos que suceden entre el pasado y el futuro y que impactan al mismo tiempo sobre lo que viene y lo que dejamos atrás. El 2001 estaría conectado, así, con 1996, en un sentido que vuelve a iluminarse en 2006. El 2001 se puede leer como bisagra en numerosos sentidos. Si el acto por los veinte años del golpe fue decisivo porque ahí la agrupación H.I.J.O.S –que venía conformándose desde hacía más de un año en distintos lugares del país– se consolidó como un nuevo actor a nivel nacional, al otro lado del compás, en 2006, dos años después de la recuperación de la ESMA, los actos por los treinta años del golpe comenzaban días antes con un masivo escrache a Jorge Rafael Videla frente a su domicilio en el barrio porteño de Belgrano. La guerra del Golfo llevada adelante por los Estados Unidos en 1991, tiene al atentado a las torres de 2001 como bisagra respecto del cierre del ciclo con el asesinato de Osama Bin Laden, en mayo de 2011. En cada caso se ilumina un sentido de los acontecimientos pasados y se abren las posibilidades del porvenir.

         ¿Soñábamos con 5000 personas escrachando a Videla en 1996? ¿Entendimos la importancia de la marcha por los veinte años del golpe de 1996 cuando escrachamos a la principal figura del terrorismo de Estado en 2006? ¿Hasta qué punto el 2001 estuvo prefigurado en la semilla de la movilización de 1996? ¿Cuánto le debe la alegría carnavalesca con la que repudiamos a Videla sobre la Av. Cabildo a los acontecimientos de 2001? Ellos no sólo abrieron una nueva etapa en el tablero de las distribuciones políticas, sino también consolidaron el sentido de la historia desde el punto de vista de los que resistieron las políticas neoliberales durante los años previos. En los primeros meses de 2002 se discutió mucho sobre el sentido del estallido social. Si era un golpe del peronismo a la Alianza, si era una reacción antipolítica proto-fascista de ahorristas indignados, si «que se vayan todos» acaso no pedía un golpe de Estado. Lo que faltaba calibrar en esas lecturas –y todavía se resisten– es evaluar en qué medida tanto las movilizaciones de los sectores medios a partir del anuncio del Estado de Sitio del 19 de diciembre, como los saqueos de los sectores populares desde los días previos, en distintos lugares del país, no estaban ya como semilla política en resistencias previas.

         El inicio del estallido tiene dos puntos de partida encadenados. El presidente de la nación dicta el Estado de Sitio el 19 de diciembre por la tarde y, al menos, todos los que asistimos a la conmemoración por los veinte años del golpe cinco años antes –en 1996–, interpretamos esa medida como una política represiva propia de la dictadura que no estábamos dispuestos a aceptar. Lo que nos lanzó a la calle –así como estábamos en ojotas– a mí y a mi compañero de militancia con quien vivía por entonces fue la experiencia de militancia de base que compartíamos, pero ante todo la memoria del pasado reciente; es probable que esa memoria haya lanzado a la calle a otros cientos de miles. Quizás no a los ahorristas indignados que también salieron, y hasta quizás más de un ahorrista indignado también se veía movilizado por la historia reciente, quién sabe. «Que se vayan todos» coagulaba a la vez con la corta tradición de los escraches de H.I.J.O.S, el pueblo en la calle haciendo lo que no hace el Estado –si no hay justicia hay escrache– y también con los indignados antipolítica. Como escribió Roberto Pittaluga en la revista Guay –pensando contra los efectos políticos y sociales del aislamiento en pandemia–, lo que vivimos el 19 de diciembre por la noche, y en las movilizaciones que siguieron aquel verano, se trata de la stasis o paradigma político de la guerra civil, que al decir de Giorgio Agamben es «tan antiguo como la democracia occidental».

