La mierda. Primera entrega, por Miguel Vitagliano

El año que nos empecinamos en dejar atrás estuvo tan cargado de peligros por la saliva,   las toses y la ingesta de ciertos animales que la mierda quedó en un segundo plano. Lo urgente opacó el lugar de lo que no ha dejado de ser imprescindible. ¿Sabía usted que cada 19 de noviembre, desde la aprobación de la Asamblea de Naciones Unidas en 2010, se celebra el Día Mundial del Retrete? Cuatro mil millones de personas, más de la mitad de la población mundial, no cuentan con las debidas instalaciones sanitarias para que sus deposiciones no pongan en riesgo su salud. La mención al retrete es una metonimia que alude desde los espacios específicos y debidamente alejados del contacto con los alimentos a las cloacas. Si el Día del Retrete puede ser ignorado parecería cuanto menos una frivolidad asombrarnos de lo poco que se ha hablado del concurso de la NASA para elegir el mejor diseño de un inodoro para los astronautas que viajarían a la luna en 2024, y de la creación de un inodoro inteligente que detecta enfermedades en heces y orina, como asegura un artículo de la revista Nature Biomedical Engineering (marzo de 2020). Y de ningún modo se trata de una frivolidad, estamos hechos de eso, sí, de contrastes de mierda que no dejan de hablar de nosotros, de lo que dejamos atrás y de lo que tenemos por delante. 

La última misión a la luna fue en 1972 y, como en las Apolo anteriores, no había baños. Los astronautas defecaban en pañales y orinaban en bolsas conectadas a una manguera. Las características del próximo viaje a la luna imponen nuevos desafíos. Los astronautas expedicionarios no permanecerán sólo en la nave, se quedarán en la luna durante una semana, lo que hace necesario un retrete capaz de ser utilizado en la gravedad de “zero” de la nave y en la luna, donde la gravedad es seis veces menor que la que percibimos en la tierra. Además, como la tripulación estará compuesta por un hombre y una mujer, es preciso atender a las diferencias anatómicas de ambos. La NASA ofreció un premio de 20 mil dólares al mejor proyecto, 10 mil al segundo y 5 mil al tercero. Las cifras no parecen especialmente notables, ni siquiera mirándolas desde el sur del continente donde el dólar ha sobrepasado a las nubes. ¿Será porque se aproxima el tiempo de una nueva colonización y el capitalismo mundial ya piensa en el mejor modo de manejar el mercado? 

Quién podría asegurarlo; por hoy, lo cierto es que el ingeniero Washington Boone Davidson lideró el grupo que diseñó el mejor retrete para la NASA y recibió su recompensa en representación de su equipo, entre los que estaba una astronauta retirada con más de 5 mil horas en el espacio. El asesoramiento de Susan Helms fue al parecer decisivo, aportó detalles de las propias dificultades vividas para orinar y defecar a la vez en su larga estadía en la Estación Espacial Internacional. ¿Un indicio de que el sexismo ingresará en su etapa final más allá de la órbita terrestre? O una excusa para  destacarlo: ¿serán tantas realmente las necesidades específicas entre las y los astronautas?   

El inodoro espacial de Davidson es el último que registra hasta ahora la historia de la humanidad. El primer prototipo, muy rústico, fue hallado en una excavación arqueológica en Egipto, en una vivienda que dataría del 2700. Otros modelos encontrados, pertenecientes ya al 1350,  en los tiempos del faraón Akenatón, presentan mayores cuidados en su diseño de madera, tienen curvas para amoldarse a la forma del cuerpo y se apoyaban sobre una base donde caían las deposiciones. Eran, ya por entonces, inodoros para unos pocos elegidos.  Pero no eran aún portables ni fluía agua en ellos. Según Ralph A Lewin, en Merde. Excursions in scientific cultural and socio-historical corpology (1999), los primeros vestigios registrados de esos “tronos portables” pertenecerían a la Era Cristiana y sería posible reconocerlos en las llamadas “sillas estercoráceas” en las que se cargaba al  Papa durante las extensas procesiones. El nombre podría servir de evidencia. El Sumo Pontífice iba sentado en lo alto, a los costados caían sus ropajes que, como cortinas,  acaso disimulaban sus actos de deposición a lo largo del camino. A Leonardo da Vinci pertenecen las primeras aguas fluyendo por los inodoros. Las construyó para el Castillo de Amboise de Francisco I: el agua corría por unos canales dentro de los muros, algo bastante similar a los diseños que se utilizan hoy día. Hay un evidente denominador común entre esas invenciones del pasado y el inodoro de Davidson: el tránsito y la comunicación con el mundo celeste (faraones, reyes, papas, astronautas) tanto como la protección de las propias heces evitando que sigan el curso de los mortales comunes. Por supuesto que hay una diferencia jerárquica entre los protagonistas: los astronautas son meros empleados, por eso para la suerte de sus deposiciones se hizo un democrático concurso abierto al mundo. Por lo demás, la lógica se mantiene inalterable en la cultura de masas con quienes detentan el poder de comunicación con el mundo celeste. La estrella pop Madonna firma una cláusula en los hoteles en que se hospeda: deben permitirle desmontar y destruir los inodoros que ha utilizado en su estadía, no quiere que nadie pretenda usufructuar con un “Vendo el inodoro en el que cagó Madonna en su gira.”

