Cómo sobrevivir en el espacio sin el Sr. Spock. Hoy: “Klingon mío”, por María José Schamun

Si resulta interesante comprender la construcción de un universo ficcional es sobre todo, porque resalta de modo ineludible aquello que preferiríamos ignorar. El enemigo siempre fue “el malo de la película”, pero en la ciencia ficción, ese malo no es otro sino nosotros mismos disfrazados.

Las formas de vida que poblaron los episodios de Viaje a las Estrellas pueden clasificarse de muchas formas de acuerdo a los parámetros que utilicemos: si pensamos en su expresión corporal, pueden ser orgánicos, energéticos, artificiales o híbridos; si medimos su desarrollo tecnológico, pueden ser avanzados o primitivos; y si tomamos en cuenta la relación que establecen con nosotros, se convierten en aliados, enemigos o neutrales. Podríamos continuar con la clasificación, pero lo interesante se da en la intersección de estos tres parámetros porque de ellos surgieron los alienígenas recurrentes en los episodios, los que nos presentaron un conflicto inherente al ser humano.

Desde afuera del universo ficcional, las especies pueden clasificarse en episódicas o recurrentes. Aquellas que sólo vimos una vez son las que construyeron el conflicto de cada episodio, las que nos pusieron frente a los temas sociales de la época y cuestionaron nuestros argumentos, nuestras creencias y actitudes respecto de lo que se presentaba como inamovible en el discurso hegemónico (la superioridad étnica, la identidad genérico-sexual, la relación entre características físicas y morales, etc.). Por otro lado, las especies que conformaban el universo estable de las series, como los vulcanos, los romulanos, los klingons, los borg, etc., se presentaban como una forma alternativa de humanidad, algo así como preguntarse ¿cómo sería el ser humano si…?

La pregunta, desde ya no implica ninguna dirección para la respuesta, por lo que de acuerdo al tipo de diferencia que opongamos, resultará una especie que alimentará nuestros sueños o nuestras pesadillas y en el universo ficcional, será un aliado o un enemigo.

La raza klingon y la romulana son dos enemigos temibles que aparecen ya en la primera temporada de la serie de los años ’60. En esos capítulos (Errand of Mercy y Balance of Terror, respectivamente), el desdoblamiento que implican es evidente. Los romulanos son el costado cruel de la lógica, mientras que los klingon son una humanidad gobernada por el instinto violento de la supervivencia. Citando a Kor (comandante Klingon) “…nuestras especies son similares. Aquí estamos, en un planeta de ovejas, dos tigres, predadores, cazadores…asesinos. Y es justamente eso lo que nos hace grandiosos”. En estas palabras se explicaba el eje de construcción de la raza, una versión de la humanidad que habría elegido el instinto predador como punto cardinal de su desarrollo. Sin embargo, los klingon son un enemigo formidable porque representan la posibilidad de la aniquilación, encarnan el temor más primitivo del ser humano: dejar de existir. La amenaza del Imperio Klingon en aquel mundo donde el Socialismo se percibía como la pérdida de la individualidad en un Estado que asignaba roles desoyendo las características de cada uno, era la dominación y la consiguiente alienación. En un mundo en el que el Capitalismo ha vencido, la amenaza es el fanatismo nacionalista que se apoya en la superioridad racial, en una supuesta jerarquía natural. La conquista probaría la superioridad de la raza y construiría la grandeza del imperio que otorga la gloria a quienes lo enaltecen. Es ésa la única posibilidad de diferenciación, la gloria o la humillación, la grandeza o la insignificancia.

Kirk, en colores trigueños, solares, luminosos, frente a Kor, en colores lodosos, oscuros, sombríos. Las letras de Kirk y Kor son las mismas a excepción de la vocal. Podemos también tomar nota de la textura de las vestimentas: el blando y cálido algodón de Kirk, frente al duro y frío metal de Kor.

La raza de Qo’nos es una versión de la humanidad que se ha ido complejizando con el paso de las secuelas. Su apariencia adquirió rasgos cada vez más distintivos hasta volverse la imagen del predador que podría aterrorizarnos en sueños. Y aun así, se nos parecen tanto. Disgregados por los intereses particulares que los tiempos de paz les permitieron desarrollar, buscaron la unión creando a un enemigo común. Lo mismo había sucedido en el puente de la Enterprise en 1963 cuando los klingon fueron necesarios para unir a esas naciones que estaban en plena Guerra (aún si del lado frío). Si los rusos y los japoneses estaban en el puente de la nave, los klingon ya no eran el otro de entre nosotros, sino el otro radical que amenaza mi existencia en sí misma. Claro que los rasgos de los alienígenas hacían evidente la referencia asiática de la amenaza, y por eso ahora su apariencia se disfraza de monstruo, no porque viva fuera de nosotros, sino porque está en cada uno y es la posibilidad contra la cual debemos luchar.

Sin embargo, las palabras de T’Kuvma no dejan lugar a dudas, se trata de una cultura que valora la endogamia como pureza genética y que entiende la dominación como una forma legítima de superioridad. No se trata de rasgos naturales, se trata de una cultura que interpreta la diversidad como decadencia y la violencia como el modo de asegurar la perpetuidad de la existencia.

Pero hay una lección final, aquello que Gene Rodenberry esperaba que viéramos al otro lado de aquel espejo. No existe la “lucha por la paz” y, en esto, la raza oscura de rasgos mongoles que se oponía al luminoso soldado de la pacífica federación, mostró una coherencia frente a la que no supimos estar a la altura. El lado opuesto del Imperio Klingon eran los organos, no la federación. Entre ellos y nosotros, sólo se extendía una amplia y delgada capa de ideales que no siempre habíamos sabido sostener. Los klingon viven y mueren en y por la batalla, sedientos de la sangre de sus enemigos y de la gloria que asegure su continuidad en las estrellas por milenios. Los humanos viven y mueren en guerra por la paz, temerosos de la muerte y del caos que desintegre sus ideales y los deje sin saber qué son en medio de las estrellas.

El enemigo más formidable no es tanto el que nos amenaza con la muerte, sino con la inexistencia.

María José Schamun

Buenos Aires, EdM, febrero 2021