            La política bajo la lógica simplista del amigo y enemigo excluye el supuesto de que antes de poder aniquilarnos los unos a los otros pudimos crear vida humana capaz de ser matada –homo sacer–. En unas jornadas sobre la comuna de París que organizaron Horacio González y Américo Cristófalo en la Facultad de Filosofía y Letras –poco antes de morir González, en plena pandemia–, Alejandro Kaufman dijo que las condiciones de la comuna del siglo XIX ya no podían tener lugar en el siglo XXI porque entre un momento y otro estaba el siglo XX. La guerra civil, la revuelta o la revolución no suponía el exterminio del contrincante; después de los campos de concentración o del terrorismo de Estado, la posibilidad de la guerra civil o de la revolución no sólo se ve obturada por la derrota de una o más generaciones, sino por la lógica política del dispositivo concentracionario, decímos ahora, como negación de la stasis. En este sentido 2001, el pueblo –o las multitudes– en las calles afirmando que el Estado de Sitio se lo metían en el culo, fue la inversión política –no representativa– del terrorismo de Estado. El miedo de abajo hacia arriba.  

         Pero el otro punto de partida, en el que también –como escribió Javier Trímboli en Haroldo, la revista del Conti– el miedo «cambió de bando» de abajo hacia arriba, encadenado a la respuesta en las calles frente a la medida del Estado de Sitio, fueron los saqueos por los cuales De la Rúa, veinticuatro horas antes de renunciar, dictó esa medida. Frente a los saqueos que habían llegado al conurbano bonaerense, el presidente comenzó su discurso en la tarde del 19 diciendo: «Compatriotas, culmina un día difícil. Han ocurrido en el país hechos de violencia que ponen en peligro personas y bienes; y crean un cuadro de conmoción interior. Quiero informarles que ante eso, he decretado el Estado de Sitio en todo el territorio nacional e informado al honorable Congreso. Nuestro país vive horas difíciles que muestran la culminación de un largo proceso de deterioro. En un contexto económico y social donde muchos argentinos sufren serios problemas, grupos enemigos del orden y de la República aprovechan para intentar sembrar discordia y violencia, buscando crear un caos que les permita maniobrar para alcanzar fines que no pueden alcanzar por la vía electoral». En poco más de un minuto De la Rúa tiró litros de nafta al fuego: violencia, peligro, conmoción interna, decretado, Estado de Sitio, «honorable» Congreso, «proceso de deterioro», enemigos del orden, sembrar discordia, violencia, caos, y supuestos grupos sediciosos.

         No sé cuántas personas oyeron el resto de aquel discurso, según recuerdo ahora que lo vuelvo a escuchar, fueron esas pocas palabras las que nos sublevaron. Desde 1996, con las puebladas de Cutral-Có y Plaza Huincul en la provincia de Neuquén y 1997 con las de General Mosconi y Tartagal en la provincia de Salta, los sectores populares venían organizándose en las condiciones más precarias para conseguir por la fuerza, cortando rutas o concentrándo frente a edificios públicos, los medios mínimos de subsistencia; y ahora, cinco años más tarde, cuando ese mismo pueblo había desbordado a las organizaciones piqueteras y, también por la fuerza aunque desorganizada, había tomado a los supermercados por asalto, venía este tipo a decirnos que se trataba de enemigos del orden con objetivos espurios, no dijo subversivos, pero estuvo tan cerca el paradigma lexical… Imaginar que el estallido fue calculado para derrocar al gobierno de la Alianza es el peor de los pecados de la política representativa, porque supone imaginar que pueden hambrear sin fin si se ponen de acuerdo y eso en la tradición de la cultura política argentina, no la de los partidos sino la tradición social y política, no parece plausible.