Atento a la escalada que anunciaba esa lógica, el artista italiano Piero Manzoni armó un revuelo en 1961 cuando expuso “Mierda de artista”. Una metáfora doble: mostraba lo que se deseaba oculto, y a la vez mostraba su opinión sobre el arte y su público. Maurizio Cattelan, que no había cumplido un año aún en los tiempos de aquella exhibición, hizo en 2016 un inodoro de oro macizo de 18 quilates que tituló “América”.  Era una respuesta a Manzoni y también, desde luego, al mingitorio de Marcel Duchamp expuesto 99 años antes. Pero la novedad que le incorporó fue que el inodoro estaría disponible para ser utilizado por el público asistente a su exposición. Todos podían hacer lo suyo en ese inodoro que se ofertaba en 5 millones de dólares, muchísimo más que los 20 mil obtenidos por Davidson y su inodoro del espacio. Y eso hizo el público que asistió, en 2019, a la exposición en el Palacio Blenheim, conocido porque era el lugar donde había nacido Winston Churchill. Mejor dicho, solo pudieron hacerlo los visitantes de la primera jornada; a la madrugada del día siguiente un grupo entró al palacio y, no conforme con la propuesta, se lo hizo suyo.   

Aquello sucedió en septiembre de 2019, faltaban aún seis meses para que empezara la era del barbijo, pero los tiempos ya habían cambiado, y vuelto a cambiar varias veces, aunque ya venían decididos a abandonar las metáforas y concentrarse en el pleonasmo y la hipérbole. Es decir: el oro es el oro, y estábamos ante una guerra con un enemigo tan poderoso como minúsculo. La invención del inodoro inteligente, creado por científicos de la Universidad Stanford  y que se dio a conocer en marzo de 2020, se correspondía con esos principios. Un complejo entramado de dispositivos digitales analiza las deposiciones y la orina del usuario, por pura rutina y de manera constante, sin que el individuo tenga que programarse una visita extra a su médico. Y lo que es aún más interesante, reconoce a cada usuario y puede comparar sus distintos estudios porque cataloga las distintas anodermas, que no son otra cosa que las huellas de identificación exclusiva de cada culo. Hay huellas digitales y huellas anales que, hasta donde sabemos, ninguna de las películas de Misión Imposible ha intentado siquiera imitar. La clave de la identidad ya no reposa segura en la fisonomía ni en los dedos, está en el culo, así que es difícil vaticinar lo que está por venir para la vigilancia policial y los empleados a la hora de chequear sus llegadas y salidas al trabajo. 

La invención del inodoro inteligente –¿qué cantidad de la población mundial podría aprovechar sus beneficios?- invita a reconsiderar, por ejemplo, los dislates de Stalin, obsesionado por analizar la mierda de los líderes mundiales invitados a la URSS. Estaba convencido que analizando sus mierditas se llegaba a inferir las características inocultables de la personalidad, aquello que no podía ser disimulado. Un ex agente secreto soviético aseguraba haber hecho una investigación en torno al departamento especial creado por Stalin para esas investigaciones y que estuvo vigente hasta la llegada de su sucesor, Nikita Kruschev (Ver: BBC, 29/I/16). Si en la materia fecal se encontraban una presencia alta del aminoácido triptófano podría tratarse de una personalidad accesible y calmada, pese a lo que individuo prefiriera mostrar en público; o la falta de potasio revelaba problemas insomnio y temperamento nervioso. Ante esas revelaciones del visitante se preparaba una estrategia a seguir, además de una alimentación que reforzara tal o cual rasgo de la tendencia de esa personalidad. Mao Tse Tung fue uno de los más vigilados durante su estadía en la URSS en 1949. Mao accedió a la invitación para negociar con Stalin un bloque único, siempre y cuando la URSS y China tuvieran el mismo rango de poder. Una negociación compleja que demandó largas reuniones sin conseguir el objetivo esperado. Y siempre entre comidas, y más comidas, que al parecer fastidiaban al líder chino. No vine a la URSS a comer y cagar, aseguran que repetía, muy consciente de que había micrófonos por todas partes. Lo que seguro no imaginaba era que la clave estaba en lo que dejaba en cada deposición, más que en las muestras de su negativa en las reuniones.   

En 1975, en sus conferencias por distintas universidades estadounidenses,  Jacques Lacan lanzó provocativo: “La civilización es el desperdicio, la cloaca máxima.” Habrá quien diga que se equivocaba porque la mitad del mundo aún ni siquiera tiene acceso a “la cloaca máxima”, y otros se preguntarán por la razón del eufemismo, por qué no dijo directamente “Algo hay que hacer con la mierda en la que estamos metidos”.

                                                                 Miguel Vitagliano

                                                      Buenos Aires, EdM, febrero 2021