El pliegue interno: Enero sin mar, por Graciela Batticuore.

26 de enero. Me levanto cansada, dormí poco anoche. Soñé con Lily y me desperté inquieta porque no vi su risa clara, sino la mirada triste que tenía al final. Me había acostado con miedo. Ayer a la tarde me escribieron unos trolls para bardearme: “abortera”, “puta”, “feminista”, decían los mensajes que llegaron desde diferentes teléfonos a mi celular. Incluso los números eran visibles, se dejaban leer con total impunidad. Me sorprendió que fuera tan sencillo romper el círculo de contactos de un whatsapp, entonces vulnerar la intimidad es fácil, pensé. Hice unas meditaciones antes de dormir pero se ve que no sirvió de mucho. Meditación para soltar apegos era la propuesta que elegí, entre la variada oferta de las redes. Seguí las instrucciones en la voz de una muchacha que me hablaba desde el celular: respiré pausado, llevé el aire hasta el bajo vientre y me imaginé desenterrando del corazón malezas. Por un rato me adormecí, pero los movimientos que hice antes de apagar el velador me desvelaron y tardé en conciliar el sueño. 

Siempre temí la violencia, en todas sus formas. Aprendí a esconder la cabeza como el avestruz o a quedarme en la cueva cuando hay señales de peligro. Aprendí también las ventajas de callar, como le enseñaban a las grandes damas de otras épocas. Pero no aprendí a subirme a las autopistas cuando empecé a conducir. Ni a la Panamericana. Ni a la General Paz, aunque puedo andar por la Avenida Corrientes con un tráfico infernal que avanza en cámara lenta. Pero no salgo a las rutas, así que este verano me quedé sin mar. Se ve que huyo de todos los lugares donde los intrépidos saben apretar fuerte el acelerador para adelantar. Si no sos rápida acá arriba te afeitan, me dijo una vez un amigo y lo entendí. Yo siempre fui prudente en las calles, en las manifestaciones públicas también. Me lo enseñaron en casa y parecía que funcionaba. “La calle es para los hombres”. “Con la política no se juega y con los muchachos de la esquina tampoco”, decía mi mamá. Siempre es mejor prevenir que curar. Mujeres de todos los siglos usaron la misma fórmula, de ahí que la simulación sea un talento bastante femenino, al igual que el pudor. Saber callar y agradar. Ser un poco hipócrita, eso es ser buena. Más vale no provocar. 

Juana Manuela Gorriti invitaba a sus amigas a las tertulias para que leyeran en voz alta frente a los escritores consagrados de su época, pero nunca se declaró a favor de la educación laica y mixta como lo hizo Juana Manso. Tampoco hablaba en público de su marido, un caudillo popular que alcanzó la presidencia y murió asesinado por sus enemigos. Mucho antes se habían divorciado, se decía que ella tenía un amante y el caso amenazaba con transformarse en escándalo.  Juana no encontró mejor salida que el destierro. Se fue sola a Lima donde vivió del magisterio y de la prensa, se rodeó de amigos literatos que la admiraron, la apadrinaron y tejieron en torno suyo un pacto de silencio que nadie se atrevió jamás a romper. Cuando mataron a su esposo, el Gral. Manuel Belzú, ella escribió sobre él una corta biografía pero se refirió a sí misma en tercera persona. “La vida privada debe ser amurallada”, decía un refrán que las mujeres del siglo XIX seguían al pie de la letra, como si fuera un mandato de sobrevivencia. En cambio, Juana Manso sí que se atrevió a hablar. Hace un par de décadas Liliana Zuccotti estudió su vida y su obra, escribió algunos ensayos sobre ella y planeaba un libro que no llegó a terminar pero dejó borradores que algún día me atreveré a mirar. Juana Manso también fue maestra, periodista, dio conferencias públicas y escribió sobre la emancipación de la mujer, incluso sobre la suya propia, que se impuso por fuerza cuando el marido la abandonó y ella tuvo que hacerse cargo sola de criar a dos hijas pequeñas. La vida fue complicada para las dos Juanas pero Manso lo pasó peor. 