         Porque así como estaba el militante afín a los escraches de HIJOS con la mecha corta ante cualquier discurso que se acercara al de las Fuerzas Armadas durante la dictadura, también el militante piquetero tenía la mecha corta ante la amplitud del hambre; así como estaba el ahorrista indignado, también estaba la madre desempleada y el trabajador precarizado listo para entrar al supermercado y llevarse lo que sea. Los acontecimientos de 1996, tanto las puebladas de los trabajadores despedidos de YPF, como la enorme movilización por el aniversario de los veinte años del último golpe militar en Argentina, tenían desde el punto de vista de la organización política una lógica que el 2001 puso en práctica: desbordar a las referencias, eludir a los representantes: el basismo sublevado. Desde el punto de vista de los debates y la reflexión política, por lo general, durante los años posteriores al 2001, se le bajó considerablemente el precio a esa forma inquietante de la guerra civil. En especial por parte de los cientistas políticos para quienes la stasis es la anomalía que la política viene a conjurar.  Pablo Touzón escribió: «El modelo creado post 2001 para evitar el estallido social hoy está contra las cuerdas». También por parte del kirchnerismo.

         Una de las formas mediante las cuales se «canceló» la reflexión sobre la guerra civil o stasis fue ponerle un nombre a esos fenómenos como si se tratara no de una experiencia histórica sino de una interpretación equivocada de la política: el llamado «autonomismo»; del colectivo intelectual «situaciones» a ciertos movimientos de trabajadores desocupados y campesinos, como el MoCaSe en Santiago del Estero, algunos MTD en la zona sur del conurbano bonaerense o la organización Fogoneros en General Pacheco, pasando por un número acotado de lecturas que iban de Cambiar el mundo sin tomar el poder de John Holloway a las escrituras zapatistas, los movimientos anti-globalización e incluso, por qué no, los partidarios del «voto bronca» o la iniciativa de no asistir a los comicios viajando a 501 kilómetros del lugar de votación. Bajo el nombre cancelado de «autonomismo» hacia el año 2006 –cuando los representantes de los gobiernos populares latinoamericanos ya le habían dicho que NO al Área de Libre Comercio de las Américas­–,la experiencia popular de la stasis, de los piquetes a los escraches, quedó en un pasado mítico que para «amar» al Estado muchos necesitaron olvidar como «error» teórico político.

         Las experiencias de la década de 1990, que a su manera tenían al levantamiento zapatista como antecedente en 1994, bien se podían catalogar no como formas políticas sino como experiencias sociales: comedores, merenderos, clases de apoyo, labores de alfabetización, autoconstrucción, ferias de ropa usada, murgas, encuentros culturales, talleres de formación política y sindical, bibliotecas populares, grupos de jóvenes, encuentros de mujeres; las organizaciones piqueteras como antes lo habían hecho los sindicatos –aunque con muchísimos más recursos del Estado de Bienestar–, se proponían dar soluciones integrales a quienes se sumaran: de la educación de los hijos, la alimentación, la construcción –o reparación– de las viviendas a eventos culturales y sociales. Considerar eso como formas de la política no era extraño en 1998 o 1999, cuando también era político hacer un escrache a un genocida suelto.

         Pero en 2006 esas formas «zapatistas» de la política ya no entraban en la cuenta, porque ahora el Estado volvía a cumplir su papel. Ahí estaba el Ministerio de Desarrollo Social, que ya hacía tiempo no era el de «asistencia» social ni el de «bienestar» social, bajo el mando de Alicia Kirchner para encargarse de lo que tenía que ver con la sociedad, y no tanto con la política que la stasis había mezclado de un modo que al estimado Touzón parece preocupar. Estos últimos días, varios dirigentes recordaron su paso por la stasis: Wado de Pedro, actual ministro del interior, fue detenido el 20 de diciembre cuando fue a la plaza a defender a las Madres de Plaza de Mayo. Lo metieron en un patrullero y lo molieron a palos. Leonardo Grosso, diputado nacional, y Joaquín Noya, concejal del Frente de Todos en Vicente López, también recordaron su baño de stasis por aquellos días de diciembre de 2001 cuando militaban en una organización de base en el partido de Tigre. El aniversario por los 20 años de 2001 trajo esas formas del recuerdo, después del retorno del Estado como principal actor de la política durante los años de Néstor Kirchner y Cristina Fernández, y después de los cuatro años de neoliberalismo reeditado y sin bozal de macrismo neofascista, parece haber una suerte de nostalgia de la stasis, nostalgia de formas de la militancia alegres y horizontales.