“Feminista por moda”, me dijo en otro de los mensajes un troll. Ese no me debe haber ni googleado pensé. No sabe que crecí leyendo a las escritoras de todas las épocas, que las conocí y me reconocí en ellas mientras cursaba mis años más fervientes de psicoanálisis en un diván. No sabe que todavía voy despacio por la colectora evitando autopistas. Ni que vengo de una familia inmigrante, italiana, católica practicante a la manera de mamá, que reza todos los días el rosario en otro idioma, no cree en el celibato de los curas o las monjas pero va a misa sin falta los Domingos de Ramos. Cada cual tiene su religión, sus contradicciones, y crece como puede, por eso en un primer momento me sorprendió que me eligieran a mí los trolls. Yo pensaba que soy discreta. Apenas un pañuelo verde en el cuello o en la cartera cuando hace falta, un par de fotos en la manifestación del 2018 y un hurra en el último diciembre cuando se aprobó la ley. Una más entre tanta gente que tiene conciencia de la realidad y de género, nada extraordinario que merezca atención. Pero se ve que no alcanza con la sobriedad para remover en los fanáticos un odio al prójimo que no piensa como ellos. Para mí leer y escribir es como respirar. Publicar es perder la inocencia, asumir la primera persona, salir al ruedo. Pero los trolls no eligen, son como esos ladrones que salen a robar al voleo. Se esconden bajo el antifaz y reciben su paga. El dogmatismo no tiene nada que ver con la prudencia, es violento. Por eso “lo personal es político”, lo apuntó Kate Millet en los 70´ y abrió una compuerta.         

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27 de enero. Me fui al vivero con treinta y seis grados de calor esta mañana. Y aunque volví descompuesta no paré, hasta enterrar en las macetas de la terraza y del patio todas las plantas de variados perfumes que compré. Había emprendido antes una pequeña investigación en la web: “plantas de jardín con perfumes intensos”, escribí en el buscador. Y empezaron a desfilar en pantalla los jazmines y las madreselvas, las damas de noche y las diamelas, el jacinto y las rosas, los lirios, las gardenias, las azucenas. Conocí las arvejillas de olor y recordé las delicadas magnolias, las fresias y el aroma sutil de las lilas. No tengo un jardín enorme en casa pero sí un patio con hiedras y una enamorada del muro que trepan bien alto sobre las medianeras. También una terraza que pinté a la cal, en diciembre, para llenarla de verdes con el año nuevo. Pero igual extraño las calles de arena y el rugido del mar en la ventana los días de mucho viento, al atardecer. Extraño la playa y el cuerpo lánguido, entregado a la errancia, que sólo consigo por dos semanas al año, en enero, cuando voy a Ostende. No manejo en ruta pero tengo que aprender, me lo repito como un mantra ahora que la pandemia me dejó de a pie, encerrada en la ciudad, en el barrio, en la casa donde di infinitas clases por zoom durante el 2020. Me salvaron la vida y me robotizaron todas esas clases en pantalla. También escribí, aprendí a mirar por la ventana con dedicación, a esperar que pasara el tiempo. 

A mediados de diciembre llegaron los gatos. Son dos y nos hacen reír juntos a mi hijo y a mí. Hoy puse la mesa de madera al lado de la baranda, en la terraza. Ahora los gatitos maúllan en el patio, quieren subir. Escucho los pájaros. Pasa un colibrí. También compré lavandas y una rosa china de color amarillo que siempre había querido tener. Y dos Santa Ritas en fucsias variados que trepan sobre el enrejado que da a la casa del fondo. Un poco más atrás están los tanques de agua del vecino, las copas altas de los árboles añejos de la calle de la vuelta. Y arriba de todo está el cielo, que me cubre entera con su inmensidad. Nada más hay que esperar a que el tiempo siga haciendo su trabajo. Dejar que florezcan las plantas y escribir, reír más, fortalecerse. Me lo digo en voz alta mientras doy vuelta la hoja de un libro, para terminar de leer un poema de Federico García Lorca que ensalza a una monja gitana. “Silencio de cal y mirto. Malvas en las hierbas finas”. (Ahora me acuerdo del albañil que pintaba las paredes de una cueva en la penúltima película de Almodóvar. Honor y gloria. También de los ojos refulgente de Penélope Cruz cuando miraba al niño). “Sobre la tela pajiza, ella quisiera bordar/flores de su fantasía./ ¡Qué girasol! ¡Qué magnolia/de lentejuelas y cintas!/¡Qué azafranes y qué lunas, /en el mantel de la misa!”. Extraño el mar pero no falta tanto para que me anime a salir a la ruta me digo. Al menos hoy conseguí escribir un par de páginas. Y eso que todavía es enero. 

Graciela Batticuore

Buenos Aires, EdM, febrero 2021