         Los próximos años, al menos hasta 2045, cuando el compás con eje en la revolución en Rusia pase por el punto equidistante al de la revolución en Francia, parece bastante claro que el mundo de la política representativa tendrá que entenderse de nuevo con el de la stasis. El kirchnerismo, así como Gabriel Boric lo expresó en su discurso tras ser elegido presidente de Chile el 19 de diciembre último, tiene la posibilidad abierta de asumir algo que no hizo todavía: incorporar la stasis o la democracia de la guerra civil –la que se vivió en las calles de diciembre de 2001 y la que se practicó antes en los escraches y los piquetes–, a su programa. Quizás el concepto de «frente» político todavía logre asumir eso, quizás sea necesario pensar algo nuevo; lo que está claro es que ante el calentamiento global –o cambio climático para los más negacionistas– el desafío de incorporar al porcentaje enorme de pobres e indigentes al desarrollo del «capitalismo serio» sin destruir al mismo tiempo las posibilidades mismas de la vida en la tierra va a requerir un modelo que no sea el del consumismo. Si hacia 2045 habrá que pensar cómo salir del capitalismo tardío porque, por más serio que sea, no por eso va a dejar de calentar la tierra, va a ser necesario contar con la voluntad de la stasis. Una voluntad que pareció despuntar en la campaña electoral de Axel Kicillof cuando se propuso recorrer la provincia de Buenos Aires en un clío, ya no para alejarse a 501 kilómetros del lugar de votación, sino para ofrecer en cada pueblo de la provincia una posibilidad de activismo y militancia política y social.

         Una voluntad de la stasis que el Frente de Todos supo entender que se multiplicaba radiante y  vivaz en el movimiento feminista donde tuvo su más clara expresión callejera desde diciembre de 2001 –sobre esta conexión, entre diciembre de 2001 y junio de 2015, escribió María Pia López en la revista Bordes, de la Universidad Nacional de José C. Paz. «Ni una menos», «La patria es el Otro», «Que se vayan todos, que no quede ni uno solo», son algunas de las más importantes consignas de los últimos veinte años. En todas se cuela un fondo paradójico entre lo colectivo y lo individual, entre lo propio y lo ajeno, un juego retórico que sintetiza sentidos y hace abuso de la elipsis. ¿Quiénes son «todos»? ¿Quién es «una»? ¿El «otro»? ¿Ni una menos, ni uno solo? En todos los casos rompen con la isotopía tradicional de consignas como «Viva Perón», «Libros sí, alpargatas no»,  «Obreros y estudiantes, unidos y adelante», «Patria o muerte, venceremos» o «Luche y vuelve» donde los referentes son más claros. Esas tres consignas fundamentales después de 2001 se parecen más a las enigmáticas del zapatismo que exigen una interpretación: «Mandar obedeciendo», «Detrás de nosotros, estamos ustedes», «Un mundo donde quepan muchos mundos» o «Para todos todo, para nosotros nada». Si hacia 2045, como afirman Eduardo Viveiros de Castro y Déborah Danowsky en ¿Hay un mundo por venir?, tendremos que atender más a la vida de los terrícolas que de los humanos –del tratamiento del planeta que hacen los pueblos originarios en los distintos continentes que el propio del progreso modernizador–, quizás, recurrir a esas consignas zapatistas, en apariencia tan ingenuas, sea una buena manera de que el kirchnerismo realice su baño de stasis, y reúna a las consignas: «si la tocan a Cristina qué quilombo se va a armar» con «si no hay justicia, hay escrache».

Pablo Luzuriaga,

EdM, Diciembre de 2021